domingo, 12 de enero de 2014

Bitácora

El rebusque

Por Pedro Conrado Cúdriz

Usted los encuentra en cualquier bus de la ciudad, vendiendo dulces, o melodías de todo tipo con la voz del alma. Son hombres y mujeres de los estratos populares, alguno que otro argentino, venido de tan lejos, pero de paso en la ciudad, intentando convencernos que su afán es contar historias.

Pueden ser molestos, si, lo que usted quiera, pero estos individuos no se dejan morir por la incuria y la incapacidad del Estado por generar la cantidad de empleo suficiente que justifique la dignidad de los ciudadanos.

Se montan en la máquina de hierro y le piden permiso al conductor para enseguida volarse el torniquete, que cuenta el número de pasajeros que ingresan al autobús diariamente. El otro día fue una mujer, en la calle treinta, en un intermunicipal, la que nos descrestó con su voz, el acordeón y el vallenato. Increíblemente reía mientras interpretaba la melodía y nos picaba el ojo, creo que el ojo derecho. No dijo nada, solo su canto, y acto seguido los pasajeros, convencidos de su arte, aflojaron sus bolsillos para donarle unas monedas de valor. No la he visto más, igual he dejado de ver un joven de guitarra, que canta como los artistas famosos.

En el bus uno observa a estos conciudadanos, que echan mano  de sus talentos para sobrevivir en medio de una economía neoliberal, que solo beneficia al reconocido capital financiero. No olvido al que con guitarra en mano, compartió su música religiosa con los pasajeros del autobús en el que viajábamos, les vendió su Cd y pidió aplausos para papá Dios. El aplauso colectivo, no sé si apasionado o mecánico, me sorprendió en medio de mi escepticismo peripatético. No me atreví a mirarle el rostro a las gentes, solo escuchar la salva de aplausos de los pasajeros, mientras el conductor detenía la máquina de hierro y le permitía a un pasajero desmontarse en la vía.

Los medios hablan de la gran crisis religiosa del mundo, pero las gentes siguen pegadas a su Dios de toda la vida, de tal manera que a los pasajeros que aplaudieron a papá Dios, no les interesó si el tipo era un farsante o era realmente un ángel de carne y huesos, solo que les inspiraba el misterio del gozo religioso.

De vez en cuando, encuentro a un discapacitado, que se arrastra, o repta, en la vía interna del autobús, le llama la atención a los pasajeros y recurre al sentimiento religioso de los mismo para ganar el pan diario; lo observo para intentar encontrar en su rostro, rastros de alcoholismo, pero dejo de pensar en el vicio del hombre y me dedico a observar su audiencia cautiva en una máquina de hierro de cuatro llantas, que vista con ojos de niño recién nacido, parecería un monstruo viviente de la ciudad.

En Barranquilla, mal contados, hay aproximadamente 5 mil conciudadanos que se rebuscan la vida en los buses de línea de la ciudad, individuos que pueden fácilmente ganarse más de 10. 000 mil pesos diarios, algo más de 300 mil pesos al mes, más de 3 millones al año, una suma minúscula, irrisoria, que no alcanza para la supervivencia de dos personas. Pero ellos son el sostén de más de tres personas, lo que implica el sufrimiento de salir todos los días a ver caer la piedra gigante de Sísifo  para montarla al día siguiente.

Estoy convencido de que estos sobrevivientes sienten el desprecio del poder del establecimiento a pesar del talento, la voluntad de trabajar y la juventud  de la mayoría. Con razón estamos como estamos, porque este lujo de la desocupación  es una maldición para la nación; la tristeza, el escepticismo, la delincuencia, el alcoholismo, la religión, los embarazos adolescentes, terminan siendo el sustrato oscuro de un mundo que no le funciona muy bien a todos.

Y mientras tanto estos hombres y mujeres vivirán del rebusque aunque nos molesten unos minutos en la silla cómoda de la máquina de hierro que nos lleva a casa.

sábado, 4 de enero de 2014

Por el ojo de la cerradura

Armando Cabrera Pertúz,  el buen docente, el gran amigo,  el mamador de gallo, “el excelso mentador de madres” y  el economista librepensador

Por Tito Mejía Sarmiento

Los pájaros exponen su libertad bajo la canícula de aquella mañana del 18 de agosto de 1976. Un joven cenceño, con bigotes bien cuidados al estilo Bienvenido Granda y siempre preocupado por justificarse de ser lo que era, un economista titulado de la Universidad del Atlántico, llega a la sede del Instituto Técnico Nacional de Comercio de Barranquilla, ubicada en la carrera 62 No. 52-85, con una carpeta en su mano derecha, pletórico de ilusiones preguntando por el señor rector, Pedro Cabrera De la Cruz (Q.E.P.D.). Viste un jean Caribú con camisa verde oliva y zapatos deportivos. En la puerta, el siempre recordado conserje Luchito Báez Portillo, lo hace pasar hasta la secretaría donde una agraciada señorita llamada Aminta García Osorio, quien apostada a la ventana, observa  la vista crispada por los árboles  que se aferra al otro lado de la vía, lo presenta minutos más tarde ante el señor rector.

Empieza a laborar en calidad de profesor de tiempo completo en el área de comerciales, ganándose en tan
poco tiempo, la admiración de estudiantes, docentes, padres de familia, por su invaluable gnoseología en  las cuestiones relacionadas con el funcionamiento de la Economía, con un espíritu emprendedor y creativo para el desarrollo de las empresas, además de los análisis de riesgos en aquellas  competencias relacionadas con la comprensión, interpretación y aplicaciones contables...

El profesor Armando Cabrera Pertúz sabe bien que el Estado, para hacer ciudadanos, deshace individuos y, a voz armada con el pensamiento de Marx, de Mao y de Lenin, deja al descubierto su puño y los nervios de la palabra lacerante, alza este folleto contra la realidad, para arrojarlo al corazón de la conciencia sucia de aquella época.

Sus amigos y colegas Julio Castaño Bossio, Carlos Peña Palacio y el extinto Fulvio Bolaños De la Hoz, lo pintaban tal cual yo percibía que era, 15 años más tarde cuando  comencé a trabajar en el INSTENALCO: un hombre adorador de la vida, solidario a toda prueba, entendiendo perfectamente quizás aquel mensaje bíblico que reza: “La mano que da nunca estará vacía”,  mamador de gallo, excelso “mentador de madres” o “rabito de lobo” como lo calificó hace siete años, su incondicional amigo, Alfredo Marún Chaffi , amén de ser propietario  de una alegría única, es decir, un verdadero rompedor de las garras del hastío.

He visto pasar la plenitud de su alma en nuestro amado colegio los días laborales, inclusive sábados y domingos, el todo de sus gestos y de su modo, he sido además, cómplice y parroquiano de sus actuaciones incansables en la búsqueda de las prácticas empresariales remuneradas para sus educandos. Armando siempre ha tratado de ayudar a cuanto ser se le atraviese por su senda en busca de alguna solicitud, sin nada a cambio,  con su sonrisa constante, su calidad humana y su concepción librepensadora.

Hoy están de fiesta las despedidas, los tragos de whisky, las viandas, el baile y, la nostalgia posiblemente, espera, pero la vida, estoy seguro al colega Armando, también  se le abrirá de par en par, con un horizonte nuevo y apacible donde  repose y se derrame luego,  su palabra audaz que será la  dueña de su secreto en las madrugadas con  espejos de amor  y complacencias al lado de los suyos que tanto lo aman.
¡Gracias, profesor Armando, por ser como eres!

Barranquilla,  29  de diciembre de 2013

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por el ojo de la cerradura

Fantasmas de este mundo

Por Tito Mejía Sarmiento

En Fantasmas de  este mundo, libro de cuentos de Aurelio Pizarro, se juntan la sabiduría del narrador  y la paciencia del lector con la faena silenciosa de aquel que no se resigna a ser de una manera gastada e imprecisa un simple huésped incómodo de la realidad que lo rodea, es decir lo que se conoce como la  Narrativa del desmayo, de la omisión acompasada, de un despojamiento que es irradiación y declaración al mismo tiempo. 

Los cuentos de Aurelio Pizarro buscan “rastrear la ficción desde un lugar oculto”, como el tigre que atraviesa sus páginas y nos sorprende con el fugaz destello de su estampa, de sus garras… De ahí que, quien los lea, seguramente revelará que menos es más, y viceversa, que el blanco es una forma de existencia devastadora, desde la posibilidad misma de expresar esa meditación estrecha entre el hombre y su relación con su entorno mítico y fabuloso, la relación con su historia, sea esta particular o no, con ese realismo trágico y tierno de la vida secuencial, o sea el afán de rodear, según el narrador Bostoniano Édgar  Alan Poe los hechos con la perturbadora atmósfera de misterio. Por ejemplo: (Página 15 de Las trampas del azar)… “Así, las dos ruedas siguientes, tras un colosal esfuerzo suyo, se detuvieron en un orden inalterable, formando en las últimas cifras el número 307 de la serie 2. Ahora faltaba que se detuviera la primera rueda, que solo lo hizo pocos instantes después de que él se muriera  de un repentino ataque al corazón”.
De los  cuentos de Aurelio Pizarro me interesa destacar, especialmente: Pesadillas en el 240 de la calle Quain y El acertijo de Blackman los cuales plasman sigilosamente la reciente eclosión de textos donde predomina, por encima de cualquier otra instancia, la presencia del "yo", produciéndose así una frecuente actitud confesional, perceptible frente a sus propios   personajes en un mundo donde ningún valor permanece en pie, y en donde resulta primordialmente significativo este hecho, que habla de un sujeto tan confuso como para no atreverse a hablar más que de la pequeña baldosa de realidad que conoce en su en derredor. 
 (Página 129 de El acertijo de Blackman)… “Yo me desperté medio zurumbático y no se me ocurrió más que la sal de frutas y el analgésico de siempre para recobrarme de la acidez del whisky y de la pesadez de la noche anterior todavía latiéndome en la cabeza”. Recuerdo que a propósito de esto, el escritor Colombiano Guillermo Tedio en una oportunidad subrayó de Aurelio: “la fácil forma de asimilar  las costuras del relato fantástico con una vocación universalista que lo lleva, a través de un lenguaje riguroso en sus historias donde los temas de la venganza, el magnicidio, la existencia... adquieren una nueva dimensión al dinamizarse con la palanca del relato fantástico y con la cinta del Moebius”.

Además, en este libro, Pizarro pareciera ser  el mismo y diferente a la vez, con  una selección de cuentos mejor tratada literariamente hablando. Considero respetuosamente que,  no se trata sólo de una selección  por el gusto personal, como es arbitrario todo juicio estético. Estos textos, escritos por incitaciones diferentes, aislados entre sí, se relacionan sin embargo por una voluntad -podría decirlo- de explorar el infinito literario. Ya sea que jueguen con el tiempo, la noción del eterno retorno (como opuesta a fin), de identidades más allá de la distancia, del futuro sombrío imaginado con los recursos de la ciencia-ficción, en cada caso y, en todos hay el propósito -logrado- de asomarse al abismo y empujar a los lectores a las orillas de la escritura, como un modo de compartir esa presunción.
Por otra parte, no debe esperarse que el espacio y el tiempo, en los  cuentos de Pizarro, sean entidades enteramente identificables. Algunos lectores tratamos de indagar ese espacio-tiempo que percibimos como la muerte. O una suerte de post-vida como aquella versión laica de los famosos purgatorios cristianos donde las personas "reales" se convierten repentinamente en personajes y en ese sentido, Aurelio Pizarro es un maestro, es un campeón que juega magistralmente con el desdoblamiento de sus personajes, figuras y situaciones, logrando  un alivio de lo  definitivo en cuanto a la dramática del diálogo:(Página 74 del cuento  Pesadillas en el 240 de la calle Quain: -Estás loco, le dijo Abdala. 
Entonces,  Quezada Higueras se lo quedó mirando a los ojos e hizo hasta lo inimaginable para no hundirse en el miedo, pero la mirada de Abdala lo acuciaba ya doliente, con un cierto aire de condena; entonces empezó a sospechar que el error más grande de su vida había sido entrar en esa casa.
-Solo espero que el asesino de los Algarrobos no visite mi apartamento esta noche-le dijo al partir…

domingo, 1 de diciembre de 2013

Bitácora

Dime qué lees y te diré quien eres

Por Pedro Conrado Cúdriz
                               
Soy lector, eso, un lector, peripatético, pero lector. De corto, mediano y largo aliento. Lector de varios géneros y voces, desde novelas y poemarios, ensayos y revistas, periódicos y todo lo que logre atraer el gusto de mi inteligencia, incluso hasta la internet y la vida, ese lugar de encuentros fortuitos y gratis, accidentados y previstos de la existencia.

Leer es un vicio como los demás vicios. ¿Mejor o peor que los otros? No creo, más bien diferente como decía Sartre, el escritor francés, del hombre.

Ahora, el misterio de la lectura está en la comprensión, en el desciframiento de los símbolos, los que sean, los que se encuentran como grafías en los libros que leemos y aquellos que alientan y direccionan el transitar por las calles de la ciudad, o los que se escudan en los gestos, en las estaciones de las esquinas, o en la voz acompasada o desmesurada del otro, y por supuesto, el misterio también está en la explicación de lo que nos pasa y le pasa a los otros. Nada más asomarse a Rayuela, la novela subversiva de Julio Cortázar, o al Extranjero de Camus, para reconocer que algo dentro de nosotros se conmovió, fracturó, o cambió, cuando las leímos.

Alguien dijo que la lectura de una novela tiene en nosotros la virtud de despertar el sentimiento de la empatía, ese sentimiento grueso y humano, que elevado a la máxima potencia del cielo del cerebro, nos acerca misteriosamente al otro, desvalido o no.(1)

Leer tiene sus retos, afincados en la lucidez, pero también en la capacidad del individuo por ir más allá de la literalidad, por inferir y verificar, en lazar hipótesis y sospechar del engaño o la supuesta verdad del que escribe o asevera algo (3), porque tanto el escritor como el lector comparten una misma historia sociocultural, unas maneras de describir la vida común, de interpretarla, de soñarla o de preservarla, y nada de esto está marginado de las ideologías y los prejuicios, o del control social. La idea es participar de las obviedades y los elementos ocultos del texto para poder cocrear nuevas realidades y de paso nuevas maneras de interpretar el mundo.

Cada autor crea su modelo lector, así como cada periódico tiene sus lectores: los de La Libertad son unos, los de El Espectador otros, los de Al día otros, los de las revista El Malpensante o La Urraka otros, y así sucesivamente hasta lograr formarlos en el estatus de hombres tontos o de hombres críticos; en este sentido los noticieros de radio y televisión también modelan a sus usuarios, oyentes y espectadores. El lector crítico y el peripatético, como lo era Onetti, hace uso de su memoria para crear la hipertextualidad (2), para ir conectando y relacionando lecturas reposadas en sus recuerdos, tanto de autores disimiles o contrarios; creo que esta es una habilidad innata de la memoria lectora y una competencia del lector contemporáneo. Despertar o formar esta memoria hipertextual en los estudiantes, en especial en los niños, es un compromiso ético y político, con mayúscula, de la escuela si quiere crear ciudadanos competentes para la transformación del mundo.

Y no solo los profesores, también los padres y los ciudadanos en general deben alcanzar la competencia crítica del lector funcional para poder crear entornos inteligentes, niños críticos y adolescentes críticos para superar el analfabetismo funcional de los lectores literales, aquellos  incapaces de comprender lo que leen. Hay que descartar las lecturas obligatorias, pero también hay que comentarles a nuestros hijos, amigos, vecinos y estudiantes los libros leídos para despertarles la curiosidad, la imaginación y los deseos de leer. La lectura crítica es una habilidad que se aprende; sin embargo, es una concepción del mundo, una teoría de la vida para elevarle la conciencia a la sociedad toda, una manera de comprender y explicar por qué somos como somos.

(1)     Armando Montenegro en su artículo dominical de El Espectador del 11 de nov/2013, cita a Steven Pinker (The Better Angels of our Nature) para tocar esta teoría de la relación de la literatura y la empatía. Y Jorge luís Borges, en el cuento El fin, escribe con la fuerza de la intuición y su inteligencia: “A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias.”
(2)     La hipertextualidad no es un fenómeno exclusivo de la literatura, porque en la vida doméstica las gentes utilizan los recuerdos para conectarse y relacionarse con otras voces: Ante un comentario que le hice a mi esposa María, sobre el tapaboca y la gripe, recordó una escena en el cementerio, donde alguien llegó con un adaptador nasal y una amiga, quizás, la increpó por farsante.
(3)     Ver a Daniel Cassany, por ejemplo: Tras las líneas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Bitácora

LECTOFUTBOL

Por Pedro Conrado Cúdriz

La discusión de un partido de fútbol nos margina del desastre colectivo, nos agita hasta darnos la estatura docta que anhelamos: soñamos con la huidiza tesis. Entonces, insensatos, creemos arreglar el mundo Emboscada, PC

Intentar  armar un discurso que dé cuenta de la interacción o transacción lectura-fútbol, plantea ciertas dificultades que no son fáciles de evadir en un mundo contaminado por la frivolidad. En primer término, porque vivimos una época de inmutaciones grandes que puede convertir en obsoleto, lo que ayer representaba una tradición vigorosa (Mockus.) Alude el ex -alcalde de Bogotá  a la conferencia que en el pasado descansaba en preocupaciones trascendentales compartidas por todos, pero que hoy se han dilatado y disuelto en lo vago y en lo superfluo. Por lo tanto, el suelo sobre el cual se podría inventar un discurso edificante cada día se hace más difícil. Queda entonces la posibilidad de reinterpretar. De jugar. Con el riesgo enorme que implica la frivolidad.

En segundo lugar, porque los medios de información de masas inducen con reiterada bastardía hacia lo inocuo, al extremo que lo han convalidado en el discurso del consenso, en esa suerte de coincidencia originada en el encuentro de lo oligofrénico y el bendito deseo de estar todos de acuerdo para estar bien con todos y así poder sentirnos bien espiritualmente. Para nadie es un misterio que los medios de información de masas, en particular el escrito, han abandonado la ética del esfuerzo formativo. Ese que le entrega al lector de periódicos, la posibilidad de dilucidar su mundo y de reflexionar sobre su espesa y contagiosa cotidianidad.

Por último, porque la magia de lo desechable y lo superfluo nos ha inducido a creer “que lo importante de los acontecimientos es proporcional a su riqueza en imágenes más fuertes, más interesantes, más importantes que aquel que permanece invisible y cuya importancia es abstracta” (Ignacio Remonet.) Esta visión ideológica de la lectura de la imagen ha deslegitimado el esfuerzo intelectual que exige estar informado, y lo más preocupante,  nos ha hecho creer que la lectura es un pasatiempo, el tiempo inepto e ineficiente de las masas y no lo que es, un ejercicio de abandono interior, de búsqueda santa para resarcirnos del engaño y el autoengaño, el ejercicio de la reflexión y más profundamente “el propósito de civilizar lo que nos pasa y lo que pasa” (Ignacio Remonet.)

Por esta inversión de valores que impone la cultura de la enajenación capitalista, en especial los medios, los colombianos recordamos más las emociones de los goles vividos en los estadios y trasmitidos en imágenes vivas por televisión, que los titulares de prensa o textos que hayan congelado poéticamente el instante único e irrepetible del gol experimentado por la nación. Y más allá de estos vientos y remolinos emocionales de la visión televisiva, queda olvidada la historia social que subyace invisible en cada uno de los colombianos y de manera especial en cada uno de los jugadores de la selección Colombia.

Por asociación rememoro algunos de los goles de la selección repetidos por los innumerables programas audiovisuales, que han convertido el fútbol, entre otras cosas, en una saturación rutinaria de movimientos ya realizados y en una reiteración artificial (por fuera del contexto real del tiempo) de un hecho en profundidad emocional, el gol, que no se volverá  a vivir por el prurito de la repetición radial o televisiva. El gol es una estrella fugaz,  explosivamente emocional y artística, un arco iris, pero conexo a unas circunstancias de tiempo irremplazables; lo demás es manipulación de la nostalgia y entuerto patriótico para la enajenación.

Entre fútbol y lectura media algo más que la misma historia convencional: el placer y el gusto. El placer que existe en quien escribe historias y reportajes futbolísticos y el gusto o el placer de quienes leen esas historias y reportajes de fútbol. El gusto es un simple ejercicio visual y frágil, que no supera la sensibilidad natural del ojo frente al objeto escrito, o la imagen escrita o televisiva; mientras que el placer volatiza el simple ejercicio visual y se instala en profundas sensibilidades de reflexión, en el corazón mismo del objeto de lectura.

Sin embargo, la historia intenta opacar la reflexión y descuida la lucha de las ideas. La revolución tecnológica de los medios de información de masas no sólo ha trastocado la realidad en ficción (recordar la guerra del Golfo Pérsico y la guerra por el petróleo en Irak), sino que la ha vulgarizado en un discurso simplista de Corín Tellado. Las causas rondan entonces la política. Los medios de masas, nos reitera Remonet, “han simplificado su discurso en el momento en que el mundo, trastornado por el fin de la guerra fría,  se ha complicado considerablemente. Tal distinción entre el simplismo de la prensa y la nueva complicación de la política internacional desconcierta a numerosos ciudadanos que no encuentran más en las páginas de su gaceta un análisis diferente, más trabajado, más exigente que el propuesto por el noticiero televisado.”

El deporte, específicamente el fútbol, hace el resto porque ha coincidido con la tensión mental de la humanidad y con la necesidad de la levedad nuestra. El comentario futbolístico, masivo, termina entonces fortificando esta simplicidad con la magia de la distracción, la nueva religión de nuestras sociedades, que han abdicado como una maldición de la reflexión y el esfuerzo intelectual para avalar la pereza mental y la dependencia hacia los medios que, defensores del orden de los desequilibrios, “obligan” a interiorizar lo baladí como conducta trascendental. Sin embargo, desde el mismo espacio de la práctica del fútbol saltan voces que nos previenen: “El fútbol no es tan importantes como para que se hable tanto y tan seguido de él. Con esa exageración se estimula una inversión de los valores de la vida (Saporiti, ex -director técnico del Junior de Barranquilla.)

Las relaciones del fútbol con la lectura también ocurren en el marco de la convivencia cotidiana, entre propuestas de prensa y lectores aficionados al fútbol (aquí no nos interesan las calificaciones de lectores buenos o malos, lectores eficientes o ineficientes, porque en última instancia, todos llegamos a la lectura por propósitos diferentes, propósitos que pueden ser o no baladíes. Pero sí nos interesa buscarle los nudos que puedan explicar los saltos cualitativos que van de la lectura deportiva, caricaturesca o ligera, a una lectura más profunda, menos insustancial, que le permita  a la persona transformarse en un sujeto culto o diletante) y entre lectores y características sociológicas de una sociedad que ha encontrado en la superficialidad, maneras de comportamientos promedios y normales, con una pasividad y un afán de adaptación que asombran. Todos sabemos que la propuesta lectora más cercana al hombre y a las mujeres de hoy es la prensa escrita, especialmente el periódico, y en tal dirección, de acuerdo a intereses de poder que no controla el hombre-masa, éste no tiene opciones aparentes para escoger, conformándose y adaptándose a ellas sin la conciencia crítica que preludie actos esperanzadores de cambio. Ni la escuela ni la sociedad han realizado en este sentido, aportes significativos para cualificar el propósito del lector nuestro, por el contrario, la cultura social ha fortalecido actitudes y esquemas conceptuales en la cima de la mediocridad.

Mas el éxito del proceso lector depende en todas partes del acuerdo tácito entre lector y escritor, sobre lo que se debe leer y sobre lo que se debe escribir, sobre el uso de esquemas conceptuales y elementos emocionales que permitan y faciliten la comunicación escrita. La literatura futbolística en la actualidad está recargada de ingredientes emocionales, cuasi afectivos entre lectores de prensa y aficionados de la selección nacional, o lectores de prensa y equipos profesionales, que son aprovechados insustancialmente para aumentar los tirajes de la prensa escrita diaria e inventar cualquier cantidad de temas y propuesta comerciales para pescar no sólo en el río revuelto de los afectos deportivos de la nación, sino también en el mar podrido de la alineación.

Debemos planear entonces la necesidad que tenemos de re-elaborar a partir de estas propuestas comerciales, nuevas tareas y proyectos de acción lectora que le permitan a los niños y a los jóvenes, y en general a toda la sociedad, exigir esfuerzo informativo y el deseo de hacer de la lectura un espacio reflexivo del vivir cotidiano, esa práctica que el periodista francés Ignacio Remonet, invoca para estar de manera excelente informado : “Es a este precio – dice Remonet – como el ciudadano adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.” Debemos insistir (reconocer lo que no nos enseña la escuela ni los medios de prensa), que la lectura exige trabajo, esfuerzo y pasión y, por supuesto, exige placer, sensibilidad, esa que le permite al escritor y al lector transaccionar significados profundos de sus existencias, el que en última instancia, les permitirá buscarse entre el toque del balón de fútbol y las letras para comunicarse las experiencias profundas de sus vidas cotidianas y recónditas.

Por el ojo de la cerradura

Ante la tumba de mi hermano Nelson

Si hay un elemento simbólico que soporte con admirable consistencia y cotidianeidad tanto la fantasía como la realidad, ése es el cementerio.
José María Guelbenzu

Por Tito Mejía Sarmiento

 Estoy de nuevo frente a ti, hermano. Cuéntame todos tus secretos  que ya está bueno de silencios y necesito con urgencia apedrear la impunidad en este país, donde la inseguridad parece ser su única divisa y en donde se siente que rigiera sólo la mentira espesa.  Mi presencia aquí, Nelson, no es un simple pleonasmo incorrecto porque siempre mueren los otros, pero tú no, además, vivir no es otra cosa que desconocer el límite real de lo que somos, mi amado y eterno hermano. Piensa también en esa gente  que aún te ama y que diariamente te visita, la gente que pone sus ojos en los míos para llorar juntos por ti,  la misma gente que en un acto de fe poco usual se lleva el agua de los floreros de tu tumba para sus casas y en corto tiempo, espera asombrada, como en efecto ha sucedido, sanar a sus enfermos, como en la trova de los elfos nórdicos, en una especie fabular de un nuevo retorno hacia la vida. Piensa, piensa, piensa, te lo digo tres veces, en esa gente, doctor Mejía. Sé que estás ahí encerrado, hermano mío, en un impreciso panteón  desde el primero de mayo del 2004,  aunque para decir verdad, el 29 de abril del mismo año, fecha cuando dispararon con felonía en dos ocasiones en tu cabeza frente las instalaciones del DAS (¡Qué ironía, el Departamento Administrativo  de Seguridad de Barranquilla!), te fuiste para Yaure (África), donde ahora regalas con un afán encomiable como lo hacías aquí en Santo Tomás, un cúmulo de afectos a propios y extraños, que brotan de tu hermoso corazón de puertas abiertas durante las horas del día, noche, madrugada, sin titubear los pensamientos de médico eficiente. ¿Qué por qué vengo tanto, tanto, tanto, a hablar contigo, aquí a la tumba? ¡Pues, simplemente, Nelson, para que me digas quién fue “el intelectual” que dio la orden de acabar con tus sueños, y por una simple razón lógica: te conozco mejor  que la mayoría de los “vivos”, y sé que algún día me lo dirás! ¡No, no, no, te preocupes, gran líder carismático, no te preocupes, que ninguno de nosotros  va a tomar represalia contra nadie!  Amado hermano, sólo queremos que se acabe para siempre ese nido de incontables deterioros  que se hallan incrustados en ese absurdo recurrente al que llamamos justicia ¿Ahora sí comprendes mis jaculatorias, alcalde de siempre? ¡Ah! ¡Ahora si me entiendes, pana mío! ¡Eso es!  Escúchame bien, Nelson Ricardo, escúchame, escúchame, porque ya me voy y va a caer al parecer un fuerte aguacero: Ni la vieja Eloina, esa madre que sufre en silencio como una amante inédita  que se hunde en los espejos de las calzadas, y que ve morir el sol bajo sus párpados todas las tardes con su dolor infinito, ni tu esposa, ni tus hijas, ni tus hijos,  primordialmente Kelvin, ese inteligente y apuesto muchacho que tú dejaste plantado sobre la faz de la tierra y que ahora vive de tus humildes y altivas huellas,  sobre todo cuando las madrugadas comienzan a coser el día, ni todos tus hermanos(as) deseamos violencia, Nelson. _ ¡Nada de eso! _Te repito, únicamente queremos  saber la verdad acerca de tu homicidio para que el alba, se haga alba en la eterna cantata de sueños, y de paso, los recuerdos se conviertan en poemas cuando el viento empiece a abrazar vivencias y las golondrinas pueblen los inviernos en el patio de nuestra casa de nuevo. ¡Empieza, empieza, empieza, Nelson, a contarme tus secretos, para que tu memoria sea la memoria de otras memorias!

jueves, 10 de octubre de 2013

Bitácora

Pinceladas

Por: Pedro Conrado Cúdriz

Fui a un viaje largo a la ciudad, todo el día, y sin saber qué cogía, tomé dos libros de poesía para leerlos entre los descansos y la siesta después del almuerzo: “Exiliado”, antología del poeta bolivarense,  Luís Haroldo Turizo Jiménez, revista de poesía No 20, y “¿Dónde quedó lo que yo anduve?”, del poeta mexicano, Marco Antonio Campos.

Lo que me extrañó después fue la selección de los mismos libros al azar, pero ambos con sus dedicatorias, estampadas por dos amigos, el poeta Tito Mejía Sarmiento y Ninfa Laufaurie, una mujer que anda buscando un lugar en el mundo de los lectores.

“Exiliado” es un texto poético limpio, sin la contención de un lenguaje rebuscado, barroco o lírico. El tema es el amor y la mujer como una aventura vivida más allá de los recuerdos:
Hagamos un juego: Levanta la pierna izquierda/ a la altura de un metro y medio/ levanta tu falta de cuadros/ lentamente/ Ponte cómoda/ / Inclina la cabeza hacia atrás/ derrama tus cabellos en el piso/ suave/ Déjate observar así/ medio escultórica/ Me diviertes…/ El equilibrio es perfecto/ aún no percibo tus suspiros./ Ahora bien/ cierra los ojos -no se vale que mires-/ Imagina tu cuerpo como un río/ Desesperado levanto los brazos/ enjuago las tristezas/ bebo todo tu líquido/ naufrago/ Ya no estamos jugando.

La poesía en sí misma es una aventura del que sueña con los versos, con lo que pintan los dedos de las manos, o tal vez una experiencia singular para diferenciarse de los demás, como diría Fernando Savater cuando habla o escribe sobre el misterio de las artes. Un poema es una gota del alma, pero el libro de poesía es ya un universo. Y “Exiliado” es el mundo interior del poeta Turizo, su afán por perdurar más allá de la sombra del sol:
Quiero a veces: Quiero a veces/quitarle a las tardes/ ese pedacito de sol que le queda/ quiero quitarle a la lluvia/ sus últimas gotas/ a la poesía sus últimos versos/ quiero siempre/ no tenerte distante como siempre/ sino allí/ donde esta soledad que vivo/ te reemplaza.

Marco Antonio Campos es de poesía espesa pero universal, en el sentido que su experiencia de vida atravesó el mar y el cielo de los continentes: poesía viajera.  “La muchacha y el Danubio”, “Cefalonia”, “Julio 11, 1989” o “Veranos griegos.” Sin embargo, tiene la preocupación por la escritura poética:
Se escribe: Se escribe contra toda inocencia/ del clavel o el lirio, contra el aire/ inane del jardín, contra palabras/ que hacen juegos vacíos, contra una estética/ de vals vienés o parnasianas nubes./ Se escribe abriéndose las venas/ hasta que el grito calla, con llanto ácido/ que nace de pronto pues imposible/ nos era contenerlo, con la luz dura/ como rabia azul, quemado el rostro,/ destrozada el alma, desde una rama/ frágil al borde del precipicio,/ Se escribe.

En el poema, titulado: “Parc-Lafontaine”, está el alma de todos los pueblos del mundo, ese sin fin de nostalgias y realidades locales que nos abruman los recuerdos cuando los evocamos en el poema: Oh infancia, donde las casas/ daban a todas las casas/ En San Pedro de los Pinos nos conocíamos todos/ Hicimos un mundo de dos parques y veinte calles/ Hicimos de la calle un mundo aparte/ La casa era demasiado pequeña/ para tenernos adentro/ y la ciudad demasiado grande/ para que huyéramos de ella…   

Definitivamente la poesía nos eleva el espíritu y nos rescata de la cotidianidad, de esa repetición de actos insulsos que nos pudren en medio de la lentitud del tiempo o de las horas perennes del aburrimiento. Para decirlo con los versos de Marco Antonio: “… la poesía me dio otras cosas: una manera de mirar la mirada de los pájaros migratorios,/ de armar desde el sueño imágenes de la pintura y del cine,/ de apreciar más a fondo la ligereza y la dulzura corporal/ en las mujeres,/ de admirar en las tardes y las noches las hileras de los/ mástiles/ en los puertos, la higuera y el olvido/ en medio del huerto en la noche azul de Jesucristo azul…”.

viernes, 4 de octubre de 2013

El ojo de la cerradura

Arboricidio

Por Tito Mejía Sarmiento

En medio de ese irreverente cruce de fuego y sospecha que sacude día a día las entrañas de la sociedad colombiana,  sigo aquí de pie,  sacándole todos los secretos a la vida, robándole quizás la luz a las estrellas en plena trasnochada, tratando de robarle un beso a la mujer deseada antes del preámbulo orgásmico, en fin a la espera de cualquiera ocurrencia poética, pero nunca  tropezarme con lo que mis ojos vieron frente al televisor, el sábado 28 de septiembre sobre un lamentable hecho ocurrido en Valledupar, que a decir verdad, ya se sale de la realidad: 279 árboles de mango cortados, porque según el concepto de  algunos funcionarios de Electricaribe, y de algunas entidades  oficiales, estos árboles  se estaban convirtiendo en un peligro para las gentes por el grosor de sus raíces… Es decir, UN ARBORICIDIO, UN ATENTADO CONTRA LA NATURALEZA.

De inmediato, llamé a varios amigos(as)  residentes en ese edénico lugar, donde viví al final de los años 7Os, en el barrio Sicarare y que como lo pregona en su composición el gran periodista, compositor, narrador y escritor Andrés  Salcedo “Donde aún brilla bajo el cielo de la tierra mía/  y que ni el mismo corazón no puede soportar, el profundo pesar que da su lejanía”.

Por supuesto, que logré escuchar varias versiones para un mejor equilibrio de la información, pero  la del poeta José Atuesta Mindiola fue quizás la más contundente: “Los árboles en Valledupar se sienten amenazados y lloran como Los Guaduales, los de la hermosa canción del maestro Jorge Villamil.  Aquí se está imponiendo el concepto de que los árboles por sus sombras y follajes sirven de refugios a los delincuentes y vendedores de drogas. Con base en este criterio,  las motosierras talaron varios árboles en un colegio. Ahora le tocó el turno al parque de Los Cortijos, más de 20 árboles quedaron reducidos a troncos, que en algunos casos no superan un metro de altura. Es cierto que están restaurando el parque; pero que la sombra de los gigantes árboles facilitaba la presencia de delincuentes o porque algunas ramas enfermas y secas cayeron sobre unas personas, no eran razones válidas para proceder a cortar los árboles como lo hicieron. ¿Qué tal que una persona vaya donde un médico con una infección en el dedo de un pie, y se proceda de inmediato a cortar el pie y la pierna? Dios quiera que mañana, no  aparezca algún ideólogo a manifestar que ciertas proteínas del mango incitan a los jóvenes a la homosexualidad, porque esta aseveración motivará a tumbar todos los árboles de mangos. O que un falso pastor diga que las flores amarillas de los Cañaguates representan la iluminación de las llamas del infierno; no quedará  ni uno en el Valle y sus alrededores”.  

No puedo pasar por alto el argumento de un famoso cantante vallenato, quien me pidió no revelar su nombre por razones obvias: “Lo que pasa, maestro Tito,  es que acá en el Valle, algunos funcionarios de la Oficina de Alumbrado Público, hijos de papi y mami que se creen los dueños de la ciudad, con el pretexto de darle campo al cableado eléctrico o para despejar el área para que se vean más las luces del alumbrado público, están definitivamente excediéndose en la poda de algunos árboles, en más de un caso hasta dejarlos totalmente sin follaje”.

Hay que ponerle coto a este adefesio ambiental a como dé lugar porque así como vamos, Valledupar dejará de ser  “el pulmón verde del Caribe Colombiano”. De  paso,  recordarle a los autores de esta arboricida acción que, para bendición de nuestro planeta, los árboles seguirán cubriendo por otros lares, alrededor de un tercio de la superficie terrestre y actuarán de paso, como una especie de pulmón verde que producirá oxígeno y almacenará grandes cantidades de dióxido de carbono atmosférico, aliviando el calentamiento global, donde se bifurcarán aunque no lo crean,  los fantasmas del pasado con la dolorosa mirada del presente. Dicho de otra manera, donde el dedo índice peleará con el anular para tratar de facilitar la doble función de señalar o descalificar lo visceral de la existencia humana.

Para cerrar esta columna, los  dejo con dos poemas de mi libro: “Crónica de los días”

Impedimento

-¿Qué vas a hacer?-
Dijo el Roble al desenfrenado leñador.
-¿No te das cuenta que aquí
bajo mis sombras
ha prendido muchas veces
fuego el amor?-

Una lección para aprender

Hay taladores
que parecen  locos
cortando árboles, 
pero también
hay árboles
que parecen genios
pisándole los talones
cada día
a  los taladores.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Bitácora

Mis recuerdos de Chile

Por: Pedro Conrado Cúdriz

Cuando las fuerzas brutas y armadas de Chile, bajo el mando de Augusto Pinochet,  asesinaron al presidente electo democráticamente, Salvador Allende, creo que se selló con claridad lo que querían las élites que gobernaban América Latina bajo la bota yanqui: desaparecer todo rastro de pensamiento y acción  izquierdista en el continente a pesar y en contra de la revolución cubana.

Yo estaba culminando el bachillerato y Cuba era el sueño político de mi generación. América Latina era la tierra de la utopía revolucionaria en el mundo. Por esta razón Chile estaba en el ojo del imperialismo norteamericano. Para Nixon remover a Salvador Allende era tan necesario como prioritario mentirle a los ciudadanos norteamericanos sobre el caso Watergate. “Patéenle el culo”, le diría al criminal de guerra Henry Kissinger.

Y con la razón extrema de la derecha, el verbo desaparecer implicó la muerte, la tortura, el exilio y la desaparición forzada, masiva y en indefensión absoluta de millares de chilenos. Víctor Jara por ejemplo, murió a tiros, a golpe, a palo, a puño y patadas en el estadio nacional de Chile.

Cuando se inició el bombardeo al Palacio de la Moneda, yo estaba en el colegio, los oídos pegados a un pequeño radiotransmisor del profesor de ciencias sociales, Rafael Dede. Recuerdo la indignación y la rabia contenida en la expresión dionisíaca: hijos de putas.

Los hombres como Víctor Jara, o  como Salvador Allende, no mueren como mueren los hombres mortales. Una bala les quita la vida, pero les queda la leyenda y lo que cada hombre y cada generación les agrega al mito.

Hace 40 años yo era un imberbe despeinado, lampiño y muerto del susto, o seguramente sin polca rusa, pero con la marca del Che en la frente.

Hoy nadie sabe quiénes eran los tenientes Hugo Sánchez Mermontin y Pablo Barrientos Núñez, pero al
recordar a Víctor Jara, sus nombres seguramente serán relacionados como los criminales que apretaron el gatillo, en cumplimiento ciego de una orden superior.  Uno de ellos vive en Estados Unidos como un ciudadano más, sin embargo, despojado de sentimientos de culpas como el resto de los sociópatas perpetradores de los crímenes de lesa humanidad del país austral.

Lo curioso era que como Víctor Jara eran hombre del pueblo, dispuesto a dar su vida por esa cosa baladí de la patria, la bandera y Dios. Fueron a la academia militar a embrutecerse y a prender a defender los intereses de unos gobiernos, que cuando los tienen que matar, los matan sin ninguna clase de contemplación y luego los recubren con los colores de la bandera para hacerles creer a todos que la bandera no es un trapo, que la patria no es juego y que Dios es el  aliado de los poderosos.

He podido seguirle el rastro a mis frustraciones políticas en el continente, al cerrojo indestructible aparente del capitalismo, a las alas frágiles de la protesta social y al débil deseo de transformar el mundo por las generaciones más jóvenes. Y sin embargo, el movimiento de los indignados del mundo todavía sigue con un pie en Colombia.

Con el crimen histórico de Salvador Allende, América Latina perdió la oportunidad de realizar otro modelo democrático diferente al cubano y al de las mismas oligarquías en el continente, que todos los días nos venden las desgastadas tuercas de una máquina que les ha permitido respirar por la fuerza de la bota de los militares.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El ojo de la cerradura

Facebook

Por Tito Mejía Sarmiento

Tengo la absoluta seguridad que cuando  Mark Zuckerberg creó EL FACEBOOK (NASDAQ: FB)  “con el único propósito de socializar, compartir globalmente a través de las redes, gustos y sentimientos, en un ambiente culto, sano con las demás personas”, nunca pensó que muchas de ellas años más tarde, cayeran en lo vulgar, chabacano, maricón, pornográfico o lo que llaman la hiperactividad mundana… como está sucediendo actualmente, amén del mal uso que se le está dando, como en el caso nuestro, al amado Idioma Español, o será como dice el colega Juan Gossaín Abdala que "El lenguaje cambia porque cambian los valores. Aparecen nuevas palabras porque hay una nueva ética, relajada y tolerante, que necesita disimulo, tapabocas y disfraces” .

      Por estas y muchas otras razones, EL FACEBOOK recibe diariamente diversas de críticas: sus términos de uso, en cuanto a datos e imagen, y el acceso a la información de los usuarios una vez dados de baja. También debido al alcance que está teniendo entre menores, sus efectos psicológicos y sus alarmantes políticas de privacidad que vulneran con una facilidad pasmosa los Hackers.

       En cuanto a mí se refiere, he comenzado a eliminar a muchos amigos, si es que se le pueden llamar amigos, que colocan en mi muro una serie de…mejor no escribo o repito lo que expresan porque entonces, también caigo en el mismo  piélago de sus inmundicias.

     Claro que no todo está perdido en EL FACEBOOK. Uno se encuentra, por ejemplo, con unas
colaboraciones extraordinariamente provechosas que, comparte después de su análisis, dándole  un solo click con otros amigos a quienes estima y sabe que en nuestras palabras, en nuestra naturaleza común permea la Literatura, las Artes, el buen periodismo o las buenas tendencias de farándula, deportes, política…

     Así pues, aprovechemos y defendamos en la medida de lo posible, esta hermosa ventana que nos brinda la tecnología de punta, ya sea en sus formas concentradas e indagaciones, para hallar el tesoro de la inteligencia en ella o en su propia fantasía compensatoria.

     ¡Gracias, Mark Zuckerberg!
    ¡Gracias por esta emoción que ya no te pertenece, sino que es privativa de una especie universal desde el punto de vista sociocultural e incluso psicológico por las consecuencias que a veces deja!
    ¡Gracias, una vez más, Mark!