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jueves, 4 de abril de 2013

Vox populi

El  Cazador de Imágenes

Por Alfonso Hamburger

Un  día, en la búsqueda de un ángulo diferente en el que obturar el encuadre de su cámara, Donaldo Vergara, empezó a seguir la rutina de un perro enamorado. El perro anduvo oliendo sardineles, cruzando calles, buscando perras en celo, hasta que decidió mear en el primer sitio adecuado que hallara en el camino, para que sus posibles conquistas supieran de las características de sus olores almizclados  y sus suspiros de perro enamorado. Pero esta vez,  para fortuna del cazador de imágenes, el perro no alzó su patica trasera en un poste de la luz para echar su meada enamorada, sino que la colocó con gracia en la pared de una casa vieja de palma que se recostaba -cansada por los años, hacia la calle- su paso por el siglo ya entrado en años.

      ...Y Donaldo, que así premiaba su cacería de perros, encandiló la escena a su gusto. El resultado no podía ser mejor que lo buscado. Con su patica alzada, el perro da la impresión de estar aguantando como una horqueta de guayacán de bolas a la casa, que parece irse al suelo. Allí  estaba plasmado el arte del fotógrafo. Lamentablemente, por falta de un archivador, o de un verdadero museo, en el que guardar al Sincelejo que  Vergara captó mil y una veces con su cámara vieja, aquellas fotos se han perdido sin que se les diera el verdadero valor.
      Es que el valor de este arte se divide en 50 por cientos iguales, uno para la máquina y uno para el fotógrafo.
      Donaldo tiene ya 77 años y su corazón joven busca por estos días montar un estudio fotográfico en blanco y negro, porque el color, con todo su despliegue, no ha minado la fortaleza de los contrastes que se pueden lograr con una  combinación de blancos y  negros, de sombras y de luces.
      La fotografía, como el toreo, el boxeo, la magia, el cine y la música, han sido las hobbies de este Sincelejano raizal, que todavía no desmaya en su intensión de artista genial. Y todo hobby es caro, por supuesto, a Donaldo le ha costado una inversión de más de  55 años.
      En el cuarto de San Alejo, de su casa del barrio La Pajuela, entre el trinar del mochuelo y el sonar del lavado de los platos de la nieta que sirve el tinto,  Donaldo no sólo rasga las notas de un bolero en su guitarra, sino que escarba en su máquina Kodak  Master  Wiew 4 X 5 de más de 80 años, una verdadera reliquia. De estas máquinas, en las que por una manga negra se introducía el brazo para revelar los recuerdos, sólo deben existir dos en el mundo, la de Donaldo y una gemela, que quién sabe Dios dónde se halle…

      Ahora, entusiasmado por la visita dominguera de los periodistas, Donaldo busca en un álbum viejo algunas de las fotografías que han escapado a la lucha de los años, de los amigos y de los periodistas que se las llevan para traerlas mañana y no regresan. Van apareciendo, entre fotos familiares, casas viejas, fotografiadas artísticamente, con contrastes llamativos, desde ángulos inimaginados. Entre las sombras del alar de casillas viejas de palma apelotonadas en las tres esquinas, se yerguen las torres gemelas de la catedral. Las casas ya no existen, pero la catedral sí y ella puede atestiguar de que se trata de Sincelejo y no de otra ciudad. Casas de más de cien años, como en la que las hermanas Peredo tuvieron por muchos lustros su tienda famosa,  el antiguo teatro Apolo, donde hoy están las instalaciones de El Universal de Cartagena... en fin...

      Son la única manera de preservar a la ciudad vieja de los embates del modernismo y de la amnesia de la memoria. Donaldo se especializó en retratar locos en las calles, que son verdaderos personajes, como máquina, la ñata María, etc.

      Pero lo más importante en Donaldo es que su joven corazón (sabe que está viejo sólo cuando se mira al espejo), está cada día más renovado en ese afán de  un arte integral, porque sabe que ninguna mano está más capacitada para hacer con ella los designios de Dios, de hacer al hombre a su imagen y semejanza y creado para crecer bajo su fe.

lunes, 18 de marzo de 2013

Vox populi

Tengo amores con la Chechi

Por Alfonso Ramón Hamburger

Tengo amores con la Chechi Baena, pero ella no lo sabe. Siempre ha sido así. Ajá, uno se enamora solo, va a las citas, pero lo malo es ilusionarse.
No es la primera vez que me sucede. Cuando surgió Isolina Majul, una niña barranquillera que destrozaba a los ajedrecistas contrarios como si jugara un partido de damas con tapillas de cerveza, fue lo mismo. La briosa mente de la hermosa barranquillera era tan contundente que parecía una candela arrasando casas de palmas apretujadas en una planicie en pleno verano. Sólo quedaba el solar. Con esa misma fuerza arrasaba mi provinciano corazón. Y yo la amaba...

      Lo bueno de estos amores míos es que no le hacen daño a nadie ni a mi mismo tampoco, pues muchas veces me han servido de inspiración. Como en el caso de Rubén Darío Salcedo, quien no logró tocarle un solo pelo a La Colegiala, pero ella le regaló tres de sus mejores canciones, en medio de esa borrasca de pensamientos entristecidos del primer amor.

      De Isolina me gustaban muchas cosas y llegué a soñarla como la mujer ideal para llenarla de hijos, pero la veía tan flaquita, tan niña y yo ya era un hombre de universidad. La quería por ser costeña (soy costeño por encima de todo) y barranquillera, además. Era hija de un hombre humilde, que la cuidaba como a leche en verano.
      Seguí su carrera hasta mucho después de venirme a las sabanas, pero jamás me le acerqué a nada, pues soy alérgico a los autógrafos, menos si provienen de esa persona que se ama en silencio.
      Ahora yo sigo joven y ella ya es una dama. Hace poco la vi en una entrevista por televisión. Sigue siendo bella e inteligente. Al fin, se casó con un moreno cabeza cuscú. Creo que era su entrenador. Hasta mi mujer, sin saber que la reina del ajedrez algún día fue mi ilusión, dijo que ese man era muy feo para ella. Yo guardé silencio.
      Fui cobarde para abordarla. ¿Qué tal si la espero? Jamás la vi en persona. Y creo que fue lo mejor, pues me hubiese desmayado del susto. A lo mejor, si la veo, no hubiese sido capaz de decirle nada.
      
      Ahora tengo amores con la Chechi Baena, pero ella tampoco lo sabe. Pero resulta que este es un amor diferente, de más respeto. ¿Acaso amar es un delito? Es un amor que está más cerca de mi sentimiento regional. Cuando la veo en la televisión y en las propagandas, haciéndonos quedar tan bien, pero tan bien, me acuerdo de Cartagena y los años que sentí en la piel la palpitación de sus murallas ( 1987-1992).   
      Eugenio, su padre, es nuestro colega y me imagino lo orgulloso que debe estar, como lo deben estar los colegas comentaristas del deporte.
      Cuando pasaba en las busetas o en el carro papamóvil de El Universal detrás de los casos judiciales de Cartagena por el Pie de la Popa, me encontraba que Eugenio estaba sacando su carro del parqueadero de su inmensa casa de ricos. A veces me lo encontraba en los bancos, en las ruedas de prensa o en otras partes, pero jamás sospeché que un día tuviera una hija tan hermosa y practicando un deporte no tradicional de Cartagena. Ella tendría 3 , 4 o 5 añitos, pues nació el 10 de octubre de 1986. Le tengo apuntadas sus mejores fechas.  Ahora ya es una niña-mujer. Tener una hija así luce mucho para un padre periodista. Es un ejemplo que nos enaltece a los periodistas.
... Y la Chechi estuvo en Sincelejo y yo me quedé quieto en mi casa, pues soy cobarde para afrontar la realidad. ¿Será que ya estoy perdiendo el olfato del periodista? ¿O fue que le tuve miedo? ¿Quién le hizo la entrevista que debía hacérsele? Por Dios y la tuve tan cerca.
      La vi delgada y pequeñina en la prensa, pero radiante y hermosa, con esa sonrisa que trasciende más allá de la ilusión. Doy gracias a Gustavo Pérez, por presentármela en una entrevista de este domingo 21 de marzo, en que no he resistido el deseo de gritar este amor y por eso he corrido al computador. Percibo en esta entrevista que en sus respuestas hay mucha ternura e inteligencia. Tiene chispa y deduzco que estudiará otra cosa distinta al periodismo, pero al final será periodista como su padre.
      Yo, de prono me la hubiese embarrado en una entrevista con ella, pues habría comenzado, como todo un bobo, por la última pregunta que le hizo el negrazo cartagenero. ¿Quién es el dueño de tu corazón? Dicen que preguntarle a una pretendiente si tiene novio es como sacarse uno mismo de taquito. Eso me lo aprendí de memoria de tanto tirar el lance sin conseguir nada. Confieso que en el amor he sido muy torpe y a la hora de la verdad no sé expresarme demasiado y por lo regular hago como el burro cuando lo espantaba el tigre. Se iba corriendo, pero regresaba a ver quién era el que lo había asustado y allí el tigre si que se lo cogía.
      
      Si yo hubiese sido Gustavo, habría comenzado la crónica con el cuento de la casa y de las palomas. La casa inmensa y rosada del barrio Pie de la Popa donde nació la amada  mía, esa novia mía y de todos los colombianos, era visitada por un enjambre de palomas que a cada instantes se le revelan como la imagen más recurrente de una niñez feliz.
      Y la paloma voló y voló, dejándome con esta fregantina en el corazón.

jueves, 24 de enero de 2013

Vox populi

Historias de aparecidos:

El perdido más viejo del mundo
- Eduardo Patrocinio Muñoz Estrada, apareció después de sesenta años.

Por Alfonso Hamburger

Ni estaba perdido ni andaba de parranda, como muchos creen. Tampoco debe ser calificado como el sanjacintero más ingrato del mundo, todo porque haya demorado más de 60 años sin comunicarse con su familia, que ya lo daba por muerto. De todos modos, para sus parientes, ha sido el mejor regalo de diciembre y la mayor entretención para refrescar la lengua y la memoria en reuniones familiares, sancochos y parrandas de año nuevo.

      Eduardo Patrocinio Muñoz Estrada, a quien le habían buscado un reemplazo bautizando un hermano menor con su mismo nombre tratando de llenar el vacío de su ausencia, se fue de San Jacinto huyendo de los castigos de su padre, Eduardo Muñoz Castro, cuando sólo tenía once años e iba para los doce. La última razón que tuvieron de él fue a los veintiún años, cuando terminó de pagar el servicio militar en Bogotá, recibió su libreta de primera clase y desde allí perdieron su rastro, hasta que el pasado 30 de diciembre, cual Niño Dios, se presentó en casa de la familia Viana - Muñoz, con 80 años y un rictus risueño. Llevaba puesto unas gafas de montura gruesa, un sombrero llanero de ala corta y un maletín. Al salir de Arauca, donde ancló su barco andariego, sin mujer que le recriminare -pues su esposa murió- y donde levantó a sus cinco hijos, diez nietos y cinco bisnietos, su hija Marlene calculó que si sus familiares aún lo recibían, un alojo y un bocado de comida, “se le dan a cualquier peregrino” y se vino.

      ¿Qué le pudo haber pasado a un hombre para demorar más de 60 años perdido de su pueblo y su familia? ¿Qué cosas buenas, regulares y malas pasaron en el mundo y en su pueblo mientras anduvo de corredurías?

      Lo primero, antes de hacer un balance de los hechos, fue revisar casos parecidos, como el del guitarrista Camilo Cantillo, que fue a hacer un mandado en Sincelejo hace 50 años, desde su Calamar natal, y aún lo están esperando: A diferencia de Eduardo, sus familiares saben que Camilo está vivo. En el caso de Eduardo, había dudas, porque cuando salió del cuartel, fue enviado a zona de guerra, donde se sabía cuándo se entraba, pero pocas veces cuándo se regresaba.

      Otro celebre perdido del pueblo es Jaime Herrera Vásquez, que se fue de Bajo Granda a trabajar para aquel lado del río hace 40 años y se lo tragó la tierra. O el caso del popular jugador de fútbol  Nando Olivera, conocido como la Nigua, igualmente desaparecido. Son muchos los casos.

      No obstante el silencio y los años que casi todo lo borran, Aminta Muñoz Estrada de Viana, su hermana mayor, de 83 años, madre de once hijos -siete varones y cuatro hembras- aún conservaba sus cartas y guardaba una leve esperanza de que estuviera vivo. 

      La última noticia que recibió del andariego, fue al nacimiento de Nelson, el más polémico de sus hijos, destacado deportista y maestro de escuela, quien nació el 26 de julio de 1957. Aquella vez, su hermano se regocijaba en una carta del nacimiento de un nuevo varón, pues después del primogénito Oscar, que vive en Santa Marta, habían tenido tres niñas en fila india. Esa fue la última carta. Pasaron más de 56 años sin razones ni grandes ni chichas.

      Sus hijos, unos más que otros, aunque nunca lo habían visto, a veces sacaban a relucir la historia de aquel tío remoto, amorfo, imaginario, que un día se fue de casa huyéndole los lapos de su padre y no volvió. Leónidas, el más inquieto de todos, escritor de cuentos y amante de la virtualidad, prendió el motor de búsqueda apoyado de la Internet, pero no tuvo respuesta. Fueron tiempos en que cuanto Muñoz salía en la prensa revisaba a ver si era su pariente, como la vez que fue raptada una niña Muñoz, hija de un político, que resultó con ramales del Atlántico, pero nada.    De allá, preciosamente, de Piojo, Atlántico, provienen los Muñoz que un día se asentaron en San Jacinto, a finales del siglo XIX, por los lados del corregimiento de Arenas.

      Durante la ausencia de Muñoz Estrada, en Colombia pasaron por el Palacio de Nariño 19 presidentes y ocurrieron dos guerras mundiales. En San Jacinto hubo varias masacres, mataron alcaldes, concejales, un cura, un notario. Los Gaiteros le dieron varias vueltas a la tierra, ganaron un Grammy Latino y Congos de Oro. Rodrigo Rodríguez gana igual premio Gramy Latino; murieron Pepe Rodríguez, Toño Fernández, Andrés Landero, Juan y José Lara y Ramón Vargas.  
      Nunca supo de la muerte de su padre, en Barranquilla, ni del nacimiento de dos hermanos naturales, pues su padre tuvo dos matrimonios más. Su madre había fallecido cuando tenía cinco años, de modo que no soportó los látigos de su amargo padre y se fugó. Cuando eso sucedió, Alberto Lleras Restrepo regía los destinos del país, pero no sabe la fecha exacta. Sólo sabe que nació en la calle de la muerte, una cuadra antes del cementerio, un 12 de mayo de 1933. Se fue con 11 o 12 años y regresó casi de ochenta, con mucho recorrido, pero con un solo nombre.

- Cuando fui a sacar la cédula, decidí quitarme el Patrocinio, porque no me gustaba.
Ahora se llama sólo Eduardo Muñoz Estrada. Su pinta es la de un cachaco, un cachaco llanero, que habla con un dejo de grosura y pausado, que luce un sombrero negro de ala corta. Se fue costeño y regresó cachaco, después de ser uno de los soldados que participó en la captura del guerrillero Guadalupe Salcedo, de montar caballos y bailar joropos.

- Guadalupe se entregó con seis guerrilleros más, pero después lo mataron en Bogotá, señala.
Después de salir del ejército se quedó en los Llanos, porque allí se enamoró de la mujer que le dio cinco hijos, diez nietos y cinco bisnietos. En todos esos años hizo de todo y aunque pensaba en su pueblo, nunca se le ocurrió regresar.

El regreso

     El día que Aminta, su hermana mayor, habló por teléfono con él, después de sesenta y pico de años sin oírlo, la voz no le dijo nada. Al otro lado de la línea oyó la voz pausada de un cachaco viejo, algo así como la de un Gaspar Ospina anciano, pero estuvo a punto de morirse de emoción. Se puso a llorar. Ambos lloraron. Entonces decidió venir al reencuentro.

      Todo había ocurrido un mes antes. Su hija Marlene Muñoz caminaba por el centro de Arauca, cuando vio el letrero: “Panadería San Jacinto”. Fue donde se acordó que su padre era de aquel pueblo lejano del que le había hablado alguna vez. Se les prendió el sentimiento. Visitaron la panadería y se encontraron con un hombre jovial, dicharachero, afable, abierto y cordial, como todo buen sanjacintero. Podrá tener unos 52 años y se llama Luis Barrios. Los primeros contactos fueron un poco dudosos. Preguntó por sus familiares. Recordó sitios, calles, nombres de barrios, dichos como kaccula tú (que usa todo sanjacintero que se respete). Sectores como Miraflores, calles como Yuca Asa y La Fuente. Pintó en sus recuerdos la cuadra donde nació, con un puente de tablas para pasar el cañito de olores podridos, antes del cementerio y dio en el clavo. El pueblo estaba allí. Algunos de sus familiares viven bien, han progresado.

      Su sobrino Nelson Viana Muñoz, coincidencialmente, el motivo de la última carta que envió (que demoraban entonces 30 días en llegar) fue el primer contacto con la familia. Hablaron y se pusieron de acuerdo. El viaje de Arauca a San Jacinto, por carretera, es escabroso, dura por lo menos 33 horas.
      Llegó de madrugada, en medio de ese viento frío y el canto acompasado de los gallos, el pasado 30 de diciembre y desde entonces no han parado de hablar y de festejar, dando crédito a aquello que “habla más que un aparecido”.

      Los Viana Muñoz, hijos de Aminta Muñoz Estrada con Toño Viana, un campesino sin tierra de 94 años que hizo 11 profesionales exitosos, postergaron parrandas y citas callejeras, porque se dedicaron a compartir con el tío aparecido, para ponerse a paz y salvo con la distancia, el tiempo y los recuerdos. Con la jovialidad propia de la familia, el primero de enero, en la ya célebre parranda de integración en la finca Villa Luna, la figura fue el aparecido, que se convirtió en la vedette y motivo de inspiración de músicos y verseadores.

      De San Jacinto, el aparecido más viejo del mundo, prepara maletas para Barranquilla, donde están los otros hermanos y donde yacen los restos de su padre, aquel viejo amargo, Eduardo Muñoz Castro, por quien decidió abandonar su casa.
      La última vez que lo vio fue el día que lo mandó a la laguna a buscar unas bangañas de agua. El niño se negó, entonces el viejo salió persiguiéndolo por el camino real, más arriba del pueblo, por los lados de Arena, para castigarlo. Se escondió en unos arbustos y lo vio pasar resoplando con un rejo en la mano. El viejo siguió de largo, furioso, hasta llegar a la casa próxima en el camino, donde preguntó por el pelao rejugado y flojo y al no hallarlo regresó con las mismas. Una vez lo vio perderse en el camino, el niño tomó rumbo de San Jacinto, de donde se fue con unos primos como ayudante de cacharros. Llegaron a Barrancabermeja, donde volvió a quedar en el aire, pues su pariente Antonio Estrada, dirigente sindical, olió que lo iban a matar los del Gobierno, no espero que amaneciera y desapareció.
      Al quedar solo, en vez de regresar, Eduardo siguió para adentro, hasta meterse en el mundo del llano, donde hizo de todo para forjarse, hasta este diciembre, en que picado de nostalgia, retornó al pueblo que lo vio nacer.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Vox populi

Ensalada española:
Una mezcla confusa sin conexión.

Por Alfonso Hamburger

Usualmente se dice que al perro macho lo capan una sola vez y que guerra avisada no mata a cojo, pero  yo, que había pregonado por el mundo el cuento del profesor Joche Rodríguez, he repetido la escena, consciente de que me iba a llevar una frustración, muchos años después.

      Hace quizás treinta años, en los mejores tiempos del Instituto Rodríguez, en que el carro del profesor con solo pitar espantaba a  los estudiantes que andaban por las calles jugando chimarra, el distinguido maestro quiso deslumbrar a su chofer, en uno de tantos viajes a Cartagena, pidiendo una ensalada rusa, que jamás había probado, en un restaurante de lujo. En cambio, su chofer, para ir seguro, a la fija, pidió simplemente un mondongo, no obstante que en la carta decía “Cayitos a la madrileña”.

      Una vez le trajeron la ensalada, el profesor hizo varios intentos por entender su suerte. Metía el tenedor  y solo puyaba hojas y más hojas, coles, repollos fríos y pimentones duros rociados con vinagre. Es decir, una mezcla confusa y sin conexión. El profesor miraba con ansias locas como su chofer devoraba el mondongo, mientras él no encontraba siquiera la forma de asir las hojas frías e insipidas que le habían servido.
      -         Tas puyao, eso solo te pasa a ti, reía por dentro el chofer.

      Y tanto repetir este cuento que en esta visita a Santa Marta, que lo he vivido doblemente, en este taller liderado por Consejo de Redacción, sobre seguimiento a los dineros públicos. Primero fue en un restaurante Italiano, que se congestionó con solo los 21 periodistas del taller. Pedí un asado al horno y lo que sirvieron no fue más que una carne guisada.
      Y por la noche, en un restaurante de comida española  o  al menos atendido por españoles, fui el ultimo en ser atendido. Y para no llevarme una frustración, en una gama de nombres extrañas del menú, pedí pechuga de pollo. Al rato se acercó el español – un tipo calvo, flaco, barbudo y mal vestido- a disculparse,  pues se había acabado el pollo.  Los compañeros ya estaban desesperados, pues la luz se fue dos veces, pero los pedidos no llegaban. Y esos que no habían ido todos, sino una parte.
      -         Tráigame la especialidad de la casa, pero algo que sea liviano, le ordené.

      -         Ah, una ensalada española Tibai (algo así)

      -         ¿Qué trae?

      -         Pimentón, repollo, huevos cocidos, vinagre, etc.

      -         Listo, le dije.

      Al cabo rato el español trajo la ensalada.  Tenía medio cuarto de  huevos de gallina  cocido, repollo fresco y pimentón duro que fue quedando amontonado. Una vaina insípida, sin conexión con mi paladar. ¡Qué vaina desastrosa!
      Con el precio que pagué por la ensalada española, en Magangué se habrían comprado tres boca- chicos grandes con bastante yuca , guarapo de panela y limón  y habría alcanzado para tres personas.

      La idea es ir a la fija,  para no llevarnos tremenda frustración.
     Lo cierto es que busqué la receta española en la Internet y no hallé ni rastro. Menos mal que ensalada también es  una composición poética en la cual se incluyen esparcidos versos de otras poesías.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Vox populi

Yo quería estar donde Fidel

Por Alfonso Hamburger

Confieso que no soy un salsero empedernido. Más que la salsa me gusta la buena música, incluso, algunos vallenatos. Si me creen, prefiero la salsa de tomate Fruko, aunque Piero Fernández diga que se trata de salsa de pura papaya, que es la que le da la consistencia.

Por eso, el día que entré por primera vez a este lugar salsero por excelencia, aquí en la misma esquina que divide los linderos entre la Plaza de la Aduana y la de Los Coches de Cartagena, más que con la salsa, me entretuve con este mar de recortes de periódicos, columnas de opinión, crónicas, reportajes y fotografías de Fidel con personajes de toda calaña.  Confieso que me sentí un poco aturdido por el ambiente y disimulé mi mal momento- más bien me distraje- leyendo lo poco que pude, entre los escritos de John Junieles y Oscar Collazos, entre los que recuerdo. Sentí mareo y un poco de envidia.  Me figuré entre quienes están abrazados con el personaje.  Me propuse que algún día tenía que estar en esta pared con Fidel. Me gusta que me reconozcan. Que me lean. Pero no soy columnista de periódicos. Me parece inmamable que lo que uno escriba tenga que ser sometido al criterio de editores que defienden u obedecen a ciertos monopolios. Hace tiempo me mamé de eso. Por eso me refugié en las redes sociales.

      Mientras pensaba la manera de figurar en este bello rincón de Cartagena, mis amigos cachacos, todos miembros de la Red de Radio Universitaria de Colombia, se habían perdido. Se los tragó la música. O tal vez los vericuetos del lugar.  El ambiente es afable. La gente baila, gozosa. Sin distingo de sexos, hombres y mujeres, beben cerveza fría en la barra. El lugar es apretado. Se mete uno por un lado y se sale por el otro. Es como si este lugar fuese un templo sagrado en el que todos están de acuerdo con lo que oyen y lo expresan de la mejor manera. Se les ve la felicidad en los ojos. Se nota en los movimientos. Son ídolos incólumes de este ambiente.

      No alcancé a leer los periódicos, porque me sentí como mosca en leche, como si la gente se hubiese dado cuenta que yo era un corroncho en el lugar equivocado. Confieso que me hubiese gustado escuchar “Las Miradas de Magalys” por Andrés Landero, aquella que se llevaron para Cali y el rey se quedó llorando.

      Salí y afuera me sentí mejor. Los cachacos, entre ellos Rogelio Delgado, de Javeriana Estéreo y Carlos Cruz, de Mundo Digital de Cali, dialogaban con Fidel, en la segunda puerta, más cerca de la esquina. Comparé a Fidel con el de las fotos. Claro, era el mismo, hombre sencillo, feliz, que ha hecho de este lugar un sitio que se debe visitar y disfrutar, en donde sigue siendo el  rey. Ya es tan necesario visitar Donde Fidel como tomarse la foto del recuerdo en el marco de la torre del Reloj.

      Nos sentamos en las mesas de afuera, en medio de la calidez de una luna llena que contrastaba con la torre del Reloj, en un cielo invernoso, hociqueado por los cerdos. Pidieron cerveza. Máximo me tomo una Light, por aquello de la Diabetes, entonces me eché a dormir, mientras soñaba en la manera de figurar en esta pared.

      Al despertar, ya tenía en mi mente esta columna, que me dispuse enmarcar a mi propio peculio, para figurar en esta galería exitosa. Fidel tiene la palabra y el marco en sus manos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Vox populi

Crónicas de la tierra de la hamaca (IV)*

De pandillas y tribus urbanas

Por Alfonso Hamburger

Se volvió moda en San Jacinto amenazar con mandar a buscar las pandillas. Y lo hacen de manera folclórica, mamagallista, pero real. Con ello creen que solucionarían los problemas. Supe que un dirigente se las inventó para protestar contra un Alcalde y que el enano se fue creciendo. Ahora es un mal de mucha preocupación -su propio problema- porque estas pandillas extrañas para un pueblo como el nuestro, distan de las tribus urbanas de Buenos Aires y otras urbes, cuyas juventudes hallaron en estas expresiones musicales una forma de manifestación estética. La vida les cambio. 

      Supe de las pandillas San Jacinteras, ubicadas en barrios marginales, que se han ido cogiendo la plaza y las calles, que han reventado vitrinas y apedreado espectáculos, porque el cierre de la cabalgata fue víctima de ellas. No respetaron que los músicos estaban en tarima para soltar una lluvia de peñones y piedras que ni la Policía pudo controlar. Uno de los líderes, me cuentan, es el hijo de un mototaxita, buen futbolista, temperamental, que se hacia expulsar con frecuencia. Hoy, su hijo de catorce o quince años, es el líder de estos movimientos. No sé si se pueda decir que existe un líder en una muchedumbre desbocada y alocada que actúa como una manada de cabras locas. 

      Preocupado por esta situación, llamé a Rodrigo Rodríguez, quien no recuerda en su juventud semejante comportamiento. Él se dedicó a buscarle los secretos a la música, como tantos otros, que hoy son orgullo de nuestro terruño. 

      Recordó, que existían las guerras de barro. Los jóvenes del barrio Arriba se levantaban a bolitas de barro con los de La Bajera. Eran fiestas carnavalescas, guerras de pelotas de barro colorado, de la lomita Colorà, o requemado de La Bajera, que no ofrecían daño. 

      Si estas pandillas -que amenazaron con sabotear las fiestas y el rumor previo era de pánico- continúan se amerita un buen estudio de comportamiento social y psicológico, pues se trata de nuestro futuro como pueblo. 

      Antes de las fiestas, mientras estuve de paso a Cartagena, sentí pánico ajeno y me encerré temprano. 

      Valdría la pena que los San Jacinteros que lean estas crónicas, nos ayuden a clarificar esta situación y a hablarnos de las guerras entre bajereños y arribanos del pasado, a punta de pelotas de barro. 

PD. A propósito, sería bueno iniciar una campaña para liberar el camellón de la Iglesia, que es de todos, no de la Curia.

* Nota del editor: Esta es la última crónica de esta serie.

viernes, 5 de octubre de 2012

Vox populi

Crónicas de la tierra de la hamaca (III)

Y siguieron los abrazos

Por

Alfonso Hamburger


En los años ochenta, Dionisio Anillo Villalba, fue elegido Alcalde de San Jacinto por el glorioso partido conservador. El nuevo alcalde, aun envuelto en sus papeles, practicaba el discurso de posesión en el patio de su casa, subido en un banquillo que le servía de tarima, mientras Glenia, su digna esposa, 
oficiaba de tribuna con un espejo donde el nuevo Alcalde se revisaba los detalles. Estaba mozo y rozagante. Todo un Anillo. Y a los Anillo les gusta la plata, diría Adolfo Pacheco. ¿A quien no? 
Mientras Glenia aplaudía, Licho Traste, que observaba mimetizado en el patio de su hermano Alfonso (el Buitre), soltaba la risa. Eran vecinos. 

      En aquellos tiempos, quizás como ahora, los alcaldes eran omniscientes, pequeños reyezuelos. Anillo Villalba tenia el compromiso de superar a José De La Cruz, mi hermano, en el afán de pavimentar el pueblo a punta de multas con cemento, de modo que no sentía ni pizca de vergüenza al parquear la volqueta Municipal en la casa que empezaba a construir, de dos pisos, con balcón volado a la calle de la Fuente. 

      Apenas este servidor empezaba su ejercicio difícil de ser periodista en su propio patio. Una foto de una mula cargada de cemento en la puerta del Surtidor de Abercio Otero y el rumor de que el alcalde estaba construyendo su casa con recursos del Municipio, me enfrentaron a estos dos señores. Ambos cogieron Universal. 

      Hoy, Dionisio Anillo es uno de mis mejores amigos, lo mismo que sus hermanos “Rembe”, “Pacho”, el difunto Licho lo fue y Mireya, que estudio con nosotros en el Pio XII. 
      En el calor de una juma, cuando coincidimos en Sincelejo, Dionisio me confesó que no sabe cómo no me quebró, cuando hice publicar esa verdad o rumor a voces en el periódico. Había algo de cierto, pero se trataba del Alcalde. Eran tiempos en que no se diferenciaba el Alcalde del Municipio. Anillo terminó su hermosa casa en muchos años de sacrificio, esa misma que lamentablemente fue una de las mas afectadas con la toma guerrillera del seis de febrero de un año que no quisiéramos recordar. 

      En esa casa, a media cuadra de la plaza de Los Gaiteros, Dionisio recibió a sus amigos en desarrollo de estas fiestas patronales. En el sardinel, con una María Namen, celebramos el reencuentro y la amistad. Todo el que pasaba arrimaba al charco. De Ovejas, Jerson Vanegas, se trajo una camioneta equipada con un altoparlante que se convierte en video. La Policía, que a veces le falta tino y sentido común  estuvo a punto de malograr la faena, al ordenar quitar la música. Tuvo que intervenir Kike Buelvas, en sus oficios como hermano del Alcalde y gran parte de la comunidad, para que dos agentes motorizados no levantaran la parranda. En las fiestas hay que ser tolerantes. El reencuentro es para reconocernos aun en las diferencias. Y lo curioso de todo es que los policías tenían un decreto en la mano, firmado por el hermano del Kike, que está celebrando sus primero cincuenta años con un pasacalle festivo.

      Las fiestas nuestras se han convertido en una colcha de retazos sabrosos. Hay gallos, corraleja, cabalgata, gaitas, danzas, muchos abrazos y parrandas. Ah, también bautizos, matrimonios, procesiones y fandangos. 
      Hace cuatro años mi hermano Henry me invitó a participar en la Cabalgata del Retorno, iniciando así el rescate de una bella tradición que quedó enmarcada en la canción de Alberto Lora Diago, el padre de los hermanos Lora Lentino. La cabalgata nos refresca la memoria de un pueblo con marcada tradición ganadera. En briosos caballos se corrían las celebraciones de las fiestas de San Pedro y San Pablo en la calle de Las Flores. En un caballo que sabia como gente Nando Pereira se echó plomo con Luis Viana el relojero, nuestro vecino. El caballo entraba a los bailes con su amo, quien fue dueño de un gallo fino muerto en una pelea y sepultado con misa y ceremonial de persona adulta. Lo metieron preso por el ritual burlesco, que no soportó la ortodoxia de Joaquín Solano, el alcalde de la época.

      De todos mis amigos, el mejor es Henry mi hermano. No solo es un líder en lo que se propone, sino en el don de gente. La cabalgata, que crece cada día más, un hobby bastante caro, que despierta la economía e impulsa esta actividad gozosa, es idea suya con José Ángel Serpa. Participar en la cabalgata es una delicia. Y La Jica, como le decimos en casa, no solo lidera la cabalgata, sino que en el cierre tiene el animo de subir a tarima con el acordeón al pecho en Ser Vallenato y los muchachos de Mutual Ser a cantar las canciones de moda. Ya ha sido telonero de Los Zuleta, a compartido escenario con músicos profesionales de gran valía. Lo he visto tocarle el acordeón al Pitufo Balbuena y a Luis Egurrola, grandes consagrados. Igual, lo que hace Ricardo Pocho Ramírez y Galo Viana, aficionados al canto, de pararse a cantar en una parranda, es tener cojones.
      Después de Nando y Ramón Fernández y la voz afinada de la Seño Viña, yo fui quien llevó el canto a la familia. En un acto de osadía y atrevimiento, quizás desafiando a los consagrados y hermosos de mi pueblo, grabé hace doce años con dos de los mejores acordeonistas de Colombia, Nicolás Colacho Mendoza y Felipe Paternina, todo un lujo. De Miguel Manrique grabe una canción memorable sin pedirle permiso, Triste Plenilunio. Pero Galo, Henry y Pocho Ramírez, rebasaron mi timidez y hoy estoy en la banca.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Vox Populi

Crónicas de la tierra de la hamaca (II)

Hoy, la gaita que nos une. Los sentimientos que nos separan.

Por Alfonso Hamburger


En estas crónicas llovidas y asoleadas de las fiestas de San Jacinto, no tenía previsto mencionar a Raúl Gómez Alandete, el gran Lobo, quien brilló por su ausencia en mí divagar de perro con gusano. O de mulo con hormiguillo. No me quedo quieto. No suelo quedarme más de una hora en un solo lugar. Quiero estar en todas partes y a veces no estoy en ninguno. Pero a Raúl me lo encontré en este foro virtual que se da en doble vía. Eso le imprime fuerza a la Convergencia de medios. Que es la moda. Bienvenidos, pues.

      Sigo en la plaza de Los Gaiteros. Alfredo Villadiego, de los nuevos ricos del pueblo, parece perdido en la multitud. Su mirada es huidiza y su temperamento arisco. Creo que la gente que adquiere plata se deshumaniza. Se vuelve mentirosa. Apaga el celular. Se aleja del pueblo aunque regrese en las fiestas. Llega Galo Viana, jovial, risueño. Más joven que antes de tener plata. La tarima se ve desolada. En muchos años no está el aviso de Mutual Ser. El telón de fondo es improvisado, lo regaló Carmen Costa Caro, mujer emblemática del movimiento cívico, hoy dispersado. Ella vive en Valledupar y jamás nos olvida. El Festival está en crisis. Miguel Manrique se pasea orondo con su cámara digital al cuello, toma fotos a diestra y siniestra, revelando su encanto a la luz de los ojos. Ya no tiene que llevar el rollo a Barranquilla. Con su impresora digital puede imprimir la magia enseguida. Espera que lo llamen a tarima para subir por el trono. Sigue siendo indestronable en su cumbia. Nunca leyó al tuerto López ni a Eduardo Lemaitre, pero sus textos cumbiamberos son parecidos, al decir “Viejo telar de mis abuelos”. Se lo juego a los Ovejeros. Su hermano Oswaldo le pisa los talones, pero con cumbias con rasgos de rock, pop, calipso y regué, mucho Caribe. Es una cumbia visionaria de futuro. Y al final, Miguel, con una canción elaborada en guitarra y llevada a la gaita, fue segundo. Lo extraño es que sólo le hayan dado 200 mil pesos en tarima, que a medias alcanza para no apagar el fogón y para el arroz de tarde. El resto, 200 mil, es promesa. Mejor premio entregan en el festival de la Diecinueve.

      Sigo ahora allí, en la plaza. En la casa de las Mendoza. Ya es domingo. Cae una lluvia moja monte. En el patio penumbroso, bajo la fronda de un tamarindo que copa todo, está El Braco. Su nombre es Jorge Quiroz Tiedjen, preocupado por el futuro del festival. Quiere llamar a un frente común. Este año, pese a que no hubo casetas (cosa que aplaudo) el festival se vino a menos. Armandito Tapia hizo cosas de buena Fe, positivas, pero este año no se sintió ni en las redes sociales, que son la alternativa de poder en estos tiempos de convergencia digital. El año primero, me consta, porque fui a Barranquilla especialmente a verlos, llevó la gaita a la legendaria Cueva del Grupo de García Márquez. Pero hasta allí no más. No hubo un grupo para llevar al hotel El Prado, donde 2 mil periodistas del país se quedaron esperando a los gaiteros. En eso nos aventajan los vallenatos, quienes no desperdician un escenario como este para mostrar sus cantos. Se regresaron a San Jacinto a prima noche, como si el pueblo se les fuera a esfumar.

      Braco está refaccionando el viejo patio, donde antes estuvo la biblioteca, sala de lectura y el museo. Allí pensamos rencontrarnos en enero en el marco de la Séptima Fiesta del Pensamiento, en homenaje al científico Regino Martínez Chavan, un lugar para reflexionar, para la memoria y para repensar nuestro futuro. 

      No puede haber división en torno de la gaita. El único elemento que nos convoca y nos une por encima de las clases sociales o las diferencias políticas y personales es la música. Sin este signo ya nos hubiésemos devorado unos a otros. Por eso poco entendí el discurso de Tapia Gloria, en medio de la larga lista de patrocinadores (entre tiendas y farmacias) terminó con un saludo “Al Doctor Villadiego y a su gente”. ¿Cuál gente? En este tipo de eventos los mensajes tienen que ser claros. No debe existir descremación de grupos, todos somos de todos. Todos somos mi gente.

      Bueno, hoy dejo hasta allí, porque mañana hablaremos de los visitantes, de las parrandas y de las pandillas.

( Continuará)

miércoles, 22 de agosto de 2012

Vox Populi

Hoy, de amores platónicos y de gaitas. I

Por Alfonso Hamburger

Esta mañana, antes de que la leche se derramara en el fogón de leña, pensé en escribir estas memorias llovidas sobre las fiestas patronales de San Jacinto, el pueblo más ancestral de Colombia, con una cultura comprobada de más de cuatro mil años antes de Jesucristo. Los datos reposan en el museo, en el edificio de la vieja Alcaldía, donde las Mendoza, en espera de ser vistas y comprobadas por propios y visitantes.
      Quise arrancar con lo de la leche porque el producto de las vacas estaba cantando en la olla, crepitando como crispetas, con ganas de derramarse. Y se derramó, porque “La leche es traicionera” como si fuese gente. Apenas la muchacha se distrajo sirviendo el tinto, la espuma subió hasta el copito de la olla y vertió sus espumas en la candela viva. Eso, según se dice, es malo para el ganadero, porque se le seca la ubre a la vaca. Zetas de viejos.
      Mientras hablábamos de la fiesta tan nutrida que hemos celebrado, nos sirvieron los chicharrones de cerdo, de adentro y de afuera, cosa que me acaba de prohibir el médico. Pasé, sin darme cuenta que era alérgico al cerdo, más de cuarenta años. Cada vez que comía chicharrones me aparecían manchas en el cuerpo, como si un vampiro me chupara. A veces aparecían figuras abstractas, marcas de una mordida de mujer, incrementando los celos de mi negra, caray.
       No hubo más remedio que comer yuca con suero, queso y café con leche, que habían llegado como adorno del chicharon. Hacer el resumen de las fiestas ameritaba estar bien alimentado, por aquello de que barriga harta corazón contento, de modo que a la carga:
      Lo primero fue el gran abrazo en la plaza de los Gaiteros (así la bauticé yo mismo hace 23 años), tejida de cuerpos, mujeres bellas, mucha música, limpia de cantinas, que fue una gran decisión. No alcazaba para tantos abrazos no dados en tantos años de ausencia. La iglesia de rancho, bastante vetusta, especialmente el viejo camellón interno, donde ya no está la gran ceiba. Puros escombros. Sería bueno liberar este callejón y entregárselo al pueblo, pues eso no pertenece a la Curía. Ese callejón se puede recuperar como zona verde, de parque y de tertulias. No tiene sentido tener encerrado los escombros del pasado. Esa fue una de las decisiones antipopulares del padre Cirujano Arjona, cuyo merecido busto está cagado de pájaros y de años, en la entrada del rancho.
      Lo segundo, ya en la zona VIP, donde costaba la entrada cinco mil pesos (¿Quién controlaba esos ingresos?), empezaron los abrazos no dados desde años. El primero fue el de Manuel Villa Díaz, a quien le decíamos el ciruelo, pues en el periplo del bachillerato siempre estaba enyesado. Se caía y se partía. Pero era un back central fuerte y técnico, un poco lento y risueño, pero seguro, que se entregaba a cada balón cuando coincidimos en el mejor equipo juvenil de San Jacinto de todos los tiempos: Estudiantes del Pio XII, de uniforme sencillo, suéter amansa loco blanco y pantaloneta roja. Mane Villa Díaz, necesariamente había que mentar los dos apellinados para diferenciarlo de Manuel Villa Nader, otro gran amigo ya desaparecido. Después de 23 años sin verlo, casi no lo conocía. Si no se quita la cachucha que llevaba puesta no lo identifico en la brevedad de la luz. Está gordo y sus ojos achinados fueron el rasgo por donde me encontré con los recuerdos. Nos fundimos en un fuerte y sincero abrazo. Después del bachillerato nos dispersamos. Él se fue a Montería, donde coincidimos en 1987. Después dejamos de vernos. Su mujer, una extraordinaria mujer, murió de cáncer, después de una lucha de seis años que afectó toda la familia. Le quedan dos hermosos hijos, una pareja, ya profesionales, de 24 y 25 años. Cuando me dio la noticia sus ojos se aguaron. Y los míos también, en medio del lamento de una gaita. Estaban por allí Edgar, su hermano y el famoso Jopito de Cabuya, dejado plantado por una mujer señalándole que “Yo no puedo ser la novia de un jopo de cabuya” También la Luchy Acosta y su hermano.
      Siguieron en el reencuentro Rodrigo Rodríguez; Feliz Mejía (que me debe un suéter especial con el que me amaga solamente), Sarita del Guamo, Rafael Ramos y Laura Cardona, quienes llegaron de Cartagena. Por ahí iba el rastro de Numas Gil Olivera, que no pierde el vicio de ser jurado de las gaitas. Jurado de lujo. Siembre camina embebido en un son gaitero. Le mandé a decir que deje esos viejos de la filosofía descansar en paz.
      Sería interminable la lista de los abrazos, pero quiero pasar por los de Rafael Lora, “la Conavi”, Dalmiro Lora (El Pechón) Y Javier Arrieta, tres de los mejores futbolistas de Bolívar en todos los tiempos. “La Conavi”- ya bastante viejito- detenía los cronómetros en 10 segundos. Hacia túneles imposibles, se eludía hasta los charcos del campo de futbol llovido con sobrada des complicación y lucidez. Dalmiro era potencia y gol. Javier elegancia y precisión, siempre jugaba con la cara levantada y el balón atado a los pies.
      Me hicieron ruborizar al recordarme, entre reclamos y risas, que cierto día que estaban reunidos en el puente les tomé una fotografía, que el editor de El Universal utilizó para ilustrar una nota sobre el desempleo. En el pie de fotos pusieron algo como así: “Así pasan los desocupados de San Jacinto, brillando las barandas del puente de La Bajera con sus fundillos”.
      “EL Conavi”, digna estampa de su padre, el difunto Monito Lora, carnicero de cuchillo y peso de totuma, recordó que los primeros guayos que tuvo, eran míos. Se trataba de unos zapatos color y arrugas de mondongo.
      Después pasó algo maravilloso. En escena apareció uno de mis amores platónicos. Vive en una ciudad costeña con su digno esposo y tres bellos hijos, dos ya profesionales. Ella, diminuta y despierta, de una fresca sonrisa ancha, se mantiene en mis recuerdos intacta, como si en realidad los años no hubiesen pasado. De catorce años, ella barría el sardinel de su casa. Mientras el restra parrandeaba y berrinchaba, ella ponía su mano en la casona fresca de palma, sobre el arroyo. Mi único y tímido piropo de aquellos años de fogosidad e ingenuos, era precisamente decir que barría muy lindo, pero de repente y en menos de lo que canta un gallo, desde los dieciséis cayó en las garras de un profesor que le llevaba 16 años, le doblaba la edad. Pero ella, que lo sigue amando como el primer día, aprendió a madurar a su lado. Y lo curioso, es que todos en el grupo, mientras bailaban y palmoteaban al son de la gaita, sabían que fue mi amor platónico, tan calumniado. En ese momento, cuando los celulares no dejaban de registrar el reencuentro, apareció Numas Gil para aclararnos el tabú del amor platónico, que es real, tan real que lo único que no lleva es sexo. Son amores tan reales que entran y nunca salen. Son los amores verdaderos.
(Continuará)