miércoles, 27 de febrero de 2013

Por el ojo de la cerradura

Cada día que pasa añoro más a mis zapatos viejos

Por Tito Mejía Sarmiento

Más hoy, plena de rancio desaliño,
bien puedes inspirar ese cariño
que uno le tiene a sus zapatos viejos...
Luis Carlos López

No escribo aquí sobre una tormenta política, ni de fuerzas oscuras que están acabando con la tranquilidad de los colombianos desde hace rato, mucho menos de la mujer amada que en las noches heladas quiere que le calienten su cuerpo a cualquier precio. Tampoco me voy a referir al éxito futbolístico del crack Lionel Messi en su club Barcelona o si la popular modelo barranquillera,  Toti Vergara, está nominada a un premio escénico. Nada eso. Hoy quiero rendirle un homenaje como en su momento lo hiciera el gran rapsoda cartagenero Luis Carlos López, a los zapatos viejos, a esos zapatos que aunque pasen años, han quedado imbricados en el alma.

      El 23 de abril del 2006, día del Idioma Castellano a las 9 y 30 minutos de la mañana, los vi por primera vez en una vitrina de un almacén de calzado de la calle 72 en Barranquilla. Me gustaron los dos tonos: blanco y negro, tipo clásico como los que usaban  por los años 60s y 70s,  los famosos actores del cine mejicano: Arturo de Córdova y Juan Orol. No les miento, amables lectores,  si les digo que los compré  dos horas después, cuando me tocó regresar a mi casa para completar el valor total de los mismos: $70.000 porque temí que otra persona los comprara primero que yo. La marca no la menciono porque sería darle publicidad sin que me paguen un peso, además, no me los  regalaron. 

    A partir de aquella fecha, nació una especie de enamoramiento con esos zapatos. Empecé a pisar vivencias bien concebidas cada vez que me los ponía. ¡Para ser más exacto, me traían buena suerte! Como por arte de magia me indicaban el sendero que llevaba y, parecía que hubiese ángeles abrazando mis pies, cuando cruzaba lugares que para la sociedad eran por ejemplo, de alta peligrosidad, sobre todo en las noches briosas de cada viernes. Mis zapatos conocían de memoria el camino de lunas nuevas y tal vez por eso, intento parafrasear un poco al gran poeta salvadoreño Jorge Galán, cuando canta: “aunque no lo comprenda de una forma absoluta, cuando mis zapatos pisan un pedazo de tierra, por mínimo que sea, no están pisando un pedazo mínimo de tierra, están pisando el mundo”.

     En una oportunidad, Ana Victoria, una hermosa trabajadora social de Montería, de cuyo nombre si quiero siempre acordarme, se enamoró de mí, como ella misma me lo manifestó en la intimidad de un acto sexual que disfrutamos en una hamaca en las afueras de la ciudad ganadera con la luz de una luna de octubre, fue, primero por mis zapatos de dos tonos y, luego por mi modo de ser. 

      Por eso, sigo desprendiendo oleadas de añoranzas por mis hermosos zapatos de dos tonos, los mismos que  le brindaban seguridad y comodidad a mis pies, cosa que no sucedía cuando me calzaba otros. Ahora resultan tan extraños mis pasos cuando ya no los llevo puestos porque las calendas vencieron sus huellas en el espacio del aletear obstinado de la memoria. 

      Los añoro, los tengo como un bello trofeo como añoró y tuvo otrora también los suyos, el poeta López,  con la única diferencia que los del Tuerto López, son unos   bellos trofeos para los ojos de miles de turistas que diariamente visitan la amurallada ciudad de Cartagena, mientras los míos, según mi compañera sentimental, son estorbos para las repisas de la casa. 

     Desde hace dos años mi vida se ha convertido  en una danza infinita de marchas monótonas, buscando un par similar a mis zapatos de dos tonos. No he bajado la guardia. Tengo fe que los conseguiré, así me toque seguir haciendo lo del poeta español Antonio Machado: Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.               

viernes, 22 de febrero de 2013

Letras sin fronteras

Una vieja cadena

Por Irene Ángel

A mi mamá le encanta guardar cosas viejas, monedas, ropa vieja sin usar, y usada, billetes, estos sí olvidados por el tiempo, frascos que lava y guarda, solo por el gusto de coleccionar, porque son muy lindos, no se para qué, o más bien sí lo sé, le encanta saber que el pasado todavía es presente.

Así que buscando y rebuscando algo entre sus bolsas antiguos, se encontró con una pulsera muy linda, amarilla sin mucho brillo y formando una trenza le hacía juego, otra cadena muy delgada de color blanco; me llamó y me dijo que me iba a dar algo que guardaba en ese bolso, desde que ella era recién casada, o sea, 60 años atrás, incluso cuando vio la pulsera, ella pensó que ya no existía y tuvo que recordar cómo la había conseguido; corría el año de 1950, y feliz, por haber conocido a mi papá, una tía le pidió el favor de acompañarla a Medellín para comprar las pulseras de la buena suerte, que eran de oro le advirtió, y bueno, digamos que en su ingenuidad, todavía lo es, así que sacó no se acuerda cuántos pesos, aunque me dijo, que cien pesos, pero le dije, que a lo mejor fue un centavo o máximo un peso, pero igual, le había costado mucha, muchísima plata, no se me ocurrió otra cosa que decirle que la habían estafado, y me contestó que en esa época no habían los estafadores de ahora, esa es mi defensa por decirle ingenua; le expliqué que desde que existe el humano, vino con un manual pegado del cerebro, cómo hacer trampa, y robarle al otro, cómo conseguir lo mejor sin mucho esfuerzo, etc, etc, etc, pero ella sigue creyendo que es cosa de ahora. Bueno, continúo, y como la encontró, quería que fuera mía y solo mía, la puso en mi muñeca derecha, muy delicadamente, diciéndome, nunca me la fuera a quitar, puedo decir en este punto que me emocioné como una quinceañera recibiendo un regalo muy importante, pero no pensé en la suerte, sino que era algo que ella había guardado sin saber que existía y bueno, ahora me había elegido a mí entre las nueve mujeres para hacer uso de lo que ella jamás se atrevió a usar. Para tirarme sin querer en el regalo, le pregunté si me iba a dar alergia, y como ella contesta, primero me dijo que no era ninguna lata, como para darme infección en la mano, y que si quería no me la pusiera que ella se la regalaba a la niña, hago la aclaración, que su niña ya tiene 37 años. Dije que claro que ya era mía y que mientras viviera, jamás me la iba a quitar, entonces me dijo que preguntara en la Joyería de la vecina, con qué la podía limpiar para que brillara.

      También pensé, ¡oro amarillo y oro blanco, dos oros!, ahora la moda son tres oros, pero igual, ya era poseedora de uno de los tesoros más recónditos de mi madre. Me fui a la joyería, intentando saber cómo limpiarla y de paso saber el precio, pues si era costosa, yo no le iba a dar papaya a los ladrones. Claro, que esto último, era un broma que yo misma me hacía, yo seguía pensando que la cadena pasaba a tener precio emocional y punto. Pregunté sin que se fueran a reír de mí, que cómo limpiaba “la latica” -es que fue un regalo de mi mamá que lo tenía guardado hace muchos años y quiero que brille-, ella miró fijamente, me la quitó, la tocó un segundo y me dijo, y para qué quieres que brille, si todo lo que brilla no es oro, además si la brillas le quitas el buen baño de oro que tiene y se le perdería la belleza que posee, porque de estas ya no vuelven a hacer.

     Salí de allí mirándola con cuidado y sin creer que era un pedacito de tesoro lo que llevaba puesto, pero no pude, porque en algún lugar del camino, en el momento en que la dejé de mirar, se reventó para no volver a encontrarla nunca.

jueves, 14 de febrero de 2013

Impresiones

Los prejuicios sociales en Colombia

Por Nadim Marmolejo Sevilla

Cada vez que visitó una región del país me encuentro con que los prejuicios sociales, la mayoría de los cuales persiste en anular las virtudes a cambio de los defectos de los colombianos, se resisten con todas sus fuerzas a desaparecer de la mente de mis coterráneos. Los oigo de boca de los paisas, los opitas, los pastusos, los costeños, los llaneros, los rolos, en fin, de todo el mundo, sin que nadie se fije en el tremendo daño que le hacen estos al tejido social del país.

      Es como si nos resultara imposible dejar de aplicar aquella vieja sentencia que dice: “no hay peor ciego que él no quiere ver”, ya que tercamente nos aferramos a seguir considerando al costeño, flojo y rumbero; al pastuso, bruto y cándido; al opita, lerdo y lirón; al rolo, hipócrita y encopetado; al paisa vivo y embaucador, pese al inmenso esfuerzo y aporte que cada región hace a diario al progreso y al desarrollo de la nación.

      No se dónde se esconde el buen entendimiento natural de los colombianos cuando observamos y no reconocemos como es debido el vanguardismo empresarial de los antioqueños, la inteligencia y el amor por su terruño de los pastusos, la capacidad de los bogotanos que ha hecho grande a Bogotá, el empuje agrícola y pecuario de los opitas y los llaneros que han dado a la tierra el mejor uso industrial, y la chispa de los costeños que han puesto en alto el nombre de Colombia a nivel internacional con sus triunfos artísticos, literarios, y deportivos.

      Otra Colombia sería esta si cada uno de sus hijos dejara de ver al otro por encima del hombro y de agraviarse entre sí con desaires y desencuentros que no son otra cosa que producto de esos prejuicios sociales que ya mencionamos, los cuales pululan impunemente en nuestras cabezas, muchos de ellos provenientes de la terrible herencia de la esclavitud y la colonización española. Sí, por el contrario, cada vez que nos encontráramos con alguien de una región distinta a la nuestra nos dirigiéramos o refiriéramos a él de manera respetuosa y amable con su idiosincrasia, costumbres, y forma de ser, tal vez nos habríamos librado de las tantas guerras civiles que han azotado al país desde su creación y ya estaríamos en un mejor nivel de desarrollo social y económico.

      No podemos seguir permitiendo que nuestra realidad sea interpretada con tan primitivos y disonantes criterios que sólo contribuyen a que no nos veamos como los hermanos y compatriotas que somos, sino como enemigos y extraños en nuestra propia tierra. Y como si fuésemos carentes de identidad propia. Tal vez Colombia fuera un mejor país, más libre y más solidario, si desde el principio hubiésemos aceptado que somos una nación multiétnica, multicultural, y repleta de la más grande creatividad para salir adelante contra viento y marea.

¿Ustedes qué opinan?

Email: nadimar63@hotmail.com

Edición Nº 7

Tras las huellas
Por Alejandro Salgado Baldovino
Hay Festival 2013

Bitácora
Por Pedro Conrado Cúdriz
aDOSSIER K

El último bufón
Por León Donado
El último bufón

Hispanorama
Por Alicia Rosell
Ser mujer en el Siglo XXI

Vox populi
Por Alfonso Hamburger
Historias de aparecidos

Sería más fácil callar
Por Rosemary Maciá
¿Es tan mala la Ley 100?

Impresiones
Por Nadim Marmolejo Sevilla
La discriminación racial

Vamos a andar
Por Rodrigo Ramírez
Delincuentes e indecentes

Desde el malecón
Por Ignacio Verbel Vergara
Acerca de Yolanda de los Vientos

Por el ojo de la cerradura
Por Tito Mejía Sarmiento
A propósito de la novela "Círculo en llamas"

Letras sin fronteras
Por Irene Ángel Agudelo
Sobre mi olvido

Arcoiris
Por Yamile Quiroz
Desde El Greco, Rubens hasta Manga

Desde las troneras del San Felipe
Por Juan Carlos Céspedes
Donde nacen las palabras

Atapaz
Por Juan V Gutiérrez Magallanes
El hombre que portaba el hambre

lunes, 4 de febrero de 2013

Tras las huellas

Hay Festival 2013: Una burbuja dentro de la ciudad de Cartagena, según David Grossman.

Por Alejandro Salgado Baldovino

Nuevamente ha llegodo a su final otra edición del prestigioso “Hay Festival”, el festival que durante todo el año se celebra en otras nueve ciudades del mundo. No recuerdo ya desde cuando estoy asistiendo, pero siempre es uno de los eventos en mi calendario, junto con el Festival de Cine (FICCI), que inicia a finales de Febrero.

      Este año me disponía a asistir nuevamente al “Hay”, pero en esta ocasión no comprando boletas directamente como en los años anteriores, sino aprovechando el aspecto que aún tengo de estudiante. Así que me inscribí para recibir la escarapela amarilla que identificaba a los “estudiantes”, quienes teníamos la opción de escoger 10 de los eventos que se iban a presentar en el Hay.

      Inmediatamente me puse a buscar los eventos que consideraba más interesantes. Y así, luego de ese proceso, me dispuse a asistir desde el jueves al primer evento dentro de mi agenda en el Hay.

      El primer evento al que asistí, fue el jueves a las 5:30 p.m. en el Teatro Adolfo Mejía, con la conversación entre el escritor irlandés Colum McCann con Jonathan Bastian. Un escritor del cual aún no he leído nada por su escasa promoción en el país, muchos de sus libros no han sido traídos. Pero desde hace un tiempo estoy interesado en un libro suyo, ganador de National Book Award, y que me atrevo a recomendar sin haberlo leído, esperando que algún día pueda encontrarlo en alguna librería; el libro es: “Que el vasto mundo siga girando”.

     La charla de McCann fue muy interesante, se mostró como un persona relajada y describió algunos de sus “secretos” al escribir una historia o una de sus escenas, en donde recalcó la importancia de las imágenes, que en su proceso creativo las imágenes eran muy importantes, ya que le facilitaban el proceso, lo que dejó evidenciar en algo su procedimiento un poco cinematográfico. También mencionó que no le gusta retratarse a sí mismo en lo que escribe, sino que prefiere retratar y mirar a las otras personas, tratar de entenderlas y descubrir sus motivaciones. Al final, incluso mencionó a El amor en los tiempos del cólera. Y en una de las preguntas del público (que pocas veces son de resaltar), en donde le preguntaban sobre si prefería el uso de la primera o segunda persona, él respondió que no prestaba mucha atención, y que él sólo confiaba y tenía en cuenta el lenguaje, que al mismo tiempo le iba indicando la dirección adecuada que debe tomar el texto.

      Eso fue, en cuanto a su conversatorio, que en términos generales me gustó, pero ese día llegué un poco tarde (como a las 5:40), cuando ya todos habían ingresado al teatro, así que entré directamente, verificaron el código de mi escarapela y me dijeron que avanzara por el lado izquierdo. Fui subiendo las escaleras y atravesé la gran cortina vino tinto, ya cerrada, y pude escuchar que el conversatorio era en inglés, tomé un suspiro de alivio, ya que lo malo es que fuese en irlandés, y no quería ir a bajar nuevamente por los traductores (que es un proceso terrible que comentaré más adelante). En fin, mientras seguía subiendo, me encontré con uno de los asistentes que me dijeron que los espacios para los estudiantes eran en el cuarto piso.

   No le vi ningún problema, así que fui subiendo, dejando atrás el segundo y tercer piso, prácticamente vacíos. Me hubiese quedado en alguno de esos pisos, porque en cada escalera había alguien verificando que los estudiantes subieran al cuarto piso.

     Cuando finalmente llegué a ese cuarto piso, que ya parecía eterno, veo a algunos jóvenes con las escarapelas amarillas, y supuse que eran estudiantes. La mayoría de ellos, procedentes del interior del país, para no decir que el 99.9%

      Lo del cuarto piso en realidad me tenía sin cuidado, ya que en la escarapela decía que se le daba prioridad a las personas con boletas, sin importar incluso, que nos quedáramos por fuera, en caso de un eventual cubrimiento total de los espacios, por las personas que habían adquirido la boleta. Lo que si me dejó pensando, fue la ausencia de los estudiantes locales, los muchos que no disfrutaron del festival, y sé que eran del interior porque hablé con varios. Y eso, sin mencionar la ausencia de la población local, que arrojaría un dato lamentable.

     Luego, en los otros eventos, si me tocó enfrentarme a las filas, en donde los estudiantes debíamos esperar a que todos entraran primero, incluso aquellos que compraban las boletas de reventa en la entrada del mismo teatro a precios exorbitantes, del doble del precio original.

      Siguiendo con el tema importante, el Hay Festival es un excelente evento sin duda, siempre tiene invitados y conversatorios muy interesantes. No todos, claro está. Algunos de la programación hacen evidente la falta de creatividad y dinámica, al repetir los mismos de años anteriores, con los mismos protagonistas o presentadores, solamente con un pequeño cambio en el nombre. Afortunadamente evité entrar a todos ellas.

     Luego de que salí del conversatorio con McCann, tenía otra en el teatro sobre “Investigaciones periodísticas”, con varios de los invitados frecuentes, a esa desistí de asistir y me pase a la Librería Ábaco, en donde me encontré con varios amigos, que luego se dirigían al concierto de Susana Baca, al que lamentablemente no pude asistir, así que continuaremos con los otros eventos.

      Viernes, con Herta Müller y Fernando Savater
      El viernes tuve dos excelente conversatorios. Ambos en el Teatro Adolfo Mejía. El primero a las 5:30 p.m. con la premio nobel de literatura Herta Müller, en conversación con Philip Boehm. A este evento llegué un poco atrasado, con cinco minutos de retraso creo, y ya habían entrado todos, supongo que estaba tranquilo porque sabía que en el cuarto piso debía haber algún puesto. Como sabía que la charla era en alemán, y aún no domino ese idioma, antes de ingresar tuve que ir por uno de los traductores, cuando mire el número de mi traductor, el número 527, sabía que eso iba a ser un caos a la salida, aún así ingresé y me fui directo al cuarto piso, donde habían varios estudiantes, busqué un espacio en el balcón pero a la vez quedé mirando uno de los televisores disponibles en ese piso, donde se veían mucho mejor.

     El conversatorio me gustó mucho, Müller se mostró como una mujer reflexiva, apasionado con su trabajo y que habla con nostalgia de su tormentoso pasado. Como era inevitable, contó parte de su historia, de su familia y de su inspiración en los momentos oscuros. Esta última parte es la que me gustaría resaltar, porque en realidad me gustó mucho. Herta mencionaba como llegó un momento, cuando se encontraba en su país bajo esa dictadura, de la que es una férrea crítica, hablaba con las plantas y le ponía nombres a cada una. La forma en la que lo contó se veía tan sincera y honesta, que las leves sonrisas y el brillo en sus ojos, reflejaban una total introspección de un momento y un recuerdo traído al presente, un momento que a pesar de tener un entorno no muy agradable, sirvió para que desarrollara un poco su sensibilidad con las plantas y otros elementos. Además habló sobre la dictadura, sobre Dios, en fin, fue una charla intimista, que en realidad me dejó con ganas de leer algunas de sus obras.
      Aún no he leído nada de ella, aunque tengo su primera obra, un libro de cuentos cortos titulado “En tierras bajas”, que comentaré a penas lea.

      Cuando se acabó la charla con Müller, las personas se precipitaron para devolver los aparatos traductores, pero fue en vano. Ya en la entrada del teatro se había formado un caos terrible con todas las personas entregando los artefactos para reclamar sus cédulas o licencias. Luego de casi media hora o más, al fin pude entregar el aparato y salir para enseguida ponerme en la fila para el evento que seguía inmediatamente, con el español Fernando Savater, que sería una de las más divertidas

      El conversatorio con Fernando Savater y Carlos Granés, tenía por nombre “Riesgo y desafío de la literatura”.
     El evento fue unos de mis preferidos, Savater haciendo gala de su sentido del humor y su sarcasmo. La conversación se centró básicamente en el último libro de Savater “Los Invitados de la Princesa”, que aún no le leído, pero con todo lo que contaron ese día quedé con muchas ganas de leer. En el libro, al parecer hace distintas críticas, al estatus de la cocina como arte, a la ética, la educación y a diversos temas de superación personal. Fue una charla muy entretenida y divertida, la mejor forma de finalizar la noche.

      Sábado, David Grossman, Mario Vargas Llosa, Julian Barnes y siempre Flaubert.
      Para el día sábado, tenía tres eventos en lista, solamente quería asistir a uno de ellos, y también quería asistir a otro del que no tenía boleta. Así que decidí asistir al de David Grossman y luego pasarme a ver el de Siempre Flaubert por televisión. Para aprovechar y revisar la transmisión de Señal Colombia.

      La de David Grossman, fue muy buena. Grossman es un autor muy interesante, del cual quiero leer el libro “La Vida Entera”, que aún no he leído y me interesa mucho. Grossman mencionó la frase que menciono en el título del texto. Resulta que al inicio, el entrevistador le preguntó a Grossman su visión sobre la ciudad de Cartagena. Grossman respondió que no podía dar una visión general porque Cartagena era una burbuja dentro de Colombia, y a la vez que el Hay Festival era una burbuja dentro de Cartagena. Una respuesta que muy pocos se atreven a dar, ya que se encuentran hechizados por la magia de la heroica. Grossman, además con gran destreza habló de su vida, su obra, de la paz en el mundo, de Israel y tocó el inevitable tema de la muerte de hijo hace unos años atrás, que parece ser parte del hecho que inspiró su última novela “La Vida Entera”.

      Luego que se terminó el evento de Grossman, corrí para llegar a ver por televisión el esperado evento de dos admiradores del gran escritor Gustave Flaubert, Mario Vargas Llosa y Julian Barnes, ambos han dedicado algún texto sobre el escritor francés.
      La conversación fue totalmente deleitable y nutritiva, en donde ambos escritores hicieron gala de su conocimiento y pasión por la obra de Flaubert. Ambos destacaron la relevancia e importancia de Flaubert en la literatura moderna, y la inevitable mención de Madame Bovary.     Ambos escritores, moderados por Marianne Ponsford, quién en ocasiones citaba algunas frases para alimentar la discusión, pero los escritores dieron una cátedra tan fascinante, que dejaron a todo el público y espectadores extasiado, y con ganas de que no terminara el conversatorio.

     Vargas Llosa, quien fue más apasionado a la hora de hablar de Flaubert y Emma Bovary, se confesó como admirador eterno de Emma, y resaltó la grandeza de la novela, detalles como que cuando se encuentra triste, recurre a leer el fragmento del suicidio de Emma Bovary para reconciliarse con la vida, porque dice que con sólo el placer de leer ese fragmento merece la pena vivir la vida. Ya su amor a la obra de Flaubert, lo había demostrado en su texto de La Orgía Perpetua, pero Vargas Llosa no guarda palabras para alabar la grandeza de otros escritores. Y siempre se mostró muy accesible, incluso en su asistencia a los otros conversatorios de otros escritores, en las primeras filas.

      A continuación, destaco algunas de las perlas de ese conversatorio:
     “Madame Bovary era una muchachita que leía novelas rosa y su tragedia fue querer convertir esa ficción en realidad”. (Vargas Llosa)
     “La frase de Monsieur Bovary sobre su esposa ya muerta: - Lo corrompía desde el otro lado de la tumba-, es grandiosa”. (Vargas Llosa)
    "Madame Bovary no era frívola. Era una soñadora, una rebelde". (Vargas Llosa)
     La escena del suicidio de Emma Bovary, “Vale la pena vivir sólo para leerlo” (Vargas Llosa)
    “Flaubert en el fondo era un hombre profundamente pesimista. La idiotez le provocaba una enorme fascinación”. (Vargas Llosa)
     “Flaubert fue el primero en dignificar estéticamente a la novela, frente a la poesía y el teatro, considerados superiores en pasadas épocas”. (Vargas Llosa)

      Domingo, Julian Barnes
     Y finalmente, el último conversatorio al que asistí fue el de Julian Barnes, nuevamente, luego de su conversación con Vargas Llosa la noche anterior, en esta ocasión hablando sobre su obra, en especial sobre su libro “El Sentido de un Final”, que es otro de los que me llamó mucho la atención para leer. Barnes, en su discurso volvió a mencionar a Flaubert y Emma Bovary.

      En términos generales, disfruté mucho del festival, sobre todo estos eventos a los que asistí, que creo que fueron algunos de los mejores. El festival es muy bueno, pero tiene sus contrastes y sus puntos negros, que esperemos que se sigan mejorando en otra ocasión. Hay eventos, como siempre, que valen mucho la pena y justifican el festival. Sería bueno mejorar la organización en distintos aspectos, implementar en el programa nuevas actividades, que dinamicen la rutina, y que no sean la misma de cada año con distinto nombre. Pero en general, los conversatorios con escritores extranjeros siempre cumplen y son de los mejores. Esperemos que sigan trayendo muchos más y equilibrar con las nuevas propuestas en la programación. También mejorar la difusión del evento, en los estudiantes y la población local, así como las trasmisiones por televisión, etc.

      Ya luego de mencionar los puntos positivos, negativos y los comentarios de cada evento, dejo algunos de los recomendados:
      Colum McCann (Que el vasto mundo siga girando)
      Herta Müller (En tierras bajas)
      Fernando Savater (Los invitados de la princesa)
      David Grossman (La vida entera)
      Julian Barnes (El Sentido de un final)

         Y si tengo que escoger un personaje de entre todos los escritores, sería Mario Vargas Llosa.

    Ahora será esperar el festival del próximo año, ojalá tengamos a otros escritores internacionales y nuevas propuestas en la programación local. Y no se pierdan el FICCI, que esta edición va a estar muy buena. Y personalmente, esperaba este año más el FICCI que el Hay Festival. 

lunes, 28 de enero de 2013

Bitácora

áDOSSIER K

Pedro Conrado Cúdriz

Del libro del premio Nobel Imre kertész – Dossier K – posiblemente lo impresiona a uno no sólo la atmósfera interna y existencial del mismo, sino también los hilos dictatoriales que se cruzan entre el pasado narrado y discernido y nuestra realidad presente. El miedo del que habla el autor de “Sin destino” [“Es probable que pasara miedo (…) Mucho más importante fue, sin embargo, otro sentimiento, algo así como una toma de conciencia que logré formular,, muchos años después, en “Fiasco”: “Había entendido el simple secreto del universo que me había tocado: el de poder ser fusilado en cualquier sitio, a cualquier hora".] Es el mismo miedo que hemos sentido los colombianos sin la necesidad de estar recluidos en un campo de concentración como los que tenían los alemanes en la segunda guerra mundial. Cuántos de nosotros hemos pasado por ese sentimiento de nimiedad y negación humana originado en el régimen, en un sistema que nos aplastó o nos puede aplastar a voluntad sin que pase nada, absolutamente nada. Porque su poder ha sido tan desmesurado y arbitrario que la impotencia humana por transformar las cosas, no sólo ha sido la parálisis corporal, ha sido también el estatismo del espíritu por el físico miedo. Y se podrían colocar varios ejemplos que la nación conoce, pero prefiero la memoria viva del lector para que vaya soltando las imágenes y los hechos terribles de nuestra realidad cotidiana y absurda, después de todo.

      Sin embargo, hay en este libro apasionado y lucido (uno le siente la pasión y el placer de su construcción y escritura en cada una de sus páginas) algo que llama poderosamente la atención: el desborde de toda lógica en la violencia ilimitada de Auschwitz. Dice el autor: “Donde empieza Auschwitz, se acaba la lógica (…) Y ahora busco ese hilo, ese razonamiento del desequilibrio que hace que el absurdo parezca necesariamente como una lógica, ya que no tenemos otra opción en la situación de trampa que es Auschwitz" Y aquí estamos nosotros intentando no salir de la trampa de la violencia paramilitar y parapolítica, enredados en elucubraciones que más bien son las telarañas de la sombra ideológica del sistema, refundido en paramilitarismo, narcotráfico, parapolítica y corrupción, estructura detrás de la cual está no sólo el poder mediático, sino también la aspiración presidencial de volver eterno lo temporal, infinito lo fugaz, inmortal lo efímero, lo absurdo normal y lo inconstitucional constitucional.

      Y he aquí el lazo que Irme Kertész comienza a trazar entre Auschwitz y todas las formas de las dictaduras humanas, los lazos de la esencia humana, las manzanas que se pudren en el corazón humano, porque si la razón no tiene compasión, el corazón tampoco. “La vivencia –dice el autor también de “Liquidación”- de los campos de exterminio deviene en experiencia humana cuando descubro la universalidad de la vivencia. Y esta es la ausencia de destino, ese rasgo específico de las dictaduras, la expropiación o estatización del destino propio, su conversión en destino de masas, (como las encuestas) el despojamiento de la sustancia más humana del hombre (…) después de Auschwitz toda dictadura lleva inherente la virtualidad de Auschwitz (…) he dicho que  bajo el régimen de Kádár entendí con claridad mis vivencias de Auschwitz, que no habría entendido nunca si me hubiese criado en una democracia.”

      Y esas vivencias tienen relación con la búsqueda de una respuesta a la esencia humana que es el descalabro auténtico de la historia del hombre, porque el conocimiento de la misma hacía y hace previsible todos los Auschwitz de la tierra, sin excluirnos a nosotros que nos hemos refundidos en un pozo sin fondo de violencia, irracionalidad y absurdo histórico. “Después de Auschwitz, dice Kertész, resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana,” de tal manera, que el misterio de esa racionalidad son los actos absurdos mismos; para decirlo con la voz de Irme Kertész, “El misterio del mundo sigue siendo una espina torturante como siempre". ¿Por qué jugar fútbol con la cabeza cercenada del tronco de la víctima? ¿Por qué desde el poder de estado se auspicia la carnicería humana? ¿Quiénes son estos hombres que hablan por la TV con la mayor normalidad del mundo?

      Y a veces uno se siente deshumanizado dentro del propio mundo que habita, o a veces regresando de esa tarea lectora y deshumanizante de la cultura de masas, que el autor del Dossier K confiesa: “resulta extraño regresar al mundo humano”, a ese extraño mundo que aceptó la sociedad, convivió con él y además compartió la basura de los campos de exterminio allá, acá nosotros las moto-sierras y la avidez de la sangre en el terreno de las masacres. El absurdo, convertido en vida cotidiana, en besos y abrazos, en comida imposible de compartir después de tanta miseria humana. En perdición, porque el hombre se haya hoy extraviado de sí mismo. “Creo, dice Kertész, que esa era la sustancia de la historia, como también de mi vida: me perdí. No tenía ante mí ningún modelo para la vida".

      El clímax del libro está concentrado en aquello que nosotros también hemos elevado a  duda existencial y cultural, razón por la que kertész ha creído universal la experiencia de Auschwitz: “Si el asesinato en masa puede llegar a convertirse en un ejercicio diario, es más, en un trabajo cotidiano, como quien dice, habrá que decidir si es válida esa cultura cuyo sistema de valores ilusorio se enseñaba aquí en Europa a todos, tanto a los asesinos como a las víctimas, desde la escuela primaria". Es decir, sin las pretensiones de la grosería cultural: ¿Es válido que siga existiendo Dios, la Iglesia, la escuela después de Auschwitz y la Rochela, Tres Esquina, Segovia?

El último bufón

El último bufón 

Por Hugo León Donado

Ya para los primeros días de diciembre, nos obstante la anunciada navidad, el cuerpo de los propios carnavaleros empieza a segregar una hormona que se llama carnavalina, para esta ocasión que cuento, estaba yo en Madrid cuando me sorprendieron esos metabolismos. Terminaba el otoño y me agobiaba la resaca que me había dejado la noche anterior el trote sobre la rumbosa pernoctada madrileña. Ya no pensaba sino en el fantasioso sueño de crear el disfraz que luciría el sábado de carnaval, cuando retumbaran los tambores por toda la ciudad y los palcos de la Vía 40 temblaran de emoción al paso estremecedor del primer desfile; “La batalla de flores”. 

      En una de las ventillas del rastro, un mercado al aire libre, en torno a La Plaza de Cascorro, que está especializada en la venta de ropa underground y accesorios, encontré un gorro de bufón que sugirió la honrosa dignidad de representar este personaje en las fiestas del Dios Momo bajo la canícula Caribeña. Así fue, que en aquel recorrido fascinante tuve la oportunidad de completar todo el disfraz. Me zambullí en la acuosa Venecia mientras repasaba sus callejuelas de encanto palaciego, me paseé por la plaza de San Marcos imaginando al bufón en medio de aquel palomerío impresionante  resbalándose en sus deyecciones y descarté por compasión, recrear al truhán en mi disfraz de igual manera a estos desgraciados engendros que servían de entretenimiento a una sociedad corrompida. No obstante la idea del bufón de las cortes europeas fue tomando forma y a la final incorporarlo al bullicioso carnaval caribeño no me fue pareciendo una ocurrencia tan traída de los cabellos. Todo nuestro carnaval agota una vocación ecléctica donde convergen rezagos de diferentes procedencias culturales. Ah, Venecia! Así como suspiraban los reos tras las rejas al ver la ciudad cuando eran sentenciados en el callejón de los suspiros también suspiraba yo, pero sumergido en el encanto inspirador del ceremonioso y místico carnaval veneciano, mientras me probaba una máscara que se ceñía perfectamente a mi rostro y desvirtuaba cualquier asomo de mi propia identidad; era de rombos rojos, negros y blancos, perfecto ensamble para el sombrero del bufón, que desde ese momento acababa de adquirir su alma.

     Cuando llegas a Barranquilla percibes de inmediato una tibieza que enamora… es un no sé qué! Si eres de acá y has pasado un tiempo afuera, esa sensación te permite confirmar que esa es la tuya; tú ciudad… pasa como cuando en uno de esos deslices vuelves con tu pareja y la sientes más tuya que nunca! Aja! así es acá… Llegué a Barranquilla cargado de regalos que había acumulado durante el viaje y que obedecían a los antojos de la gente que amo; bisuterías, emocionantes maricaditas que compré con todo el amor del mundo. Ya la gente estaba prendida de carnaval y en el paisaje los árboles estaban florecidos en su inmensa calidez… La ciudad era un primor. Los pre-carnavales se disfrutan con la misma emoción que la fiesta mayor, solo que apenas son los ensayos. Cuando llega la víspera y la comparsa toda esta expectante y nerviosamente emocionada, se promete la consigna de no beber, ni desordenarse mucho durante la noche del viernes para amanecer en condiciones físicas respetables y ofrecer un buen rendimiento a la hora del desfile. Pero ese año mis buenas intensiones se fueron al traste, desviadas por un grupo de amigos que llegaron de afuera y no aguantaron las ganas de anticipar el goce. Yo que soy tan débil, caí en la trampa fatal de la inconsciencia. 

      A un rato me había sumergido en la baraúnda de la “Troja” y cualquier intento escapatorio era indeseado, la descarga de salsa retumbaba en mi corazón embelesado y vibraba al son de una multitud ardiente que en excitante frenesí, abarcaban todas las humanidades. El sudor ajeno, los cuerpos palpitantes, lo roces del sex-appeal y la lujuria inyectada, me abarcaron en sus efluvios hasta el amanecer. El sol radiante y quemador me sorprendió con mi atuendo de bufón puesto, absolutamente sofocante en los temblores del guayabo. Me quería morir; apenas se abría el carnaval y yo ya había pasado en jornada continua dos noches en desorden. El cuerpo resentido se resistía a los embates del jolgorio. Así amanecido, los amigos que me ayudaron a disfrazar habían logrado un trabajo perfecto, bajo la máscara de bufón se dibujaba además un maquillaje impecable que ya empezaba a hervir bajo el sol de medio día. Casi muerto, ahí estaba yo; ansioso, esperando la orden de marcha hacia la gloria.

    Realmente estaba exhausto, me había preparado para este momento con entusiasmo apasionado, y ahora no salía de mi espasmo, traté inútilmente de incorporarme, de salir de aquella “pálida” incapacidad No solo se trataba de mi propio goce, sino el compromiso de liderar en parte una intensión colectiva con serias responsabilidades logísticas. Sonaba la banda musical que nos acompañaba, todos me rodeaban bailando, yo lo hacía y nadie se podía imaginar que bajo el disfraz estaba un muerto. No obstante que me empiné varias veces una botella de ron, todos los intentos por salir de aquel trance pavoroso eran fallidos. De diferentes procedencias me brindaban rones, aguardientes, tequilas, cervezas y un exquisito brebaje de ron y aguas de coco que es la bebida oficial que se surte a los danzantes. Cuando dieron la orden de marchar, la multitud espectadora se me vino encima, todos vitoreaban y cantaban enloquecidos y yo en el vórtice de mis emociones había colapsado. Tenía bien claro que no podía dejar el desfile, pero ya no contaba conmigo.

      Me escurrí entre la gente casi arrastras y cuando ya estaba a punto de desmayar advertí aquel muchacho entre la gente, tenía la misma contextura que yo, la misma altura, me acerqué rápidamente a él, me miro con una cara de conmiseración, le dije: esto es una asunto de vida o muerte! me fui quitando la máscara, los guantes, el disfraz completo, saqué de mi mochila carnavalera media botella de ron que me quedaba, le advertí que tomara un trago grande, lo hizo casi de mala gana. Miré hacia atrás y el espectáculo era alucinante, esplendido: Los bandereros danzaban sincronizados enarbolando la dignidad y la gloria de la comparsa. Los músicos sintonizados en rítmica sonoridad alzaban al aire las trompetas, sonaban los cueros, casi medio millar de disfrazados en el umbral de su belleza contorsionándose de dicha… todo el mundo deliraba. Como ante un espejo en caleidoscópica figura miré asombrado al bufón, me percaté de que exhibiera en su pecho la credencial que le acreditaba como miembro de la comparsa donde se leía con claridad mi propio nombre, dí un último retoque con mi mano temblorosa al maquillaje de su cara, le advertí que no debía hablar con nadie… - tú solo baila, baila como nunca has bailado! Y lo vi alejarse bailando con gracia, aproximándose al desfile, se dio vuelta hacia mí, sacó de mi mochila la botella de ron, se la empinó emocionado, me miró concupiscente haciendo una seña de feliz complicidad desde mi propio frenesí.

      La banda El Milagroso de San Benito de Abad tocaba el tema: “Vámonos caminado”… papara pa pa pa pa papa pa pa pa.. todos esperaban a Hugo el bufón que se extendía precioso en la vertiente del jolgorio… Me animó saber en medio de la maluquera, que apenas era sábado de carnaval. Ya me las desquitaré! pensé, mientras asumía mi carnestolendica ubicuidad.

viernes, 25 de enero de 2013

Hispanorama

Ser mujer en el siglo XXI

Por Alicia Rosell*

Ser mujer en un mundo competitivo y profesional significa que nunca podemos bajar la retaguardia, que seguimos teniendo que demostrar mil veces más que lo hace un varón, que somos tan válidas como ellos en todo.

Ser mujer en pleno siglo XXI es constatar que la historia de los logros de las mujeres se sigue escribiendo con sudor y lágrimas, con el trabajo incomprendido y el menosprecio de colegas o el de la propia familia. 
Es bello ser mujer porque yo soy una mujer. Aclaro que no soy feminista, sino fémina y femenina. Soy una sencilla mujer y nada más.

      Lo realmente difícil es lograr conciliar nuestra esencia de ser mujeres y profesionales en un mundo de hombres donde todavía nos cuesta dejar la impronta de nuestra huella sin pasar por la aprobación y el reconocimiento de algunos de ellos. A pesar de que se ha avanzado en este terreno, a las mujeres nos queda mucho por hacer y más que decir. Por bien de la humanidad. Porque hablo en su nombre y no solo en el propio.

      No nos quejemos, sin embargo: Las cosas han cambiado para mejor. La cuestión es que aún sigue existiendo desigualdad aunque no lo parezca, tanto en lo profesional como en la vida privada. Las mujeres más afortunadas tenemos mucho que aportar y luchar para que las demás mujeres del mundo puedan escribir en la historia sin dejar rastro alguno de regueros de sangre ni estelas de dolor. 

      El mundo sigue siendo un mundo de hombres porque aún se nos sigue mandando a callar y se nos pide más que a un varón por hacer lo mismo. Es una realidad palpable que apreciamos las mujeres del mundo desarrollado y en exceso, las mujeres de los países menos favorecidos. No es generalizar sino dejar constancia. Porque aún no ha acabado la lucha para quienes damos la vida al hombre, pariendo con dolor y sangre, dando nuestra vida solo por amor. Siempre por amor.

      No nos auto engañemos, mujeres de todas las condiciones. Mientras nos sigan mandando a callar o se ignore nuestra presencia e ideas, no habrá igualdad. 

      María Zambrano, en la foto, mi heroína, lo dijo en pocas palabras. Gran mujer. Ella dejó su impronta para las que vinimos después... "Prefiero una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila". 

      Yo me hago eco de sus palabras y desde aquí, le rindo mi homenaje de mujer luchadora.

*Escritora y directora editoral de Iberoamericana de Ediciones "ALICIA ROSELL® Editorial" a través de HISPANORAMA (Group Hispanorama Audiovisuals, S.L. www.hispanorama.net)

jueves, 24 de enero de 2013

Vox populi

Historias de aparecidos:

El perdido más viejo del mundo
- Eduardo Patrocinio Muñoz Estrada, apareció después de sesenta años.

Por Alfonso Hamburger

Ni estaba perdido ni andaba de parranda, como muchos creen. Tampoco debe ser calificado como el sanjacintero más ingrato del mundo, todo porque haya demorado más de 60 años sin comunicarse con su familia, que ya lo daba por muerto. De todos modos, para sus parientes, ha sido el mejor regalo de diciembre y la mayor entretención para refrescar la lengua y la memoria en reuniones familiares, sancochos y parrandas de año nuevo.

      Eduardo Patrocinio Muñoz Estrada, a quien le habían buscado un reemplazo bautizando un hermano menor con su mismo nombre tratando de llenar el vacío de su ausencia, se fue de San Jacinto huyendo de los castigos de su padre, Eduardo Muñoz Castro, cuando sólo tenía once años e iba para los doce. La última razón que tuvieron de él fue a los veintiún años, cuando terminó de pagar el servicio militar en Bogotá, recibió su libreta de primera clase y desde allí perdieron su rastro, hasta que el pasado 30 de diciembre, cual Niño Dios, se presentó en casa de la familia Viana - Muñoz, con 80 años y un rictus risueño. Llevaba puesto unas gafas de montura gruesa, un sombrero llanero de ala corta y un maletín. Al salir de Arauca, donde ancló su barco andariego, sin mujer que le recriminare -pues su esposa murió- y donde levantó a sus cinco hijos, diez nietos y cinco bisnietos, su hija Marlene calculó que si sus familiares aún lo recibían, un alojo y un bocado de comida, “se le dan a cualquier peregrino” y se vino.

      ¿Qué le pudo haber pasado a un hombre para demorar más de 60 años perdido de su pueblo y su familia? ¿Qué cosas buenas, regulares y malas pasaron en el mundo y en su pueblo mientras anduvo de corredurías?

      Lo primero, antes de hacer un balance de los hechos, fue revisar casos parecidos, como el del guitarrista Camilo Cantillo, que fue a hacer un mandado en Sincelejo hace 50 años, desde su Calamar natal, y aún lo están esperando: A diferencia de Eduardo, sus familiares saben que Camilo está vivo. En el caso de Eduardo, había dudas, porque cuando salió del cuartel, fue enviado a zona de guerra, donde se sabía cuándo se entraba, pero pocas veces cuándo se regresaba.

      Otro celebre perdido del pueblo es Jaime Herrera Vásquez, que se fue de Bajo Granda a trabajar para aquel lado del río hace 40 años y se lo tragó la tierra. O el caso del popular jugador de fútbol  Nando Olivera, conocido como la Nigua, igualmente desaparecido. Son muchos los casos.

      No obstante el silencio y los años que casi todo lo borran, Aminta Muñoz Estrada de Viana, su hermana mayor, de 83 años, madre de once hijos -siete varones y cuatro hembras- aún conservaba sus cartas y guardaba una leve esperanza de que estuviera vivo. 

      La última noticia que recibió del andariego, fue al nacimiento de Nelson, el más polémico de sus hijos, destacado deportista y maestro de escuela, quien nació el 26 de julio de 1957. Aquella vez, su hermano se regocijaba en una carta del nacimiento de un nuevo varón, pues después del primogénito Oscar, que vive en Santa Marta, habían tenido tres niñas en fila india. Esa fue la última carta. Pasaron más de 56 años sin razones ni grandes ni chichas.

      Sus hijos, unos más que otros, aunque nunca lo habían visto, a veces sacaban a relucir la historia de aquel tío remoto, amorfo, imaginario, que un día se fue de casa huyéndole los lapos de su padre y no volvió. Leónidas, el más inquieto de todos, escritor de cuentos y amante de la virtualidad, prendió el motor de búsqueda apoyado de la Internet, pero no tuvo respuesta. Fueron tiempos en que cuanto Muñoz salía en la prensa revisaba a ver si era su pariente, como la vez que fue raptada una niña Muñoz, hija de un político, que resultó con ramales del Atlántico, pero nada.    De allá, preciosamente, de Piojo, Atlántico, provienen los Muñoz que un día se asentaron en San Jacinto, a finales del siglo XIX, por los lados del corregimiento de Arenas.

      Durante la ausencia de Muñoz Estrada, en Colombia pasaron por el Palacio de Nariño 19 presidentes y ocurrieron dos guerras mundiales. En San Jacinto hubo varias masacres, mataron alcaldes, concejales, un cura, un notario. Los Gaiteros le dieron varias vueltas a la tierra, ganaron un Grammy Latino y Congos de Oro. Rodrigo Rodríguez gana igual premio Gramy Latino; murieron Pepe Rodríguez, Toño Fernández, Andrés Landero, Juan y José Lara y Ramón Vargas.  
      Nunca supo de la muerte de su padre, en Barranquilla, ni del nacimiento de dos hermanos naturales, pues su padre tuvo dos matrimonios más. Su madre había fallecido cuando tenía cinco años, de modo que no soportó los látigos de su amargo padre y se fugó. Cuando eso sucedió, Alberto Lleras Restrepo regía los destinos del país, pero no sabe la fecha exacta. Sólo sabe que nació en la calle de la muerte, una cuadra antes del cementerio, un 12 de mayo de 1933. Se fue con 11 o 12 años y regresó casi de ochenta, con mucho recorrido, pero con un solo nombre.

- Cuando fui a sacar la cédula, decidí quitarme el Patrocinio, porque no me gustaba.
Ahora se llama sólo Eduardo Muñoz Estrada. Su pinta es la de un cachaco, un cachaco llanero, que habla con un dejo de grosura y pausado, que luce un sombrero negro de ala corta. Se fue costeño y regresó cachaco, después de ser uno de los soldados que participó en la captura del guerrillero Guadalupe Salcedo, de montar caballos y bailar joropos.

- Guadalupe se entregó con seis guerrilleros más, pero después lo mataron en Bogotá, señala.
Después de salir del ejército se quedó en los Llanos, porque allí se enamoró de la mujer que le dio cinco hijos, diez nietos y cinco bisnietos. En todos esos años hizo de todo y aunque pensaba en su pueblo, nunca se le ocurrió regresar.

El regreso

     El día que Aminta, su hermana mayor, habló por teléfono con él, después de sesenta y pico de años sin oírlo, la voz no le dijo nada. Al otro lado de la línea oyó la voz pausada de un cachaco viejo, algo así como la de un Gaspar Ospina anciano, pero estuvo a punto de morirse de emoción. Se puso a llorar. Ambos lloraron. Entonces decidió venir al reencuentro.

      Todo había ocurrido un mes antes. Su hija Marlene Muñoz caminaba por el centro de Arauca, cuando vio el letrero: “Panadería San Jacinto”. Fue donde se acordó que su padre era de aquel pueblo lejano del que le había hablado alguna vez. Se les prendió el sentimiento. Visitaron la panadería y se encontraron con un hombre jovial, dicharachero, afable, abierto y cordial, como todo buen sanjacintero. Podrá tener unos 52 años y se llama Luis Barrios. Los primeros contactos fueron un poco dudosos. Preguntó por sus familiares. Recordó sitios, calles, nombres de barrios, dichos como kaccula tú (que usa todo sanjacintero que se respete). Sectores como Miraflores, calles como Yuca Asa y La Fuente. Pintó en sus recuerdos la cuadra donde nació, con un puente de tablas para pasar el cañito de olores podridos, antes del cementerio y dio en el clavo. El pueblo estaba allí. Algunos de sus familiares viven bien, han progresado.

      Su sobrino Nelson Viana Muñoz, coincidencialmente, el motivo de la última carta que envió (que demoraban entonces 30 días en llegar) fue el primer contacto con la familia. Hablaron y se pusieron de acuerdo. El viaje de Arauca a San Jacinto, por carretera, es escabroso, dura por lo menos 33 horas.
      Llegó de madrugada, en medio de ese viento frío y el canto acompasado de los gallos, el pasado 30 de diciembre y desde entonces no han parado de hablar y de festejar, dando crédito a aquello que “habla más que un aparecido”.

      Los Viana Muñoz, hijos de Aminta Muñoz Estrada con Toño Viana, un campesino sin tierra de 94 años que hizo 11 profesionales exitosos, postergaron parrandas y citas callejeras, porque se dedicaron a compartir con el tío aparecido, para ponerse a paz y salvo con la distancia, el tiempo y los recuerdos. Con la jovialidad propia de la familia, el primero de enero, en la ya célebre parranda de integración en la finca Villa Luna, la figura fue el aparecido, que se convirtió en la vedette y motivo de inspiración de músicos y verseadores.

      De San Jacinto, el aparecido más viejo del mundo, prepara maletas para Barranquilla, donde están los otros hermanos y donde yacen los restos de su padre, aquel viejo amargo, Eduardo Muñoz Castro, por quien decidió abandonar su casa.
      La última vez que lo vio fue el día que lo mandó a la laguna a buscar unas bangañas de agua. El niño se negó, entonces el viejo salió persiguiéndolo por el camino real, más arriba del pueblo, por los lados de Arena, para castigarlo. Se escondió en unos arbustos y lo vio pasar resoplando con un rejo en la mano. El viejo siguió de largo, furioso, hasta llegar a la casa próxima en el camino, donde preguntó por el pelao rejugado y flojo y al no hallarlo regresó con las mismas. Una vez lo vio perderse en el camino, el niño tomó rumbo de San Jacinto, de donde se fue con unos primos como ayudante de cacharros. Llegaron a Barrancabermeja, donde volvió a quedar en el aire, pues su pariente Antonio Estrada, dirigente sindical, olió que lo iban a matar los del Gobierno, no espero que amaneciera y desapareció.
      Al quedar solo, en vez de regresar, Eduardo siguió para adentro, hasta meterse en el mundo del llano, donde hizo de todo para forjarse, hasta este diciembre, en que picado de nostalgia, retornó al pueblo que lo vio nacer.

miércoles, 23 de enero de 2013

Impresiones

La discriminación racial

Por Nadim Marmolejo Sevilla

El Racismo es una herencia maldita que ni siquiera el espíritu humanista que caracteriza a nuestra época ha podido erradicarla por completo. Sólo basta ver lo que le pasó hace poco a la sanandresana Jackeline Howard en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena o enterarse uno de que el afamado cantautor Alfredo Gutiérrez dijera “estoy más contento que negra paría de blanco” —tras recibir una condecoración en Sincelejo la semana que acaba de pasar— para darnos cuenta de ello.

      Es como si el hecho de haber superado el sedentarismo intelectual que promovía la Iglesia en el pasado y haber logrado que la ciencia haya puesto al alcance de todos sus deslumbrantes hallazgos, no fuesen suficientes elementos de juicio para comprender que toda persona tiene los mismos derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política, o de cualquier otra índole.

    Una de las cosas que aún persisten, rabiosamente, inclusive, es la resistencia de muchos a reconocernos como mestizos —ya sea por la sangre o por la cultura— como lo hizo Bolívar cuando pensó en la necesidad de independizarnos de España. Fue de los primeros en concebir que ya no se podía hablar de un continente indígena o africano o de blancos europeos, sino de un continente americano.

      Y eso es América en general. Un tejido humano hecho con las agujas dolorosas de las tragedias que nos tocó padecer. Una sociedad enriquecida para siempre con los aportes de la historia que nos correspondió en suerte y las corrientes de intelectualidad que inundaron estas tierras.

      El hecho de que la esclavitud se hubiera dado en este terruño, es bastante razón para desterrar, de una vez por todas, la discriminación racial. La ciencia, la filosofía, y la experiencia de nuestros ancestros, nos han demostrado que se trató de la peor equivocación cometida por la humanidad.

      “Fuimos educados desde tiempos inmemoriales en la peregrina idea de que hay una ortodoxia sexual de la que sólo se apartan los pervertidos y los locos y enfermos, y hemos venido transmitiendo ese disparate aberrante a nuestros hijos, nietos y bisnietos, ayudados por los dogmas de la religión y los códigos morales y costumbres entronizados”, ha dicho el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

      Y agrega que “le tenemos miedo al sexo y nos cuesta aceptar que en ese incierto dominio hay opciones diversas y variantes que deben ser aceptadas como manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este aspecto de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar, permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elija su conducta y vocación sin otra limitación que el respeto y la aquiescencia del prójimo".

      Por eso, hay que sacar de nuestra memoria aquellos conceptos impuestos por las cúpulas sociales de antaño —y las que subsistan al presente— que consideran el color de la piel como factor determinante de las calidades y cualidades de un ser humano. No es tiempo ya de estas distinciones absurdas.

      Nada como la reunión del color y del ritmo, de la energía y la esperanza, que se dio en este cruce de razas que hubo aquí para desprenderse de aquellos dogmas que aún no aceptan que es un error pretender desconocer que el ser humano es libre, un individuo inviolable, un ser soberano por naturaleza.

*nadimar63@hotmail.com