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domingo, 24 de enero de 2016

Desde las troneras del San Felipe

La oscuridad de las candilejas

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

... y la Gloria, esa ninfa de la suerte,
 sólo en las viejas sepulturas danza.
                                           Julio  Flórez

Existe entre muchos escritores y poetas, un afán desbordado por ser diferentes, creen que siéndolo pueden acceder a las mieles del olimpo literario. Sucede que las páginas, físicas y virtuales, se llenan de una gran cantidad de experimentos de dudosa calidad artística. Muchas veces piensan, incluso, haber inventado nuevas formas poéticas que le asegurarán un sitial en la galería de los grandes creadores del mundo. Pero ocurre que al no conocer la historia de la literatura, inventan lo ya existente, entrando así a la logia de los tontos embaucados de sí mismos. 

En este universo de cobas mutuas en que se ha organizado la sociedad de las letras, no se debe creer ciegamente las loas y alabanzas que se reciben, sin colocarlas en el peso de la objetividad y el desinterés. En verdad, los grandes autores siempre han tenido mucha resistencia entre los “sabios” de turno, que manejan la crítica desde la comodidad de sus sillones de agregados culturales, asesores de editoriales multinacionales, mimados por los ministerios culturales, vedetes de publicaciones light y otras pandillas de mala leche que manejan la literatura en todas partes.

Si un escritor no conoce su oficio, lo más probable es que repita lo que ya otros han realizado hace mucho tiempo. No se puede ser novedoso partiendo de la nada. Habría que ser un genio y esto es lo menos común. Sé de muchos que no saben nada del arte que dicen practicar, pero aun así, se atreven a considerarse maestros del ramo. El simple hecho que tengan la posibilidad de publicar un libro cada vez que deseen y viajen por el mundo y asistan a cuanto encuentro se realice no los hace verdaderos escritores. Tampoco crean los que no lo hacen, que por no haber publicado, ni puedan viajar y sufran mucho, están llenando requisitos para grandes maestros. No todo lo que uno escribe es bueno, y si sumado a esto, no concurre la disciplina de corregir y revisar constantemente, lo más probable es que el resultado de nuestra “inspiración” deje mucho que desear. Y no quiero con esta afirmación generar polémica alguna sobre este tópico. La inspiración, entendida como un momento especial de disposición para la creatividad, nunca es perfecta, por ello hay que acudir a la autocrítica severa para decantar lo escrito.  

El estilo personal del escritor se adquiere con el constante ejercicio y se va desarrollando en la medida en que avanza en la dinámica creadora. Pocas veces el gran artista es consciente de la magnitud de la obra que está gestando. Esta se esta erigiendo ante sus ojos producto más de una intuición que de una seguridad. Pero esto no va a llegar sin que haya un sólido cimiento de estudio, lucha interior y constancia en el trabajo. 

Por último, si tanto les trasnocha la gloria, tengan presente que la gran mayoría de los grandes poetas y los escritores considerados clásicos, lo consiguieron después de muchos años de muertos, porque la literatura se exalta con el tiempo y parece que para ello no tiene en cuenta el promedio de la vida humana. Pero al verdadero artista esto es lo que menos le importa. Solo al que va tras las candilejas lo atormenta la carencia de reconocimiento.

domingo, 23 de agosto de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Márquetin literario

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

En un mundo mercantilizado, la literatura se ha convertido en un bien más de consumo, y esto no tendría nada de censurable, sino fuera porque el arte está siendo atropellado por fenómenos ajenos a él. 

Cuando entramos a las librerías somos recibidos por  galerías de imágenes de mujeres desnudas y en las más diversas poses de invitación, dejando en un segundo plano el contenido del libro, como si fuera lo que menos importara. 

Pero lo más lamentable es que son los mismos escritores quienes escogen para sus portadas desvalorizadas modelos Play Boy, mandando su propio trabajo al sótano de lo irrelevante. 

No creo que se deba prescindir de la fotografía o cualquier otro arte para buscar llevar el libro al lector, pero sí es necesario ser consecuente con la literatura. Una fotografía artística, una buena pintura le dan un toque elegante a un libro, pero no puede ser más importante la caratula que el contenido de la obra.

Con las editoriales no hay nada que hacer, manejadas por “expertos” en márquetin, se creen el cuento de que “una imagen vale más que mil palabras”, y proceden a indigestar el mercado con cuanta extravagancia se les ocurre. En este orden de ideas, no estaremos lejos de ver a una mujer desnuda frente al pelotón de fusilamiento para vender alguna reedición de “Cien Años de Soledad”. 

Y qué decir de los prologuistas profesionales, pagados por las multinacionales de la edición, haciendo alabanzas descaradas e impunes a verdaderos bodrios, libros los cuales saldría muy barato botarlos lo más lejos posible para que no puedan embrutecer a nadie más. 

Han llegado al colmo (las editoriales) de pagar “recomendadores” por televisión, periódicos y revistas, para que estos falsos sabios, le digan a la gente, ¡los cuarenta libros que se han leído en la semana!, y que usted puede comprar con toda confianza. Pero lo peor es que hay incautos que les creen.

Cuando el autor hace un monumental esfuerzo por publicar por su cuenta, muchas veces cae en el error de buscar autores prestigiosos para que le hagan el prólogo, entonces asistimos al patético espectáculo de verlos mintiendo descaradamente sobre la obra del otro, presentándolo como lo mejor de los últimos treinta años.

Hay un profundo vacío ético en quienes esto hacen, pues si usted se percata de que la obra puesta bajo su lupa no tiene ribetes literarios y menos artísticos, devuélvala y excúsese de ello. En la literatura no cabe la lástima, peor sería engañar a esa persona con sus palabras elogiosas, y de paso, desacreditarse usted mismo.

Las personas pueden hacer con su dinero lo que a bien tengan. Si desean ver sus fotos en los libros para mostrarlos a los amigos, a la familia,  a los vecinos, a los compañeros de trabajo, al jefe, al Presidente, ese es su derecho; y si quieren publicar las cartas de amor de su juventud, sus peripecias sexuales, sus sermones, sus descubrimientos de la vida, sus máximas de costurero, sus inquietudes de jubilado, o lo que deseen, ¡qué lo hagan! Es su dinero, su dedicatoria, su ego, “su…” lo que ustedes quieran, pero que nadie venga desvergonzadamente a decir que “acaba de aparecer una verdadera promesa de las letras”, “una voz profunda y dinámica que enriquece al arte con su inteligencia”, “un estilo único e inimitable” y otras necedades del mismo tenor. 

Esta columna lo único que pide es respeto por la palabra, respeto por los grandes maestros que han marcado el camino, respeto por el lector que llega a una obra confiando en el criterio juicioso de  los expertos, y lo más importante, respeto por quienes se inician en la literatura. 

Bienvenido el márquetin, pero nunca por encima del arte.

domingo, 26 de julio de 2015

Desde las troneras del San Felipe

La boda del año

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Pocas veces me gusta servir de padrino de bodas, pero dada la insistencia con que me lo pidió mi sobrino Jaime Mototaxi, sería muy descortés negarme. Además, ¿qué explicación le podía dar a mi hermano para rechazar la invitación? 

No había salida alguna, debía prepararme para este tormento social. De antemano sabía que la fiesta sería amenizada por la potente maquina «El Rey de Rocha» y su espadachín de bla, bla, bla, «El Chawala».  

La feliz novia, la señorita Sai Minutos, alquilaría su vestido para la ocasión (novia que se respete, va de blanco, decía mi abuela). La ceremonia la oficiaría nada más y nada menos que el cura Alberto Linero, el teso del «Man está vivo», allá donde solo las águilas se atreven, el barrio Loma Fresca. 

Preocupado por el futuro de esta joven pareja, les pregunté si estaban seguros de poder enfrentarse a esta vida tan costosa y sin ninguna oportunidad para los pobres, mi sobrino me contestó que todo estaba bajo control, que con su especialidad de conductor de motos empírico —no sé qué quiso decir con esto—, tenía asegurada la granola, y lo demás era escarbar la «liga». Lo mismo me aseguró Sai, que con sus celulares de oferta, estaba ampliando su oficina ambulante en la Plaza de la Aduana, donde el mismo alcalde era fiel cliente. Además, que la venta de agua y conservitas la respaldaban para la eventualidad de un mal día. Que no me preocupara, que ya habían hablado con el doctor Meketrefe, para ponerle unos voticos a su eterna candidatura al Senado. 

Mi sobrino me aseguró con mucho optimismo, que él, como líder de una cooperativa de mototaxis (todavía no digiero esta palabra), estaba organizando otra manifestación para que el «viejo» Dionisio (así llamó al alcalde, el desvergonzado) se baje del bus con otra hora más de servicio para las motos. 

Les pregunté por el amor, me respondieron que ya lo habían hecho; les aclaré que no me refería a «esa» clase de amor, sino al hecho de estar preparados para estar juntos y enfrentar las vicisitudes de la vida, de la fidelidad y otros valores que le dan estabilidad a la pareja. Esta vez fue Sai Minutos quien me respondió que ya la «incompatibilidad de caracteres» no era para preocuparse, que muchas amigas de ella habían sido divorciadas fácilmente por el doctor Cuchara. 

No hablé más, dado que la típica pareja de este tiempo estaba resuelta a casarse, era mejor no insistir. Entre las amistades que pensé invitar estaba Flash, quizás con sus contactos en «Nuestro Canal» pudieran pasarnos unos minuticos; entre las damas se me ocurrió invitar a Luchy del Portillo (no le puse comillas para que no la confundan con los alias de los pandilleros no resocializados por la “Mariamulata”); como personaje importante llevaría a Tito «Sensación» Mejía, el peso pesado de La Urraka Cartagena (si no le gusta esta vaina, no se publica y punto); a Franklin Howard Ortega no lo dejaría por fuera por nada del mundo, él solo, con sus letales mojitos y su bastón de viejo griot, es garantía para que al son del «Rey de Rocha» no se me espeluquen los muchachos; a los del Taller Literario La Urraka no los invito, porque esa gente va es a comer, y no sigo porque si me paso de palabras, usted, amable lector, tampoco podrá asistir.  

jueves, 9 de julio de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Barú, un paraíso en peligro

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Por una carretera que atraviesa el sector industrial de Mamonal, lo que significa conducir al lado de tractomulas amenazantes, se llega a una intersección, donde se debe doblar a la izquierda, si se descuidan las señales, se puede ir directo al corregimiento de Pasacaballos, donde la pobreza te golpea de frente, a pesar de ser vecino de ricas empresas, pero por maniobras centralistas, todas estas «chimeneas» tributan en Bogotá, capital del país. 

Hecho el giro a la izquierda, la carretera pierde su gran flujo y se siente uno liberado de esos gigantes de hierro que asustan con sacarnos de la vía. El clima es sofocante, la vegetación propia de tierra caliente. Pocas construcciones a lado y lado del camino, aunque son tierras que ya tienen dueño. Llega un punto de la carretera en que se arriba a otro cruce, a la izquierda los avisos señalan Barranquilla, Sincelejo; a la diestra, se lee «Barú», este es nuestro destino.  

A la derecha el flujo es menor, pero el mismo crece en épocas de turismo y los fines de semanas, donde las aguas cristalinas de Playa blanca ofrecen un atractivo singular para el paseante. Después de un corto trayecto, se ve de lejos el Puente de Barú (Iba a llamarse Puente Campo Elias Teheran, el alcalde que gestionó los recursos con Pacific Rubiales, pero el Concejo de Cartagena se opuso), que une a la península de Barú —también se le conoce como Isla de Barú— con Pasacaballos, hasta hace poco solo se podía cruzar el Canal del Dique por planchones o ferrys. Se aprecia un puesto militar, típico en Colombia, donde las autoridades cuidan los puentes para evitar su destrucción por las guerrillas. 

Ya del otro lado del puente, se observa una gran cantidad de terrenos cercados, grandes propiedades de dueños que no han tenido presencia ancestral por estos lares, tierras que han sido obtenidas, muchas de ellas, después de largos pleitos judiciales, donde la característica es la venta a gente de mucha plata. Se sabe que esta zona ha sido el campo de ejercicio de un número incontable de abogados, ventas «chuecas», prescripciones fraudulentas, firmas a punta de cañón, testigos falsos, vendedores embaucados, en fin, todo el manual posible de la corrupción.

Al llegar a la población de Barú, se encuentra uno con un poblado pobre, poca vegetación que lo proteja de un sol inclemente, muy parecido a Pasacaballos, pero más desatendido por la administración distrital, que tiene su asiento en Cartagena. Con una simple mirada, entiende uno que solo un gran esfuerzo de los nativos les permitirá escapar de la condena de haber nacido en un lugar atrapado por la pobreza, ello a pesar de que cada día los terrenos adyacentes tienen un valor exorbitante. La comunicación permanente que ha traído el puente nuevo, le ha permitido la llegada de inversionistas de todos los niveles. Como en cada pueblo que se respete, no podían faltar las grandes tiendas de barrio de propiedad de los «cachacos», entiéndase personas del interior del país.

Cuando se deja atrás el poblado, comienzan a aparecer claras señales de propiedad privada, cercas, rejas, portones, incluso lotes sin construcciones, pero con guardias armados, señal de que se debe estar en guardia para evitar invasiones. Todo lo anterior nos indica que nos acercamos a Playa blanca. Muchas de estas propiedades tienen playas privadas, es decir, que nadie tiene acceso a ellas porque están cercadas, cuando la Constitución colombiana define que las playas no pueden ser propiedad de particulares, pero como se trata de gente de poder, de empresas con mucho capital, las autoridades ni se dan por enteradas. 

Igual que sucede en el corregimiento de la Boquilla, a cierta altura de la vía, hay un grupo de niños esperando a los turistas para señalarles el desvío a la derecha, el cual llevará a la «famosa» Playa blanca. En dicho desvío se termina el asfalto y se inicia un camino destapado, donde es menester conducir despacio para evitar caer en un bache o dar con una gran piedra. Aquí se deduce la poca importancia que tienen los nativos para la alcaldía de Cartagena, porque siendo el turismo una de las pocas opciones de trabajo, sino la única, no les ha construido una carretera que ayudaría muchísimo a estos colombianos para ganarse el sustento y el de sus familias.

Pero si ignoras a los niños que te señalan el giro a la derecha, y continúas de largo, tarde o temprano llegarás a un estrecho donde termina la carretera y por un espacio rellenado de tierra y piedra, te das de frente con el hermoso y diamantino mar Caribe. Pero del lado derecho una gran cerca te impedirá el acceso a la playa, ¡porque la playa es privada! A la izquierda hay una playa que parece virgen, de difícil acceso por ser de arena suelta donde los vehículos quedarían atollados. Otra prueba del abandono administrativo que no habilita las pocas playas que no tienen dueño, porque eso es Barú, en resumidas cuentas, un paraíso con dueños por todos lados.

La falta de presencia de la autoridad ha permitido que hoteles, conjuntos vacacionales, clubes y particulares, se apropien de las playas, y hayan dejado aquellas de difícil acceso al turismo informal. Porque llegar a Playa blanca tiene sus bemoles. Comenzando por los parqueaderos donde hay que pagar por adelantado una tarifa fija de siete mil pesos, así sea media hora lo que dure el visitante, es decir, tarifa estándar. 

Para llegar a la playa se debe caminar unos cinco minutos, que se alargan peligrosamente por la bajada que hay que hacer, una suerte de precipicio con escaleras mal diseñadas por un lado, y piedras acomodadas a la carrera para que el paseante no se caiga, pero estoy seguro de que más de un turista se ha caído por este descenso, o cuando luchaba por regresar. Otra prueba de la desidia administrativa, ni siquiera para construirles a los nativos y al turismo un acceso digno y seguro a la playa. Me tocó ver cómo sufren los comerciantes para bajar sus productos, qué tristeza verlos maniobrar como si estuviéramos en épocas bárbaras, donde no se conocía el cemento ni el hierro, verdaderos malabaristas de la subsistencia. Imposible que llegue un camión de gaseosas, de cervezas, de cualquier producto. En pocas palabras: ¡el acceso es un desastre!

Cuando has bajado por ese remedo de entrada, te encuentras en un camino de altos árboles, cercas de alambre de púas de ambos lados, porque cercas hay por todas partes, te topas con mucha basura: vasos, botellas, platos (el infierno del plástico). ¿Y cómo llega el servicio de aseo? ¿Sacar la basura a hombros? ¡Terrible, cuando la playa solo está a pocos pasos de la carretera! Muestra indubitable del desgobierno. 

Lo primero que se nota al llegar a la playa es la informalidad de los comerciantes, ubicados de manera
anárquica, poco espacio para caminar, puestos que más parecen cambuchos, desalineados, desorganizados, solo voluntad de parte de los nativos que hacen lo que pueden en medio del abandono estatal y distrital. Y también hay que decirlo, un turismo indolente, mal educado, que deja caer sus residuos donde quiera, porque no les da la gana de buscar la caneca más cercana, que las hay a simple vista. Esto podría solucionarse con un plan de recolección de basura implementado entre el Distrito y los comerciantes organizados, con el apoyo de la Policía, que tiene un puesto en el sector de la playa, un perifoneo permanente para informar al bañista de la importancia de conservar limpia esta joya de la naturaleza.

Se debe realizar un censo de los comerciantes que pagan sus impuestos y controlar la informalidad, que solo trae caos y problemas, incluso policivos, dicho por los mismos comerciantes, quienes sufren constantemente la llegada de vendedores de otros lugares que no tienen permiso, ni pagan un solo peso, pero vienen a generar desorden al ubicarse en zonas no aptas para la venta. 

Por otro lado, Playa blanca es un verdadero paraíso, con hermosas arenas blancas de coral, que le dan el nombre al balneario, un mar absolutamente transparente, cristalino, de marea tranquila, lo que lo hace especial para los bañistas. En temporada baja es sitio ideal para el descanso y la tranquilidad, que es lo que muchas veces busca el turista que huye de las playas de Cartagena, donde los vendedores acosan sin cesar. Pero esto puede acabarse si no se aplican las medidas pertinentes para su conservación. Cuando no existía el puente, solo pocos privilegiados tenían acceso por mar, y los que se atrevían a arriesgar sus autos por un pésimo camino, después de cruzar por el ferry. Hoy el puente y la carretera permiten que un fin de semana cualquiera la turba sea monumental, y si no se ejercen medidas de control, el paraíso podría desaparecer con perjuicio para los nativos, pues el turista simplemente cambia de destino, pero para ellos esto sería un desastre social, ya que de aquí es donde obtienen su modus vivendi.

Algo que llamó poderosamente mi atención fue la gran cantidad de árboles de «uvita de playa» (Coccoloba uvifera), especie que por desgracia desaparecieron en Cartagena por ese apetito depredador de los urbanistas sin sentido ecológico, árbol de sombra y fruto dulce, que tiene la particularidad de crecer en zonas costeras, más noble que la palmera, la cual es solo ornamental. Ojala los nativos luchen por conservarla y no permitan la deforestación que trae el «turismo civilizado» que ya arrasó otras ciudades costeras.

Una última observación, como somos un país «cantinero», donde la ingesta de bebidas embriagantes es alta, ya que los impuestos al alcohol y al tabaco subvencionan la educación y los deportes, es preciso ejercer controles estrictos en la carretera, sobre todo de regreso, para evitar accidentes por causa de conductores borrachos.

Una recomendación: Visiten a Barú antes de que los dueños de todo pongan las cercas que aún les faltan para apropiarse de lo poco que queda libre ante la mirada complaciente de las autoridades. Y antes de que le pongan un peaje a la carretera, que planes ya tienen para ello.         

domingo, 5 de julio de 2015

Desde las troneras del San Felipe

El descarado robo de las privatizaciones

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Las ferias de privatizaciones que inunda a nuestros países latinoamericanos se ha convertido en una verdadera plaga. Se esgrime como argumento para ello, la ineficacia y la inviabilidad de las empresas e instituciones del Estado, sin centrar nunca la atención en las verdaderas causas que dieron origen a esta situación. 

Es el viejo y manoseado cuento del cornudo vendiendo la cama donde encuentra a su infiel esposa, achacando su “mal”  al mueble y no a su relación. Todos sabemos la fuente primera de esto, pero los gobernantes de turno, obedeciendo directrices de “profundos estudios de especialistas”, pagados por los prestamistas y acreedores de la banca mundial, verdaderos agiotistas de la humanidad, solo ven como solución la entrega de las propiedades del Estado a particulares, para que estos se lucren con lo oficial. Digo esto, sin pensar en los gobernantes criminales, que merced a astutas jugadas jurídicas, se embolsillan grandes fortunas apropiándose de lo público, a través de testaferros y ante la complacencia de las entidades de vigilancia (desarmadas de antemano con nombramientos amañados) y a la pasividad de unos pueblos absolutamente vencidos y anestesiados por las diarias "verdades mediáticas".

 No se piensa en la corrupción de los políticos y en los sistemas electorales manipulados por el poder del capital, y de los dineros de procedencia non sancta, de la enfermedad terminal de los principios morales y éticos de nuestras sociedades, donde imperan antivalores como “marica el último”, “si no aprovechó, se jodió”, y otros de la misma jaez. 

Se habla de lo mejor para el pueblo sin detenerse un poco en los simples análisis y coyunturas, pues estas mismas instituciones, verdaderos logros de la democracia, terminan en las puercas manos de los delincuentes de cuello blanco, los mismos que han hecho colapsar nuestras economías y entidades en salud, educación, vivienda, seguridad social y demás. Primero las hacen inoperantes y después se las venden ellos mismos a precio de huevo quebrado. Qué destino tan lamentable el de nuestras naciones que sin llegar a conquistar la verdadera libertad de sus derechos, empiezan a perder lo poco que han conseguido. 

La razón fundamental de un Estado es garantizar a sus coasociados el acceso a educación, vivienda, salud, empleo, seguridad, etc., y si no puede responder a estos requerimientos mínimos, entonces no es viable. La fiebre no está en la manta, ni la infidelidad en la cama. Latinoamérica, te pellizcas o regresas a las cadenas.

sábado, 13 de junio de 2015

Desde las troneras del San Felipe

El oficio de escribir y sus laberintos

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Cuando un escritor se inicia en el mundo de las letras, no alcanza a imaginar las grandes dificultades con las que tropezará a la hora de querer publicar su trabajo. Al principio pensará, ingenuamente, que bastará con mandar un poema, un cuento, o cualquier crónica a algún diario para verse publicado. 

No faltará el iluso que agregue su fotografía tomada en estudio, donde compra al mundo con una sonrisa, su currículo generoso y manipulado para impresionar al editor o quien haga sus veces. Después irá al quiosco más cercano por un periódico para encontrarse con su propio talento. ¡Y tenga! Recibe el primer golpe de realidad. Su nombre no aparece por ninguna parte de las páginas revisadas con la lupa descomunal de sus ojos. 

Entonces comprende que ser escritor es una de las profesiones más duras del mundo. Empieza a visitar editoriales, a cotizar el precio de publicar libros, de desfilar infructuosamente por las oficinas públicas encargadas de hacer cultura, de involucrarse con políticos que le prometen libros en ediciones de lujo, de las propuestas vulgares de falsos mecenas, y un sin número de intentos frustrados que lo dejan sin aliento y con la certeza absoluta de que es mejor dedicarse a otra cosa. Todo esto sin contar el infarto familiar cuando "la primera célula de la sociedad" se entera del disparate de que quiere ser escritor. Lo anterior se multiplica por exponente infinito cuando el asunto es de poesía. Ahí sí se dañó el linaje, “¿y qué dirá la abuela?”.
  
De pronto se le enciende el bombillo y piensa en las revistas. Inicia una seguidilla de envíos por correo físico y virtual, después mucho silencio y la incertidumbre de si los trabajos habrán llegado a su destino, si la dirección estuvo correctamente anotada. Pero lo más grave es que comienza a dudar de sí mismo, y si en verdad tiene las cualidades necesarias para ser considerado poeta o escritor, según sea el caso. 

La resaca le dura un tiempo determinado, depende de la voluntad de cada quien, posteriormente fija su atención en los concursos literarios y ve un sol al final del escabroso túnel. Comienza el conteo de cuartillas, pago de remesas, verificación de reglas y un etc. de caprichos de los organizadores: que Times Roman, que Arial. A veces se topa con su nombre en algún espacio sideral y arma una fiesta de quien ha obtenido el Nadal o el Cervantes. Pasado el jubileo aterricen pies, y a aprender informática, a darle duro a la tecnología para crear una página web para que el mundo sepa que existe.

Esta es la parte anecdótica, pero la parte siniestra es el tráfico de influencias, que no de talentos, de los que de alguna manera “han llegado”, del miedo de perder lo logrado, de que un aparecido mueva la silla. De la prefabricación de “ganadores” de concursos para vender un libro, de las editoriales sacando libros de “autores famosos” muertos hace mucho tiempo, a quienes no hay que pagarles derecho de autor; de los amigos que “redactan muy bien” ocupando páginas editoriales de diarios que no pagan porque suficiente es que se den un “baño de importancia”; y de otras muchas situaciones nacidas de la mediocridad, que no vale la pena señalar, por ser suficientemente conocidas.

Sí, escritor(a) o poeta, has escogido una profesión dura, muy dura, pero de ti y de nadie más depende hacerla digna. Si renuncias, simplemente no tenías el temple necesario que el arte exige.

viernes, 29 de mayo de 2015

Desde las troneras del San Felipe

El éxito y la fama

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

El éxito y la fama, como lo maneja el mercantilismo, han llevado a la destrucción a muchos artistas. No es poco el número que descuida su arte por correr tras el espejismo vano de las candilejas de una noche. 

Pero lo siniestro de esto es que después de entrar en esta carrera sin control, se cae en una espiral sin fondo donde la víctima de sí misma, se dedica a construir una vida sin cimiento alguno. De nada sirve rifarse a la televisión, a la prensa radial y escrita, a “60 mil ejemplares vendidos” cuando, como en el caso de la poesía, es el arte mismo quien escoge a sus sacerdotes y sacerdotisas. El problema, si podemos llamarlo así, es que quien entra en este juego sin reglas, se vuelve cada vez más ambicioso y calculador. A la par que elabora un arte sin rigor, inventa y ejecuta todas las acciones habidas y por haber para estar en la ilusión del primer plano. Todos sabemos el poder de la verdad mediática, pero toda obra de arte está sujeta a la sabiduría del tiempo. 

Conocemos por la historia casos de personajes que en una época fueron “lumbreras”, pero con el correr de los años han caído en un justo olvido; y también la otra cara de la moneda, artistas hundidos en las marañas de la indiferencia que son elevados al sitio que verdaderamente merecen.

Esto sería situación exclusiva de quien padece este “mal”, sino fuera porque, amén del dolor de ver a un semejante arrastrarse por el fango,  quien está inmerso en esta galopada sin final, es capaz de todas las conductas mezquinas y dañinas contra los demás. No es de extrañar, entonces, la zancadilla, el plagio, la compra-venta de honras, la manipulación de concursos, la falsificación de documentos y toda suerte de patrañas para descalificar y quedar solos con “el éxito y la fama”. 

Muy pobre debe ser el ego de una persona que necesite una dosis diaria de elogio como quien toma una aspirina, pero lo que no sabe, o no quiere saber el “enfermo”, es que esto se vuelve adictivo, e igual que la heroína, la cocaína y la nicotina, siempre va a querer más y más.

Es justo que el artista viva de su arte, si puede, pero que sea resultado de un trabajo limpio, riguroso y constante. Si la fama y el dinero llegan, bienvenidos, si no, no importa, pues el arte se basta a sí mismo y el artista se goza con su creación. Además, el tiempo decanta y tiene la última palabra.

jueves, 7 de mayo de 2015

Desde las troneras del San Felipe

UN LLAMADO A LA UNIÓN

Por Juan Carlos Céspedes

FECODE no puede derribar un sistema que los mismos maestros han ayudado a erigir con sus votos irresponsables por sus propios verdugos. Es sabido que la educación es la puerta a la libertad, así que los dueños del sistema corrupto, tenedores de las llaves, no serán quienes le brinden al pueblo las alas para que este vuele libre.

La división sitemática y efectiva de todas las esferas populares (pueblo) ha permitido que todos los derechos ciudadanos estén conculcados de alguna manera. "Un pueblo unido jamás será vencido" gritan los protestantes en sus marchas, cuando debieran gritar: ¡Estamos divididos y vencidos! Porque esa sí es la realidad.

FECODE, una fuerza sindical que aparece una vez al año, no tiene la fortaleza suficiente para resisitir un largo pulso contra un Gobierno que cuenta con todas las herramientas "democráticas" para debilitar a su oponente, eso sin nombrar las medidas paralelas utilizadas para desprestigiar cualquier acción de gremio, que vemos cómo el pueblo ataca a sus propios miembros.

Los educadores, una gran fuerza que desconoce su propio poder, ni siquiera son capaces de escoger un concejal en una ciudad, un pueblo o una vereda. El poder político es ninguno, se vio cómo no hubo voces de apoyo en el Congreso, que es donde las fuerzas políticas se imponen y hacen respetar sus intereses de grupo. Sí los mismos sindicatos están desunidos, si cada cual es una rueda suelta incapaz de solidaridad, si priman los intereses particulares, si los mismos maestros están desafiliados, si muchos se quedaban en sus casas en unas vacaciones irresponsables, que puede suceder sino lo que ha pasado: un acuerdo pírrico para un sector irresponsable políticamente hablando.

¿Enseñará esta experiencia al sector para canalizar sus fuerzas hacia verdaderos representantes naturales de sus intereses reales? Me temo que la historia dice que no, que el magisterio seguirá dividido como siempre, votando en las elecciones políticas por el tunante de turno que NUNCA LO REPRESENTARÁ de ninguna forma en alguna de las instancias definitivas como ha sucedido una vez más.

Que no se piense que ha habido una derrota, hay que aprovechar la batalla dada para entender que el sector debe seguir fortaleciéndose, solo así se puede obtener la capacidad y poder de negociación desde una posición seria. El desmonte de todos los golpes recibidos por el sistema corrupto, no puede tumbarse de un solo tajo, máxime cuando los mismos docentes con su apatía política han ayudado, directa o indirectamente, a que el monstruo se haga fuerte. En palabras elementales: No se puede tumbar en un día lo que hemos ayudado a solidificar en años.

Señor (a) docente, recuerde que usted integra el constituyente primario, y es usted quien delega sus poderes a unos tipos y tipas que tomarán decidiones en su nombre ¡NO LO OLVIDE la próxima vez que vote!

miércoles, 22 de abril de 2015

Desde las troneras del San Felipe

La tormenta ocupa el lugar del horizonte*

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Entonces uno va por la vida como un trueno
soltando a chorros, en polvo de caminos,
el sudor. Dorado y vital frente a la muerte.
Tarcisio Agramonte

¡Qué duro es tratar de escribir algo con el alma reventada por el dolor! Qué se nos fue el amigo, el poeta, el cómplice de sueños, Tarcisio Agramonte Ordóñez, un sobreviviente de la vida, un luchador inquebrantable, un tipo que se construyó a sí mismo con los pedacitos de grandeza que le birlaba a los días. 

Nos conocimos en mi época de estudiante en la Universidad Simón Bolívar, presentados por Guillermo Coronel —quien tenía la buena costumbre de presentarte a la misma persona hasta que te tocaba decir «ya nos conocemos»—. Yo comenzaba con la gesta literaria con mi grupo “Renovación bolivariana” y Tarso era un egresado de sociología perdido en los laberintos de la supervivencia, la pobreza y el cordón umbilical de la universidad, y es que conseguir trabajo como sociólogo en este país es un viaje catarata arriba. 

Desde un comienzo me impresionaron sus profundos conocimientos, un tipo muy culto embutido en el cuerpo de un quijote quebrado en carnes, con ropas dos tallas más grandes, vapuleado por la vida y olvidado de las esperanzas. Me impresionó su gallardía —que hacía frontera con la caricatura—, ese salir con el mondadientes a la calle sin haberle hincado diente siquiera al pan más duro. 

Era sencillo y elemental con los amigos, soberbio y altanero con quien osara tocar a uno de los suyos. Aún recuerdo la muenda que le «pegó» a dos estudiantes de sociología (no le gustaban los sociólogos porque «hablan mucha paja y hacen poco») que nos trataban de impresionar con sus conocimientos de historia, sicología y todo lo que pudiera terminar en «ia». Los apaleó durante casi una hora con su método discursivo inapelable. Claro, estos inocentes proyectos de demagogos solo vieron a un tipo con apariencia de vencido, de rezagado… Nunca vieron venir al león que los devoró a dentelladas de inteligencia. Hasta lástima sentí por ellos. 

Así era el poeta, bajo perfil, muy humano, desconfiado con quienes no conocía, y cómo no serlo cuando se ha vivido en la calle, a la intemperie, alguien que durmió a las puertas del Teatro Amira de la Rosa cuando lo construían, porque se quedaba sin dinero para pagar los cuartos de mala muerte de los hoteles del centro de Barranquilla, solo utilizados por las prostitutas de acera, vendedores de paso y ambulantes con un retazo de fortuna.

Quizás nuestra amistad creció porque lo respeté como persona, porque lo acepté en su esencia sin reparar en su aspecto. Y compartimos la poesía, los cafés, las aventuras, el Ron Tres Esquinas, el discurso bolivariano, las largas caminatas por las solitarias calles de la noche barranquillera buscando una esquina donde un trago nos diera ánimos para criticarlo todo.

Sé que pasaba hambre, pero nunca pedía, orgulloso como nadie, digno en actitud defensiva contra la discriminación, a la que conocía de primera mano. Cuando me llegaba el giro de casa nos hartábamos en cualquier comedero callejero, que los conocía todos, y nos sentábamos a comer en un puesto del centro con buses y gente presurosa a nuestras espaldas, y me divertía aceptando mi provocadora invitación para repetir, que el hambre se acumula, me decía. Hambre, pura hambre que muchos nunca conoceremos, pero que el poeta podía darnos cátedra de ella. Su dieta salvadora era pan de sal, cebolla y panela, cuando lo descubría comiendo esto nos reíamos, pero yo disimulaba mis lágrimas y le decía a mi casera, que tenía una tienda, que le fiara comida hasta mis magras posibilidades de estudiante. 

Su gran héroe fue su abuelo, un exsacerdote que lo inició en la lectura y en el amor por el conocimiento, y por quien se le iluminaban los ojos cuando lo evocaba. Me cuenta que un político de la región donde vivió su infancia, celoso porque Tarcisio era mejor estudiante que su hijo, lo lanzó a las aguas del río Magdalena para que se ahogara. Me dice que se salvó porque su abuelo le enseñó a nadar como un pez. 

Y de historias como esas tenía muchas, demasiadas para una sola persona. Era un fumador empedernido, lo vi cazar colillas para fumarse hasta los dedos. Sé que muchos demonios lo acechaban, mucho dolor adentro, la separación de su hijo, de su compañera, el abandono de su padre —Agramonte no era su apellido, este lo tomó del héroe cubano Ignacio Agramonte, y en cuanto al Ordóñez, me río al pensar las mentadas de madre  que habrá lanzado contra el retrógrado procurador Ordóñez, que mancilló su apellido—, que seguro lo llevó a cambiarse el nombre. A mí como abogado ya titulado, me tocó ir de oficina en oficina a actualizarle todos los documentos para registrarle su nombre «literario».

Cuando te presentaba a sus amistades, te avergonzaba por la cantidades de títulos y adjetivos que te otorgaba en la universidad de su lengua, que te ponías rojo del pudor ante un currículo nunca vivido ni ganado, había que cortarlo para que no te hiciera sentir como un José Martí reencarnado. Era demasiado generoso con lo poco que tenía —todo su patrimonio cabía en un maletín, al que yo bauticé jocosamente como el maletín del gato Felix, y que lo hacía morir de risa, porque de todo salía de esa valija azul—, me cuenta que por una deuda de arriendo perdió sus haberes, que tampoco podían ser muchos. 

Recuerdo especialmente un recital poético que organizamos en la cafetería de la Universidad Simón Bolívar, a mí me tocaba presentar a los poetas. Cuando me tocó el turno de llamar a Tarcisio, lo veo venir con esa dignidad que de seguro se gastaba don Alonso Quijano, pantalón azul turquí, camisa blanca y un suéter que llevaba a guisa de chaqueta puesta en su brazo izquierdo, que uno se hubiera reído si no mediara la solemnidad que él le imprimía a cada paso, a cada gesto, a cada palabra. Yo creo que esta anécdota lo retrata exactamente. Era solemne y podía conocerte de toda la vida, pero por carta siempre te trataba de “usted”, segura impronta de su abuelo sacerdote.

Una vez se presentó en la alcaldía de Cartagena a conocer a mi madre, y cuando ella llega a casa me dice: «Por allá estuvo un amigo tuyo, parecía un actor de teatro, saludando como los mosqueteros franceses, como quitándose el sombrero y haciendo una venia y sacudiendo el aire con su mano derecha». ¿¡Quién más podía ser!?

Pero si tengo una imagen dolorosa de su vida, es esta: Viviendo yo en el barrio El Concord, de Malambo, en un cuartucho con ínfulas de apartamentico, sabiendo que estaba pasando la mar de necesidades, le ofrecí posada, y le conseguí una estera, una colchoneta, sábana y almohada.  Siempre que podía le regalaba mis camisas, que a él le quedaban bien de largo, pero holgadas por su flacura, y eso que yo tampoco era fornido. Hubo una época en que solo tenía la ropa puesta y una muda de reserva. Cierta mañana me levanto y me arreglo para irme a la universidad, me despido del poeta y lo dejo lavando. Pensé, «el man hoy no sale, le toca esperar a que seque la ropa». Como a las 10 de la mañana lo veo en la universidad con ¡la ropa recién lavada puesta como si nada! «Eh, Tarso, ¿cómo así?». «Viejo Juanca, donde quiera que estaba el sol, ahí me paraba para que se me secara la ropa, no me puedo dar el lujo de no salir, debo escarbar, mi hermano».

Pero son tantas y tantas las vivencias, los sueños calcinados, las batallas silenciosas, la poesía derramada. Un día debo partir de Barranquilla, graduado en derecho y en padre, y regreso a Cartagena a picotear la vida. Dejo al viejo Tarso con un mes pagado donde yo vivía, nos despedimos con los rostros apretados por ese mito absurdo de que los hombres no lloran. 

Después nos vimos un par de veces más en barranquilla, ya había sacado su primer libro que tanto le tocó camellar para hacerlo, del que me obsequió un ejemplar dedicado y que un hijo de puta me robó. En Bogotá nos encontramos una vez para una feria del libro, se había hecho musulmán, había viajado a Irán. Creo que desterró la cannabis para siempre de su vida. Nunca lo vi fumarla, aunque sabía que tuvo un pasado turbulento con ella.

Siempre me hacía una que otra llamada, él, menos ingrato que yo en la amistad, me ponía al tanto de sus planes, incluso me puso a hacerle un prólogo de un libro que tenía la intención de reeditar. Por ahí lo daré a conocer más adelante. Me hacía reír con los recuerdos, como ese mal consejo que me dio para enamorar a la pelada de la cafetería para que el grupo tuviera tinto gratis. ¡Ay, amigo, qué muerte tan pendeja tuviste!, tú que habías nacido para grandes gestas, tú que tantas veces le habías hecho el quite a la parca, ¡morir esperando que abrieran un comedor comunitario!, atropellado por un irresponsable, ¿qué muerte es esta para un poeta? 

Adiós, Tarso, amante del mar, del río, un frustrado hacedor de caminos, un poeta olvidado, como tantos otros, lejos del poder, del dinero, del reconocimiento, del Estado que jamás ha reconocido a sus artistas en vida, pero que está presto a hacerle homenajes, bustos, nombrar calles, colecciones de libros, y toda esa basura con que se pretende honrar a los muertos. Alá reciba tu alma y festeje tus versos. Yo me quedaré por ahora a celebrar los recuerdos. 

*Un verso de Agramonte

sábado, 24 de enero de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Un comensal con estilo

Por Juan Carlos Céspedes

Ahí está, se pasea como si buscara a alguien, creo que lo hace para que se acostumbren a su presencia, después se sienta con naturalidad y se va apropiando del espacio de «dueño», círculo invisible, pero real, que le permite decir: este lugar  y lo que hay en él me pertenecen. 

Pasa de los cincuenta años, tiene esa apariencia de los hombres a los que la modernidad dejó atrás. Viste sobrio, camisa fucsia con líneas azules y un pantalón de color oscuro, zapatos pulcramente lustrados. Ahora tiene en sus manos los cubiertos y es un cliente gozando de su pedido, trincha con eficacia, saborea el alimento, muestra modales cultivados, cuando gira la mirada, bajo la cabeza y me concentro en mis asuntos, no quiero avergonzarlo. 

Toma una servilleta de papel y toca con refinamiento sus labios, cuida no estropear su bigote cortado con esmero, creo que en algún momento de su vida esta era la ocasión para tomar el vino, pero en la mesa escogida no queda bebida, los vasos de plástico están vacíos. Con desenfado deja pasear la vista por la gran sala buscando su próxima estación, por un instante se encuentra con mis ojos, temo que piense que lo he descubierto. Me doy prisa en bajar la cabeza, aparento estar ocupado ensartando papas  a la francesa y ensalada dulce con la única intención de que se llene de confianza y siga con lo suyo. Lo busco de nuevo, no está en su antiguo sitio, espío el salón para hallarlo sin que se dé cuenta. Escudado en una cerveza fría, logro encontrarlo en el preciso momento en que lleva a su boca un vaso con Coca Cola. No sé por qué de pronto siento admiración, no lástima, sino un sentimiento de complicidad con el tipo, es algo que no sabría explicar, yo mismo no encuentro las palabras adecuadas para decirlo. 

Voy a la barra, pido otra cerveza y regreso a mi mesa, tomo solo un sorbo y me levanto con la firme intención de marcharme. Me alejo del salón y me ubico detrás de unos estantes  de comestibles donde no pueda verme, espero a que vaya por la cerveza. 

Estudia el panorama con la ciencia acumulada de la necesidad, se levanta del puesto que ocupa, mira a derecha e izquierda, y con toda la sencillez del mundo ocupa la silla que antes fuera mía, toma la cerveza con una de sus manos y bebe con solemnidad, mientras yo, de lejos, brindo con él con una cerveza imaginaria. 

sábado, 3 de enero de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Un segundo de valor contra las mafias

Por Juan Carlos Céspedes A.

Cuando hablamos de mafias, siempre hacemos una relación involuntaria con las familias sicilianas, y hasta con la ficción de Mario Puzo, a través de su legendario personaje Don Vito Corleone, y no estaríamos equivocados, porque la palabra nace en esa isla italiana del Mediterráneo Su significado tiene connotación de clan, pero su estructura y objetivo es típicamente criminal, como lo respaldan las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE. Pero mi propósito original no es detenerme en la parte anecdótica de esta palabra, sino en la forma en que ha hecho metástasis en toda la cultura occidental, más específicamente en nuestro país. 

Sin embargo, no voy a detenerme en los clanes delincuenciales tipos que han asolado nuestra nación desde siempre, llámese delincuencia común: bandas de atracadores, estafadores, contrabandistas, sicarios, etc.; o delincuencia organizada: como las típicas del narcotráfico, trata de personas, de armas, etc. Quiero parar en esas verdaderas estructuras delincuenciales mal llamadas de «cuello blanco», porque sus capos son elegantes señores, algunos graduados en importantes universidades del país, con columnas de «soldados» de todo pelaje, desde el «doctorcito» hasta el más avivato de los mensajeros. Organizaciones que se han enquistado en todos los estamentos sociales, montando verdaderas mafias, con un orden lineal de jerarquía, las cuales tienen por interés fundamental el dinero público.

            Se las puede encontrar en las universidades oficiales, en la salud, en la educación pública, en la justicia, en los mismos entes de control, y en todo lo que tenga que ver con el funcionamiento del Estado. Verdaderas estructuras mafiosas que mueven poderes descomunales, que quitan y ponen funcionarios, que firman contratos millonarios, que tienen la capacidad del boicot, de la sanción interna. Mafias que se ramifican, que hacen conexiones y acuerdos con otros corpus en el sentido de «tú me ayudas en este negocio y yo te ayudo en alguna eventualidad tuya», que determinan ejerciendo la autoridad y funcionamiento del Estado, obviamente con su ineficacia, su actuar paquidérmico, porque no es el servicio su razón de ser, sino el enriquecimiento a través del saqueo, ¡del robo!, que es la palabra a usar sin eufemismos cándidos para no ruborizar pánfilos.

En sus reuniones a puerta cerrada, al capo, verdadero criminal sin escrúpulo, se le rinden los informes de los negocios donde la «familia» tiene su injerencia, si están dando los beneficios esperados, si hay «obstáculos» que impidan que la maquinaria funcione correctamente. De allí saldrán las órdenes que irán desde ofrecimientos de sobornos, directrices para remover a la persona que estorba, o la eliminación física de quien ha tenido la osadía de frenar sus ganancias. Porque estas mafias tienen también sus ejecutores, sus «servicios de limpieza», cuando no hacen parte de la propia familia, los contratan con bandas de delincuencia común para que hagan el trabajo de la sangre.

Por estructuras de esta jaez, la política en nuestro país no es el arte de gobernar, ni de servir, sino de lo contrario, un asunto tenebroso, un oficio de malandrines cuyo único interés es el enriquecimiento a cualquier precio. Y es el político, quien a través de un sistema electoral contaminado, sirve de cabeza de playa, para que la mafia se apodere del ente, llámese Municipio, Distrito, Departamento, Estado, y cualquier institución, empresa, órgano donde haya dinero, que es, en resumidas cuentas, lo único que les importa. Que hay políticos limpios, claro, los que tratan de equilibrar la balanza de ese poder desproporcionado, los Petro, los Robledo, los Cepeda, las Claudia López, y periodistas, y líderes en derechos civiles, todos ellos en la mira del poder omnímodo de estas casas del crimen organizado que no saben ni conocen de límites cuando de proteger sus «inversiones» se trata. La prueba la pudo ver el país con la saña y desvergüenza con que se persiguió al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, le cayó todo el peso del poder, con todas sus ramificaciones, y hasta la prensa tradicional —es lo primero de lo que se apoderan las mafias, por eso del cuarto poder—, que mueve a la opinión pública, siempre ella tan manipulada y convenientemente desinformada, la gran mayoría.

Mucha gente ha pagado con su vida la osadía de enfrentar a estas «familias», valga un solo ejemplo, el asesinato del subdirector del diario La Patria, Orlando Sierra, y como él, mucha gente ha caído por las balas asesinas de esta cosa nostra colombiana, que cuida y vela porque nadie les interrumpa sus pingües ganancias. Y el capo se levanta en medio de la reunión y reparte cachetadas, coscorrones, manda a callar, empuja por la cabeza, amenaza a «egregios» alcaldes, concejales, diputados, gobernadores, senadores, representantes, pura pacotilla frente al verdadero jefe: il capo.

Pero lo más triste es que el país lo sabe, la gente entiende que el origen de sus males: desempleo, pésimo sistema de salud, inseguridad, etc., es el resultado del actuar doloso de estas mafias, pero está tan anestesiada, tan acobardada, que incluso hacen parte del engranaje de la estructura mafiosa, la alimentan con sus votos, con su trabajo, con su silencio. Es tal su poder, su injerencia en nuestra cotidianidad que muchos ven este mal como algo natural, propio, de nuestra cultura, y es que nunca han conocido otra cosa, generaciones han nacido, crecido y muerto bajo el sistema mafioso. Algunos se resignan diciendo que está en los genes, en nuestra estructura molecular. ¡Falso! El poder es del primario, o sea el pueblo, quien puede ser su propio amo, o hacerse esclavo por generaciones de las mafias por un momento de venalidad o cobardía.


Y cada cierto tiempo se presenta la posibilidad de reventar cadenas, de extirpar este podrido tumor, de quitarles el poder, de volver las cosas a su verdadera esencia, de ejercer el derecho constitucional inalienable de escribir nuestro destino como nación, pero las mafias están al acecho, alistan sus chequeras, montan sus estrategias, organizan sus cuadros de zombis, sus escuadrones de intimidación, sus periodistas pagados, y llega el día de escribir el presente y futuro de un país, y en un voto personal, el tuyo, el mío, el de todos, se decide por enésima vez la situación de nuestro país; solo se necesita un segundo de valor para derrotar a las mafias.

domingo, 4 de agosto de 2013

Desde las troneras del San Felipe

La mamá de Tarzán

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Un día cualquiera, Cartagena se despertó con el grito destemplado de la madre del hombre mono. En una ciudad con valientes de boca para adentro, este aullido puso la piel de gallina a todo el mundo. Había llegado a La Heroica —ni siquiera los mismos cartageneros la han podido acabar— la verdad última; la cultura revelada. 

Sin perder tiempo puso manos a la obra. Inmediatamente se rodeo de un séquito de sátrapas que vieron la posibilidad de agarrarse a las lianas que iba soltando ella —si quieren, pueden llamarlo él, lo cual es intrascendente para el resultado— al pasar de palo en palo (léase dinero, los más ingenuos pueden entender mangle), buscando siempre  más fama y reconocimiento. Para este circo de la selva, se unió sagazmente a un celebre gacetillero, famoso por prestar plata y no pagar, pecadillo que podría perdonársele si no fuera porque es el peor enemigo de nuestra cultura, personaje nefando que posa de buena gente con una descomunal sonrisa que envidiaría la Boca del Puente (Torre del Reloj), pero que por debajo es un río tumultuoso de rencores e intereses. 

      La mamá de Tarzán sabía que debía realizar alianzas estratégicas, ella es experta en esto, así que conociendo la xenomanía nuestra y el saber que mucha gente aún no ha podido borrar del alma el hierro candente de la esclavitud, armó una pandilla que aupara, reverenciara y aplaudiera todo lo que dijera; él (o ella), en contraprestación, repartiría títulos, entregaría premios, escribiría recomendaciones, y los etcéteras que ustedes quieran. 

    En las reuniones sociales donde aparece la progenitora de Tarzán copa en mano, se observa seguidamente una metamorfosis más asombrosa que la de Kafka, la gente se vuelve muchas chitas que se agarran a sus piernas y brazos y casi no la dejan caminar. Entonces ya no hay conversación, sino gritos de primates que se combaten por pelar una banana,  ¿y el arte vernáculo?, más falso e hipócrita que nunca. 

    Si Luís Carlos López viviera, sabría perfectamente, después de unos traguitos en EL Bodegón, dónde apuntar su rifle mordaz, porque la mamá de Tarzán no se cansa de dar «papaya». Pero este mal que nos vino de afuera, no es eterno, y pronto se cansará de tanta rodilla y se irá a pontificar a otras junglas, dejando a su suerte a las chitas de turno, colgando de débiles lianas, muertas en la dulce miel como las moscas después del banquete. 

    Como pueden ver, no podía pasar esta maravillosa ocasión para celebrar a nuestras distinguidas figuras del arte, tan queridas ellas, y qué mejor ocasión que recordar a la mamá de Tarzán, ¡sin la cual la cultura no podría existir! Sí, ya sé que ustedes saben de quién se trata, entonces no me pregunten por él (o ella), porque después ni en los buses me podré subir. ¿Tanto es su poder? Sí.

Coletilla. En cada ciudad del mundo, hay una mamá de Tarzán volando por las lianas de los poderes que depredan a la cultura.

lunes, 3 de junio de 2013

Desde las troneras del San Felipe

¡Bótelos de la casa!

Por Juan Carlos Céspedes

Cada vez que se acerca la temporada ferial de las elecciones, salen de todos los huecos de la ciudad “cartageneros que tienen su cordón umbilical enterrados en nuestras calles”. ¿Le suena familiar? Muy probablemente usted le haya hecho una reunión con familiares y vecinos para conseguir un puesto. Pero sabe que el tipo (o la tipa) tiene malas mañas con lo público, sin embargo, usted hace  como si no supiera nada y rompe para adelante. No importa que de esta manera usted sea partícipe de los peculados, prevaricatos, y otras hierbas amargas. 

      Amigos tengo, que viven dándose látigo de honestos y posan de patriotas preocupados por los altos niveles de corrupción y “¿qué país le vamos a dejar a nuestros hijos?”. Pero ellos mismos llevan a infelices almas hambrientas de justicia y pan, en camionadas o “pringacaras”, a registrar su cédula para escoger al tunante de turno. Después le ofrecen un sanduche sin pan, sin mantequilla y sin queso, además de un agua donde la panela pasó al galope, todo ello hecho por las bondadosas manos de su señora esposa. Una cédula en las manos de un ignorante o de un inmoral, es un arma mortal (¿suicidio?). 

      Hay muchas clases de bandidos, pero los delincuentes sociales son los más peligrosos. Usted lo sabe, amigo lector, hay muchas formas de matar gente, pero nada tan eficiente como acabar con el sector de la salud pública, y destinar esos recursos a través de la magia del guante de seda (algunos lo hacen burdamente) para educar hijos en el exterior, comprar fincas, autos, viajes por Europa y todo los caprichos de nuevos ricos.

      Algunos políticos en el poder tienen su propia cosecha de votos (la gente a la que tiene empleada, los que tienen “contraticos”, los profesionales a los que le “bailan el indio” del “no te desesperes que ya te consigo algo”, las mujeres a las que se han “rumbeado” por la promesa de un empleo y toda una colección de ingenuos que todavía les creen), así que les importa muy poco, que aquellos ciudadanos de cédula virginal no voten, para ellos mejor, ya que tienen sus cuentas claras. Estos personajes que se sienten orgullos de no haber votado nunca, son cómplices por omisión, aunque crean que el abstenerse de votar los hace inocentes de los males de la ciudad y del país.

     A estos personajes, y usted sabe perfectamente quiénes son, hay que aplicarles la censura social, sacarles el cuerpo en las calles, en los sitios públicos, cambiarles de acera, ¿no hace usted esto con los delincuentes comunes? Hay que hacerles saber que conocemos el origen de sus fortunas, de sus “doctorados”, de sus altas condiciones sociales.

      Así que la próxima vez que invite a alguien a su casa, fíjese bien a quién le ofrece su mejor silla, quién bebe en su vaso, quién orina en su baño, quién usa sus cubiertos, a quién le presenta a su señora e hijos, a quién le vende el alma.

      Después de las elecciones, pregúntese si tiene derecho y moral para quejarse de cómo anda Cartagena y cómo se ha deteriorado el nivel de vida de los cartageneros. De lo contrario, ¡cállese! Y siga disfrutando de lo que ayudó a montar.          

sábado, 18 de mayo de 2013

Desde las troneras del San Felipe

¡Tengo miedo!

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Esta mañana me asomé a la puerta, sin llegar a salir totalmente, mirando a todos lados a ver si veía algo extraño. Después de tantas noticias malas confieso que me da pavor salir. El ruido de cualquier motocicleta me hace temblar como paciente próximo a un examen de próstata. Doña Cleto, siempre fiel a su arte de asesinar el alba con su escoba, me pregunta por qué no salgo. Le respondo que vigilo que no haya peligro a la vista. Ante la presencia de la tal señora y previendo la posibilidad de darle material a su purgante lengua, decido poner un pie afuera, no sin antes echarme tres bendiciones y asegurarme de que el celular no estuviera visible a los ojos de este nuevo cartel que azota a la ciudad, y que parece le quedó grande a la policía. Digo celular, la verdad es que es una antigüedad de esas que no traen cámara, juegos, música y menos internet, pero por ello más peligrosa porque podría enfurecer a los atracadores que verían perdido su tiempo.

      Reconozco, sin sonrojarme, que estuve viendo videos de Bruce Lee, Karate Kid, Chuck Norris, Moreno de Caro, Edgar Perea y algunas sesiones del Congreso para poder sentir que era capaz de enfrentarme a los bandidos que tienen de ruana esta tierra. Me armé con libros de Walter Risso y del ex padre Gallo para utilizarlos de proyectiles, o en el peor de los eventos, amenazaría a quien se ponga en mi camino con un día de radio con el guache del señor Pinzón (la «Nena» Jiménez le haría los mandados), el número uno, según la fuente confiable de él mismo. 

       Iba  envalentonado así por la calle cuando de pronto sentí un grito espeluznante, era como si el diablo me hubiese espantado, y eché a correr con libros y todo. Me puse a salvo detrás de un árbol y miré con cautela lo que pasaba, era un niño al que se le había caído su lonchera. Menos mal que nadie me vio sino mis enemigos tendrían suficiente expediente para joderme toda la vida (a propósito, no pierdan el tiempo amenazando ni insultando por mi correo). Caminé como si nada, disimuladamente me acerque al crío y sin que su madre lo notara le di un pellizco para que no fuera alevoso.

      Después me senté en un parque a tomar aliento y puse los libros a mi lado sin preocuparme por ellos (¿quién iba a tener el mal gusto de robármelos?) y me puse a pensar cómo había cambiado Cartagena. Cómo se había llenado de malhechores, de invasores, de sicarios, de empresas sin sentido social, de gacetilleros para después vender un libro, de idolatras, de oportunistas, de políticos de otros lares (vayan a ver sus pueblos saqueados); y los raizales cada día somos más tontos, más extranjeros, más cobardes… Sí, tengo miedo de esta ciudad que ya no es mía, de enfermarme y caer en las manos del sistema de salud, de las empresas de servicios que ya no son públicos, del abrazo efusivo de algún político que no me reconocerá más, de algún sicario que me matará sin yo saber porqué… En esas estaba cuando vi a Epona de manos con Ubaldo que se dirigían a un recital del poeta Mario Alviz (la revelación de los artesanos) y para anestesiarme un poco de tanto miedo,  me fui con ellos… ¿Los libros? Allá los dejé en el parque para que se instruyan los gamines.   

domingo, 31 de marzo de 2013

Desde las troneras del San Felipe

Hipócrates, ¿dónde carajo te metiste?

Por Juan Carlos Céspedes (Siddartha)

Dije «buenos días» y el tipo ni me miro. Volví a repetir el saludo pensando que tal vez no me escuchó, pero para mi sorpresa me contestó diciendo: «ya lo escuché, tome asiento». 

Yo digo tipo, la verdad es que el crío debía de haber sido recién desempacado de La Casa del Niño. Me acordé que el doctor Cuchara, jurista que asesora a algunas empresas de la salud, me dijo alguna vez que las entidades los prefieren jóvenes porque cobran menos y tienen menos gastos (para la rumba es suficiente). Cosa distinta con los mayores que ya tienen hijos, mujer y están llenos de deudas por la compra del primer carro, los cuales piden más plata y conocen algunos derechos. 

      Mientras él estaba fajado en el computador, creo que jugando al Solitario, yo revisaba las facturas de servicios preguntándome porqué las malditas nunca bajan a pesar de que me auto raciono hasta el punto de perderme las tonterías de Jota Mario y las aburridas homilías del padre «Chucho» —nuestra versión chibcha y parodiada de la Madre Teresa de Calcuta—. De pronto comenzó a hacerme preguntas a lo Procurador Ordoñez, le pedí que me asignará un abogado de oficio porque no tenía plata. Le entró un berrinche, pero lo calmé rápidamente con el cascabelito del carné del Sisben. Mientras él seguía de amanuense, tímidamente le pregunté si no me iba a examinar. Me respondió que para qué, si yo me veía muy bien, además el computer decía que yo no padecía de ninguna enfermedad… «Pero yo me siento enfermo». «No insista, usted lo que está buscando es alguna incapacidad. Por eso es que este país no progresa». 

      Me comenzó a regañar el sinvergüenza. Le exigí que me tomara la presión por lo menos, me contestó que yo estaba muy viejo para querer jugar al médico, que el no era gerontólogo ni psiquiatra. Le dije que yo de allí no salía sin la receta de mis medicinas, que si no me atendía lo denunciaría a sus superiores, o me quejaría ante la Personería. Parece como si hubiera escuchado el chiste del año. El imberbe se aflojó la corbata, se desabotonó la bata de muñequitos y se reía a más no poder. Lo amenace con Santos, con la Superintendencia de Salud, con el alcalde, con gobernador y nada. Entonces me la jugué con Las FARC y ¡oh sorpresa! se paró de reír. Empezó a escribir en su teclado, movió el mouse y la impresora parió una receta. La firmó muy seriamente y me la entregó. Leí el nombre de las medicinas: Omepraxol, Diclofenaco o Ibuprofeno, Mylanta, y un supositorio de fe en ayunas. Le miré la cara sin pelo y le pregunté cómo carajos me mandaba esa vaina sin examinarme. Desde su altura me dejó caer su sentencia «yo sé más que usted, para eso pagué una carrera, además, si no es así, ya sabremos qué tiene en su necropsia». Le quité el carné y salí reventando la puerta. 

      La fila de los que esperaban era larga, me les quedé mirando y pensé si no era más seguro automedicarse, ingresar a la cofradía del nony o hacerse cliente de Omnilife, esa nueva panacea.    

miércoles, 16 de enero de 2013

Desde las troneras del San Felipe

Donde nacen las palabras

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

No se preocupe, es sin tilde (los cipotazos de la "seño" Dora me enseñaron para siempre el saber dónde va la tilde). Ahora que los académicos de la lengua nostra se reúnen en edificios modernos y cómodos, me interrogué por el origen de tanto vocablo nuevo y he llegado a la conclusión (una de ellas) de que la gente menos lega es la matriz de muchísimas palabras. 

      No son los académicos, todos ellos muy dados a mantenerse estáticos como guardas del Palacio de Buckingham; tampoco son la gran mayoría de escritores y poetas, medrosos ante el lápiz rojo del corrector o censor social; mucho menos los profesores de español, vigilantes gratuitos, para quien el español debe ser un fósil para mostrar en el Palacio de la Inquisición. Contrario a lo que podría creerse, el filón lingüístico se encuentra en el pueblo, que no sabe de Marroquín y su Canal de Panamá, de Caro y su Constitución nuñista, de Cuervo y su biblioteca, de Bello y su Gramática, de García Márquez y sus novelas. Los verdaderos padres del verbo son personas anónimas, que pululan por las calles vendiendo loterías, helados, repuestos de ollas y otros rebuscadores que desgastan los caminos de la ciudad con su hambre. 

      Seres preocupados por la subsistencia, que no saben de escuelas, ni movimientos literarios, de estadísticas del DANE, de neologismos ni arcaísmos, que machacan una palabra, la muelen, le sacan el jugo, la extienden, la planchan y luego le cogen el dobladillo y sueltan su golpe de aire con absoluto desparpajo, y viene el otro (que son muchos) y la repite mil veces hasta estamparla en todos los oídos. Luego la palabra no tiene dueño, y viene un padre putativo (en Cartagena hay muchos) y se la apropia como cosa suya, y se inventa orígenes griegos, etimologías y otras perversidades para dejar boquiabiertos a todos (aquí somos expertos en dejar la boca abierta), y esperan la “oportunidad única y feliz” y se llevan el derecho de ser creadores eméritos. Reciben un diploma de alguna universidad —proclives ellas a dar cartones a diestra y siniestra— y ya están hechos con su hoja de vida gorda para un cargo en el exterior. 

      Otro grupo destacado en la génesis de las palabras es el gremio de la “coletería". En él las palabras tienen otro significado: Azul no es un color, sino estar en el limbo; camufle, es irse a dormir; batallar, es molestar o irrespetar; pana no es una tela, sino un amigo; güiro, no es un instrumento musical, ni una planta, sino qué es tu "vaina", cuál es tu caballo de batalla, qué te traes; parcero es amigo. ¡Ah, y conste —bajo amenaza de demanda— que Siddartha no “mete” cannabis ni estuvo en Ultramar brincando "extasiado"!