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lunes, 12 de noviembre de 2012

Apetito sustituto

La voz

Por Juan de Dios Sánchez Jurado

El programa que por estos días se roba el tiempo y la atención de los televidentes de varias naciones se llama La Voz. Un concurso de canto que, como cualquier hamburguesa de Mc Donalds, se regó globalmente, adaptándose al mercado de cada país para el consumo de las masas. El objetivo del show es, según sus creadores, encontrar la próxima gran voz del territorio en que se franquicia el formato, llámese The Voice U.S., The Voice U.K., La Voz Colombia, etc. Lo anterior, siguiendo la consigna “las apariencias engañan, la voz no”. Pensando más en el lema que en el programa, se me ocurre que no les falta razón. No es acaso la voz el certificado de la temperatura y el temperamento de cada uno. Las notas que marcamos al afinar las ideas. Acaso no es la voz, también, el presagio del luto que a todos se nos ha prometido. 
   
      Antes que la voz, a los seres humanos no es dado el llanto. La tesitura del lamento con que saludamos el primer instante de mundo. Con el llanto anunciamos el hambre, el sueño, el fastidio, el temor. La voz viene después (aunque nos sirve para anunciar lo mismo). Es un premio a la permanencia. Gotas de aire que seleccionamos a voluntad o por imitación. Huella digital con la que bautizaremos, mediante sílabas primero, y parrafadas después, nuestra correspondiente rebanada de existencia. 

      El nido de la voz es la garganta. Ese instrumento de viento y cuerdas del que emana la caligrafía de nuestra historia. Desde la primera palabra. Desde que aprendemos a utilizar el esqueleto como parlante. Y que los demás se atengan a lo que diga nuestra voz y a lo que clame más allá de lo que dice.
   
      Está el que habla solo y persigue con los ojos la cometa del delirio. Está el que se rompe de dolor o alegría y que disuelve en un líquido su voz, otra vez llanto. Está la voz del que nadie escucha, atrapada en un aplauso perdido en las manos del silencio.

      La voz se incuba en la memoria. Canta el recuerdo. Gana resonancia y gravedad a medida que se deteriora el rostro. Es un oleaje. Un fuego. Demuestra que es cierto que llevamos dentro del pecho un corazón y que es la boca el hocico de un dragonzuelo. Es la voz un hilo de lengua que nos une al collar milenario de la estirpe. Aliento de serenata y luna, herencia de un pasado en cuatro patas, aullido y buen olfato. 

      La voz es, en últimas, la misión de cada uno: Parir un discurso apto para la música. Canciones culpables. Mareas inconclusas. Y para mí, que paso canturreando más de la mitad de mi día despierto, mi voz es el resultado de mascar la baba de aquello que me place o tortura. Mi fraseo al andar por ahí silbando burbujas y arias que nombren al que soy yo mismo. 

      Durante el tiempo. 

      Mientras me pudro. 

      Salvedad: Hace un año y dieciocho meses decidí no ver más televisión. Para enterarme del mundo tengo internet. Así que no soy de los que ven La Voz; pero sí de los que les gusta escuchar la voz de quienes le rodean. Y por estos días, sobre todo, dedico largas jornadas a escuchar la voz que hablo cuando pienso. La mental. Esa que con tantas distracciones atendemos tan poco.  

viernes, 21 de septiembre de 2012

Apetito sustituto

Despiértame cuando pase el vendaval

Por Juan de Dios Sánchez Jurado

La brisa golpea con fuerza las ventanas, sacude las láminas del techo. Sabemos que las lágrimas no se monedean, en lo posible no deben llorarse ni los muertos. Vivimos en medio de una balacera,  lidiamos los contoneos de la tragedia a punta de piropos. A juzgar por los tambores y las luces, parece que instalaron una miniteca en el cielo. Nos han convencido, las mentiras consuelan hasta al menos tonto, categorizar la piel reserva para el mejor postor el beneficio del pecado. 

      Está lloviendo duro, como dicen que llueve cuando Dios se enfada. Desnudamos nuestros cuerpos y ejercemos maniobras para eximirnos del hambre. Esperamos a que el agua nos llegue a las rodillas para salir a pasear, nos enorgullece mostrar la sonrisa con la que peinamos nuestro célebre fastidio. Llega la tempestad y se va la luz. Prendemos una vela y rogamos que la electricidad ocurra sólo en las alturas. Nuestra capacidad de decepción no tiene límites, pero andamos contentos, la esperanza es un barquito de papel flotando en nuestra alma estancada. 

      Y después del vendaval, siempre el mismo inventario: La dicha de haber visto un relámpago a los ojos y acusar la debilidad de los árboles con el dedo; les prometemos levantarlos sólo si se comprometen a una cosa: Servirnos como canoas para viajar hasta una orilla lejos de nuestra residencia en el fracaso. Ellos, en la comodidad de su derrumbe, se hacen los que no entienden. 

      La lluvia es un fantasma que tropieza contra todo. Nos sentamos en el suelo a lamer los platos vacíos, agradecemos en silencio que al menos un par resistiera la herida del viento. Una pared se desploma y se convierte en un montoncito de piedras donde alguna cabeza derramará su sueño. Tenemos por delante noches enteras para señalar lechuzas con la nariz, amaneceremos con la boca llena de estrellas. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Apetito sustituto

La ciudad mutante

Por: Juan de Dios Sánchez Jurado


En ese lote nunca hubo nada. Desde que tengo uso de razón, y de edad ya voy en los 28 años, ese terreno estuvo vacío. A su lado, siempre, esa academia de vallenato con aspecto de casa del terror; al otro, el primer centro comercial inaugurado en Cartagena del mercado de Bazurto para acá, Los Ejecutivos, el de La Olímpica. Recuerdo claramente un día del año 89 en el que mi abuela llegó a la casa con las rodillas peladas y el traje un poco roto. Tras un mal paso en el andén, se cayó dentro del lote. Durante mucho tiempo me pregunté cómo hizo o cómo cayó mi pobre vieja para no partirse al menos un brazo en semejante descalabro. Pero en ese cuadrado de tierra, monte, basura y ratas a tres metros por debajo del nivel de la Pedro de Heredia, nunca hubo nada. En el carril de esa Avenida, en el sentido Bomba del Amparo-Centro, a la altura de ese lote, hubo una rampita que durante toda la década del 90, mis compañeros de ruta escolar y yo esperábamos para brincar sobre los asientos del bus; entretenimiento para nosotros y dolor de cabeza para la guardiana de disciplina; pero en el lote nunca hubo nada. Todos estos años fue sólo una víctima de la aridez, rogándole piedad al sol, o un arrodillado de tanta maleza, cuando apenas un aguacero era capaz de levantar un metro su monte recién segado. Del resto, repito, nunca hubo nada. 

      Está bien, lo acepto, alguna vez, a principios de este siglo, hubo un conato de parque de diversiones; no obstante, nombrar así a una pista de llantas viejas y un plástico inflado es un desmadre de gentileza, así que no cuenta y, por eso, insisto, en ese lote nunca hubo nada. Con las obras de Transcaribe, en frente, le pusieron un adefesio de puente que se quebró incluso antes de ser transitado. Y por debajo de ese arco del fracaso de la ingeniería cartagenera, una manera rara de volver, si uno viene del sur, o de entrar al barrio Las Gaviotas. Pero en ese lote nunca hubo nada. 

      Hoy, tras ausentarme de la ciudad apenas unos meses, justo en ese lote, me sorprendió la imagen de una edificación bastante adelantada. Me desagradó. Soy un animal apegado a ciertas costumbres y apreciar la vacancia de ese lote era una de mis preferidas. Aquella postal era la representación de lo que siempre ha sido Cartagena: Una ciudad en la que por mucho que pasen cosas, tragedias y comedias, inclemente sol o maleza testaruda, nunca pasa nada. Cartagena, igual a ese lote, un lugar sin dueño aparente, un terreno desolado y asoleado con síndrome de baldío, al que uno podía volver luego de ausentarse por años y encontrarlo todo tal y como lo dejó. Sin embargo, hoy vuelvo y me encuentro con que en ese lote, cuyo vacío pude apreciar toda mi vida, se alza una edificación que acentúa aún más mi sorpresa cuando me responden a la pregunta, ¿y qué va a funcionar allí? Un Mc Donald´s. ¿Un qué? Sí, así como lo oye, un Mc Donald´s. ¿En plena Avenida Pedro de Heredia? ¿Junto al centro comercial que sobrevive a punta de estaderos de poca monta? ¿Junto a esa academia que no enseñará un vallenato que impida su declaración como obra ruinosa? Sí, señores, un Mc Donald´s ocupando el lote siempre vacío en el que alguna vez mi abuela se raspó las rodillas. 

      La ciudad se está moviendo, no cabe duda. Su aspecto general es el de obra negra. A cada dos pasos se nos atraviesa una iniciativa civil a medio terminar. Ejemplos: Transcaribe, por supuesto, 6 años en construcción y contando; el complejo de apartamentos que remplaza al Centro Recreacional Confenalco en Crespo y que le roba a la ciudad un buen pedazo de cielo; el tugurio del consumo que se impone sobre las caballerizas de Chambacú; la restauración de lugarcitos del centro amurallado del siglo pasado, esos que desaparecen para dar paso a una fachada de destino turístico caribe, neutro y sin identidad. 

      A la ciudad entera la envuelve hoy una cortina de zinc que poco a poco se retirará para apreciar el resultado de la cirugía. Como ya ocurrió con la Media Luna en Getsemaní, que pasó de la calle en la que nadie quería ser visto a galería de rumbeaderos de moda. 

      Cartagena se mueve sin que pueda precisarse aún hacia dónde, o sobre quién recaerán los beneficios y detrimentos de dicho movimiento, ni cómo se traducirá esa movilización en términos de progreso (por lo que sea que progreso signifique). Lo cierto es que la ciudad está mutando de manera acelerada. Pronto hasta los que siempre la han vivido transitarán por alguna de sus calles con la sensación de haberse perdido. Como me pasó a mí, luego de apenas 4 meses de ausencia, que regreso y me topo con que el gigante de las hamburguesas de “cosa” se apoderó de mi lote vacío de toda la vida, para poner a competir a la Big Mac con las arepas de huevo. 

      Cambiar está bien, no digo que no, y que la ciudad explore otras posibilidades. ¿Significará esa mutación una mejora en la calidad de vida de todos los cartageneros? Lo veo difícil. Pero puedo estar equivocado. 

Blog del autor:  Apetito Sustituto