viernes, 3 de noviembre de 2017

Por el ojo de la cerradura

Confesión de vida triste
Aprovechando la  lucidez momentánea de la loca Betulia

Por Tito Mejía Sarmiento

Betulia me dice que tiene 40 años de edad y yo le creo en esta ocasión, porque me está hablando con el amable toque de la cordura y no con  el desparpajo de la insania que porta casi todos los días, en una esquina del paseo Bolívar con la carrera 43, en la caribeña ciudad de Barranquilla, donde suele frecuentar el resto de su tiempo, si es que a eso se le puede llamar así. 

Betulia o simplemente Betu, como se le conoce por esos lares, es una mujer demasiado hermosa: ojos inmensamente marinos, piel canela que guarda el sol  para la lluvia del mañana, cuerpo apropiado, como diría un poeta para eternizar el amor. Su  abultado cabello negro aparentemente bien cuidado llega  a hacerle juego con el largo vestido rojo que luce hace más de un mes y que según ella, solamente  piensa cambiárselo por otro de color verde oliva, la próxima semana. 

Le digo que me hable de su pasado y, llevándose levemente su mano derecha a la boca, me manifiesta con enorme voluntad que fue abusada sexualmente por su propio padrastro, un Viernes Santo a las 12 del mediodía, cuando ella tenía 10 años en su natal Fundación, en el departamento del Magdalena. 

Unas lágrimas ruedan por sus mejillas, aprieta sus labios, mira para todos los lados, balbucea por momentos cuando continúa diciendo que “un  salvaje se aprovechó de mí cuando estaba sola en la casa porque mi mamá había salido para Aracataca a dar un pésame por la muerte de un familiar. Fue algo horrible y decidí irme para siempre de mi casa, sin avisarle a nadie, como  aquella ave que un día  emprendió su vuelo para nunca más volver a su nido, movida por el temor de ser víctima de otras aves rapaces con los consabidos acosos y abusos  sexuales”. 

Noto que  su mirada carga soledades y el ceño de su rostro de proverbial belleza se frunce, cuando un transeúnte intenta galantearla lanzándole un beso al aire, y que ella esquiva en el acto con el temor infundado de la misma mujer que entró en un cuadro de depresión hace más de tres décadas, mientras la luna llena  de Barranquilla, esa luna chiquitín,  chiquitica, morenín, morenita como dice el inolvidable verso de Esther Forero, parece  conocerle todos sus secretos y le  debilita por instantes todos sus devaneos  a las 8 en punto de la noche de aquel sábado  21 de octubre de 2017. 

En un descuido de la conversación, Betulia, cuyos apellidos no recuerda con exactitud, se agacha para extraer de una caneca de la basura, una lata abierta de sardinas, (luego me daría cuenta que tenía fecha de vencimiento caducada), para comerse lo que resta de ella. 

Le digo que quiero ayudarla, recuperar parte de su pasado, y le prometo llevarla a un centro psiquiátrico, pero me suelta una risotada con estentóreos  gritos que albergan el silencio de la noche que avanza desesperadamente hacia las perennes sombras: “¿Para qué me quiere llevar a esa cosa? ¿Usted me cree  loca, señor?”,  riposta con vehemencia.

Dejo pasar unos diez minutos, mientras  se pasea en derredor de sí misma,  obnubilada,  como si sus pies descalzos no encontraran  ningún pavimento de apoyo e intenta  hablarme más fuerte para acariciar quizás  en una especie de fantasía despierta, chispazos pretéritos.

Luego, me dice repetidas veces en unos fugaces segundos de lucidez, que me espera mañana a la misma hora, en el mismo lugar de siempre.

Así lo hice, pero Betulia no acudió a la cita. Comencé desesperado a indagar por ella, pero nadie daba razón. Hoy, 11 días después, pregunto por Betulia, la muchacha que se maquilla por las noches, que dice soñar despierta, que vaga  sin rumbo fijo con un trastorno mental no progresivo, y que en su  constante trasegar por la  vida lleva imbricada en su alma  la figura horripilante de su padrastro. 

Desde entonces, acudo todas las noches a la esquina del Paseo Bolívar con la carrera 43 de Barranquilla, con la esperanza de verla nuevamente para intentar rehabilitarla con la ayuda de especialistas particulares y para que no siga siendo una mujer  más, como dice el colega Miguel Ángel Rojas Arias, abandonada, ignorada, vilipendiada por la sociedad estatal como si  fuera una especie silvestre, que no necesita más apoyo que el sol y la lluvia.

domingo, 22 de octubre de 2017

Cuánto he sufrido por mis vuelos

CUANTO HE SUFRIDO… POR MIS VUELOS 

Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

 viajar por aerolíneas es muy rápido y fácil pero donde se tiene que sufrir la mayoría de las veces, en varias ocasiones lo he vivido, llegar unos minutos después, sufrimiento que me ha costado hasta 4 millones de pesos, este último fue la perdida de mi vuelo a México, esto me sacudió totalmente hasta el punto de escribir sobre ello, perder un vuelo internacional catastrófico, había perdido vuelos nacionales que me daban duro, pero este me dio muy, pero muy duro, uff … analizando también he notado que las aerolíneas son injustas y poco equitativas con sus clientes y me pregunto ¿por qué debo pagar una  multa por el valor de tres veces lo que me costó mi pasaje? Realmente queda uno sin salida cuando te dicen: usted perdió su vuelo y su multa es de tanto, no sabe uno si gritar, llorar, patalear o desaparecer, pero total la ley de ellos es justa con ellos mismos y nada que hacer, solo te toca buscar donde no tienes y comprar otro vuelo si debes llegar a tu destino.

Pero la otra parte que he notado es que las aerolíneas es hacen con nosotros los que le da su gana, Qué injusto ¿verdad? Si, hacen lo que les da la gana y nosotros nos hemos dejado, pues dice un dicho que quien tiene el palo da con el ¿pero quién les pone freno a ellos? cuando nos cometen faltas y gravísimas, cuando nos anuncian: señores pasajeros de… les informamos que su vuelo se ha retrasado, le agradecemos esperar unos minutos, minutos que se pueden volver horas y nosotros sonrientes esperamos, no me parece justo esto, debería haber justicia y que si ellos tienen fallas deberían pagarnos multas a los pasajeros, pero no, ellos se auto perdonan ¿y a nosotros quien  nos perdona?  Por lo menos deberían devolver nuestro dinero o solucionar a sus clientes las circunstancias que obligó llegar tarde.

Invito a nuestros representantes  de la cámara y a los senadores que se tomen medidas contra esta injusticia económica y psicológica a la que somos sometidos los pasajeros de aerolíneas, sí, ya está bueno, no se imaginan ustedes la inconformidad de tener que pagar muchísimo para cumplir con un objetivo de llegar a un lugar y no hacemos nada contra esto, por lo menos yo estoy haciendo un poco escribiendo sobre eso que hemos sentido muchos y poder inquietar a manifestar, no en un aeropuerto o en nuestras cuatro paredes donde  no se nos pueda escuchar, los invito a que este mensaje sobre esta triste situación que se sufren en aeropuertos del mundo tenga por fin una medidas de control, claro que nos disciplina, pero  que esa disciplina sea justa no injusta, el dinero que perdemos más nuestra urgente necesidad de llegar es como cuando tú preparas la comida y por no haber estado cuando repartieron te dejan sin comida, no es justo, que te la guarden, la  disciplina seria comer solo y la comida fría…lo importante es la justicia social para todos.

Bitácora

La señal de la cruz

Por Pedro Conrado Cúdriz

Uno sale de casa con la intención inconsciente de regresar a ella impoluto, salvado del propio dolor y el dolor ajeno, aquel que pueda causar la muerte. Algunos hacen la señal de la cruz y otros, entre los que me cuento yo, salimos al mundo impertérritos, sin furia, y caminamos entre la gente sin afán, saludamos a los vecinos y esperamos en la esquina el autobús que nos lleve a alguna parte. Ese es el acto más repetido de todos, hombres y mujeres, jóvenes y niños y de tanto hacerlo, nos asombramos cuando caemos indefensos en cualquier clase de accidente, catastrófico o no. “¡Carajo! No me pasó nada, piensa uno, me salvé.” Lo terrible es cuando alguien que vimos muy temprano y al que apreciamos infinitamente, muere en un accidente de carretera. 

La vida o la muerte, no sé, nos fractura la conciencia y entonces el dolor es como un tiro de escopeta a quemarropa, en todo el universo del cerebro y el corazón. Un sufrimiento de animal vivo y agonizante nos embarga, garra de hierro penetrando la carne del espíritu. No sabemos qué hacer y presos del sufrimiento espiritual, la mente se paraliza. Y algunos echan mano de la resignación y otros de la comprensión de las circunstancias que han dado lugar al suceso, a la imprevista muerte del amigo. Hasta aquí, la vida de uno sigue el curso de un río tranquilo, alterado a veces por las preguntas vitales del vivir, aquellas que nos estremecen sin reparos: ¿Por qué hasta ahora no me ha pasado nada? Pregunta tonta, por supuesto, pero también esencialmente humana. Porque todos, desde el nacimiento hasta la muerte, le tememos a las pérdidas, a irnos o que alguien nos abandone. Y de todas estas ausencias, la más dramática es la muerte. Porque después de todo, no hay nada qué hacer contra ella, contra el dolor punzante que causa, contra la infinita soledad que nos embarga, contra la totalidad de la vida y la muerte, contra el absoluto. Contra ese malestar universal, que ahora es mío, tan profundo, que lo he particularizado, fragmentado, así como la misma muerte ha fracturado mi mente, mi conciencia. Y somos tan frágiles, que un desnivel y una caída terrestre, nos pueden partir la vida, la cara, un brazo, y entonces, somos tan mortales como una hormiga, sí, como una hormiga. No importa el éxito ni la fama, ni el prestigio, nada. La muerte es incapaz de compadecerse, nos vigila y entonces, ¡zas!, nos atrapa. La vida es así, la muerte también es así, sociópata. 

martes, 3 de octubre de 2017

Por el ojo de la cerradura

Cuando un amigo profesor se va

Por Tito Mejía Sarmiento

“Murió el profesor  Etiel Morales Fontalvo”, le oí decir con  voz quebrada por el inmenso dolor, a través de la línea telefónica, la noche del 30 de septiembre de 2017, al escritor amigo, Pedro Conrado Cúdriz. Quedé mudo por varios minutos y respiré profundo para continuar la conversación. Horas después, no podía dormir pensando en el gran maestro de los años 70, en el Colegio Nacional Oriental de Santo Tomás, hoy simplemente Oriental.

Lo veía con su reír de niño travieso esparciéndonos con excepcional facilidad sus enormes conocimientos  de las implicaciones tautológicas, sus números volando en el tablero, consejos comportamentales, anécdotas graciosas, palabras cuánticas midiendo injusticias, el flanco ordenado, la vida que pensábamos como formadores de generaciones futuras; todo eso apoyado, en un clima de familiaridad, de incumbencia, de libertad responsable, de amistad y de compromiso con todos los valores propuestos por nuestra amada institución orientalista. 

¿A qué estudiante del Oriental, por ejemplo, se le va olvidar cuando el profesor Etiel lo pasaba al tablero y con voz barítona le decía: Dale tigre, resuelve por favor, el teorema de Pitágoras que  describe una relación especial entre los lados de un triángulo rectángulo? O hállame la respuesta del problema clásico del tabernero  matemático inglés Henry Ernest Dudeney que compra seis barriles con capacidades de 15, 16, 18, 19, 20 y 31 litros respectivamente, mientras pregunta  cuál es la capacidad del último barril.


En esa geometría de las ironías del profesor Etiel y el aprendizaje del alumno flotaban las horas de lunes a viernes, en una jornada única e imborrable para todos nosotros. 
Se suele decir que el licenciado Etiel Morales Fontalvo, como todo buen matemático, aunque esto probablemente suene exagerado, predijo la fecha de su muerte observando que cada día dormía quince minutos más que la noche anterior y calculó a lo mejor que fallecería aquel día que durmiera veinticuatro horas, y eso sucedió exactamente cuando un micro sueño lo traicionó, mientras conducía su camioneta en la carretera oriental en el tramo comprendido entre Malambo y Sabanagrande.

Hoy sentimos un puñal que surca los espirales de nuestros corazones y llevamos el peso de un hombre adjunto a nuestra admiración que,  pareciera que viviese en un sueño largo y profundo, un hombre que nació del vientre de una humilde mujer, doña Clara Fontalvo, mujer que lo formó decidido y vigoroso como al resto de sus hijos  y que ahora  se nos difumina en medio de un mundo dividido, fragmentado por una ambición sin color, raza, religión, un mundo que se detiene en nuestras sábanas como el manso cachorrillo que se asoma a la odisea de la vida cuando la noche tiene ojos para todas las sombras y oídos para todas las melodías, no importa que el otoño queme las rosas.

Y hoy por casualidad estrenamos juntos ese otoño, donde la nostalgia está cosida a mano como ese delantal que guarda en su ropero mi madre, como dice un bello verso de la poeta hondureña Mayra Oyuela.
Mi solidaridad total para su esposa, hijos, hermanos y demás familiares.

Tito Mejía Sarmiento, poeta, profesor y locutor Colombiano
Santo Tomás, 2 de octubre de 2017

México, lindo y querido

México lindo y querido

Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

México lindo y querido, estaá pasando por un momento lamentable para todos y ni se diga para mí, hace poco estuve en tus entrañas, me cobijo tu historia enmarcada en las pinturas de David Alfaro Siqueiros con sus obras importantes: víctimas de la Guerra, victimas del fascismos y tormento de Guauhtemoc, también las pinturas Roberto Montenegro: liberación de la Guerra y del inmortal Diego Rivera con su obra: el hombre controlador.

El resumen simplificado de su lenguaje en sus obras me describió todo lo que has pasado en todos los ámbitos sociales, pero también me explican tu grandeza y fortaleza

Historia que me traje desde la voz de la inteligente Alejandra quien fue nuestra guía en el palacio de bellas Artes de la Ciudad de México, quien además nos contó sobre la construcción del palacio en el gobierno de Porfirio Díaz en el año 1904, obra que hizo un Arquitecto Italiano Adamo Moari, quien dijo que el palacio sería construido en 4 años, pero tardo 30 años por las diferentes situaciones, la guerra y otra es que la ciudad de México se hunde, por eso se construyó en mármol, podemos observar que el palacio se encuentra inclinado de su lado izquierdo, se ha hundido 2 metros, pesa 60 mil toneladas, cada año se hunde un centímetro.

Pero aun así su belleza y la historia que guarda este palacio de Bellas Artes en la obras de sus inmortales artistas quienes nos revelan los personajes históricos de la política de México, es sin duda una buena historia interesante de leer, de recorrer y de revivir, cada batallas que dieron sus personajes, donde se valora el arte, ahora entiendo por qué nuestro nobel decidió habitar en México y además morir en él…

Toluca, tierra de valores, una ciudad donde 101 poetas, narradores, novelistas y escritores fuimos atendidos como se nos debería tener en cuenta nuestro país, realmente la gente cálida y amable de esta parte de México llenó mi esperanza, saber que tu trabajo puede ser valorado y reconocido donde menos te esperas me fortalece y me motiva a seguir dando lo mejor de mí, algún día la historia y la existencia me lo devolverá ahora o después, pero ese día llegará.

Pachuca, tierra del Conocimiento donde se valora el saber de cada persona, donde sus habitantes se preparan para servir a su país desde cualquier campo profesional, recorrer a Pachuca, Ciudad de México, Toluca, Cuernavaca, Cuautla me mostraron una parte importante de la gente de México, sus rasgos netamente indígenas pero su capacidad de mostrarle al mundo su gran desarrollo, también me invita a motivar a mis paisanos que podemos dar más, mostrar lo que somos cumpliendo con nuestra función de aportar nuestra capacidad a la comunidad de la que hacemos parte, no mendigando, sino estudiando, preparándonos, no hay como la riqueza intelectual de cada persona, el valor que podemos darle a lo que somos, a lo que tenemos y lo que podemos aportar, cuando entendamos esto, dejaremos de ser la raza sumisa y masoquista para empezar a crecer y aprovechar la riqueza que nos da la naturaleza y que nos quita el vivo aprovechando que la naturaleza no tiene nada que quitarnos porque no la hemos aprovechado.

Haber estado en México y compartir con 101 intelectuales de cada rincón del mundo, conocer un poco de ellos y por su puesto su deseo de conocer mi tierra me llena de motivos para que en el año 2018 Parte de ellos vengan a leernos y compartir con nosotros su riqueza AL VI ENCUENTRO INTERNACIONAL LITERATURA AL MAR 2018

sábado, 2 de septiembre de 2017

Por el ojo de la cerradura

El gran momento de la izquierda en Colombia

Por Tito Mejía Sarmiento

Ya comenzaron a lanzarse como patos al agua, varios precandidatos para las elecciones del 2018, a la presidencia de Colombia, prometiendo lo humano y lo divino, como si la gente “comiera ya de esas carretas”. Y algunos con un cinismo enorme porque después de pertenecer a los partidos políticos que han mancillado durante largos años a los habitantes de la nación, verbo y gracia, Liberalismo, Conservatismo, Centro Democrático, Cambio Radical, Partido de La U., ahora pretenden a toda prueba, recolectar las firmas necesarias para respaldar sus aspiraciones presidenciales. Es decir, otra trampa mortal para nosotros. Bien lo dijo el columnista Felipe Morales Mogollón que “la proliferación de esas candidaturas deja en evidencia que no necesariamente se trata de una alternativa democrática, sino, por el contrario, una forma de pasarse por la faja la normatividad, la ley…”, así que ojo al parche, amigos y amigas, como decimos en el Caribe Colombiano.

Tengo la plena convicción por la crisis de partidos en grado sumo que está atravesando el país con tanta corrupción gubernamental, violencia en las calles, hambre en los hogares…, que ha llegado el gran momento para que un candidato del ala izquierdista llegue al primer solio presidencial.

Los candidatos de la izquierda, solo deben tener táctica política (aunar esfuerzos, dejar las fragmentaciones a un costado) y sobre todo, mucho cuidado con sus vidas para que no corran con la misma suerte de muchos líderes: Gaitán Ayala, Galán Sarmiento, Pizarro LeonGómez, Gómez Hurtado, Pardo Leal, Jaramillo Ossa, Cepeda Vargas  que cayeron bajo las balas asesinas del fascismo, grupos paramilitares y de la propia derecha obstinada de esta nación.

La gran mayoría de los colombianos conoce hasta la saciedad que los partidos tradicionales están sobreviviendo desde varios años gracias a la burocracia, al manejo de las famosas  mermeladas, pero ya dejan mucho que desear como partidos desde el aspecto ideológico y organizativo. Y ni hablar de las primíparas organizaciones políticas que todavía les falta mucha melena para recogerse los  moños.

Repito, ojalá los candidatos de la izquierda colombiana limen unas  pequeñas  asperezas que se están presentando al interior de ciertos sectores en estos momentos, ya que  las posibilidades de triunfo son inmensas. De lo contrario, como decía el famoso locutor Marcos Pérez Caicedo: “A esta vaina se la llevará Pindanga”.  Por algo, Gustavo Petro, Claudia López, Jorge Enrique Robledo encabezan a un año de las elecciones, las encuestas serias y no amañadas de este país.

viernes, 25 de agosto de 2017

Bitácora

De cómo la guerra hiere mortalmente el amor

Por Pedro Conrado Cúdriz

“El profesor Roberto Armenteros estaba leyendo uno de sus libros de muchos días cuando su esposa llegó a avisarle que los hombres de la guerrilla habían sacado a rastras al hijo de Artemio Bogavante de su casa y estaban convocando al pueblo a la plaza para contemplar su asesinato.”

Recuerdo hoy, el inicio de “Cien años de soledad” y de otras novelas que abrieron un universo de plurirelaciones a lectores hambrientos de historias que los conmovieron subjetivamente para continuar sobreviviendo en un mundo de inconformidades reales.

El autor de “Ojalá la guerra…” nos posibilitó ingresar a su mundo para ponernos a reflexionar sobre una historia de amor y de guerra, que al final nos hirió de muerte el alma. ¿Cuántos amores murieron por la ausencia física de amantes muertos de amor o asfixiados por las olas bravas de una guerra sin cuartel en el país? ¿Cuántos amores huérfanos de padres, hijos o amantes? ¿Cuántos amores asesinados por los códigos de la guerra?

Iván Darío Fontalvo es un alivio, o la opción de un milagro en medio de un océano de mediocridades sulfuradas por la muerte del espíritu; una voz muy joven pero también rebelde, que afortunadamente ha terminado apostándole a la escritura y a los libros y no al consumo de cosas inútiles o a las banalidades del dinero y la vida fácil. Todos sabemos lo que le cuesta al escritor construir una novela hecha de la sangre, de la disciplina, de las lecturas y de la propia escritura sin descanso.

Esta es la razón por la que estamos concitados esta noche aquí  por la Alianza Colombo francesa, para celebrar el advenimiento de un novelista extraordinario, capaz de saltar en el tiempo y vivir acomodado en esa indefinible realidad llamada todavía futuro.

Quizá Riba, el personaje jubilado y editor de la novela de Enrique Vila-Matas: “Dublinesca,” pueda vivir tranquilo si asoma sus ojos por estos lares, después de haberse cansado de rebuscar “ese autor tan buscado, ese fantasma…, resistente a publicar libros con historias góticas de moda y demás zarandajadas…”

“Ojalá la guerra…” ha sido escrita con el lenguaje literario de la novela clásica, simple, sencillo, preclaro, sin la intención de complicarle la vida al lector con frases del barroquismo tradicional. Es una historia llana, prima hermana de los ojos lectores que aman novelas como “El abuelo que escribía cartas de amor” de Luís Sepúlveda, o “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, o “El coronel no tiene quien le escriba,” de García Márquez.

En muchas de sus páginas encontré surcos de ironías, que me arrancaban iniciativas de risas en las comisuras de mi boca y que luego se sentaban a reír a horcajadas de verdad en mi memoria literaria; igual es posible encontrar una caricatura de nuestra guerra de mil años, extravagante, deforme, corrupta y gigante como un elefante de la selva virgen de Colombia.

La ironía le quita la máscara a la seriedad de la guerra militar de cualquier bando (“… no permitirá la revolución acciones semejantes de indisciplina…” se lee en la novela, o “La guerrilla aprobó el velorio. Van a repartir tinto con galletas…”), la ironía dije, le quita la máscara de la seriedad a la guerra, porque la guerra o las revoluciones serias, que aspiran a matar opositores blandos o desvalidos, tienen la desgracia de ser igualmente revoluciones o gobiernos criminales.

Esta primera novela del escritor tomasino, asombra por la edad del autor y por el sustrato comparativo que uno pueda hacer con el resto de su generación, y también asombra lógicamente, por el conocimiento que él tiene  de la condición humana, que la revela en una historia de amor, que sobrevive bajo el terror de la guerra y la fascinación de la siembra de una planta de plátano, en la cual la pareja ha colocado la esperanza como una bandera blanca, izada en la mitad del patio, para que todo el mundo conozca que es una siembra de paz:   

“Ambos sonrieron sinceramente. Se lee en el texto escrito. El profesor Armenteros decidió de inmediato que ese día no habría libros para leer. Sólo habría una mujer tarareando una canción, una mañana de brillo grandioso y una flor en desarrollo.” Todo esto por la mata de plátano.

Y en medio de la angustia que implica la guerra y de las discusiones rutinarias del profesor Armenteros e Iveth, su esposa, está la biblioteca, la que siempre ha formado parte de las esperanzas del hombre, y que tanto ama el autor de “Ojalá la guerra…”; ella brilla en la novela con la luz de lo extraordinario, con la luz de la consulta, del alivio, del escape y con la luz del azar.

Y era la biblioteca la que establecía alguna diferencia con el resto de las casas del pueblo. “Pero, escribe el escritor, lo que de verdad la separaba de las del resto era la biblioteca: un cuarto independiente cuyas paredes estaban cubiertas desde el piso hasta el cielorraso de estantes atiborrados de libros de toda clase, de todo tamaño y de diversa calidad.”

Me abstengo de contarles detalles absolutos de la novela, porque quizás opten el olvido por creer que todo está en lo que les comparto. Sin embargo, es pertinente y obligatorio leerla si queremos disfrutar de un autor joven, uno de los mejores entre los escritores menores de cuarenta años, como dijo el autor de “Un hombre destinado a mentir”: Ramón Molinares Sarmiento.

En mi lectura, atisbé la mayoría de las crisis sociales que atraviesa la narración: La crisis de la historia, iluminada por la guerra y los anhelos de paz de la gente, la toma guerrillera y la retoma del ejército,  círculos viciosos de violencia política en aquel pueblo innombrable, que el autor abandona sin nombre a los lectores, la muerte de los vecinos, simbolizada en la ejecución del hijo de Artemio Bogavante y la otra ejecución, la colectiva, la de los 30 guerrilleros, la crisis religiosa, condensada en la falta de fe de la gente y en el suicidio del sacerdote, la infidelidad de la mujer del alcalde, sometida al escarnio público del sexo, y por último, la infidelidad de Iveth, cableada en aquella frase inaugural de ella: “Supongo – dijo controlándose- que también la guerra mata el amor.”  

Para escribir una novela es necesario mentir, convertirse en un mitómano para poder hacer creíble la mentira. Sin ella es imposible el cuento, o en este caso la novela. “En efecto, dice Vargas Llosa, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es… (Porque) los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito, escribe el autor peruano, nacieron las ficciones.”

Pienso que algo le fastidia al autor de “Ojalá la guerra…”, al joven que todos los sábados comparte silla conmigo en el taller de literatura de La Casa de la Cultura en Santo Tomás. Algo pretende transformar en la vida de sus lectores, quiere a lo mejor afectarnos, zarandearnos, sembrar las semillas de las inconformidades inconclusas. Quiere que no seamos los mismos. Y tal vez tenga razón, porque después de leer “Ojalá la guerra…” algo cambió en mí, quizá la manera de contar una historia, o tal vez la manera de comprender el amor en medio del conflicto armado del país…

domingo, 30 de julio de 2017

Chambacú 2013


Chambacú 2013

Por Edgardo Orozco Pájaro

Un niño de siete años rueda con destreza una silla plástica como si se tratara de una carretilla. La aparca en el frente de aquella maquina imponente, y se trepa con soltura para luego permanecer erguido y con la  mirada frontal hacia la pantalla. Observa fijamente la ranura que aflora en el borde superior derecho de la computadora e introduce la moneda. Espera y se mantiene expectante ante el resultado, pero al final no encuentra otra cosa distinta que la música de ensueño y un  centelleo de luces multicolores  que lo invitan sutilmente a reiniciar la apuesta.
Parece un jugador experto porque comprende el sentido de su derrota y que su vida como tahúr  está condicionada por el dinero.  Ahora da un salto corto para  caer  en el piso, busca  en carrera la salida hasta que desaparece entre los compradores.

Elijo mi pedido de manera rápida a sabiendas que el menú solicitado no ayuda mucho en el control del sobrepeso y mucho menos de la obesidad. Pero estos almuerzos informales se constituyen en una ayuda fundamental para el médico que trabaja ocho horas al día  y que necesita sacarle tiempo al breve espacio del intermedio para acortar al máximo su jornada laboral. Este pequeño recorte posibilita otra jornada de al menos cuatro horas. Todo, con el afán de mejorar los ingresos y poder tener una vida digna, así como lo exige la sociedad.

Aquí todo es diferente e incluso el tiempo corre mucho más rápido que en Cartagena “La Fantástica”, la del Corralito de Piedra, la de Manga, Bocagrande, Marbella y Cielo Mar.  Recordé que las ocho horas de trabajo, aparecieron de manera fortuita, no tanto por las condiciones de miseria del sector  como por la violencia, factor que fue determinante en la génesis de esta comunidad. Nadie puede olvidar la historia de Cartagena, y la historia de Cartagena se encuentra atada de manera inexorable a los negros esclavos, con el cimarrón que se liberó para formar los palenques  y que Chambacú hizo de aquella leyenda.  

Pero una figura infantil, la más diminuta de todas, destrozó la armonía de mi pensamiento. Aquel tahúr pequeñito y sutil, había regresado acompañado con sus ínfulas de victoria. El niño fracasa nuevamente, no obstante, esta nueva derrota es diferente a la anterior. Ahora se muestra tenso y desesperado, repite su descenso de manera mecánica, cayendo al suelo con firmeza, pero se queda estático, buscando entre los compradores desprevenidos la solución a su problema. Abro  mi cartera para pagar el almuerzo de tienda acostumbrado, y es aquí, es este el momento, en que el brillo intenso de sus ojos me captura. Se me acerca con la intención prefabricada, pero se estrella  con la voz de una niña que a mis espaldas me previene advirtiéndome en voz alta: “no le de plata a ese niño porque lo único que hace es jugar todo el día”. Otros niños mayores también están muy cerca de mí, tienen uniforme de escuela y ante los ojos de todos, insisten en ganarle a la computadora.

Salgo de la tienda del cachaco y me encuentro con dos adolescentes que caminan por el centro de aquella carretera solitaria. El calor intenso y el sol canicular del mediodía convertían el asfalto en un material oleoso y maleable, tanto, que las llantas de los carros dibujaban surcos profundos e irregulares que solían desaparecer con el fresco vespertino. Los jóvenes estaban tranquilos y desprevenidos hasta que una moto rugiendo como león enfurecido rompe el silencio del mediodía en mil pedazos. Dos policías se atraviesan en medio de la calle por delante del dúo caminante cerrándoles el paso con el grito “deténganse”. El contraste es total, pues el más alto queda atónito, sembrado en el asfalto, mientras que su compañero sale en carrera por el callejón que tiene en frente.  Dos disparos retumban con magnitud colosal al estar amplificados por las paredes contiguas, sin embargo, el muchacho sigue en su carrera desesperada y logra perderse  entre las casas de zinc y de cartón.  El otro adolescente se había quedado estático en todo el centro de la carretera aceptando sin controversia la requisa policial. Uno de los  agentes lo sujeta fuertemente por la pretina del pantalón  mientras recorre el cinto con su mano derecha y sin demora encuentra un revolver calibre 38. 

El espacio se congestiona por la presencia de agentes motorizados que aparecen de la nada para diseminarse por todo lo ancho de la calle, la búsqueda es implacable y la ocasión es propicia para terminar con el capítulo del “Maluquito”, uno de los delincuentes más peligrosos de la ciudad, con diferentes capturas en su haber y con una capacidad impresionante para matar. Para la justicia en  estos momentos, el “Maluquito” era un prófugo más. La angustia de la comunidad cartagenera era evidente, ningún centro de rehabilitación para niños podía servir de albergue a este adolescente descarriado. ¡La cárcel era la única solución!

Al final de la calle, mucho más abajo, veo a un grupo de agentes  motorizados que le dan con el casco en la cabeza, otros se acercan y hacen lo mismo en clara señal de castigo por el irrespeto. No obstante, la policía actúa con prontitud y recelo. Ellos saben que están pisando territorio vedado y que la reacción ya venía en camino. Una moto incinerada, los gritos de aquel adolescente prófugo  torturado, el aullido de las sirenas y el detonar inconfundible de aquellos disparos al aire para amedrentar a la turba, me señalan  el momento justo de mi retiro.  La gente que se encuentra cerca me recomienda que me recoja: “olívese, doctor”.

En efecto, acato los consejos aunque los interpreto como si fuera un grito de guerra. “Mis colegas también me aconsejaron”, pensé de inmediato.  “Ellos también me advirtieron el peligro  y los  riegos que correría”. Llegué por fin al puesto de salud, pero mientras reinicio la consulta, el temor y el miedo vuelven a aparecer. Era un temor quedo, silente, pasivo… pero que seguía vivo, ahí presente. Es cuando descubro que para la violencia no existe lugar prohibido y mucho menos seguro, y que yo también me encontraba  nadando entre sus  aguas tormentosas.

Miro mi bata blanca, “está contaminada”, me dije, porque esos niños, los adolescentes, adultos y ancianos que allí llegan, todos tienen el  mismo signo, una marca hecha con tinta indeleble; la marca  de  los recuerdos  vivos, la marca de todos esos recuerdos ya eternizados por la violencia.  

Ahora me llegan imágenes por montones, como la de aquel paciente que me mostraba su pómulo derecho completamente achatado por un disparo a quemarropa, pero antes que la deformación física y de ese estrés postraumático perenne, quedé perplejo y  estupefacto al descubrir que el victimario era su mejor amigo y que el  afectado aún seguía sin comprender la causa de semejante tragedia, una tragedia en donde lo único que cabía era el absurdo.

También llegan los enfermos por farmacodependencia, son adictos a las drogas que viven en constante lucha con el pasado, ese pasado que los persigue por todas partes, que los atormenta en el día a día sin fin. Llegan madres que muchas veces lloran y abrazando a sus hijos claman a Dios por ayuda.

También llegan las madres que aún son niñas. Pero recuerdo en especial a esta, diminuta y muy delgada. Su cuerpo había soportado un embarazo que no pudo llevar hasta el final porque su adolescencia terminó por oponerse. Era frágil y menuda con una desnutrición rebelde que la amenazaba cada segundo con quitarle la vida.

Algunos fueron paramilitares y lo confesaban con orgullo. Recuerdo aquel que me llegó frustrado por la muerte de Arnulfo Briceño;  locuaz y con una verborrea impresionante, me aseguró que lo había perseguido sin piedad porque quería matarlo, la obsesión había llegado hasta el punto de que dio por terminada su participación en el conflicto armado apenas supo la muerte del guerrillero.

De los adultos me acuerdo poco, pero de aquel señor solitario lo recuerdo todo. Tenía una carpeta verde entre sus manos y sacaba uno a uno los documentos para demostrarme el tamaño de lo que él consideraba como injusticia.  Mientras esto sucedía, su hijo de cinco años buscaba el espacio propicio para mantener su lúdica premeditada.  Aquel señor solitario comprometía en su narrativa a todo el sistema jurídico, insistía en la confabulación de su esposa con los jueces para desprenderlo de la custodia de su hijo, el único a quien amaba sin contemplaciones y sin reparo alguno.
El chiquillo reía insistentemente mientras se acomodaba entre las piernas de su padre. Pero este, aun sentado, se daba por desentendido e intentaba trivializar la situación. Por eso, me miraba fijamente mientras continuaba con su diatriba contaminada por el odio e infestada por el rencor. 
Yo también lo observaba con mucha atención, aunque ahí en un segundo plano, aparecía nuevamente la figura de aquel pequeño con sus movimientos alternantes de cadera.  Lo hacía sonriendo, como queriendo despertar la gracia acostumbrada de su padre…
¡Quédese quieto, carajo!
El niño se sorprendió al escuchar el grito desproporcionado de su padre quien le ponía fin a todo aquello que yo observaba por encima de mis gafas de miope.

Me sentí muy mal y sin saber qué hacer, preferí guardar silencio y limitar al máximo mi capacidad de sorpresa cuando me dijo. “Mi esposa me abandono doctor, fueron dos años de cárcel”.
Se levantó de su silla convencido de haber transgredido la norma de los quince minutos por paciente, se ajustó un poco el pantalón y acotó sin tapujos: “acabo de recibir la custodia de mi hijo, ¡esa hija de puta me acuso de abuso sexual!”.

jueves, 20 de julio de 2017

Un lugar de encanto, de realismo mágico

Un lugar de encanto, de realismo mágico 

Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

En esta ocasión quisiera contarles una de mis curiosas experiencias que enriquecen mi ser, esta es una y realmente no quiero dejarla pasar. Jamichera, vía Maicao, paradero y Porciosa, realmente no sabía que existía en el planeta y menos en mi Guajira, llegar allí fue encontrarme con el realismo mágico de Gabriel García Márquez, fue encontrarme con esos cuentos de nuestro Nobel y que además enriquecen sus Cien años de soledad, y cada historia contada en sus obras e historias  increíbles que uno piensa no encontrárselas en este siglo, Jamichera qué nombre curioso, lleva este nombre puesto por sus habitantes, es un caserío de unas cuantas casas hechas de material de cartón, quien en un proyecto fue donado  por unos canadienses hacen aproximadamente algunos años, son unas casas que llegas y te llevan a la niñez, a esas casas de mentira, casas fantásticas de nuestros cuentos contados desde niños, miden aproximadamente unos tres metros cuadrados, no tiene puertas, ni ventanas, sus puertas son sábanas, sus ventanas de trapo, qué curioso, pero es así, le dije  mi amiga Leydis Mengual, rectora de Porciosa, quien también posee orgullosamente una de estas viviendas: 
-Óyeme, leydis ¿y ustedes viven así y no les da miedo este lugar, que les pase algo, a tus cosas, a tus niños  y a tu esposo? 
-Miedo de que? Aquí solo vivimos unos cuantos, somos una familia, todos nos conocemos y nos cuidamos -en eso llega un niño muy curioso a entregarle una hermosa Guacamaya que había salido hacia la casa vecina, se lo entregó y con esto me ratifica que realmente en Jamichera todos son uno solo-, lo ves, me sonríe, aquí nada se pierde, la seguridad de todos somos todos.

Me invito a conocer más de aquel curioso lugar, lógicamente accedí con gusto,  no podía haber estado en aquel lugar donde solo pensé pasar unos minutos y que luego de conocerlo no me quería venir, en Jamichera alcanzas a apreciar la Serranía del Perijá, donde aún la fauna y la flora besan las montañas y le pican el ojo a los  Jamicheros  y a cada poblador cercano. 

Eran solo tres calles en la que observas a los niños jugar al lado de la carretera nacional, donde pasan los carros sin mirar hacia esta población, ignorando, tal vez, lo mágico de este lugar, al que desde afuera se le ve como algo sin valor, pero que cuando pisas sus tierras entiendes su grandeza, sentí susto al ver a los niños jugar mientras pasaban los autos a millón, pero ellos ya estaban acostumbrados a eso, me imagino que hasta el peligro los ignora, bien por ellos, me dije, al ver a sus padres sonreír y observar su juego en aquel atardecer paciente de esta población, volviendo nuevamente en mí, llegue a una casita donde curiosamente, como todo lo de Jamiche, había una sala de Internet, como les dije era una pequeña sala de unos escasos dos metros, todo estrecho, alcancé a ver dos abanicos pequeños encendidos con un curioso ruido refrescar los dos computadores y la impresora, la sala está dividida por un pedazo de  cartón, que separaba la habitación donde estaba la curiosa cama del amable propietario, cubierta por una sábana trasparente con la que cubría tal vez para evitar bicho o insectos del lugar por la noche, era don Agustín, quien le dijo a mi amiga Leidis: siga profe, está en su casa, él siguió bajando unos bloques con los pretende aumentar el tamaño de su casa y evitar la estrechez con la que brindaba el servicio a su población, pero para ese lugar la sala era perfecta, aunque les comento que no solo eso me llamo la atención, pues vivo en San Juan, un municipio súper grande, avanzado y desarrollado en comparación con Jamiche, pero les digo que en mi barrio que es más grande, no encuentro una sala de Internet tan rápido como la encontré allí, curioso, real y mágico como lo es Jamichera. 
Finalmente, caminé con Kali hacia la carretera nacional, quien también venía muy nutrido de Jamichera, sé que ya tiene su poema dedicado a esta población, él es muy bueno inspirándose y más con los lugares y situaciones extrañas de la existencia. 

Caminamos y sentíamos que Jamiche nos despedía amablemente, al cruzar la carretera volteé y vi a sus habitantes cada uno en su actividad, a Leydis Mengual, mi querida amiga, que curiosamente hablaba con sus vecinos sin percibir que la observaba desde la distancia, nuevamente Jamiche para mí y Kali era aquel lugar misterioso que existe sin importar que otros sepan que existe, solo es Jamichera y nos le interesa el desarrollo, no les interesa que sepan que existe, solo quieren que  se interese por ellos  la tranquilidad y la paz, que estas  cuiden de ellos en cada puesta del sol. 
Este es Jamichera y así quieren mantenerse, hay mucho que contar, tal vez en una segunda oportunidad que pueda estar allá…les cuente más, solo fueron dos horas. 

martes, 18 de julio de 2017

Por el ojo de la cerradura

Contra toda evidencia, el cuento

Por Tito Mejía Sarmiento*

Diez años estuvo asomado a la vida sin detenerse un solo día, largas noches e incluso madrugadas,  el buen narrador cartagenero, Juan Carlos Céspedes Acosta para regalarnos 24 relatos compilados en su nueva obra titulada “Contra toda evidencia, el cuento”.

Sea el momento para hablar  de los  ordenamientos atrayentes  que
se hallan en el texto, de la magnífica prosa que irrumpe en algunos relatos con una fuerza poética, iconografías que el autor le ha pedido prestadas a su propia poesía, advirtiéndonos que el cuento nace precisamente para ser contado desde todo punto de vista sin importar su placenta. De capital importancia, el estilo dialogado y sencillo que emerge de hechos trágicos en muchos de estos cuentos con una leve influencia  de Edgar Allan Poe, Juan Rulfo, Franz Kafka y Ernest Hemingway, sin caer en la imitación sino en  la señalada teoría del Iceberg organizacional de sus elementos, donde la parte consciente de los personajes de Céspedes, despierta a la inconsciente a simple vista, más allá de los cánones dictados por la propia secuencia gradual elegida y, la imperativa brevedad de los relatos que entre otras cosas,  generan una profunda reflexión en el lector que se enfrenta de paso a una lucha existencial con el  amor, la traición, la muerte, el caos social, como si él fuese otro personaje más y cuya vida puede transitar transparentemente alrededor de la órbita sideral de la misma narración, es decir el reflejo de una identidad siempre en búsqueda de la cual nos habla Cortázar.

Acercarnos a estos cuentos de Céspedes, es de algún modo un acto placentero, un catálogo de experiencias propias a favor del género literario que nos lleva a una realidad llamada ficción, la misma  donde solo se construye un mundo sobre otro ya demolido de común acuerdo con la propia esencia liberadora de los condicionamientos sociales.

No dudo un segundo en recomendar este texto “Contra toda evidencia, el cuento” de Juan Carlos Céspedes Acosta, quien con seductora franqueza nos revela una narración prácticamente omnisciente  a través de 136 páginas que ocasionan la magia que se conoce con el nombre de literaturización de la realidad.

Arresto, calidad, misterio, intimismo  en su escritura, es lo que hallará quien desde ya desee penetrar en esta estancia de narraciones que a continuación relaciono en un orden de prioridad con todo respeto del autor, lo cual equivale a una aproximación subjetiva de los temas en cuanto a gustos: Éxodo, Anábasis, Fiona, El ruido, La dialéctica de la bala, Solo vine a morir a este pueblo, El último jacobino, El cerezo siempre florece, Los ojos de otros, mis ojos, Café para dos, El secreto de las puertas, Señales, El sexto elemento, ¿Alguien más quiere leer?, Por aquí es peligroso, Un crimen perfecto… 

Buena por Juan Carlos quien logró establecer  un adecuado contexto a través de las distintas historias que conforman este libro, allende de la deducción de la fábula y de  sus representaciones dionisíacas.

Tito Mejía Sarmiento*
Filólogo de Universidad del Atlántico, poeta y locutor profesional.