lunes, 13 de junio de 2016

El ojo de la cerradura

“El proletariado de los dioses” 

“El cronista no tiene la verdad absoluta pues la verdad más valiosa es la que le cuentan sus personajes”
                                                                                       Juan Villoro

Por Tito Mejía Sarmiento*

Luego de haber leído con mucho detenimiento todas las crónicas que componen este libro, me queda la seductora sensación de que hay muy buenos cronistas en el Caribe Colombiano, entre ellos Paul Brito, que hacen distinción al género narrativo con el sano propósito de revalorarlo críticamente desde la configuración de nuestros días sin afectar como es lógico la credibilidad tradicional.

Quedé fascinado. Y lo manifiesto, no por ser su amigo, porque  por encima de los compromisos de la amistad está la responsabilidad con la palabra, con la  literatura o con el propio arte. Por algo, los entendidos en la materia: Ramón Molinares, Alberto Salcedo Ramos, Heriberto Fiorillo, Álvaro Suescún, Juan Isaza, Iván Bernal, Joaquín Mattos Omar, Pedro Conrado y Michael David Durán no dudaron tampoco  en derramar en los diferentes medios de comunicación, un torrencial aguacero de buenos calificativos acerca del mismo.

Entonces, se me hace imperativo recomendar con lealtad lectora este texto por múltiples razones. La primera, porque en las aristas del relato hegemónico de cada crónica por ejemplo, comienzan a aparecer toda clase de personajes donde la omnisciencia del narrador los acompaña con buen tino en lugares por los cuales se mueven: colegios, centros comerciales, iglesias, gimnasios, pueblos lejanos de las urbe…, entendiendo que ellos no en todas partes  se comportan de la misma forma.

Algo destacable por parte de Paul Brito es que sitúa  en el centro a la gente común  e incluso a su propio padre “el canario Brito” con distintos formatos: un día mi padre zarpó de las Islas Canarias, su tierra natal cuando tenía 19 años de edad para establecerse en América pensando que el mundo era redondo, redondo como un balón de fútbol (El manglar y el canario);  unos jubilados  jubilosos que recuerdan el cliché de que los viejos terminan siendo niños de nuevo (Jubilados jubilosos); o de unos pobres  relojeros que dan la impresión de que el tiempo se estuviera agotando (El oficio de reparar el tiempo); unos muchachos que viven en los  extramuros de la ciudad que se dedican a domar el tiempo a través del compás de su propio cuerpo bailando el breakdance (Instrucciones para quebrarse los huesos), y terminan haciendo, como es lógico, el trágico papel de hombres sabios de su propia persistencia.

La segunda razón, por la manera como fueron  escritas las  14 historias, teniendo en cuenta los tres tipos de crónicas que se conocen: narrativa, descriptiva y argumentativa con una enorme profundización filosófica, permitiéndole a cada uno de sus personajes la ética que todo cronista debe respetar, ya  que por lógica, es una condición sine qua non para percibir el universo literario que se desea, es decir, acá la vida misma gana con el encantamiento de la Literatura: Las manías,  como las olas remolcan una promesa pero también una reclamación. El mar le concede  a quien está en la playa todas las olas que mueren a  sus pies, como un reflujo de las miles de generaciones  que lo antecedieron, y los miles de impulsos y afanes que aún se agitan en su sangre (Maestros de la repetición).

Además, “El proletariado de los dioses” es un libro de viajes con atractivas metáforas donde el estilo personal del autor está repleto de unos  elementos valorativos que transportan al lector hacia donde él quiere y lo retorna satisfecho a su lugar de origen: parece mentira que una cosa tan inasible como el viento, tan abstracta, le cambie el rostro a la ciudad, modifique el comportamiento de sus habitantes, desfigure sus modales, los arrincone en la ridiculez y que el responsable ni siquiera se pueda señalar con el dedo (Una historia al viento). Y que ese  mismo viento haga que un calvo agarre los tres pelos que lamen su cráneo y trate afanosamente de pegárselos de nuevo, pero la brisa burlona no se lo permita.

Paul Brito a lo Juan Villoro, reconocido escritor de México, tuvo que aventurarse a experimentar todo lo que implica escribir un texto de crónicas, debió tomarse todo el tiempo necesario para reconocer e interpretar la realidad, y también emprender la gran odisea para apropiarse de los hechos y espacios justos que se involucraron con los protagonistas de “El proletariado de los dioses”.

Gracias, Paul Brito por darnos a conocer tu libro, a mí personalmente, me sirvió para interpretar otro valor agregado acerca de la crónica. Por algo, es tan grande y secreto el techo del mundo que a él mismo le sacamos las verdades sin que se dé cuenta.

Tito Mejía Sarmiento*
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía 2001

domingo, 15 de mayo de 2016

El ojo de la cerradura

La incapacidad de recordar la palabra correcta

¡Estoy muy preocupado porque desde hace varios días,  se me están olvidando como por arte de magia, algunas palabras a pesar de tenerlas ya en la punta de mi lengua!

Por Tito Mejía Sarmiento*

Un amigo de tertulias literarias, parrandas…, y cuyo nombre no voy  a revelar por razones obvias, últimamente cuando hablamos me  dice: “Estoy muy preocupado porque desde hace varios días,  se me están olvidando como por arte de magia, algunas palabras a pesar de tenerlas ya en la punta de mi lengua”. 

La desesperación de mi amigo se vuelve superlativa porque él está convencido desde todo punto de vista que es Alzhéimer, esa enfermedad mental progresiva que según los especialistas se caracteriza por una degeneración de las células nerviosas del cerebro y una disminución de la masa cerebral; las manifestaciones básicas son la pérdida de memoria, la desorientación temporal, espacial y el deterioro intelectual y personal.

Mi amigo me manifiesta con temor que el Alzhéimer parece que lo estuviera encerrando en un cuadrilátero del cual no puede bajarse y lo  peor, según  él,  varios miembros de su familia ya están bañándose en el piélago de ese monstruo de irreverente olvido. 

Entonces, yo para hacerle un gordo favor le digo ¡qué alzhéimer ni qué carajo!, ¡que no se preocupe que eso es algo que la mayoría de las personas experimenta!; es decir, el, habitualmente, natural proceso de verbalizar unas frases, palabras (por ejemplo, “la cosa esa” cuando se refiere a nombres propios) que ocasionalmente usamos  y que de algún modo, se queda atrancado debido a un molesto bloqueo mental que probablemente queremos emplear tratando de ganar tiempo, mientras llenamos el vacío de las palabras olvidadas.

Además, lo animo diciéndole que eso hace parte de una situación letológica. (Una palabra moderna derivada del griego lethe, olvido  y logos, lenguaje  y le recuerdo unos libros que dicen que en la mitología griega, Lethe era también uno de los cinco ríos del mundo subterráneo, donde las almas de los muertos bebían para olvidar todos los recuerdos terrenales y Lete o Leteo, cuyo nombre significa olvido, era una divinidad nacida del Éride ,conocida también conocida como la  Discordia, concebida como una abstracción, y hermana de Hipno , el sueño- y Tánato , la muerte-). 

Cabe destacar que la utilización del término letológica se atribuyó popularmente a Carl Gustav Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo a principios del siglo XX, pero los primeros registros datan de la edición de 1915 del Diccionario Dorland Enciclopédico Ilustrado de Medicina, que definió letológica como la "incapacidad de recordar la palabra correcta".

Para darle colofón a esta no muy extensa apreciación conceptual,  le manifiesto a mi temeroso amigo que nuestras mentes son asociativas y se cimientan con  base en unos modelos de indagación interconectados, por eso, para que podamos recordar una palabra depende de unos generosos patrones con otras partes importantes de informaciones sobre todo lexicales, por ejemplo en vez de “embrollo”, acudimos minutos más tarde a “enredo, maraña, lío, caos, barullo” y así sucesivamente.

Por eso, mi estimado amigo, no te preocupes tanto y te recuerdo  de paso lo que dice la gran poeta italiana María Paz Argentieri,   en uno de sus versos del poema Prólogo:

 “Si coges los numerosos cabos
de cualquier hilo
e intentas contarlos
entre los dedos te quedan
deshilachados, pero
vuelven al origen
de la madeja informe”.
¡Ah y se me olvidaba algo, tú eres y serás siempre, uno de mis mejores amigos de esta y de todas las vidas!

Tito Mejía Sarmiento*
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; Poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, 2001

domingo, 1 de mayo de 2016

EL WAYÚU Y SU TERRITORIO SAGRADO (Incluye el poema: Flor de cactus)

EL WAYÚU Y SU TERRITORIO SAGRADO

Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

El wayúu es un ser de costumbres arraigadas, con pensamientos cautivos en su propio entorno,  las circunstancias han hecho que se  haya mezclado con otras culturas hasta el punto de combinar ambas y desempeñarse muy bien en la  cultura Alijuna

El wayúu es un ser que habita en un lugar sagrado y rico por naturaleza.

Pero su calidad  humana ha sido opacada por la misma sociedad que se aprovecha de la ignorancia de muchos hermanos wayúus desde su invasión para manejar la riqueza que nuestros padres mma (tierra) y juya (lluvia)  nos han dado para cuidar

El wayúu, al que llaman minoría, hoy empieza a tejer un mejor mañana como ser pensante, capaz y brillante,  capaz de superarse y alcanzar nuevos retos, está comprendiendo que no podemos ser parte de un todo y el todo aislado de las partes, el wayúu ha entrado en una reflexión profunda sobre su situación actual y sobre la posición tiene por otros, ha comprendido que está en su casa, en su territorio y que si no se pone las pilas lo eliminarán de su propio espacio sin ninguna contemplación.

Se ha comprendido, claro, no todos, que en algún momento dejaremos de ser un grupo que utilicen para enriquecerse, para no ser parte, sino un todo, hay que prepararse, investigar, escalar para no ser exterminados como garrapata de perro callejero, sino que nuestra misma necesidad de ser nos permita plasmar una historia diferente sobre nuestros ancestros a la que se está encaminado.

Como seres humanos, los wayúu también han demostrado la capacidad de liderar procesos significativos, aun sin manejar recursos, los wayúus han sido fuertes, la historia lo cuenta, han soportado tantos atropellos que todavía sobreviven en pleno siglo XXI y lo que falta, porque wayúu hay para mucho rato.

Hemos fallado o tal vez nos han fallado, lo total es que se debe fortalecer lo propio desde la globalización y mantenerse firmes como verdadero Guerrero Nativo
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 Texto poético de Delia Rosa Bolaño Ipuana

FLOR DE CACTUS (poema)

Te veo  marchita flor de cactus,
Esperanza  de un desierto paraíso hermoso.
Atraes a muchos con  tu belleza, te toman, te besan,
Te hacen suya y te dejan cuando les provoca.
Los llevas al infinito placer del poder,
solo has recibido  golpes,  olvidos y limosnas.
La soledad  es tu cruda y dura realidad,
Tu atraso  las múltiples riquezas de otros,
Tu riqueza es también su grandeza.
Tu ignorancia, su mayor ventaja,
Tus minerales, su rico y  nutrido alimento,
Tu desierto, su máxima atracción.
Quien te posee, te envuelve, te trama y tú, mi Guajira,
 Te has dejado poseer, ya no eres de ti, eres de otros,
Tu cuerpo no te pertenece, perteneces al maldito olvido.
Tus ojos están cargados de lágrimas, no se pueden apreciar,
 Tus labios ya no cantan como  rojo cardenal,
Lloran en silencio su  infinito dolor.
Tu vientre aún está latente, tus pechos se cargan,
 Quieren reventar cual cauce embravecido,
 Otros vienen y te explotan, luego te dejan,
 Llevándose de tus entrañas tus riquezas.
Tus hijos sufren en silencio, esto te entristece y te devasta.,
¡Oh!  Mi Guajira, despierta
Cuánto dolor e impotencia guardo contigo,
Lloro en silencio mi madre tierra,
Soy de ti, como eres de mí.
Lo que has sufrido, lo he vivido,
Lo que has llorado, lo he sentido,
Lo que estás sintiendo, me está doliendo.
La impotencia me posee,
Al saber que tu riqueza, es tu miseria,
Y la soledad es tu fracaso.
¡Oh! madre tierra, flor de cactus
Desierto encantado de ninguna primavera,
Despierta ahora mi guajira.

Bitácora

Diez consejos a una niña de seis años que quiere ser escritora

Por Pedro Conrado Cúdriz

Hola, Mislehy (1):

Nada en esta vida es difícil después que lo hagas todos los días, así como juegas con las muñecas, con tus muñecas. Leer todos los días ayuda en tu búsqueda de escribir un libro. Borges, un escritor argentino que debes leer algún día, decía que le gustaba más leer que escribir. Y tenía toda la razón, porque la lectura es el único ejercicio que lleva a la escritura. Él escribió lo suficiente para construir un mundo. Esto es lo primero que tienes que hacer: leer todos los días para que tu imaginación crezca como los gigantes de las ciudades invisibles; para que conozcas nuevas palabras, las comunes y las más raras, que son como los mosquitos y los tigres que nunca has visto. Entonces tu poder de concentración y atención serán demasiados importantes y significativos para tu vida. Alguien me dijo en estos días que le ponemos atención solo a lo que es importante para uno. Por eso a tu edad aprendes a disfrutar cualquiera de los juegos que te fascinan. Porque son importantes para ti.

Me preguntas cómo hacer para escribir un libro: te cuento:

1.       Cuando leas tienes que observar el libro, su forma (de qué está hecho, qué aspecto tiene, cómo ha sido presentado: grande, mediano o chico) y su contenido (tema, tipo de letra, dibujos, autor, etc.)

2.       Debes tener claro sobre qué quieres escribir.

3.       Después de escrito, debes hacer varios borradores hasta que quede uno para ser leído por otros, tus amigas, tus papás, tus profesores, tu hermana, tu tía…

4.       No todo lo que uno escribe se puede publicar, porque hay textos que después de ser escritos, no nos gustan.

5.       Debes leer y escribir todos los días para poder madurar tu escritura y tener tu estilo propio.

6.       No debes apresurarte, debes ser paciente. Gabriel García Márquez decidió ser escritor cuando tenía 9 años y mira todo lo que hizo para alcanzar su estrella: esperó y esperó, leyó y leyó, escribió y escribió…  

7.       Ahora, al lado de la paciencia debes observar como caminan las estrellas en el cielo, como juegan las hormigas, que te dicen los pájaros, que tienen de bueno los buenos días, las buenas noches, los hasta luego y los adioses.

8.       Nunca dejes que tus sueños, deseos y pasión decaigan o se mueran. Debes continuar adelante contra la tormenta y los terremotos.

9.       Llora cuando tengas que llorar, ríe cuando tengas que reír y piensa en esas cosas: cómo escribir sobre ellas.

10.   Debes tener claro que debes leer libros, pero también leer fotografías, películas, la calle, el barrio, la gente. Leer para comprender cómo funciona la vida y el mundo. 

Mislehy, no sé si esto te ayude a volar como los pájaros y los astronautas, de cualquier forma lo intenté para que conozcas lo que hacemos en términos generales los escritores. Buena mar niña.

(1)      Mislehy después de leer La ranita de la selva, un libro de literatura infantil, que le regalé, le dijo a su mamá si el autor del libro de La ranita, le podía darle algún consejo, porque ella quería escribir libros, y esto hice.

domingo, 10 de abril de 2016

El ojo de la cerradura

¡Para que el recuerdo sea el primer  invitado de todos los días!

Por Tito Mejía Sarmiento*
“Hay personas que nunca se van, que los pueblos no dejan ir, que permanecen en los parajes más secretos de la memoria colectiva”. 
                                                        Ramón Molinares Sarmiento

Este 29 de abril de 2016, se cumplen 12 años del infame asesinato de mi hermano Nelson Ricardo  Mejía Sarmiento, a pocos metros de las instalaciones del DAS en Barranquilla, cuando fungía como alcalde de Santo Tomás, Atlántico, siendo presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez.

Se han escrito tantas páginas acerca de él, algunas clamando verdad y justicia por su asesinato; otras reconociendo al gran líder carismático que, según opinión de muchos, sentó un precedente sobre una forma de hacer política en Santo Tomás, guiada bajo los principios de honradez y honestidad teniendo como fin último el bienestar del pueblo, pero la página que nos interesa a todos, especialmente a los familiares, es decir,  sobre los autores que dieron la orden o determinaron acabar con la vida de mi hermano, aquel maldito 29 de abril de 2004, ya no se dice  absolutamente nada de nada. ¡Todo sigue en la impunidad! Por eso, mi madre querida Eloina Sarmiento Charris, a pesar de haber perdido un poco la memoria a sus 87 años de vida y no es para menos, con justa razón  se pregunta mientras en el  mar de sus ojos, solo se balancean grandes olas de tristeza: ¿Entonces, quién mató a mi hijo Nelson?

En la búsqueda de esa respuesta comienzo a incorporar un collage de textos, fotos, novelas, poesías, panegíricos que parecen inconexos pero que juntos transmiten, un universo personal, tangible, con inquietudes, virtudes... Hago un pequeño recorrido aleatorio (instantes de su vida) que me parece fundamentalísimo y que de alguna manera siento que lo define:

Veo a Nelson, el niño enjuto, de orejas que llegan al cielo, simulando curar con unos alambres eléctricos que hacen las veces de estetoscopio, a otros niños de su edad en la cuadra de la calle Independencia (casa marcada con el número 1262, donde nació el 14 de junio de 1956) como presagiando quizás, ese universo hipocrático que lo esperaría años más tarde para satisfacción personal, familiar y de la sociedad, esa sociedad que lo anidó para siempre en su corazón y que lleva en los ojos desde aquel trágico 29 de abril de 2004,  un rebelde dolor que todo el mundo mira.

Después de haber culminado su bachillerato en el colegio diversificado Oriental de Santo Tomás a los 16 años de edad, Nelson viaja a la ciudad de Cuenca,  capital de Azuay en la vecina República del Ecuador con el inmenso propósito de estudiar Medicina, carrera a la cual le haría el amor todos los días sucesivos de su existencia para mitigar el dolor de sus semejantes en un derroche vital al servicio de la amistad sin límites.

En aquella fría capital ecuatoriana, Nelson a pesar de los “apuros económicos” por los que atraviesa, le imprime a su ángulo de estudio un giro de ciento ochenta grados, para ocupar los primeros puestos en casi todos los semestres en la famosa Universidad Estatal de Cuenca.

Latente está en mis retinas cuando yo trabajaba en Valledupar entre los años 70s, y parte de los 80s, su inconfundible escritura con la letra (L) meciéndose de izquierda a derecha y viceversa, solicitándome a través de una extensa misiva que le enviara mensualmente más de cinco mil Sucres (moneda de aquel entonces) por la devaluación del peso colombiano ya que necesitaba comprar unos libros de Medicina con énfasis en Pediatría, su fuerte académico y en donde encontró ríos de límpidas y sosegadas linfas que abreviaron su ávida sed de saber,  de aladas ideas y de pensamientos profundos.

El 18 de agosto de 1982,  Nelson recibe el título de Doctor en  Medicina y  Cirugía.
A la ceremonia de graduación asistió mi madre Eloina Sarmiento Charris, quien de regreso a nuestro terruño por la vía aérea, mostraba orgullosamente a los pasajeros que se sentaron cerca de su silla, el diploma de su hijo médico. Y no era para menos, su vientre había parido tal vez como dice el connotado escritor Ramón Molinares Sarmiento en uno de sus relatos publicados en la prensa de Barranquilla: “Nelson fue y será uno de los mejores médicos de Santo Tomás en toda su historia. Y nunca antes este pueblo de más de veinte mil habitantes había convertido a un hombre en objeto de tanto amor. Nelson era un corazón de puertas abiertas, por donde, sin pedir permiso, entraba todo el que quería a cualquier hora del día o de la noche. En ese corazón tan grande como una casa, el desamparado sabía que podía encontrar y hacer suyo lo que necesitaba de la alacena o del armario de los medicamentos”.

Sin ser yo ningún arúspice  creo que mi hermano Nelson curaba con sus ojos llenos de afectos y su voz baritonal, específicamente cuando se trataba de infantes. Porque no hay, no pasa por la mente del hombre ni un solo concepto que no sea afectivo, en grado mínimo o en grado sumo. Y el  médico Nelson Ricardo Mejía Sarmiento al intuir una realidad cualquiera, su querencia estaba implícita en su misma comprensión con los pacientes, a quienes veía como tales y no como clientes. Definitivamente, Santo Tomás y otros  pueblos circunvecinos tenían en Nelson a un filántropo de tiempo completo.

Y no se puede dejar a un lado, la significativa influencia que Eros ejerció sobre Nelson, galán de noble estirpe, que una veintena de hermosas mujeres configuran su producción idílica como un cáliz maravilloso que permite apurar los ensueños de la pasión.
Puedo afirmar que Nelson antes que amar a mujer alguna,  jugó su febril corazón al azar y se lo ganó el mismo amor. Nelson tenía una idea perfeccionista del Romanticismo, y por eso se enamoró muchísimas veces, en busca de ese amor ideal que sólo lograba encontrar bajo la madrugada de sus ojos.  

En un país angustiado y salpicado por la crisis social y la guerra, Nelson llegó a ser elegido dos veces alcalde popular de Santo Tomás para los períodos constitucionales  de 1995 a 1997 y de 2004 a 2007 (obteniendo las más altas votaciones en  la historia del pueblo tomasino y realizando una magnífica labor en su primera administración: ¡Ahí están las obras, ante los ojos de todos!) pero unas balas asesinas acabaron cobardemente con él, aquel 29 de abril de 2004 a las 12:45 de la tarde. 
Segundos después, la vida a todos los habitantes de la población se le vino encima como un volcán de iracunda erupción que todo el mundo conoce. Y el pueblo que es soberano y constituyente primario no se convirtió en el payaso de la realidad y supo interpretar la historia, eligiéndolo nuevamente por tercera ocasión aun estando muerto,  en la persona de su esposa Onésima Beyeh Cura, el domingo 27 de junio de 2004.   

¡Cómo borrar de mis retinas, su ataúd cubierto de flores, panegíricos, canciones, poesías, afiches y estampas entregadas por desconocidos y desconocidas que también lloraban su muerte!
¡Cómo olvidar a la multitud vivándolo, aplaudiéndolo y pidiendo justicia bajo el torrencial aguacero de aquel primero de mayo de 2004. Ni aquellos abrazos solidarios que recibí esa mañana, de personas que al estrechar mi cuerpo, se sentían a lo mejor un poco más cerca de Nelson!
Si el sentido de la vida es llegar a ser querido, sé que partió pleno.

¡Nelson ya no está, eso es cierto! Lo más terrible de la muerte es el propio vacío, la ausencia eterna de su materia. Ya no puedo volver a abrazarlo, mamarle gallo, pelear con él… Tampoco podemos seguir añorando a Nelson sin ser consecuentes con las reflexiones y retos que nos legó. Su erguida herencia ante todo creativa, combativa, trabajadora, emplaza a todos los tomasinos y tomasinas de hoy a investigar para la sana discusión, para no dejar en el estricto pretérito los hechos que construyeron y cambiaron a nuestra amada tierra tomasina antes y después del gran líder llamado Nelson Ricardo Mejía Sarmiento.

Nelson no sabía que lo iban a matar. Lo que sí sabía, es que un grupo de amigos escritores como Ramón Molinares Sarmiento, Pedro Conrado Cúdriz, Aurelio Pizarro Meola, Roberto Sarmiento Fontalvo,  Manuel Guillermo Ortega (Guillermo Tedio),  Moisés Fontalvo Escorcia, Aurelio Pizarro Meola, Edwin Navarro Bravo  y yo lo íbamos a recordar para siempre, y que parodiando al maestro Héctor Abad Faciolince, lucharíamos por rescatarlo del olvido al menos por unos cuantos años más, que no se sabe cuánto duren, con el poder evocador de las palabras para que el alba, se haga alba en la eterna cantata de sueños, y de paso los recuerdos se conviertan en poemas cuando el viento empiece a abrazar vivencias y las golondrinas pueblen los inviernos de nuevo en las copas de los árboles, para que su memoria sea la memoria de otras memorias y por supuesto, para que ¡para que el recuerdo sea el primer invitado de todos los días!

Tito Mejía Sarmiento* Poeta, Locutor profesional, Licenciado en Filología e Idiomas (Universidad del Atlántico). Docente de tiempo completo en el Instenalco de Barranquilla.

martes, 5 de abril de 2016

Bitácora

El niño

Por Pedro Conrado Cúdriz

“Para entreabrir el niño / hay que cerrar al hombre.”  
 Jorge Boccanera, Tambor de Jadeo

Un niño es alguien confiado, alguien que inocentemente viaja por el mundo con sus alas de sueños, que así como va a la nevera, igual corre a la cama, se cae y levanta el vuelo con ojos santos y sin las atribulaciones de la vergüenza de los grandes. Es alguien que confía en los otros y lo hace con tanta fe que casi nunca ve el peligro de las cruces en las escaleras, y cree en Dios, con tanta devoción, que le duele la equivocación del regalo del 24 de diciembre.

Ese alguien es un niño, reconocido sujeto de derechos y sujeto capaz de realizarse a sí mismo si el adulto es solidario con su desarrollo social y humano (según la Unicef la niñez es la época en la que los niños tienen que estar en la escuela y en los lugares de recreo, crecer fuertes y seguros de sí mismos, recibir el amor y el estímulo de la familia y la comunidad de adultos.)

Para ello se requiere una sociedad que se ame a sí misma, que no esté enferma y que ame a los seres humanos, especialmente a los niños. El amor es el verbo fundamental, sin él es imposible la tarea de la educación y la tarea del Estado por salvar a los niños del desastre de las enfermedades y el hambre y la voracidad de los adultos. Y sin embargo, nada de esto ocurre en el país. El ejemplo más dramático de esta especie de odio humano por la infancia es el caso de La Guajira, pero también el del Chocó, el del Cauca, el de Aguachica o los de la misma Bogotá, la capital.

Si hay algo que pueda ayudarnos a comprender el amor por la infancia es la dedicatoria que Antoine de Saint –Exupéry hace en el Principito: “A León Werth: Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolado. Si no fueran suficientes todas estas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria: A LEÓN WERTH cuando era niño.”

¿Desde cuándo la niñez en Colombia es invisible? ¿Desde cuándo se están muriendo los niños por desnutrición en Colombia? Quizás desde antes y después de 1810, pero de un tiempo para acá, desde el 2008, han muerto masacrados por el hambre más de 4770 niños. Una cifra de espanto y también de la conquista del odio. No es la guerra y la paz el problema colombiano, el problema es otro, el Estado plutocrático al que hay que llevar también a La Habana. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Un texto muy a propósito de la Semana Mayor


UNA PECADORA MÁS…
 
Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

La Semana  Santa es una época donde los cristianos recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, también nos motiva a intentar ser como Cristo, quien fue fiel y obediente a su Padre hasta el último momento.

Lamentablemente para nuestro Dios espiritual, los seres humanos estamos a kilómetros de llegar a ser como nuestro hermano Cristo, quien durante sus treinta y tres años nos mostró humildad, amor, sinceridad, respeto, compartir, oración,  ayuno, pureza, hermandad y sencillez.

Decimos que la Semana Santa es ese encuentro con Dios, esa oportunidad de mostrar que podemos ser como Cristo, aunque eso debemos intentarlo ser cada día, no obstante, esta es la época que hemos designado para ello, realmente estamos en un desequilibro espiritual, ya que pensamos que con ir corriendo a misa a que el padre nos eche agua bendita a una palma que colocamos detrás de nuestra puerta o al lado de nuestra  cama,  ya estamos cerca de Dios y conectados con Cristo, mientras que en el rincón de nuestro corazón existe amargura, egoísmo y mentira;  creemos que al  compartir lo que nos sobra con alguna persona de escasos recursos ya estamos en paz con  Dios y cerca de Cristo, pues Dios quiere que compartas con el otro lo que realmente este  necesita, si está dentro de tus posibilidades, enseñar a pescar, no a dar pescado para sentirte dadivoso, esto realmente no es justo, ni gratificante para nadie, pues si le enseñas al otro lo que necesita saber para poder lograr lo que desea y necesita, siempre te estará agradecido, o por lo menos Dios siempre te tendrá en cuenta tu humilde labor;  ayunamos  supuestamente sacrificándonos al no comer toda  una mañana, mientras que nos comemos al otro, mientras que envidiamos, traicionamos y odiamos, realmente nos mentimos a nosotros mismos, porque al de arriba nada que ver.  

Oramos pidiendo a Dios por nuestras necesidades personales, esto no es malo, pero es bueno pedirle a Dios que dentro de nuestras necesidades esté amar al otro, desear que el otro también esté bien y no  pensar en acaparar todo para sentirte superior, Jesucristo fue superior a nosotros en todo los sentidos y nunca oró por Él, oró por el otro, por nosotros, Él no fue egoísta, mentiroso, falso, ladrón ni  traicionero, debemos reflexionar no de boca, sino de corazón, mirar a ver qué tenemos por dentro, qué parte de nuestro adentro está  podrido para arrancarlo de raíz y poder construir realmente nuestro verdadero sentido de vida, donde edifiquemos un mundo de amor, paz, respeto, igualdad de posibilidades, donde sirvas con amor y humildad.

Cuando empecemos a comprender y actuar así, tal vez venga Cristo, pero por ahora y con nuestras  acciones, no creo, sé que esto nos da duro a todos los que decimos creer, seguir, amar y ser mensajeros de Cristo humilde, pero a mi parecer y mi visón al mundo egoísta, donde prima mi "yo", realmente lo dudo…
 
Querido lector, es en este momento donde quisiera que profundicemos y hagamos lista de aquello que hemos hecho bueno, recuerda que el Divino también tiene la suya, procuremos que  nuestra lista coincida con la que él tiene, también hagamos una lista de aquello que hemos hecho para hacer daño al otro, si hemos tomado lo que no es de nosotros, si hemos invertido en lo que no debimos, si hemos calumniado, envidiado, si hemos maltratado a las personas, si hemos tenido que culpar a otro para librarnos de cumplir la culpa terrenal, porque con Dios no podemos hacerlo, si hemos hecho mucho daño a familias, amigos, a personas inocentes, vulnerables, si somos racista, clasista,  pídanos al Dios que nos perdone, seamos  sinceros con Él,  con nosotros y con los que queremos  ser, reconciliemos con nosotros y con el otro, somos pasajeros en este mundo, los bienes que hemos acumulado no se van con nosotros, claro, nuestros familiares quedan, pero igual le dejamos la cruz que Cristo quiere quitarnos, pero nuestra condición humana de pecadores no nos lo permite, no soy líder, ni evangélica, ni católica, ni atea, solo soy una pecadora más.

sábado, 27 de febrero de 2016

Preguntas al General Santander

Señor, General Santander

Por: Luis Payares Mercado

Señor, General Francisco De Paula Santander; es a usted a quien van dirigidas estas palabras que con pesar, tristeza e indignación y acompañadas con remordimientos profundos se le hacen saber.

Usted que es conocido como “El Hombre de las Leyes”  y que, en Sincelejo se le ha hecho  reconocimiento y se le ha asignado un parque; el central, que lleva su nombre y su presencia  en  una efigie,  que sostiene el rollo de las  Leyes en una de sus manos  y que su rostro mira  hacia el lugar en  referencia a seguir: allí, mi General, donde están dirigidas las pupilas de sus ojos, donde su mirada sin espabilar se fija constantemente. Sí,  es allí, mi General,  precisamente donde están sucediendo cosas en Sincelejo como si no hubiera leyes, ni gobernantes, ni entidades que tengan que ver con los seres humanos. Es  allí, mi General,  donde unas mujeres se deterioran a expensas de sus pupilas y de las de todo el pueblo indolente que por el parque; por  su parque transitan.

Allí, mi General, se reúnen una  que otra cantidad de mujeres que viven de la prostitución en pleno parque, en plena sala de la capital sucreña. Allí, mi General, hay unas mujeres en estado de embarazo que siguen practicando esta actividad peligrosa para sus vidas y para la vida de los bebés en gestación. Se llamaría esto entonces, un problema de salubridad pública, de amoral,  de prostitución y de indiferencia a los problemas sociales de este pueblo. 
   
Señor General Santander; acaso, en esas leyes que usted sostiene en  una de sus  manos,  ¿no existe  los derechos de dignidad para estas mujeres y para estos bebés en desarrollo fetal?  ¿No están los derechos que el ICBF debe garantizar a estas mujeres y a estos niños por nacer? ¿No están  los derechos humanos para con  estas mujeres y sus hijos? ¿No existe un defensor del pueblo que deba defender a este pueblo?

Señor General Santander; acaso, no se ha preguntado usted ¿Dónde están las otras mujeres, que dizque defienden los derechos de las mujeres y de estas madres y próximos hijos por nacer, qué? ¿Dónde están las ONGs? ¿Dónde están los Honorables Concejales de Sincelejo?...

 Señor General Santander; usted que permanece en su parque y que sabe por dónde le entra el agua al molino, perdón, a la fuente ¿No ha hablado usted con el Alcalde de Sincelejo, Doctor Jacobo Quessep Espinosa, para tratar seriamente sobre este problema social que a diario crece en su parque? ¿No ha hablado usted con su vecino inmediato, Monseñor José Clavijo Méndez, para tratar este caso de amoral que está sucediendo en los alares de la Catedral? 

Señor General Santander; con todo el respeto que usted se merece,  en su parque, esto y otras cosas más;  no deben suceder ¡Pero están sucediendo! ¡Permiso, señor  General!

Por el ojo de la cerradura

Siempre seré el número 1: Gustavo Castillo García

(A la memoria del locutor, Gustavo Castillo García,   fallecido el 17 de febrero de 2016, en Barranquilla. Esta entrevista me la concedió el 9 de octubre de 2010 )
Por Tito Mejía Sarmiento

“Inventé la cuña: Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús_ Marcos Pérez me fregó después porque sacó otra agregándole. ‘”Philco se lo fía”, recuerda Gustavo Castillo.

Con su chispeante buen humor, Gustavo Castillo García recuerda que nació “en Magangué, la tierra del coroncoro muelón, pero los mejores momentos de mi vida han transcurrido en Barranquilla, en donde siempre seré el número uno en el periodismo radial, y ni hablar del peluquín, doña Obdulia”. Era, en esos años de 1960 a 1990, el dueño de la sintonía radial. Además, cuña que se convirtiera en éxito era producto del talento de este genial locutor. La cita estaba planeada con tres días de antelación para un día de septiembre a las nueve de la mañana, gracias a los contactos de los colegas Eduardo Hernández Vega, Julio Castaño Bossio y Pepe Sánchez.

Hicimos sonar el timbre en tres ocasiones en una casa del barrio Paraíso de Barranquilla, antes de que apareciera Gustavo Castillo García en compañía de Jorge Iván, uno de los seis hijos del matrimonio con la agraciada dama manizalita Ruth Valencia de Castillo. 

Tarde o temprano

En la amplia sala de su casa se exhiben hoy estratégicamente varias clases de aquellos radios de la época de oro de las emisoras radiales, sobre todo uno marca Phillips, “el mismo de… Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús”, como decía el jingle grabado con la voz del carismático hombre de radio nacido el 5 de marzo de 1932 en Magangué, Bolívar.
Se miró azaroso en el espejo grande que cuelga en la pared de la sala como retrotrayendo al hombre bohémico de 30 años atrás, que como casi todo hombre caribe se pegaba sus escapadas porque no era ningún santo, pero eso sí, no abandonaba para nada su exitosa labor periodística. Según algunos de sus colegas más allegados como Rafael Sarmiento Coley y Ricardo Díaz De la Rosa: “Paralizaba, más que todo en la mañana, a la ciudad y sus alrededores con su noticiero ‘La Costa en Noticias’.

Este ícono de la radio colombiana, hoy retirado en sus cuarteles de invierno, acaparaba una influyente audiencia producto de su inigualable manera de leer las noticias, ornadas con inigualable chispa humorística, un poco de sensacionalismo y expectativas que al fin y al cabo le sirvió para realizar varias campañas en pro de Barranquilla, como la adquisición de nuevas máquinas para el Cuerpo de Bomberos, construcción de escuelas, donación de sillas de ruedas y hasta féretros para la gente de bajos recursos.

Hombre de partido
Durante la entrevista luce un pantalón blanco con suéter rojo, haciendo alusión al Partido Liberal al que ha pertenecido desde hace mucho tiempo. Se mira un poco asombrado el tinturado negro de sus cabellos, y siente inmensa felicidad ante la solicitud de la entrevista para El Heraldo y Revista La Urraka, órganos informativos que lee sagradamente, y la que toma como un reconocido homenaje a su carrera profesional: “¡No joda!, al fin se acordaron de mí”, dice con una sonrisa de felicidad plena en su rostro.


Los pininos

“Me inicié como locutor en Transmisora Caldas de Manizales. No preciso la fecha exacta, solo recuerdo que estaba en la plenitud de mi juventud. Cuatro años después me vine para Barranquilla contratado por el empresario antioqueño Gustavo Cardona Agudelo, quien me vinculó a Emisoras Variedades. Después pasé a la Cadena Radial del Caribe (CRC), de Hernando Francisco Bossa. Luego estuve en Riomar de Todelar, La Voz de la Patria, de los hermanos Vasallo, unos italianos que lograron imponerle a su emisora un sonido con tonalidad perfecta, a pesar de estar en amplitud modulada. En La Voz de la Patria duré alrededor de 11 años. Estuve vinculado también a Radio Libertad, de don Roberto Esper Rebaje; Emisoras ABC y Radio Reloj de la cadena Caracol, entre otras estaciones radiales”. 

La novia de Barranquilla

Su agitada vida radial no se limitó al simple oficio de ‘locutor de cabina’. También dejó una brillante impronta en la animación de programas en vivo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, ‘Aquí la Costa’, ‘La Tómbola Murcia’ o ‘Las cosas de mi tierra’?, programas que fueron creados y dirigidos por este fabuloso hombre de la radio colombiana, de donde surgieron grandes figuras de la décima, el humor y el canto como Manuel Rodríguez, Rodriguito; Orfelio Lara, Facundo Arzuza, Gabriel Segura, Luis Bernal, Mingo Martínez, el compae Manué, Nelson Pinedo, Alci Acosta y la queridísima Esther Forero, la gran compositora e intérprete de muchos éxitos, a quien bautizó como La novia de Barranquilla, cometiendo de paso, en uno de esos chispazos suyos, un gazapo idiomático que hasta hoy ningún filólogo o lingüista se ha atrevido a contradecir en cuanto a su género, siendo que novia y Barranquilla, pertenecen al femenino.

Castillo García recuerda que “un domingo, cuando presentaba el programa en el radioteatro de La Voz de La Patria, llegó Esthercita Forero vestida toda de blanco, y sin pensarlo dos veces dije a los presentes y oyentes: “Con ustedes, la novia de Barranquilla, Esther Forero… y así se quedó para siempre”.

Cuando se le pregunta por el colega a quien más agradezca por algún aporte en su carrera de locutor, por momentos se queda pensativo, cierra los ojos y se agarra el bigote con su mano derecha para responder: “Hay un hombre que yo quiero muchísimo. Ese es Ventura Díaz Mejía. Me tendió la mano cuando más lo necesitaba. Con el actual Embajador de Colombia en Jamaica fundé el ‘Diario hablado’ (la manta que no respeta pinta). También aprecio a Édgar Perea Arias, Abel González Chávez, Tomás Barraza Manotas, con quienes formé, siendo su director, aquel famoso grupo cuyo eslogan era: ¡Tranquilos, que el equipo gana!

Sobre el Carnaval tiene una anécdota que nunca olvida. “Cuando la reina fue la inolvidable Julieta Deivis Pereira, bajo los efectos de un guayabo trepidante le hice un inolvidable estribillo o lema: “En los carnavales de Julieta que nadie más se meta”, que más tarde se convirtió en una recordada canción grabada por los Hermanos Martelo”.

Ficción futurista

En medio del diálogo empieza a recordar episodios de su infancia. Su voz parece esconderse entre la fragilidad de las palabras, como una ilusión de espesa hojarasca que apresa madrugadas mezquinas de su tierra natal, allá por los años cincuenta, cuando bajo la misma luz de los primeros rayos del sol, los pescadores del río Magdalena se disputaban la subienda de enero y febrero en un alucinante portal caribeño que envidiaría hasta el más desprevenido poeta. Entonces, saca fuerzas del diafragma como lo hacía delante del micrófono: 

“Les recomiendo a los nuevos colegas que se preparen, que lean, que se informen, para que mañana más tarde no les metan el dedo en la boca. Que se lean las veces que quieran ‘Cien años de Soledad’, de Gabriel García Márquez, donde se plantea magistralmente una realidad ficticia o una ficticia realidad, y otra novela muy hermosa: ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, donde uno puede capturar al vuelo una ficción futurista de carácter visionario y pesimista de una sociedad regida por un sistema de castas, y donde se imagina una sustancia o droga llamada soma, utilizada con fines totalitarios”.

Bitácora

Un trago de whisky o la banda está borracha

Por Pedro Conrado Cúdriz

Los recuerdos no son brumosos, son, cómo decirlo, olorosos, sabrosos, con coco, con hielo y soda, o secos. Comencé a embriagarme primero con Ron Blanco, que combinábamos con Castalia y agua de coco para convertirlo en trago natural y por supuesto, bendecido por el líquido de la planta cocotera. Era, sigue siendo, un trago inmortal. Tendría algunos veintitrés años, o tal vez un poquito más, y el mundo me parecía no una mierda como hoy, sino una bacanería, un regalo en vida de algún dios dionisiaco que nos quería ver felices con un trago de aguardiente o ron.

En aquel tiempo consumía alcohol de viernes a domingo, la mayoría de las veces en la cantina de “Guillo”. Ahí aprendí a bailar la salsa dura de Ricardo Ray, Eddy Palmieri y La Fania All Star. Bailábamos sin pareja, solos, y en un ritual solitario de fiesta loca que duró años. Viernes, sábado y domingo. Bailar solo es un reto parecido al hombre que se enfrenta en solitario y en corraleja, contra un toro salvaje que no tiene madre. 

Bueno, éramos machos y bailar solo no era mal visto, todo lo contrario, porque incluso en los matrimonios se abrían rondas para los solitarios, los salseros…

Santo Tomás, donde nací involuntariamente como todo el mundo que nace en Barranquilla, era una aldea perdida en la conciencia de la nación, tan tranquila que aburría, y la fiesta era la que la sacaba de la somnolencia del aburrimiento, y la cantina era una fiesta larga los fines de semana: picó, cigarros, alcohol, cervezas y piernas y zapatos y baile. Sin putas, como toda cantina de pueblo.

“Ese viaje era la putería,” me dice hoy un viejo amigo cómplice de esas parrandas alcohólicas, excusables solo por la salsa.

Ahora sé que a pesar del consumo de tiempo que implicaba la parranda, fue necesaria para volvernos hombres, en el sentido del reloj, pero también en el sentido de la madurez mental. ¡Qué tiempos aquellos!, me dice el “Pipo” Truyol cada vez que se acuerda que el desempleo y la falta de dinero no amainaban nuestros deseos de diversión salsera. Claro, éramos unos pelaos hambrientos de vida.

Y comparo, me comparo con el hombre de aquel tiempo y pienso que nada fue en balde. Todo entra en los cálculos del vivir, para bien o para mal, en los límites y la conciencia de las fronteras, en las rupturas, en las subversiones, en los escapes, en la lucha de no vivir siempre en el mismo tiempo del reloj de la historia personal de uno y de los otros.

Era mi madre, Manuela Encarnación Cúdriz, la que me obligaba a cuidar a Lasky, mi hermano menor, y fue esa celaduría y espionaje semanal implacable la que me llevó por largo rato al consumo del trago de aguardiente. Fue un aprendizaje mayor porque ya había obtenido la cedula de ciudadanía, una tarjeta que me abría las puertas de la libertad, después de vivir “prisionero del miedo adulto” por largos años en la casa de los viejos. Pero esa libertad era una ilusión, un pedazo de cielo quebradizo desparramado en unos ojos de ciego herido. 

Confieso que mi padre, el Chino Conrado, se bebió por todos nosotros los tragos que teníamos que ingerir en la vida. Consciente de tamaña locura un día decidí no beber más, claro que avalado por un psiquiatra cubano que tuvo el tino de salvarme la vida. “No puede beber más me dijo, porque el alcohol es un depresor que puede achacarle su poquita salud mental.” Y lo abandoné por más de una década después de amarlo tanto.

(¿Y por qué poquita?, le pregunté al psiquiatra, y él como lo más natural del mundo, me dijo: “Porque en medio de tanto drama y dolor, consumir alcohol, como quien se bebe el mar todos los días, es una locura; estamos mal, muy mal”. Y me fui de su consultorio tranquilo, pensando que todos estábamos locos).

Por esta época histórica de mi vida, alguien se atrevió a gritarme, en medio de la gente y la calle: “Oye peco, mama ron, que la vida es una sola.” Y entonces pensé en todos los borrachos del mundo, pero también en todos los abstemios, en todos los que van a la iglesia, en todos los que asisten a las reuniones de Alcohólicos anónimos; en fin, en todos los hombres y mujeres que se han atrevido al parricidio y a resolver su vida según su propia visión de la tierra, del mundo y del hombre.

Siguiendo con mi confesión, les digo que las parrandas eran eternas, porque los domingos vagábamos por el pueblo como zombis con los ojos achicharrados por el insomnio, torpe, tercamente agarrados al pescuezo de una botella de aguardiente o de Ron blanco. Borrachos y como payasos de un circo pobre. Nunca he podido comprender tamaña estupidez, entender por qué no nos conformábamos con tres o cuatro horas de parranda santa.

Hasta que se impuso el whisky después de verlo volar de mano en mano y de boca en boca en las parrandas fotográficas de los narcotraficantes de la marihuana en Barranquilla, en aquellos apellidos blancos, pero ennegrecidos por el poder del dinero, las armas y todo lo que se podía hacer con el dinero y las armas.

No recuerdo cuando fue mi primer trago de whisky, lo que sí recuerdo fue todo el escándalo que se armó en el gobierno de Alfonso López Michelsen con la construcción de una vía cerca, muy cerca de una de sus fincas en el fondo del mapa de Colombia. En ese tiempo el olor de la marihuana contaminaba la nación y comenzaba, como un virus indetectable, a infectar el Estado.

Supongo que el sabor de mi primer trago de whisky es el mismo de hoy, con soda y hielo, o seco. No sé, pero el Buchanan´s estampillado y con soda, no te quema las entrañas, es un sabor tan delicioso que puede repetirse sin moderación. Aclaro: no soy un bebedor domesticado por la adicción, lo consumo ocasionalmente y con la connotación del “trago sociológico”; es decir, cada media hora o más de este tiempo lo consumo, con el único fin de aprovechar el encuentro, la conversación, porque las conversaciones alcoholizadas se parecen más al ruido de un picó sin control, como el que prende un vecino cada vez que no sabe qué hacer con el tiempo de su vida.

El “trago sociológico” era, es, mi racionalidad contra la irracionalidad de la cultura alcohólica nuestra, contra la desmesura de celebrar todo, desde el nacimiento de un chaval hasta la misma muerte. Como decía el poeta Charles Bokowski: “Ese es el problema con la bebida... Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo.” El alcohol funcionaba y sigue funcionando como un somnífero para andar prendidos de la fiesta, obsesivos compulsivos para olvidar cómo somos y quiénes somos y también para olvidar que no tenemos las migajas de la codiciada esperanza.

 “No hay una vaina más horrenda que un hombre borracho, despeinado, descamisado y con los ojos caídos como sapo de feria.” Esta es la voz de Albita, una compañera de labores. “Los odio,” me confiesa en susurros. Y la veo, todavía le veo la descompostura de su rostro de reina.

Ahora mismo estoy recordando una parranda terrible, de esas que alcanzan la luz del sol, y donde no hay nadie cuerdo, donde la vida es un trago de aguardiente; estábamos sentados en el bordillo de un sardinel y Jaime, el esposo de una vecina, nos dice a todos, pero sin mirar el rostro de su mujer, que él es una pecuaca. “Yo soy una pecueca, dice, porque me gusta estar borracho, verdad mija.” Y es entonces cuando su mujer se levanta de un salto, apenada como un perro apaleado, y se va de la fiesta del sardinel de borrachos. Yo entonces, la sigo avergonzado con mis ojos de amanecido sediento de sueño eterno. Y me acordé de la melodía "la banda está borracha, está borracha”.

A estas alturas de mi vida logro comprender que un borracho es otro adicto más de la mancha oscura del vicio del mundo, un ser sin la voluntad de hierro de los grandes hombres. Una pecueca.

Confieso, es otra confesión racional, que el whisky me fascina, su olor y su sabor alcanforado con soda me mata. El otro día llegué a un lugar donde hacen fiestas y le pedí a una mestiza que tiraba a mestiza un trago de whisky. “Ay, señor, me contestó, qué pena, le vendemos la botella.” Esta petición ya la había hecho en otros lugares y recibí la misma respuesta. No hay en Barranquilla ni en sus alrededores quien venda un puto trago de whisky, ¿de dónde carajo son estos dependientes? ¿No ven televisión? ¿No han salido nunca de Barranquilla? ¡Véndame, por favor, un trago de whisky!