jueves, 12 de marzo de 2015

Ethos


 
ETHOS
 
Por Franklin Howard Ortega

El Ethos es el  étimo griego para referirse a las costumbres, en oposición al pathos que trata de las pasiones. Pues bien, es esa manera de comportarse, si se quiere de ser. Hace relación al sentido de pertenencia, a la identidad de una sociedad específica.

Alguien dijo de Colombia, que era una República de Países. Para el humanista, sociólogo, Orlando Fals Borda, natural de San Martin de Loba, uno de los fundadores de la Facultad de Sociología, junta con Camilo Torres Restrepo y después de la de Antropología de la Universidad Nacional, siendo el Decano de la de Sociología, y quien, fuera Constituyente, asume la concepción de regiones. De la misma concepción era el Senador Miguel Facio Lince López, quien propende por ese concepto, en un semanario de regular circulacion. Pues bien, se enumeran las siguientes regiones: La Costa Karib; la región oriental de Santanderes; la Llanura oriental; la Costa Pacífica; la Antioqueña unida a Caldas,Pereira,Armenia; la cundiboyacense; la valluna; la pastusa. Cada una tiene sus particularidades culturales, que se traducen en usos, valores, anti valores, hablas, culinaria, músicas, bailes.

En la región costeña existen particularidades subculturales que distinguen a los componentes de la región. Ejemplo, difiere un guajiro de un cordobés, un sabanero de barranquillero. El lingüista Cury Lambraño, se atrevió a hablar, codificar, construir la gramática y grafía del Costeñol, como lengua propia de la esta concepción regional. No es posible olvidar el wuayunaiki , lengua propia de Woumaimpa, Guajira.

En este aspecto, tiene mucha importancia el sustrato pluriétnico de la Costa. Si somos la misma nación, ¿ qué hace al costeño diferente del connacional del interior? Se ha inventado el concepto del ser “caribeño”. Recuerdo que poco después de la revolución cubana, llegaron algunos isleños, procedentes de Bogotá, quienes dijeron que les parecía haber regresado a su país, pues en Bogotá se sabían en el extranjero. Gente de Brasil, del Ecuador, del Perú, se suman a ese parecido. Entonces, ¿cuál es el fundamento del compartimiento de rasgos culturales similares? En el primer caso se dirá lo del “caribeño”¿ y con los demás ? Tendríamos que admitir un nuevo concepto etnológico, el ser “afriqueño”, que tiene mejor significación. El Doctor Fernando Ortiz, padre de la etnología americana, llega a la convicción que la cubanía tiene relación  más con África que con Europa, de donde eran sus padres y lo descubre allá, siendo estudiante universitario.

Recientemente, conversaba con el Doctor Alfonso Cabrera, en la oficina y un ruido interrumpió la conversación. Él se asomó y recibió perentoria invitación a abandonar lo que hacía para que se sumara a la entretención, originada en el cumpleaños de un compañero. En el Centro Comercial, puede usted esperar tranquilo que la cajera termine la animada conversación con su colega, que bien pueden seguir mientras hacen su labor. En las oficinas los empleados abandonan sus puestos para realizar una tertulia. Encuentro en estas conductas, el rescoldo del cimarronaje: el negro, no tuvo otro lugar de encuentro que el trabajo y de una u otra manera allí fue donde se concitó el gran escape. Del mismo origen es la comunicación, donde el receptor debe comprender el código del emisor: una frase inconclusa se acompaña de un “ajá…”.Allí está el final del mensaje, iteradamente críptico, quizá lo más importante es que se debe decodificar.

Una familia bogotana se alojaba en el hogar: ella colega de mi hija, ex compañera de aulas universitarias, Nayibe Mahecha; él médico doblado a mayor de Policía, Rafael, salían a la playa. Los acompañábamos a la puerta y una buseta los esperaba en la esquina. El ayudante  hacía señas. Preguntaron qué pasaba, cuando le dijimos que los esperaban, se asombraron. A su regreso contaron que, cosa rara, el vehículo se habían desviado unas cuadras. El ayudante se bajó, caminó para indicarles la dirección: más asombro y desternillar de risa. Seguimos en buseta: es como una pista de baile, al sonido alto, se agregan luces de colores y detrás, hay alguien que convierte en tambor el espaldar de su silla. Tales conductas es imposible concebirlas en Bogotá o en cualquier otra ciudad colombiana.

 Es necesario saber de algunos valores culturales, con el apoyo de la lingüística para comprender algunas conductas: Consigno algunos étimos de interés: MEGARA: estado de bienestar que se obtiene societariamente, como en la danza, las carnestolendas donde  el disfraz procura la fuerza del animal totemizado o su exorcización. Ejemplo: danza del torito, danza modal que procura la fuerza del animal; danza del gallinazo exorciza la muerte; HANTU: espacio tiempo; KINTU: cosa: una máscara en la pared; KUNTU: fuerza modal: la máscara en el rostro; MUNTU: hombre; BANTU: hombres.

Cuando el burgués concluye su labor del día, quizá son las seis de la tarde, va al club, a la casa, al bar y toma licor y juega póker. Eso está bien. En la covacha son las diez de la mañana, el hombre bebe, pone el pick up, juega dominó, escucha música y hasta baila. Eso está mal: ¡flojo sinvergüenza!  Nadie lo vio salir a las dos de la mañana, colinchado, hasta encontrar un camión para guiarlo a bodega para la descarga: es el cotero que a las nueve de la mañana  ha culminado la labor del día: está feliz y comunica su megara. Tampoco nadie vio al pescador levantarse a la madrugada, a la hora que pica el macabí, el róbalo, el pargo, la barracuda. Hubo buena pesca. En casa comunica su megara: suena el picó, gritan las fichas del dominó  golpeadas en la mesa; Si la pesca fue un fiasco, la megara está baja: no se comunica tristeza.

“La comida no sabe bien, si hay alguien que no la tiene”, es un proverbio xhosa. De ahí el concepto cognado de la familia costeña, donde el padre sale a “inventar” para procurar algo que comer dentro el circulo dantesco de la pobrería. En la precariedad de la casa es posible que convivan dos, tres, familias. En veces es el abuelo, la abuela, la suegra, quien proporciona el alimento. Esta costumbre de origen africano, dista de la familia agnada de los andinos, donde se obliga el niño a ser autosuficiente, lo que origina el gaminismo, que ha contaminado al ser costeño

Si sabemos de dónde venimos, comprenderemos el ethos, sabremos de donde provenimos y revaloraremos los ancestros. Somos el producto de la missigenación de etnias y culturas. Privilegiar una de ellas es una conducta producto de la insania de la élite dominante creída de ser los descendientes directos de Pelayo, como se consideraban los héroes veintijulieros de 1810: Acevedo y Gómez el verbo de la revolución fallida, Camilo Torres, quien termina de abogado de las causas de los españoles, a la llegada de Morillo, como tantos otros anti héroes. Tan sólo uno de ellos de origen popular quiso ir más lejos: José María Carbonell, a quienes la ciudad les ofrece sus mejores espacios y la monumentalidad escultural. El mármol y el bronce no son para íncolas y negros. La historia oficial es una gran mentira. Entre todos podremos desenmascararla en el recorrido identitario, que nos permita revalorarnos nosotros mismos.

Durante la II Guerra Mundial, el periódico New York Time, para distinguir las Américas, utilizó el adjetivo “latino”. Queda en el entendido que América, es Estados Unidos, la del Norte prospero y al sur está la otra América, la “Latina”. Este adjetivo, como todos los demás  es absurdo. Latinos, son los del Lacio, vale decir los italianos, con quienes nada tenemos que ver. ¿Por qué no nos refieren a otra región, país, continente con el cual está ligada esta parte de América?  Pues, porque nos conformamos con lo que nos digan las autoridades del mundo hegemónico de gama alta.

A esto se suma un particularismos, para identificarnos, ya no impuesto desde el norte, sino por gente nuestra: “caribeños”. Bien, pero como hemos visto no agrupa sino a una parte sita en nuestro mar. ¿Y los que no están en este borde continental?. Entonces cabe nuestra propuesta a las Ciencias Sociales: Los del Norte serían angloamericanos y cabe afroangloamericanos; los del sur serían mexihispanoamericanos;  en las islas estarían los afroangloamericanos, afrofrancoamericanos, afroneederamericanos ; al sur los afrolusiamericanos y afrohispanoamericanos, con lo cual se hace honor a nuestro mestizaje pluriétnico y multicultural, de la  de la Costa, con particularidades lingüística y los de Pacífico; para los andinos estaría el calificativo de hispanoamericanos.

África está presente en usos, costumbres, culinaria, danza, festivas, carnestolendas, música del hombre de la Costa. Sin importar la dermis, todos asumen esos valores, aunque leucodermos los enmascaren con otras culturas, con diferentes conceptos, pero el ethos de la africanidad es el mayor distintivo.
 
Nicosi siquellelle Africa
<Viva Africa>

Bitácora

El diccionario de la lengua española

Pedro Conrado Cúdriz

Fue mi madre la que hizo todo, casi todo, porque ella me parió, y fue ella la que puso por vez primera un libro en mis manos. Lo sacó del viejo baúl de la abuela Juana y me lo entregó enseguida para evitar los arrepentimientos. Cabía en las manos de ella, mas no en las mías, porque todavía eran muy pequeñas. Era un diccionario de la lengua española, pequeño, pero en el que cabían casi todas las palabras del mundo. No me acuerdo si era rojo, pero estaba casi vencido por el tiempo y no por el uso.
 
Yo estaba aprendiendo a leer, a deletrear las palabras escritas, a sufrir con el cancaneo, pero mi madre tenía una paciencia sabia, de tal manera que lograba guiarme en medio de la oscuridad del pueblo y los libros y el lenguaje escrito.

“El diccionario, me dijo, es la biblia, y no se equivoca.” Recuerdo ahora la palabra despojo, de la que mi madre fatalmente me dijo: “No tiene alma.” Tendría yo algunos diez años y tenía que estar sorprendido con la muerte para preguntarle a ella por los despojos humanos y más precisamente por el alma, algo inexplicable en el tiempo, seguramente por el mito o la metafísica.

El diccionario es el acumulado de la experiencia del hombre, las palabras intentando ser precisas en sus definiciones. Y mi madre Encarnación, Manuela Encarnación lo sabía, porque siempre me insistía: “Consúltalo, él lo sabe todo, es como Dios.”

Fue la primera vez que fui consciente de la totalidad de Dios, de la dictadura de su saber, de lo absoluto. ¿Qué tan poderoso era el Dios de mi madre para saberlo todo? ¿Dónde vivía? ¿Desde qué altura nos observaba para saberlo todo? ¿Es posible que una sola persona lo sepa todo? ¿Por qué mi madre le rezaba tanto a Dios? ¿Acaso él necesitaba los rezos? ¿Qué relación podía existir entre Dios y el diccionario?

Cuando me ofrecía algún libro, mi madre no estaba pensando en la escuela, estaba pensando en otra cosa, en la importancia del conocimiento humano. Ese gesto la salvó para mis recuerdos, porque desde pequeño tenía la intuición de que la escuela no era lo que parecía, porque era, y todavía lo sigue siendo, otra cosa, el monstruo que inclina a la pasividad, a la falta de crítica, a la indisciplina y a la fatalidad del auto- control social.

Las escuelas como las iglesias no deberían existir, solo los diccionarios que lo saben todo, nos ahorraríamos dolores de cabezas y todas las alienaciones generadas por estas dos instituciones o aparatos de la ideología de Estado. El diccionario siempre nos hará falta, la escuela ni la iglesia no.

Mi madre me lo dio para comprender mejor el mundo, para conocer el color de las palabras raras, esas que les abren otras ventanas a la realidad. Sin la comprensión de los significados de las palabras extrañas, es imposible entendernos y comprender a los demás, porque nos dan una nueva dimensión de la realidad, otro punto de vista de lo humano. Entonces comprendí que Dios es insuficiente, porque no me soltaba los significados o no los sabía. Fue mi primera decepción con el “creador”. Pero ahí estaba y está el diccionario para descifrar el mundo, no está en ninguna clase de cielo, está en la mesa de la biblioteca al alcance de mis manos y mis ojos, de todos mis sentidos.

¡Muchacho, no salgas!

¡Muchacho, no salgas! 

Por: Luis Payares Mercado

Todo  niño  Colombiano que cursa el grado primero de primaria, como si fuera una ley escolar lleva en su mochila o bolso una cartilla Nacho; libro útil a maestro y alumno; que en el contenido de sus páginas  finales y con llamativos íconos  expone el famoso poema, poesía o fábula  “El renacuajo paseador” del   poeta bogotano Rafael Pombo, que en sus  años de vivencia poética escribió este hermoso texto; posiblemente inspirado en lo que había de venir para Colombia.
 
La situación que el poeta bogotano expone en su escrito  “El renacuajo paseador”; hoy, no es más que una realidad reflejada en muchos  hogares  de nuestra querida Colombia.
 
“¡Muchacho, no salgas!” Cuantas madres sin autoridad en los días de hoy repiten ese grito que se pierde en el desprecio de unos hijos que como sordos o zombis viajan al desenfreno  de la vida.
 
Son hijos huérfanos de padres porque la época  violenta se los arrebató, dejándolos sin autoridad paterna y sin posibilidades de triunfos. En otros casos, porque el trabajo pesado y mal remunerado  mantiene a sus padres fuera de casa, o porque están en  la cárcel y lo peor, porque son hijos despreciados. Entonces, la mujer  debe asumir el rol y es ella la  que tiene que luchar contra los avatares  de la sociedad y los enredos de la escasez. En esta agonía, solo pueden gritarle a sus hijos, ya crecidos: ¡Muchachos, no salgan! pero ellos hacen unos gestos y orondos se van.
 
Llegan siempre a la francachela y a la comilona, al démele cerveza y démele droga, démele ron y démele pistola, hagamos de él un gran matón…
 
Lo que ellos no saben es que dejan de ser niños y se convierten en sapos  y ratones; para ser  pitanza de gatos, de patos tragones  y a la vez,  carnes de cañones.
 
¡Muchacho, no salgas!  —Le grita insistente mamá—  ¡ni guerrillero, ni drogadicto, ni pandillero, ni paramilitar, ni ladrón, ni politiquero, ni juez torcido… no seas esto hijo mío!  Pero él hace un gesto y orondo se va.
 
Mamá espera y espera que cese  la horrible noche que clama El Himno Nacional, todos los días por la emisora a las seis de la tarde  y nuevamente a las seis de la mañana lo vuelve a escuchar y es aquí donde espera;  que el bien germine ya,  y que traiga como tubérculo enraizado, la anhelada  paz; pero de tanto esperar y esperar mamá Colombia, solita, solita  sin buenos hijos se  va a quedar.

jueves, 5 de marzo de 2015

El ojo de la cerradura

Homenaje al locutor  Jairo Paba Salcedo, el líder de la radio
                                 “El son es lo más sublime para el alma divertir, se debería de morir, quien por bueno no lo estime” 
                                                                                                                                   Ignacio Piñeiro

Por Tito Mejía Sarmiento

La brisa del domingo primero de marzo de 2015, parecía multiplicarse en el estadero “La Estación” y sus alrededores, en pleno corazón del populoso barrio “Las Palmas”. Cuando las manecillas de mi reloj marcaban las tres en punto de la tarde, ya no cabía un alma más en ese templo de la música salsa. Hombres y mujeres de todas las clases sociales  se habían dado cita allí para rendirle un sincero homenaje a Jairo Paba Salcedo, según mi concepto, el mejor locutor de cabina que ha parido el caribe colombiano en todos los tiempos o como lo define el gran comentarista de béisbol, José Marenco: “Jairo Paba Salcedo, el hombre de voz  recia y de gran personalidad  que con su carisma y alegría se robó el corazón de Barranquilla”.

Un joven  lanzaba al aire un desafío de baile cuando sonaba en la amplificación el tema “Mi negra va a gozar” de la orquesta Son de Paul Ortiz y otro invadía  enseguida el centro de la pista. La multitud entró en un paroxismo total.

A las cinco en punto de la tarde como estaba previsto por los miembros del club social “Dinámicos”, hizo su arribo “el hijo de doña Cristi”, “el hombre del dedo arriba”, “el mismo que es ciento por ciento barranquillero, salserísimo, esquinero… Varios colegas de la radio como Luis Altamiranda, Mauricio Rider, Édgar García Ochoa(Flash), Juan Darío Chica, Víctor Buelvas, Lucho Meza, Adalberto Herrera, David Reyes(el ciclón) y este servidor, le hicimos una calle de honor en medio de una sonora  ovación de aplausos que se extendió por más de cinco minutos. Jairo saludó con su poderosa voz al público presente, agradeciendo el aprecio que se le sigue teniendo en grado sumo, mientras dejaba fluir su humildad característica. Además, Paba Salcedo reiteró que seguiría difundiendo hasta más no poder, los diferentes ritmos caribeños que le dieron orígenes a un género musical especialmente rítmico y alegre que se conoce con el nombre de  salsa desde hace muchos años. 

Cuando la tarde se vio cercada por la noche y el arpón perfecto de los whiskies y cervezas hacía mella en algunos catadores, entraron en escenas los cantantes Ángel y Marlon, Charlie Gómez, los humoristas Joselo de Colombia y Lencho de las Mercedes, el fonomímico “Robocot”.

Al filo de la una de la mañana del día lunes dos de marzo, las cortinas metálicas de “La estación” se cerraron,  mientras  en el cielo, cinco nubes locas presagiaban una ventisca, algunas parejas de  enamorados no podían evitar la sombra de besos y abrazos que irradiaba  en su interior y que  después de una larga jornada de buena salsa, se regaría a lo mejor en las alcobas, la misteriosa fronda del amor. 

Posdata: 

SALSA
La razón por la que fue bautizado con este término gastronómico se debe a un programa de radio en Venezuela que ofrecía habitualmente este tipo de música y que era patrocinado por una marca de salsa de tomate llamada Pampero. El presentador, Fidras Danilo Escalona, muy conocido en aquel país, introducía las canciones haciendo referencia a dicha salsa.

domingo, 8 de febrero de 2015

Escritor invitado

¿De qué color es tu piel?

Por Carlos Colón Calado

Hace unos años, le escuché a la historiadora Diana Uribe en uno de sus programas radiales en el que hablaba de los hombres y mujeres sacados del continente africano para ser comercializados y finalmente vendidos como bestias y esclavizados sobre todo en la América Hispana, que Europa, y España en particular, tarde que temprano tendrían que indemnizar a los afrodescendientes de esa multitud de personas, entre 50 y 80 millones calculan los historiadores, a los que sometieron a la ignominia de vender y comprar como cosas, como bestias. Pero yo me pregunto: ¿qué tipo o cuantía de “indemnización” es suficiente para resarcir ese crimen?

Me hago esta pregunta porque más que dinero estoy seguro que los afros dispersos por el mundo y que fueron subordinados a esos vejámenes, pedirían que ese mundo entero controvirtiera e impugnara el hecho de la esclavitud del africano, lograda por una supremacía en las armas de los europeos esclavistas, porque de lo contrario dudo que lo hubieran conseguido.

Desde que tengo uso de razón se debate en todos los rincones del mundo el holocausto judío, sobre todo cuando se conmemora. Pero me sigo preguntando dos puntos y aparte, 
¿alguna vez se ha escuchado un grito de dolor universal por el holocausto de los africanos que duró casi tres siglos, y aún continúa cuando asesinan jóvenes negros en los Estados Unidos de América, y en todas partes del mundo son discriminados, excluidos, desplazados, humillados y ofendidos?
¡Que yo recuerde jamás! Pero de pronto ustedes tienen mejor memoria que yo y me lo hacen ver y me lo demuestran.

Se ha escrito uno que otro libro o novela o cuento sobre este hecho vergonzoso de la historia, justificado inclusive por grandes filósofos o pensadores. Pero un gran debate donde se escuche a los desarraigados, esto es, a los africanos y a los que descienden de los africanos que algún día fueron esclavizados, jamás.

Algunas películas de los norteamericanos, en un acto de mea culpa, tratan tangencialmente el tema de la esclavitud y de la discriminación contra la gente negra, pero son voces aisladas que pronto se olvidan. “Yo tengo un título de propiedad sobre él y puedo hacer  lo que me da la gana, refiriéndose un hombre blanco del sur de los Estados Unidos, con respecto a un negro esclavo que acaba de matar después de violarle la mujer delante de todos los trabajadores, también esclavos, en la película El mayordomo de la casa blanca. Y concluye sin inmutarse: ¡Entiérrenlo! 

Eso eran, un objeto sexual, una silla de montar, una vaca que se compra y vende. No eran más mientras duró la esclavitud forzada a que los sometieron. 1852 en nuestro país y los españoles criollos no querían soltar su presa que le dejaba buenos estipendios mientras trabajaban, y después al ser vendidos. El sur contra el norte en Norteamérica, no porque a nadie, ni a Lincon le doliera el dolor de los negros, sino porque estaba en juego su economía con la llegada de la máquina que reemplazaba una sola, decenas de brazos esclavizados.

¿Y entre nosotros? Absurdo pero somos racistas. Todos, hasta los mismos negros son racistas al no creerse negros. Se dan ciertas explicaciones:
Han sido tan excluidos que no quieren ser negros. Y muchos quieren aprovechar el color de su piel para obtener “ciertos beneficios” que leyes o normas timoratas les consiguen. Se entiende, es la lucha por la supervivencia, pero deben alcanzar con su fuerza la liberación absoluta. Que logren un debate universal que grite la injusticia y el dolor que padecieron. Que estremezcan el mundo con sus voces de petición de justicia, equidad e igualdad, no de lamentaciones. 

Los africanos traían su propia cultura y religión, las que intentaron mantener con el sincretismo en un acto de inteligencia para sobrevivir. Esa cultura y parte de la religión la conservan heroicamente en un país que dice llamarse constitucionalmente multiétnico y multirracial pero solo en enunciados. No solo es cuestión de color de piel, también que se respeten sus derechos a que se manifiesten como son y cómo piensan y sienten.

Que pidan cuenta por la tragedia en que los sumergieron. Que promuevan un estallido de palabras que forme conciencia y logren que los visibilicen y los vean como tal y como son, negros orgullosos de lo que tienen, y sobre todo de lo que pueden aportar a la humanidad. Que tengan las mismas oportunidades de todos los demás ciudadanos.

viernes, 6 de febrero de 2015

Bitácora

Lecturas de fin y comienzo de año

Por Pedro Conrado Cúdriz

La percepción que tiene la gente del fin de año es catastrófica: la del fin del mundo, razón para abandonar toda actividad y dedicarse a la jugosa flojera del arte de la nada; quiero decir, la cesación de pensar críticamente el universo, porque simplemente hay que dejarse llevar por las aguas quietas de la abulia, la fiesta y la euforia episódica del alcohol.

Esta percepción religiosa del tiempo del mundo, cómoda para las grandes mayorías, puede ser opresiva si se extiende hasta el extremo del nuevo tiempo, en nuestro caso al tiempo del Caribe, hasta y después de las carnestolendas de febrero. 

Frente a esta tiranía fiestera hay que hacer un gran esfuerzo para escapar por la puerta trasera del baile y empezar a ejercer la locura de los vientos. Es decir, la locura de estrellarse contra el aire, las cosas, los árboles, las casas y la tradición. Es, en este caso, la libertad pura, absoluta.

Lo que quiero decir es que en medio de la baraúnda del fin de año y comienzo del nuevo, y en medio de la poderosa sensación de que ingresé a la rueda de un tiempo reconocido, pero cargado de la archiconocida vejez del mundo, pude leer a dos autores fabulosos: León Felipe -1884-1968 (Prosas) y Henry D Thoreau -1817- 1862 (Cartas a un buscador de sí mismo).  

A estos autores los tropecé por casualidad en Bogotá, a uno (León Felipe) lo observé perdido entre el alma de varios libros usados y en medio de corotos viejos y al otro (Thoreau), le di la mano en otra librería, pero bajo el sello de lo nuevo. Los incluí en mi mochila de viaje hasta Barranquilla, donde desembarqué por la noche después de una hora de vuelo. Venían en compañía de otros autores, documentales audiovisuales y películas.

Volar es una sensación extraña de destino incierto.

León Felipe reivindica la poesía en una búsqueda endemoniada por ser, a pesar de la prosa. “… Siempre me he escapado, escribe, de “llegadas y despedidas”,  de festividades y recordatorios. He vivido en un mundo sin fechas. No he sabido nunca cuando era la feria…” Más adelante: “Si se abriese ahora, de improviso, la puerta y alguien se adelantase a preguntarme quién soy yo, no sabría decir cómo me llamo… ¿Quién soy yo? He aquí una buena pregunta para hacérsela el hombre por la tarde, cuando ya está cansado y se sienta a esperar en el umbral de la noche.” Y al final: “Puedo explicar mi vida con mis versos”.

Prosas es una especie de experimento sustanciado con la prosa y la poesía. Un talentoso ejercicio poético que busca despertar en el lector la rebeldía, exaltada en la “teoría” del hombre prometeico. 

Thoreau, por su parte, fue un rebelde, un caso raro, creo, entre los hombres de su época. Se negó a pagar impuestos, oponiéndose a la guerra contra México y a la esclavitud en los Estado Unidos. Quizás él fue el ejemplo para que Muhammad Ali se rebelara, un siglo después, a participar en la guerra de Vietnam. Ambos fueron encarcelados. 

El libro de las Cartas, una correspondencia sostenida durante 13 años con Harrison G. O. Blake, es una defensa tierna de la naturaleza, a pesar del “pensamiento salvaje” del autor. “Ser admitido en el corazón de la naturaleza, le escribe a Blake, no cuesta nada”. Inmerso en su lectura me vino a la memoria un cuento hermoso, leído hace menos de un año: el hombre que plantaba árboles, de Jean Giono.

Thoreau dictaba conferencias y experimentaba con la naturaleza, vivía en el corazón de la tierra y escuchaba la risa del río Assabet, e incluso era un agradecido con los frutos que venían enredados en la turbulencia de sus aguas. Le hablaba al oído a Blake para invitarlo a emularlo: “La propia pobreza de la naturaleza exterior, le escribía, exige una riqueza interior en el caminante”.

Lo increíble de esta experiencia lectora es la de poder otear el pensamiento de hombres ilustrados de tiempos del pasado lejano y cercano a nosotros. Comprobar si el hombre esencialmente sigue siendo el mismo, o el mundo sigue siendo también ese parche de horrores y belleza extraordinaria. En esto consiste el viaje de la lectura, en ser visores, en comprobar y comparar los mundos.

jueves, 29 de enero de 2015

El ojo de la cerradura

“Vergonzoso amor” 

Por Tito Mejía Sarmiento *

Se ha dicho en múltiples ocasiones que cuando se tiene la responsabilidad de presentar un libro, se asume un enorme compromiso, y si se trata del libro escrito por un hombre que anteriormente fue mi profesor en la Universidad del Atlántico y que ha sido amigo de toda la vida, como es el caso de Ramón Molinares Sarmiento, el compromiso es enormemente mayor, pero por encima de esa pretensión, está el verdadero compromiso con el arte, con la honestidad de las palabras.

En toda narrativa, el cuento goza de su propia historia. Con el correr de los días esa historia la podemos dividir en distintos momentos. El oficio de contar como es sabido, es una acción caracterizada por la narratología, es decir, la relación entre el contar, el contarnos, y el tiempo hallado que genera la identificación cultural del mismo cuento. 

En el caso del libro: "Vergonzoso amor" de Ramón Molinares Sarmiento, encuentro en algunos relatos una identificación propia del Caribe Colombiano (concretamente  la población de Santo Tomás de Villanueva, Atlántico),  dividida también en varios momentos, con  morfología, sintaxis y arquitectura distintas a otros del mismo autor,  verbigracia: “Chartier y Carne de varón tierno”, premiados en el concurso “Noventa años del periódico El espectador” que también se incluyen en esta compilación, lógicamente,  sin olvidar la universalidad que tácitamente implican. Además, el autor ha sabido adecuarse talentosamente a un método de análisis de la modernidad literaria que llaman y, que aflora por ejemplo en Cortázar, Chejov, Poe, Quiroga y hasta en el mismo Borges.

Quiero significar que en la mayoría de los cuentos, el estilo está determinado por una confabulación proverbialmente filosófica y lo más importante, con una implicación psicológica cargada en algunos casos de un lenguaje humorístico propio de la idiosincrasia del Caribe colombiano, en medio de un aprieto social que padecen los seres humanos por las circunstancias de la vida. Cito por ejemplo del cuento "El ocaso del viudo":"Estela era de cuerpo escuálido y senos escasos. Desnuda, tendida sobre la cama, parecía un paisaje desolado, sin flores ni frutos redondos en los que detener la mirada, pero del que brotaban de forma inesperada  humedales que delataban la intensidad del placer que le producían las caricias. Se  le iluminaban los ojos y se le encendía la piel cuando mis labios, después de relamer las zonas desérticas de su larga y delgada figura, topaban con  oasis en cuyas aguas saciaba mi desesperante sed de viudo viejo”.

Pensé que era su nietecita, don Miguel, me dijo un lunes por la mañana, con la seguridad propia de quien ya había conquistado sus favores y podía permitirse hablar de ella con familiaridad. Esa mañana tuve deseos de romperle a golpes su agresiva  sonrisa pero logré contenerme, seguro de que todos los que me odiaban gozarían con el escándalo y encontrarían en él una buena razón para escarnecerme. Preferí soportar la humillación en silencio, muy a pesar de que el soberbio muchacho continuaba de pie frente a mi escritorio y debía observar burlonamente, mientras yo simulaba leer un informe, los escasos cabellos que yo peinaba cuidadosamente para ocultar los amplios espacios de mi calva otoñal

No puedo dejar de resaltar que el amor, la traición, la pobreza, la desigualdad social y por supuesto la muerte -una invitada indeseable-, son los temas recurrentes en los cuentos de Ramón Molinares Sarmiento, quien con una estructura narrativa equilibrada desde el comienzo, nudo y desenlace, determina el ritmo y la tensión del lector que no quiere despegarse del texto como sucede en el cuento “La muerte de un adolescente”: 

 ”Todos supimos aquí en Villanueva que el causante de la muerte del adolescente Fabio Donado fue Patrocinio Reyes, pero nadie lo denunció ante el  alcalde  y sus dos policías, que no podían desconocer los detalles del crimen, de dominio público desde la misma noche  de su ejecución. Durante el velorio, en el patio y en la puerta de la casa de la tía del  difunto los comentarios se hacían en voz suave, casi inaudible,  pues, en la confusión,  la pena y la ira suscitadas por la inesperada muerte del adolescente no pudieron sobreponerse a lo vergonzoso de la causa que la produjo. Los pocos que pasaron de la ira contenida a la expresión en voz alta, los más educados, alegan quejosos ahora, siete lustros después del homicidio,  que no hubo denuncia ni investigación formal de las autoridades ni condena para el culpable porque en Villanueva no sabemos obrar con espíritu de cuerpo frente al delito. Otros sostienen que la impunidad obedeció a la cobardía, al miedo que inspiraba Reyes, que mucho antes de poner las manos en el cuello del adolescente había protagonizado un hecho sangriento en  Barranquilla. Desde temprana edad, Patrocinio Reyes tuvo fama de pendenciero; después, ya en la juventud, siguió siendo el mismo buscapleitos,  el “desbaratabailes”, como le decían en el pueblo. 
Una noche, en Barranquilla, ciudad que visitaba con frecuencia para vender allí bollos de yuca, sintiéndose vencido en una pelea a trompadas librada al pie de una venta de refrescos, agarró el punzón de picar el hielo y  lo hundió hasta la empuñadura en el pecho del contrincante. Salió de la cárcel a los treinta años, después de  permanecer ocho en ella, sinceramente arrepentido de haber cometido el crimen; anduvo entre los burdeles de la ciudad por algún tiempo y regresó a Villanueva con un niño de brazos que no tenía como él los ojos verdes ni nada que hiciera pensar que fuera de su sangre, pero a quien, con la ayuda de Encarnación, su madre,  crio como un hijo legítimo, con la ternura que inspiran los huérfanos y el rigor de quien no deseaba ver repetido en el adoptado  su destino de indeseable.

Fabio fue muerto en el rincón de un patio enmontado, aledaño a la casa de Encarnación, sin cerca en el lado que daba a la calle. Su cuerpo flaco, de  vértebras salientes, cuya blancura ósea era casi perceptible a través de la piel que las cubría, quedó bocabajo, con el pantalón y el calzoncillo enrollados en los tobillos y una franela blanca de rayas negras que, subida como la tenía, sólo le tapaba la parte superior de la espalda

El patio enmontado separaba la casa de Encarnación de la de la señora Eugenia, quien, todas las noches,  antes de acostarse, a eso de las ocho, se instalaba en el fondo del solar de su casa a hacer sus necesidades mayores. Sentada en una bacinilla de peltre que colocaba sobre un banco de madera, la señora pudo ver en el patio vecino, a través de la cerca de palos amarrados con alambre, las siluetas de dos adolescentes que, al paso de la luz de luna, no tardó en identificar.

Primero observó las figuras con curiosidad, después con asombro, y finalmente con estupor: Alfredito tenía el tronco inclinado hacia delante, como en cuatro patas, con las nalgas desnudas y la cabeza apoyada en el tallo de un papayo; y detrás de él, también desnudo de la cintura para abajo, Fabio agitaba su cintura con un vigor que contrastaba con la fragilidad de su apariencia. Avergonzada de lo que veía, la señora Eugenia cerró los ojos; cuando los volvió a abrir, Fabio,  suspendido en el aire, en vilo, guindaba de unas manos fuertes que, detrás suyo, le apretaban la garganta. Cuando, con la lengua afuera, el muchacho dejó de patalear y fue lanzado como un pollo flaco contra el tallo del papayo, la señora Eugenia columbró el brillo de los ojos verdes de Patrocinio Reyes.

Lo visto por la señora Eugenia pasó en seguida a todos los oídos, a todos los labios, pero el homicida no fue denunciado ante las autoridades porque, como siguen sosteniendo algunos, el pueblo entero  no pudo resolver la discordia establecida entre la muerte del adolescente  y su causa: un crimen y una relación amorosa entre muchachos eran más o menos lo mismo para los villanueveros de entonces”.

Además, el autor Ramón Molinares Sarmiento nos presenta en sus cuentos “Vergonzoso amor y Larga espera”, con una asombrosa finura los triunfos y decepciones de sus personajes, apuntando al universo imaginativo y atrayente de los mismos con una unidad  de espacio y tiempo (Cronotopo) formalmente funcional con el propósito de lograr al máximo el efecto final que parece más bien una sentencia donde vibra el yo penetrante con el yo habitual:

“Yo vi las lágrimas que brotaban de sus ojos cuando el café quedó silencioso y vacío.

Desde aquel día se convirtió en un hombre solitario y triste. Más de quince años lo vimos arrastrarse por esta cuadra. Dicen que no volvió a salir de esta calle porque lo apenaba la cicatriz que le cruzaba el rostro, pero yo creo que lo que más lo avergonzaba era que la bailadora de tangos siguiera todavía con el poder de conmover su alma”. (Vergonzoso amor).

Danilo Cruz  no pudo cumplir con sus obligaciones de varón en su primera noche de casado ni en las casi cien de intentos fallidos que le siguieron. 

Virgen como era, como debía ser entonces en Villanueva la mujer que subía  al altar para contraer matrimonio, Rosa Agustina esperó con curiosidad, quizá con algo de ansiedad y temor, que el hombre tomara la iniciativa, sin hacer un gesto que lo ayudara a sobreponerse al desaliento. Huraño él, habituado  a la soledad de los campos, a hablarles en voz alta a las gallinas,  a los cerdos, a las vacas  que ordeñaba y  al manso animal que lo llevaba al rancho por la mañana y lo traía de vuelta al pueblo en la tarde, Danilo quedó estupefacto, sin decir una palabra, sudando a chorros ante su esposa, la primera mujer que veía desnuda en su vida. Sin experiencia en las artes amatorias, ajeno a los prolegómenos de la cópula, desacostumbrado a dar y recibir caricias cuando se desfogaba en los montes, Danilo no buscó el beso de la desposada porque nada sentía en el  miembro viril, cuya extendida dureza es lo que más incita a buscarlo. 

La madre de Rosa Agustina, que había hecho construir en el patio de la casa una habitación para el matrimonio, fue la primera en darse cuenta de que su hija no había sido feliz en su primera noche de casada. Lo presintió cuando, en la mañana, todavía entre oscuro y claro, Danilo no la miró a los ojos al recibir la taza de café negro que le ofreció; y lo comprobó cuando, ya habiéndose despedido el yerno, que salió de prisa porque tenía que ir a darles de comer a los animales de su rancho, entró al cuarto de la hija y la encontró pensativa, con los ojos cansados, todavía desnuda bajo la sábana blanca y sin mancha que la cubría. La interrogó con la mirada, sin ocultar su ingrato presentimiento, y como Rosa Agustina cerrara los ojos y permaneciera  callada, insistió en voz baja, sentándose a su lado: ¿te dolió mucho?
-No, mamá, no me hizo nada, déjame dormir.

- A veces sucede, se da con más frecuencia de lo que una cree; los hombres son unos tontos, se asustan la primera vez, debes tener paciencia, después verás que no te dejará dormir, querrá hacerlo de noche y de día, no le vayas a contar a nadie. 

Pero Rosa Agustina tuvo la debilidad de contarle a la que consideraba su mejor amiga, ésta le contó a su madre, que a su vez le contó a la vecina, de modo que antes del mediodía se sabía en todo el pueblo que el matrimonio no se había consumado”.(Larga espera).

Como colofón, los lectores de estos cuentos deben tener presente que, por muy similares que sean a la realidad, e incluso apoyados en un hecho vivido, oído, o leído, lo que van  a percibir es algo que  fragua y recrea en la fantasía del buen narrador Ramón Molinares Sarmiento y que como tal hecho imaginario,  él quiere por supuesto transmitirlo o en su defecto, como al mismo escritor argentino Adolfo Bioy Casares le pasara en su cuento “Las vísperas de Fausto”, venderle el alma a Mefistófeles. (Deténganse un buen rato en el cuento  “El portador de la luz “y vivirán esa experiencia). Esto según el crítico y cuentista argentino Carlos Mastrángelo,  “ no obsta para que todo cuento tenga que ser verdadero, pero no en el sentido de que la historia que en él se cuenta haya sucedido o corresponda a una realidad exterior (verdad histórica), sino, mejor, verosímil en cuanto que logrado, conseguido, plausible, creíble o, dicho de otra manera, coherente y satisfactorio para el lector, dadas la cohesión interna y la armonización de los elementos que lo integran, al conseguir el autor que los sucesos relatados sean “reales”, es decir, funcionen con total plenitud dentro de ese mundo real que es el creado por el texto”. A más de un lector le ha ocurrido todo eso cuando han leído  algunos cuentos de Julio Cortázar, Alberto Pineta, Luisa Mercedes Levinson, Guillermo Tedio, Adolfo Ariza Navarro, Juan Carlos Céspedes, Aurelio Pizarro, Pedro Conrado…

Mil felicitaciones a Ramón Molinares Sarmiento porque los tinos en este libro titulado “Vergonzoso amor”, terminaron siendo más numerosos que los desaciertos.

Tito Mejía Sarmiento *
Ha  publicado los libros de poemas: El ojo ciego del planeta, (1992); Visionarios, (1993); La suma de las noches, (1998); Crónica de los días, (2003); Confesión anclada en la soledad de mi alcoba, (2005);  De la ciudad y sus amores ajenos, (2013).

sábado, 24 de enero de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Un comensal con estilo

Por Juan Carlos Céspedes

Ahí está, se pasea como si buscara a alguien, creo que lo hace para que se acostumbren a su presencia, después se sienta con naturalidad y se va apropiando del espacio de «dueño», círculo invisible, pero real, que le permite decir: este lugar  y lo que hay en él me pertenecen. 

Pasa de los cincuenta años, tiene esa apariencia de los hombres a los que la modernidad dejó atrás. Viste sobrio, camisa fucsia con líneas azules y un pantalón de color oscuro, zapatos pulcramente lustrados. Ahora tiene en sus manos los cubiertos y es un cliente gozando de su pedido, trincha con eficacia, saborea el alimento, muestra modales cultivados, cuando gira la mirada, bajo la cabeza y me concentro en mis asuntos, no quiero avergonzarlo. 

Toma una servilleta de papel y toca con refinamiento sus labios, cuida no estropear su bigote cortado con esmero, creo que en algún momento de su vida esta era la ocasión para tomar el vino, pero en la mesa escogida no queda bebida, los vasos de plástico están vacíos. Con desenfado deja pasear la vista por la gran sala buscando su próxima estación, por un instante se encuentra con mis ojos, temo que piense que lo he descubierto. Me doy prisa en bajar la cabeza, aparento estar ocupado ensartando papas  a la francesa y ensalada dulce con la única intención de que se llene de confianza y siga con lo suyo. Lo busco de nuevo, no está en su antiguo sitio, espío el salón para hallarlo sin que se dé cuenta. Escudado en una cerveza fría, logro encontrarlo en el preciso momento en que lleva a su boca un vaso con Coca Cola. No sé por qué de pronto siento admiración, no lástima, sino un sentimiento de complicidad con el tipo, es algo que no sabría explicar, yo mismo no encuentro las palabras adecuadas para decirlo. 

Voy a la barra, pido otra cerveza y regreso a mi mesa, tomo solo un sorbo y me levanto con la firme intención de marcharme. Me alejo del salón y me ubico detrás de unos estantes  de comestibles donde no pueda verme, espero a que vaya por la cerveza. 

Estudia el panorama con la ciencia acumulada de la necesidad, se levanta del puesto que ocupa, mira a derecha e izquierda, y con toda la sencillez del mundo ocupa la silla que antes fuera mía, toma la cerveza con una de sus manos y bebe con solemnidad, mientras yo, de lejos, brindo con él con una cerveza imaginaria. 

sábado, 3 de enero de 2015

Desde las troneras del San Felipe

Un segundo de valor contra las mafias

Por Juan Carlos Céspedes A.

Cuando hablamos de mafias, siempre hacemos una relación involuntaria con las familias sicilianas, y hasta con la ficción de Mario Puzo, a través de su legendario personaje Don Vito Corleone, y no estaríamos equivocados, porque la palabra nace en esa isla italiana del Mediterráneo Su significado tiene connotación de clan, pero su estructura y objetivo es típicamente criminal, como lo respaldan las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE. Pero mi propósito original no es detenerme en la parte anecdótica de esta palabra, sino en la forma en que ha hecho metástasis en toda la cultura occidental, más específicamente en nuestro país. 

Sin embargo, no voy a detenerme en los clanes delincuenciales tipos que han asolado nuestra nación desde siempre, llámese delincuencia común: bandas de atracadores, estafadores, contrabandistas, sicarios, etc.; o delincuencia organizada: como las típicas del narcotráfico, trata de personas, de armas, etc. Quiero parar en esas verdaderas estructuras delincuenciales mal llamadas de «cuello blanco», porque sus capos son elegantes señores, algunos graduados en importantes universidades del país, con columnas de «soldados» de todo pelaje, desde el «doctorcito» hasta el más avivato de los mensajeros. Organizaciones que se han enquistado en todos los estamentos sociales, montando verdaderas mafias, con un orden lineal de jerarquía, las cuales tienen por interés fundamental el dinero público.

            Se las puede encontrar en las universidades oficiales, en la salud, en la educación pública, en la justicia, en los mismos entes de control, y en todo lo que tenga que ver con el funcionamiento del Estado. Verdaderas estructuras mafiosas que mueven poderes descomunales, que quitan y ponen funcionarios, que firman contratos millonarios, que tienen la capacidad del boicot, de la sanción interna. Mafias que se ramifican, que hacen conexiones y acuerdos con otros corpus en el sentido de «tú me ayudas en este negocio y yo te ayudo en alguna eventualidad tuya», que determinan ejerciendo la autoridad y funcionamiento del Estado, obviamente con su ineficacia, su actuar paquidérmico, porque no es el servicio su razón de ser, sino el enriquecimiento a través del saqueo, ¡del robo!, que es la palabra a usar sin eufemismos cándidos para no ruborizar pánfilos.

En sus reuniones a puerta cerrada, al capo, verdadero criminal sin escrúpulo, se le rinden los informes de los negocios donde la «familia» tiene su injerencia, si están dando los beneficios esperados, si hay «obstáculos» que impidan que la maquinaria funcione correctamente. De allí saldrán las órdenes que irán desde ofrecimientos de sobornos, directrices para remover a la persona que estorba, o la eliminación física de quien ha tenido la osadía de frenar sus ganancias. Porque estas mafias tienen también sus ejecutores, sus «servicios de limpieza», cuando no hacen parte de la propia familia, los contratan con bandas de delincuencia común para que hagan el trabajo de la sangre.

Por estructuras de esta jaez, la política en nuestro país no es el arte de gobernar, ni de servir, sino de lo contrario, un asunto tenebroso, un oficio de malandrines cuyo único interés es el enriquecimiento a cualquier precio. Y es el político, quien a través de un sistema electoral contaminado, sirve de cabeza de playa, para que la mafia se apodere del ente, llámese Municipio, Distrito, Departamento, Estado, y cualquier institución, empresa, órgano donde haya dinero, que es, en resumidas cuentas, lo único que les importa. Que hay políticos limpios, claro, los que tratan de equilibrar la balanza de ese poder desproporcionado, los Petro, los Robledo, los Cepeda, las Claudia López, y periodistas, y líderes en derechos civiles, todos ellos en la mira del poder omnímodo de estas casas del crimen organizado que no saben ni conocen de límites cuando de proteger sus «inversiones» se trata. La prueba la pudo ver el país con la saña y desvergüenza con que se persiguió al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, le cayó todo el peso del poder, con todas sus ramificaciones, y hasta la prensa tradicional —es lo primero de lo que se apoderan las mafias, por eso del cuarto poder—, que mueve a la opinión pública, siempre ella tan manipulada y convenientemente desinformada, la gran mayoría.

Mucha gente ha pagado con su vida la osadía de enfrentar a estas «familias», valga un solo ejemplo, el asesinato del subdirector del diario La Patria, Orlando Sierra, y como él, mucha gente ha caído por las balas asesinas de esta cosa nostra colombiana, que cuida y vela porque nadie les interrumpa sus pingües ganancias. Y el capo se levanta en medio de la reunión y reparte cachetadas, coscorrones, manda a callar, empuja por la cabeza, amenaza a «egregios» alcaldes, concejales, diputados, gobernadores, senadores, representantes, pura pacotilla frente al verdadero jefe: il capo.

Pero lo más triste es que el país lo sabe, la gente entiende que el origen de sus males: desempleo, pésimo sistema de salud, inseguridad, etc., es el resultado del actuar doloso de estas mafias, pero está tan anestesiada, tan acobardada, que incluso hacen parte del engranaje de la estructura mafiosa, la alimentan con sus votos, con su trabajo, con su silencio. Es tal su poder, su injerencia en nuestra cotidianidad que muchos ven este mal como algo natural, propio, de nuestra cultura, y es que nunca han conocido otra cosa, generaciones han nacido, crecido y muerto bajo el sistema mafioso. Algunos se resignan diciendo que está en los genes, en nuestra estructura molecular. ¡Falso! El poder es del primario, o sea el pueblo, quien puede ser su propio amo, o hacerse esclavo por generaciones de las mafias por un momento de venalidad o cobardía.


Y cada cierto tiempo se presenta la posibilidad de reventar cadenas, de extirpar este podrido tumor, de quitarles el poder, de volver las cosas a su verdadera esencia, de ejercer el derecho constitucional inalienable de escribir nuestro destino como nación, pero las mafias están al acecho, alistan sus chequeras, montan sus estrategias, organizan sus cuadros de zombis, sus escuadrones de intimidación, sus periodistas pagados, y llega el día de escribir el presente y futuro de un país, y en un voto personal, el tuyo, el mío, el de todos, se decide por enésima vez la situación de nuestro país; solo se necesita un segundo de valor para derrotar a las mafias.

viernes, 2 de enero de 2015

Bitácora

¿Qué hay en la biblioteca de papá?

Por  Pedro Conrado Cúdriz

Después que murió mi padre, quise saber por qué papá pensaba como él lo hacía, por qué a veces era tan complicado y complejo y en otras ocasiones, tan sencillo y humilde. Confieso que muy poco me interesé por lo que él leía y menos por la biblioteca, ese mundo de libros donde se perdía sin molestarle una coma al silencio, cada tarde, cada mañana, cada noche. Me recomendaba los libros, me los llevaba a la cama, los empezaba a leer, pero después me desconectaba de ellos. Debo decir, y esta es quizá otra confesión, que él lo hacía porque quería tener una conexión diferente conmigo, no esa relación tradicional padre-hijo, sino algo que trascendiera más allá de los afectos, de esos que el poeta mexicano, Jaime Sabine, incendia, quema, en uno de sus poemas.

Y no era su ternura y su paciencia, era la manera como intentaba comprender el mundo, las situaciones, los comportamientos; era también su locura de no molestar a nadie, de no maltratar, de esperar que el mar se calmara para poder subir al barco; la manera cómo explicaba, cómo entendía, parecía que siempre estaba pensando. Mamá le preguntaba algo y él tenía la respuesta en la boca como si estuviera esperando la interrogación.

Y yo, ausente, tan ausenté de él, que ahora me duele. La verdad es que no sé en qué momento comencé a alejarme, en qué momento la montaña nos separó. La única reflexión que tengo para explicar este fenómeno es la edad, estaba muy joven, salía del tiempo atornillado de la adolescencia, y uno sabe que en ese corto instante histórico del individuo, priman más las perturbaciones y las búsquedas personales de la edad, que otras cosas.

Recuerdo la última vez que lo vi llegar cargado de libros y películas, feliz como un niño con sus juguetes. En esa ocasión me pregunté dónde metería tanto libro mi padre, porque su biblioteca parecía más bien el cuarto de San Alejo, ya que los libros, las revistas, los periódicos e incluso el computador de mesa, estorbaban el andar por ese micro mundo de autores. Me informó de los títulos y los autores comprados y me recomendó la película “Los idiotas.”

Sé muy bien que cada quien se alimenta con lo que tiene, de aquello que le alcanza, de lo que puede hacer, de lo que busca, de lo que sueña, en esto consiste, me dijo un día, el ejercicio de la espiritualidad. “Porque yo leo lo que puedo leer y tú lo mismo. Nunca envidies lo que otros leen, porque ellos hacen los mismo que tú, leen lo que pueden.” 

Duré largo tiempo hurgando en su biblioteca, revisando los subrayados de sus libros, lo que escribía al margen de las páginas, lo que escribía en la prensa escrita, sus libros, sus bitácoras, en las redes sociales, algo que me llevará a comprender el sentido de su vida, aquello que le permitió agarrarse al hilo invisible de la existencia. “A uno, escribió en una libreta de apuntes, lo trajeron al mundo y lo pusieron a sus pies, y al final uno tiene que descubrir por qué hicieron eso y luego darle respuesta al para qué, que es más importante que haber nacido.”

Ese era mi padre, un lector empedernido, afiliado a la soledad del ejercicio lector y escritural, ermitaño, pero sabio. Ahora mismo tengo la misión personal de realizar las conexiones espiritualmente trascendentales que no pude hacer con él en vida. La muerte también sirve para algo.