viernes, 12 de abril de 2013

Hispanorama

Tipical spanish versus la sana autocrítica

Por Alicia Rosell

Hay un programa de televisión en EITB muy conocido a nivel internacional, ¡VAYA SEMANITA! Hoy me apropio del nombre y de lo que implica, porque realmente aún no hemos acabado la semana aunque sea viernes. ¡Vaya semanita la que llevamos! Por muchos y variados motivos. Las noticias arden con la misma virulencia con que ayer ardía entre lenguas de fuego el casco urbano de Bermeo (pueblo pesquero vizcaíno, hermoso y querido) dejando a casi treinta y cinco familias sin hogar y 5 edificios colapsados por las llamas (gracias al cielo, sin muertes). 

      Esta semana que empieza a morir se llevó con su amiga 'la parca' a grandes del cine y de las letras (Sara Montiel que ya dejó de fumar puros, los ‘jamones y huevos de oro’ de Bigas Luna y se apagó la sonrisa de nuestro José Luis Sampedro a ritmo de un Campari. No menciono a la ‘Dama de Hierro’ porque no ‘es nada nuestro’ y no me sale el hacerlo... Ahora no recuerdo quienes más, pero se fueron tantas personas, ¿o no? No solo famosas... Vecinos, amigos, familiares de casi todos nosotros. Pero además, en esta semanita horribilis (como diría la gran Reina Isabel de Inglaterra, con quien solo coincido en que cumplimos años el mismo día, que no los mismos años), se elevó el número de mujeres asesinadas por sus parejas o ex-parejas y el contador no para de correr junto con la sangre de mis congéneres a manos machistas (¿no se puede castrar a los asesinos? De paso, hasta pueden acabar ganándose la vida en la ópera), los desaguisados cocinados en torno a la política se condimentan con sabores que van del agridulce al amargo (todos incluyen el vómito a punto).

      El panorama no es halagüeño por parte alguna. Leo chistes que me causan risa nerviosa y otros que me hacen 'llorar' de pena de tan malos aunque son reflejo de la realidad. Se acerca el día del Libro y mientras más lo pienso, mi cara va cambiando de colores: paso del pálido blancuzco al rojo histriónico y al morado rabioso que me causan las noticias sobre el ‘mal estado de salud de la edición’ (la salud lo es todo, sea de la clase que sea, la salud es un círculo vicioso que nos están cerrando para deterioro de nuestra calidad de vida). No me preocupan los libros que se venden o no se venden cuando son malos los que más se venden, ¡paradoja!; me preocupa que la salud moral de la cultura se venga abajo porque la crisis, el monopolio de cuatro gigantes editoriales con sus aparatos digitales lectores y el maltrecho bolsillo de los lectores puede no dejar este año un buen balance para las Ferias del Día del Libro.

      Pero esto no acaba aquí... Se suceden tantos disparates nacionales que todos debiéramos volver a visionar “La escopeta nacional”, película de García Berlanga que retrata nuestra 'querida España, esta España nuestra...' (Letra de la canción de Cecilia).  Y créanme, sigue de plena actualidad, diría más bien que de total actualidad y precisa 'segundas partes'. Tal vez algún guionista o productor de cine lo tome en cuenta. Al menos, yo acabo de leer una historia tan buena que bien serviría para montar otra ‘escopeta nacional’, pero entremezclando los problemas raciales, discriminaciones y demás problemas que pasaron a segunda plana... ¿Me comprenden ahora? ¿O presta alguien atención a los africanos que siguen intentando llegar a nuestro país dejándose morir en el mar? Por si alguien se despistó, hubo otra noticia esta semana sobre este asunto y poco se ha comentado. 

      Si es que no doy a contarles de esta ¡vaya semanita! que estamos viviendo; y no porque sea peor que otras, más bien y esto me preocupa, es un simulacro mejorado y esperpéntico que se suma a la realidad del 'tipical spanish'. ¿Que escribo con ironía? Realmente, escribo con la realidad que vivimos. A este paso, les voy a recomendar que solo pongan el televisor o entren a facebook cuando tengan ganas de suicidarse, porque entre estas y las noticias de la corrupción política, que los malos acaban en la calle y los buenos en la cárcel porque roban comida para sus hijos y que seguimos sin entendernos entre los propios ciudadanos de diferentes ideologías (creía que después del “15M” ya solo existiría ‘una sola y única’ (ideología, aclaro), pero nos equivocamos y José Luis Sampedro no descansará tranquilo. No hasta que este país suyo tan nuestro donde los turistas alemanes e ingleses tienen más fácil la vida que nosotros, donde los paletos son los políticos y los buenos estadistas son ciudadanos que no se atreven a tomar ‘el mando’ (suena mal, ¿verdad? Pero compromiso obliga, ya saben...), no disponga de ‘descabezaderos’ donde empezar a pensar con las neuronas en vez de con la testosterona.

      ¿Y sigo? Leo a personas que ya no tienen para comer y exponen públicamente su caso (uno de millones) sin pudor alguno, porque el hambre tiene esto de impudicia que nos obliga a tragarnos el poco orgullo que nos va quedando para no morir de inanición (léase, mental y nutritiva). Y me pregunto, ¿qué diablos estamos 'no haciendo' que no hacen quienes debieran hacer ‘lo que no se hace’? 

      ¿Trabalenguas? Me reiría si de verdad lo fuera porque con un trabalenguas uno puede reír y hacerlo a mandíbula batiente si se le enreda la lengua. Lo imposible no es decir un trabalenguas de ‘carretilla’ sin equivocarse; imposible resulta que la lengua de los políticos no se suelte para darnos alguna noticia que nos alegre la recién estrenada primavera, eterna primavera cuajada bajo las sucesivas tormentas que nos han causado desde la transición democrática. Ahora ya saben por qué cuando hablan no se les entiende. Nos consta que la inteligencia no se demuestra con el uso ‘impropio-pedante’ de las palabras para transmitir o comunicar, sino en la falta de honradez que lleva a robar al prójimo sin desear para los ciudadanos lo que para ellos no quieren (ya sabemos que solo entran para 'forrarse' de dinero y así de abrigados, se van para Suiza y no a esquiar, precisamente).

      ¿Y si sigo? Creo que lo acaecido o por acontecer aún en esta semana que muere entre los extremos climatológicos (anda parejo con el panorama sociopolítico, fíjense), no es más ni peor que otras semanas ya pasadas, pero quizás sea menos o mejor que las próximas (quiero equivocarme, ¿acertaré?). Pero temo, sin asomo de extrañeza, que vamos a seguir siendo mal vistos desde fuera de nuestras fronteras y dando una imagen de nuestro país que solo piensa en el fin de semana, el baile y la jarana, que canta flamenco en cada rincón del país, come y vende chorizos y longanizas por puro vicio, que se divierte al son de la pandereta y la cuchipanda, celebraciones de ‘botellón’ y ‘escreches’, suicidios de personas que caen en la depresión por no poder alimentar a sus hijos aunque viven en un país promisorio y lugar de destino para desatinados inversionistas americanos que crearán empleo a costa de la seguridad ciudadana y nos convertirán en una versión de Las Vegas a lo “Sodoma y Gomorra”... Esto atraerá el turismo y no habrá por ello más prostitutas en las afueras de las ciudades ‘haciendo la esquina’. Algo es algo. Por algo se empieza. El problema es que sea el comienzo del final, y no digo esto por ser pesimista. Pero ya saben el refrán: "El que avisa, no es traidor".

      Habría que mucho más contar de lo que está dando de sí la semana (casi todo noticias malas, pocas esperanzadoras y mínimas las buenas) y yo he acabado yéndome por los 'cerros de Úbeda' (para el españolito no docto en geografía les diré que ese pueblo está en Jaén). 

      Ya pues, para allá me retiro con la imaginación, que para algo la tenemos y hay que usarla. Veré si entre olivos puedo pensar menos y encontrar soluciones a mis propios problemas, que todos queremos solucionar el mundo pero aún no empezamos por nosotros mismos. Vamos a dejar de lado la chirigota nacional que nos envuelve y solo sirve para vender “El Jueves” y ojalá nos centremos en ayudar al prójimo como a nosotros mismos. Porque toca arrimar el hombro cada día y cada semana, un poco más. No sirve quejarse y criticar sin actuar. Esa hipocresía ya está desgastada por los políticos.

      Y mientras en el casco viejo del pueblo vizcaíno de Bermeo se trata de recuperar la normalidad (aparente siempre tras sucesos traumáticos como estos de quedarse sin hogar), ya me he buscado un gorro para protegerme de los rayos del sol que no sale pero causa más problemas que beneficios (se parece al Gobierno de turno), pero sin el cual no podemos vivir porque sin sol no somos ‘nós’ (perdón, quise escribir ‘ná’). Listo... Voy “haciendo camino que se hace camino al andar”, parafraseando a Don Antonio Machado y del olivo me voy para el lagar a estrujar olivas y llevarme aceite puro para desengrasar las arterias y alimentar las células de antioxidantes.

      Estimados, que el fin de semana sea benevolente con ustedes y les voy a dar una receta que no es de mi abuela, sino mía. A quien tenga ganas de perder el tiempo en pensar cómo evitar que nos quiten el sueño de tantas formas ingratas y desquiciantes, les deseo mucho optimismo para enfrentar otra semana que estará con nosotros, los supervivientes, a la vuelta del domingo; y para quienes no tengan las mismas ganas, puedan ni quieran hacerlo, pues denle al porrón (eso sí, llénenlo a la mitad y adulteren el vino) y tal vez solo así, logren no pensar que la situación no da para más. Tampoco comiencen ahora a abusar del alcohol, que no es ni fue nunca la forma de evadirse, sino de inmolarse lentamente...

     Paciencia, resilencia y al ruedo, nos guste o no la fiesta nacional que de fiesta no tiene ‘ná’. Quise decir nada, pero lo castizo es lo único que nos van dejando en herencia y de ahí, ¿al hoyo? No. Sigamos sembrando esperanzas.  

* Un artículo de opinión de Alicia Rosell (Purificación Ávila), escritora, editora y directora de HISPANORAMA.NET y del periódico Interperiodismo Digital. 
En Bilbao, 12 abril 2013.

domingo, 7 de abril de 2013

Por el ojo de la cerradura

(En clave muy personal, al cumplirse 9 años del asesinato del alcalde de Santo Tomás, Nelson Mejía Sarmiento). 

“Mi papá se murió sin saber quién asesinó a su hijo Nelson Mejía Sarmiento”. 

Por Tito “Sensación” Mejía 

El viejo César Eurípides Mejía Pizarro murió según el acta de una clínica barranquillera de una fuerte gripe a los 93 años, el 11 de abril del año 2011. 
Mi papá estaba lúcido a pesar de tantos años, su visión y audición eran incólumes, pero en su cara centelleaba el hecho individual del ser humano en tiempos de angustia y dolor, de incesante zozobra interior y exterior que, sabía que se iba a morir sin tener conocimiento a la larga de quién había dado la orden de acabar cobardemente con la vida de su hijo Nelson Mejía Sarmiento, el alcalde en ejercicio de ese entonces de Santo Tomás (Atlántico), aquel 29 de abril de 2004 a escasos metros de las instalaciones del DAS en Barranquilla. Fueron dos disparos certeros a la cabeza del alcalde y también dos disparos certeros al alma de toda la familia, especialmente a la del viejo César.

      Es que a partir de ese instante, mi papá ya no fue el mismo, casi todos los días eran profundamente tristes en su marginal silencio, desde las rurales mañanas hasta cuando las tardes se perdían en el extraño abrazo de las noches que los acunaba. El viejo lloraba calladamente y hablaba de Nelson para sus adentros como exigiendo justicia para que el crimen no quedara como hasta la presente sigue, impune después de ocho años. 
      Papá persistía y persistía en dar a conocer su inconformidad frente a la sociedad como aquel poeta que protesta a través de sus mágicas palabras, llamando a las emisoras casi todos los fines de semana, para ver cómo iban las investigaciones del caso juzgado con relación al crimen de su hijo amado Nelson, y esto de alguna manera porque él me lo manifestó en varias oportunidades, le daba ánimo a su fértil corazón, donde todavía según él, echaban raíces sagazmente la esperanza de que la verdad sobre el asesinato saliera a flote algún día y no se perdiera en el espacio que ahonda el vacío inabordable de la razón de ser o de una locura imprevista del tiempo dolorosamente resignado para todos nosotros, para toda una familia destrozada desde aquel aciago día. Por ejemplo: Mi madre Eloína, quien aún vive, en ocasiones pierde el sentido de las proporciones, y se enlaguna, producto de un Alzheimer, en la intrépida angustia de hallar a su hijo Nelson en casa o en un paisaje paradojal, quedando atrapada además, en un llanto cuasi eterno hasta cuando uno de nosotros: Cipriano, Arnaldo, Bertha, Vilma, Alejandra, Alex, Nolasco o yo, la devolvemos a la realidad de manera injusta, no sin antes pasar por un desmedido torbellino de dolor. Y qué decir de Onésima, la esposa de Nelson, y de sus hijos; pues ellos prefieren guardarse sus pesares en un profundo y respetuoso silencio y acrobacias sálmicas, sin olvidarlo como es lógico un solo instante de sus vidas, sobre todo en las noches cuando los pájaros se alistan para surcar las casas arrastrando el amanecer. 

Presentes ausencias 

      Mi papá era un hombre que a pesar de haber cursado sólo hasta quinto año de primaria, supo recorrer por cuenta propia su camino intelectual, hablando dos idiomas(Español e Inglés, incluso un poco de Alemán)y llegando a ser por muchos años, jefe del departamento de contabilidad de las empresas Scadta, Socograsas e Industrias Yidi. Había que verlo, hablando con excepcional propiedad de la situación política de nuestro país y de otras latitudes, con mis amigos escritores Pedro Conrado Cúdriz y Ramón Molinares Sarmiento en la terraza de la casa, sin dejar escombros regados por las calles de la historia, mientras otros contertulios dominicales en derredor como potrillos sin riendas aprobaban con sus cabezas en el imaginario imperio de la memoria. Recuerdo como si fuese ahora que antes de empezar su intervención, el viejo César prometía ser breve, pero con gentileza también advertía que debía tenerse sumo cuidado cuando se le daba la palabra a un godo laureanista como él, porque se corría el riesgo de que se pasara 20 años hablando sin parar, pero meses después del asesinato de su hijo amado Nelson, papá ya no fue el mismo: tocaba el portón de las angustias, traspasaba el tiempo de evocaciones viejas con su aguda lanza, mientras las huellas de la vida iban quedando impresas en los ojos del alma para siempre con sus lágrimas furtivas y rebeldes ante una “justicia injusta”. 
      Por todo lo anterior, creo que definitivamente: “Mi papá se murió sin saber quién asesinó a su hijo Nelson Mejía Sarmiento, alcalde de Santo Tomás, el 29 de abril de 2004, mientras tanto todos sus familiares estamos aquí, frente a los embates inagotables de las cosas habituales como queriendo despertar lo que parece muerto.” 

¿Quién fue Nelson Mejía Sarmiento? 

      En un país angustiado y salpicado por la crisis social y la violencia, el médico cirujano Nelson Mejía Sarmiento, graduado en La Universidad Estatal de Cuenca (Ecuador), llegó a ser elegido dos veces alcalde
popular de Santo Tomás para los períodos constitucionales de 1995 a 1997 y de 2004 a 2007 (obteniendo las más altas votaciones en la historia del pueblo tomasino y realizando una magnífica labor en su primera administración: ¡Ahí están las obras, ante los ojos de todos!) pero unas balas asesinas acabaron cobardemente con él, aquel 29 de abril de 2004 a las 12:45 de la tarde cuando contaba con 43 años.
      Segundos después, la vida a todos los habitantes de la población se le vino encima como un volcán de iracunda erupción que todo el mundo conoce. Y el pueblo que es soberano y constituyente primario no se convirtió en el payaso de la realidad y supo interpretar la historia, eligiéndolo nuevamente por tercera ocasión aún estando muerto, en la persona de su esposa Onésima Beyeh Cure el domingo 27 de junio de 2004. 
      “Un hombre de puertas abiertas, por donde, sin pedir permiso, entraba todo el quería a cualquier hora del día o de la noche”. 
Ramón Molinares Sarmiento 

      “NELSON no sabía que lo iban a matar. Lo que sí sabía, es que un grupo de amigos y yo lo íbamos a recordar para siempre, y que parodiando al maestro Héctor Abad Faciolince, lucharíamos por rescatarlo del olvido, al menos por unos cuantos años más, que no se sabe cuánto duren, con el poder evocador de las palabras”. 

Bitácora

Emma Reyes, Memoria por correspondencia

Por Pedro Conrado Cúdriz

Curiosamente en estos días de vagancias y lecturas placenteras, un profesor me dijo que él no entendía para qué carajo servían los libros, porque después de años de vicio lector, los libros lo aburrían y le resultaban inútiles. Quisiera comprenderlo, pero aparto la vista y me dedico a disfrutar la lectura de varios libros que compré en diciembre: Memoria por correspondencia, Uribe es la suegra de Santos, de Camilo Durán Casas, Contra la memoria, de David Rieff, Los secretos de Steve Jobs, de Carmine Gallo, y Sin fines de lucros, de Martha C. Nussbaum.

      Cuando uno lee el libro de Emma Reyes, la historia de este país nos da vuelta en la cabeza como un trompo loco; imágenes atroces, que no han desaparecido del todo en el país, nos acompañarán hasta la última página. Y nos llama poderosamente la atención de la narradora el humor, la inocencia recobrada y la ausencia de odios perpetuos, a pesar de “Los miserables”.

      Y logré preguntarme por qué la memoria humana se especializa en guardar tanto dolor y trauma existencial. Quizá porque la memoria de la infancia de Emma Reyes fue terrible, y aunque algunos actos felices de su vida fueron marcados en el libro, éstos no fueron superados por la soledad, la angustia, la orfandad, el maltrato y el vacio del tiempo futuro.

      De Memoria por correspondencia me impresionaron varias cosas: el vaciado de la bacinilla, que “habíamos usado todos durante la noche”; la historia del general Rebollo, un muñeco que representaba la simbología de los afectos perdidos y posteriormente la historia de Terrarrurra, otro muñeco simbólico de la locura de la soledad en el convento; la historia del diablo y todo el adoctrinamiento religioso medieval que nunca fue comprendido por la niña.

      Emma reyes vivió en las primeras décadas del siglo XX, recluida en un claustro religioso, hasta que se escapó de la tiranía del sistema y se hizo pintora, lejos de ese mundo viciado, quien lo creyera, por la ausencia de Dios.

      Los que hemos leído el libro, sabemos que desde que abrimos la primera epístola, nos fue difícil abandonarlo. La narración es fluida y pegajosa, igualmente graciosa, sobre todo para una mujer que aprendió los líos de la lectura y la escritura casi en la pubertad. Narrar tiene su arte y la autora de Memoria por correspondencia lo aprendió a hacer desde la necesidad de una oralidad que la ayudara a aquietar el sufrimiento.

      En la aventura del vivir la autora nos cuenta los pormenores de su desarrollo infantil, la locura perpetua de los adultos, la pedofilia y la locura de un hombre que le vació el contenido de los desperdicios de su vejiga en el cuerpo cuando había cumplido cuatro años; incluso nos narra la primera vez que vio un monstruo de cuatro llantas, asomando su rostro y sus ojos gigantes e iluminados, pero recorriendo la calle.

      El testimonio del profesor sobre la inutilidad de los libros, me cae como una montaña viviente, porque la lectura de un libro como este que reseño, vuelve inútil la sentencia profesoral. En este libro está atrapada la inocencia de miles de niños huérfanos de Colombia y sobre todo, el desfile de imágenes que nos sobrecogen por inverosímiles. Nunca la inocencia de los niños ha sido respetada en este país y Memoria por correspondencia es un testimonio incomparable para saber que en esta nación la niñez es una aventura dolorosa. Duele ser niño, pero también duele ser adulto

jueves, 4 de abril de 2013

Vox populi

El  Cazador de Imágenes

Por Alfonso Hamburger

Un  día, en la búsqueda de un ángulo diferente en el que obturar el encuadre de su cámara, Donaldo Vergara, empezó a seguir la rutina de un perro enamorado. El perro anduvo oliendo sardineles, cruzando calles, buscando perras en celo, hasta que decidió mear en el primer sitio adecuado que hallara en el camino, para que sus posibles conquistas supieran de las características de sus olores almizclados  y sus suspiros de perro enamorado. Pero esta vez,  para fortuna del cazador de imágenes, el perro no alzó su patica trasera en un poste de la luz para echar su meada enamorada, sino que la colocó con gracia en la pared de una casa vieja de palma que se recostaba -cansada por los años, hacia la calle- su paso por el siglo ya entrado en años.

      ...Y Donaldo, que así premiaba su cacería de perros, encandiló la escena a su gusto. El resultado no podía ser mejor que lo buscado. Con su patica alzada, el perro da la impresión de estar aguantando como una horqueta de guayacán de bolas a la casa, que parece irse al suelo. Allí  estaba plasmado el arte del fotógrafo. Lamentablemente, por falta de un archivador, o de un verdadero museo, en el que guardar al Sincelejo que  Vergara captó mil y una veces con su cámara vieja, aquellas fotos se han perdido sin que se les diera el verdadero valor.
      Es que el valor de este arte se divide en 50 por cientos iguales, uno para la máquina y uno para el fotógrafo.
      Donaldo tiene ya 77 años y su corazón joven busca por estos días montar un estudio fotográfico en blanco y negro, porque el color, con todo su despliegue, no ha minado la fortaleza de los contrastes que se pueden lograr con una  combinación de blancos y  negros, de sombras y de luces.
      La fotografía, como el toreo, el boxeo, la magia, el cine y la música, han sido las hobbies de este Sincelejano raizal, que todavía no desmaya en su intensión de artista genial. Y todo hobby es caro, por supuesto, a Donaldo le ha costado una inversión de más de  55 años.
      En el cuarto de San Alejo, de su casa del barrio La Pajuela, entre el trinar del mochuelo y el sonar del lavado de los platos de la nieta que sirve el tinto,  Donaldo no sólo rasga las notas de un bolero en su guitarra, sino que escarba en su máquina Kodak  Master  Wiew 4 X 5 de más de 80 años, una verdadera reliquia. De estas máquinas, en las que por una manga negra se introducía el brazo para revelar los recuerdos, sólo deben existir dos en el mundo, la de Donaldo y una gemela, que quién sabe Dios dónde se halle…

      Ahora, entusiasmado por la visita dominguera de los periodistas, Donaldo busca en un álbum viejo algunas de las fotografías que han escapado a la lucha de los años, de los amigos y de los periodistas que se las llevan para traerlas mañana y no regresan. Van apareciendo, entre fotos familiares, casas viejas, fotografiadas artísticamente, con contrastes llamativos, desde ángulos inimaginados. Entre las sombras del alar de casillas viejas de palma apelotonadas en las tres esquinas, se yerguen las torres gemelas de la catedral. Las casas ya no existen, pero la catedral sí y ella puede atestiguar de que se trata de Sincelejo y no de otra ciudad. Casas de más de cien años, como en la que las hermanas Peredo tuvieron por muchos lustros su tienda famosa,  el antiguo teatro Apolo, donde hoy están las instalaciones de El Universal de Cartagena... en fin...

      Son la única manera de preservar a la ciudad vieja de los embates del modernismo y de la amnesia de la memoria. Donaldo se especializó en retratar locos en las calles, que son verdaderos personajes, como máquina, la ñata María, etc.

      Pero lo más importante en Donaldo es que su joven corazón (sabe que está viejo sólo cuando se mira al espejo), está cada día más renovado en ese afán de  un arte integral, porque sabe que ninguna mano está más capacitada para hacer con ella los designios de Dios, de hacer al hombre a su imagen y semejanza y creado para crecer bajo su fe.

miércoles, 3 de abril de 2013

Letras sin fronteras

Una larga espera

Por Irene Ángel Agudelo

Mientras le daban revisión general al carro de mi amigo Ricardo, decidimos sentarnos a esperar enseguida del taller. Era un bar con mesas afuera, protegidas por un techo de lona. No habíamos terminado de sentarnos, cuando se acercó una chica de vestido rojo, juraría que debajo no tenía ropa, era casi transparente, al menos para mi amigo lo era, pues no le quitó la mirada de sus grandes pechos; sin exageraciones, parecían naranjas gigantes; a él se le perdió la mirada y se fue por un momento de este mundo. Ella tuvo que repetir la pregunta que ya había hecho, aunque no le importó que mi amigo entrara en un mutismo pasajero o en un sueño de adolescente y, sin turbarse, preguntó con una sonrisa de niña: ¿Qué van a tomar?
Mi amigo contestó:
Una cerveza y… suspendió la mirada de los senos grandes y redondos como naranjas y reaccionó para preguntarme en voz suave qué iba a tomar yo.
Agua, le contesté.
Ella se alejó meneando su caminado; mi amigo la seguía y suspiraba 
-Qué niña tan hermosa-
-¿Qué niña?, ¿no ves? Es una mujer, o estás ciego, no creí que fueras tan morboso, casi la tocas con la mirada-le dije enojada, aunque no tenía por qué enojarme, pues él no era ni mi novio, ni compañero, era solo mi amigo desde hacía veinte años y esporádicamente salíamos a recordarnos, pero estaba enojada de descubrir su parte oscura, y yo que lo creía un hombre fuera de lo normal, fuera de lo común; nunca pensé que él también miraba de esa manera a las mujeres y eso me dolió.

Se paró para dirigirse al taller y me dijo: espérame un minuto, ya vuelvo.
Yo me quedé sola viendo pasar los carros por la Avenida, miré hacia el fondo del bar y allí se encontraban sentadas cinco jóvenes vestidas igual a la que nos atendió, al lado de ellas un piano de monedas y un señor, llorando, escuchando por tercera vez el mismo tango, de esos que solo se escuchan para pasar una pena de amor.. 
Estaba en mi tarea de observadora del lugar, cuando me sacó de mi estado una chica que llegó a carcajada abierta y mostrando su triunfo por algo que nunca supe, pidió un ron a plena voz. Tenía el rostro parecido a las estampillas de la virgen y no aparentaba más de veinte años de edad, pero seguro que la conversación que escuché, daba cuenta de su experiencia en los recodos de la vida, especialmente en el sexual, aunque no era de mi incumbencia, hablaba para que todo el bar se enterara, decía que desde que la habían echado, para ella era mucho mejor, pues tenía más tiempo para irse a la costa o a la ciudad que ella quisiera y con los amigos que la invitaran; también refirió que nunca le faltaba la plata para gastar en lo que quisiera y darle a sus dos hermanas menores y a su mamá. 

En medio de la conversación, se me olvidó la hora y mi amigo aún no llegaba, el sol estaba calentando y yo tenía ganas de irme rápido de ese lugar, me pareció tan triste por la juventud perdida y también por la que llegó con cara de virgen, contando sus maravillas con el que le había dado en un día cinco millones para que se comprara lo que quisiera.
En ese momento llegó Ricardo, mirándola directamente, ya no por sus pechos, que los tenía bien grandes, sino por la cara perfecta que la vida le había regalado, según hablaba, en su vida nunca había cogido en sus manos un libro o un periódico, algo que le diera noticia del mundo y sus vicios, pues creo que todos los vicios los contenía ella en su cuerpo, pues descaradamente y sin importar lo que dijera el dueño del bar, sacó una papeleta con un polvo blanco y se fue al baño, riéndose y mostrándole a sus compañeras o ex compañeras de trabajo, que ella sí hacía lo que le daba la gana.-hasta me la regalan- les dijo y se alejó.
Mi amigo y yo seguimos hablando del asunto del carro y me advirtió que había que esperar otra media hora, pues su amigo de confianza aún no llegaba a mirar el motor, se levantó y de nuevo se fue al taller. Por primera vez me sentí sola y desprotegida, aunque yo no era una niña, pero nunca había escuchado tanta información de primera mano sobre una situación tan bochornosa.

Un grito me hizo mirar hacia la mesa de la joven que ya había vuelto del baño, se le había regado el ron, pidió otro, mientras gritaba que le limpiaran la mesa. Rápidamente, como si ella fuera la dueña del lugar, corrieron a atender sus pedidos y ella que no dejaba de reírse, metió sus dedos dentro del vaso, luego se los llevó a la boca y se los chupó uno a uno, mirando a un joven de uniforme azul engrasado, que se acercaba sonriente.
-Hola amor, le dijo ella, cogiéndolo de la mano.
-Cómo te fue en vacaciones- le preguntó el joven.
-¿Vacaciones?, no sabías que me echaron- le dijo ella sorprendida.
-Pero si eras la más linda del lugar, el dueño es el que pierde, ya sin ti, no vuelvo.
Ella prendió un cigarrillo y tirándole el humo a la boca le dijo en un susurro malicioso e intencinado – fue por pura envidia.
El muchacho empezó a acariciarle los muslos, mientras exhalaba lo que quedaba del humo del cigarrillo y ella le sonrió diciéndole que más tarde terminaban lo empezado. Le explicó que mejor la habían despedido, así le estaba yendo de maravilla y siguió contando sus pericias para escaparse del trabajo y cómo el dueño la había pillado. -Me fui tres días con Pedro para la costa,  me pillaron que no estaba enferma- le dijo aún con la sonrisa maliciosa.
-y… ¿por eso te echaron?
-Claro que sí, me fui sin avisar.
-¿Y cuándo te vas conmigo?, le dijo el joven entusiasmado.
-¿Con usted? -Le dijo despectivamente-¿y si tendrás con qué llevarme a la costa?
-¿Y desde cuando las empleadas de este lugar se volvieron caras? le dijo el joven, esperando una cachetada, pero ella sonrió y le dijo: 
- A usted no le alcanza ni para llevarme a la playa con Junín y para que vea que también salgo con pobres, soy capaz de esperarlo, para que nos tomemos un ron.
El joven se despidió, prometiéndole que volvería después de la cinco, ya faltaba solo media hora. Volteo para decirle despectivamente, igual como ella lo había tratado, mientras se alejaba le gritó: mejor la llevo a la playa con el palo -y haciéndole un gesto bien feo con el dedo del medio, levantó la mano, dándole la espalda.

Mientras tanto, yo le hacía señas a mi amigo para que llegara rápido, estaba escuchando una conversación sin querer, música muy fuerte en mis oídos y no entendía porqué la muchacha estaba feliz contando lo que hacía y no hacía, a pleno pulmón.
Mi amigo se acercó con el mecánico y se sentaron, dije que ya era hora de irme, que tenía una cita y no iba a llegar a tiempo. Mi amigo dijo que esperara otros cinco minutos, que ya nos íbamos, sin embargo, pidieron cerveza y por eso me paré y me despedí, no antes de escuchar a mi amigo que le decía al mecánico:
-Esa que está allí sentada no sale sino con millonarios, pero con esa cara y ese cuerpo, seguro que gana donde sea. El mecánico voltea a ver de quien se trata y le dice:
-Ah, ella es mi ex novia, y cuidado con lo que dice de ella, que le ha tocado duro para salir adelante y sacar a su familia del hambre, mejor dicho, hermano, vea le digo, ella es una santa. 
Yo seguí mi camino pensando en lo último que dijo el mecánico, “una santa” , y aunque tenía cosas por resolver, me alejé triste de pensar en tantas como ella, que por múltiples motivos, no tuvieron la oportunidad de saberse mujeres con dignidad y ni saber su significado.

domingo, 31 de marzo de 2013

Desde las troneras del San Felipe

Hipócrates, ¿dónde carajo te metiste?

Por Juan Carlos Céspedes (Siddartha)

Dije «buenos días» y el tipo ni me miro. Volví a repetir el saludo pensando que tal vez no me escuchó, pero para mi sorpresa me contestó diciendo: «ya lo escuché, tome asiento». 

Yo digo tipo, la verdad es que el crío debía de haber sido recién desempacado de La Casa del Niño. Me acordé que el doctor Cuchara, jurista que asesora a algunas empresas de la salud, me dijo alguna vez que las entidades los prefieren jóvenes porque cobran menos y tienen menos gastos (para la rumba es suficiente). Cosa distinta con los mayores que ya tienen hijos, mujer y están llenos de deudas por la compra del primer carro, los cuales piden más plata y conocen algunos derechos. 

      Mientras él estaba fajado en el computador, creo que jugando al Solitario, yo revisaba las facturas de servicios preguntándome porqué las malditas nunca bajan a pesar de que me auto raciono hasta el punto de perderme las tonterías de Jota Mario y las aburridas homilías del padre «Chucho» —nuestra versión chibcha y parodiada de la Madre Teresa de Calcuta—. De pronto comenzó a hacerme preguntas a lo Procurador Ordoñez, le pedí que me asignará un abogado de oficio porque no tenía plata. Le entró un berrinche, pero lo calmé rápidamente con el cascabelito del carné del Sisben. Mientras él seguía de amanuense, tímidamente le pregunté si no me iba a examinar. Me respondió que para qué, si yo me veía muy bien, además el computer decía que yo no padecía de ninguna enfermedad… «Pero yo me siento enfermo». «No insista, usted lo que está buscando es alguna incapacidad. Por eso es que este país no progresa». 

      Me comenzó a regañar el sinvergüenza. Le exigí que me tomara la presión por lo menos, me contestó que yo estaba muy viejo para querer jugar al médico, que el no era gerontólogo ni psiquiatra. Le dije que yo de allí no salía sin la receta de mis medicinas, que si no me atendía lo denunciaría a sus superiores, o me quejaría ante la Personería. Parece como si hubiera escuchado el chiste del año. El imberbe se aflojó la corbata, se desabotonó la bata de muñequitos y se reía a más no poder. Lo amenace con Santos, con la Superintendencia de Salud, con el alcalde, con gobernador y nada. Entonces me la jugué con Las FARC y ¡oh sorpresa! se paró de reír. Empezó a escribir en su teclado, movió el mouse y la impresora parió una receta. La firmó muy seriamente y me la entregó. Leí el nombre de las medicinas: Omepraxol, Diclofenaco o Ibuprofeno, Mylanta, y un supositorio de fe en ayunas. Le miré la cara sin pelo y le pregunté cómo carajos me mandaba esa vaina sin examinarme. Desde su altura me dejó caer su sentencia «yo sé más que usted, para eso pagué una carrera, además, si no es así, ya sabremos qué tiene en su necropsia». Le quité el carné y salí reventando la puerta. 

      La fila de los que esperaban era larga, me les quedé mirando y pensé si no era más seguro automedicarse, ingresar a la cofradía del nony o hacerse cliente de Omnilife, esa nueva panacea.    

Edición Nº 8

Vox populi
Por Alfonso Hamburger
Tengo amores con la Chechi

Tras las huellas
Por Alejandro Salgado Baldovino
El teatro contemporaneo

Sería más fácil callar
Por Rosemary Maciá
En el siglo XV y en el XVI

Bitácora
Por Pedro Conrado Cúdriz
La paz, tan querida

Por el ojo de la cerradura
Por Tito MEjía Sarmiento
Cada día que pasa añoro más a mis zapatos viejos

Atapaz
Por Juan V Gutiérrez Magallanes
El hombre que caminaba sobre el filo de la autoridad

Letras sin fronteras
Por Irene Ángel
Una vieja cadena

Impresiones
Por Nadim Marmolejo Sevilla
Los prejuicios sociales en Colombia

lunes, 18 de marzo de 2013

Vox populi

Tengo amores con la Chechi

Por Alfonso Ramón Hamburger

Tengo amores con la Chechi Baena, pero ella no lo sabe. Siempre ha sido así. Ajá, uno se enamora solo, va a las citas, pero lo malo es ilusionarse.
No es la primera vez que me sucede. Cuando surgió Isolina Majul, una niña barranquillera que destrozaba a los ajedrecistas contrarios como si jugara un partido de damas con tapillas de cerveza, fue lo mismo. La briosa mente de la hermosa barranquillera era tan contundente que parecía una candela arrasando casas de palmas apretujadas en una planicie en pleno verano. Sólo quedaba el solar. Con esa misma fuerza arrasaba mi provinciano corazón. Y yo la amaba...

      Lo bueno de estos amores míos es que no le hacen daño a nadie ni a mi mismo tampoco, pues muchas veces me han servido de inspiración. Como en el caso de Rubén Darío Salcedo, quien no logró tocarle un solo pelo a La Colegiala, pero ella le regaló tres de sus mejores canciones, en medio de esa borrasca de pensamientos entristecidos del primer amor.

      De Isolina me gustaban muchas cosas y llegué a soñarla como la mujer ideal para llenarla de hijos, pero la veía tan flaquita, tan niña y yo ya era un hombre de universidad. La quería por ser costeña (soy costeño por encima de todo) y barranquillera, además. Era hija de un hombre humilde, que la cuidaba como a leche en verano.
      Seguí su carrera hasta mucho después de venirme a las sabanas, pero jamás me le acerqué a nada, pues soy alérgico a los autógrafos, menos si provienen de esa persona que se ama en silencio.
      Ahora yo sigo joven y ella ya es una dama. Hace poco la vi en una entrevista por televisión. Sigue siendo bella e inteligente. Al fin, se casó con un moreno cabeza cuscú. Creo que era su entrenador. Hasta mi mujer, sin saber que la reina del ajedrez algún día fue mi ilusión, dijo que ese man era muy feo para ella. Yo guardé silencio.
      Fui cobarde para abordarla. ¿Qué tal si la espero? Jamás la vi en persona. Y creo que fue lo mejor, pues me hubiese desmayado del susto. A lo mejor, si la veo, no hubiese sido capaz de decirle nada.
      
      Ahora tengo amores con la Chechi Baena, pero ella tampoco lo sabe. Pero resulta que este es un amor diferente, de más respeto. ¿Acaso amar es un delito? Es un amor que está más cerca de mi sentimiento regional. Cuando la veo en la televisión y en las propagandas, haciéndonos quedar tan bien, pero tan bien, me acuerdo de Cartagena y los años que sentí en la piel la palpitación de sus murallas ( 1987-1992).   
      Eugenio, su padre, es nuestro colega y me imagino lo orgulloso que debe estar, como lo deben estar los colegas comentaristas del deporte.
      Cuando pasaba en las busetas o en el carro papamóvil de El Universal detrás de los casos judiciales de Cartagena por el Pie de la Popa, me encontraba que Eugenio estaba sacando su carro del parqueadero de su inmensa casa de ricos. A veces me lo encontraba en los bancos, en las ruedas de prensa o en otras partes, pero jamás sospeché que un día tuviera una hija tan hermosa y practicando un deporte no tradicional de Cartagena. Ella tendría 3 , 4 o 5 añitos, pues nació el 10 de octubre de 1986. Le tengo apuntadas sus mejores fechas.  Ahora ya es una niña-mujer. Tener una hija así luce mucho para un padre periodista. Es un ejemplo que nos enaltece a los periodistas.
... Y la Chechi estuvo en Sincelejo y yo me quedé quieto en mi casa, pues soy cobarde para afrontar la realidad. ¿Será que ya estoy perdiendo el olfato del periodista? ¿O fue que le tuve miedo? ¿Quién le hizo la entrevista que debía hacérsele? Por Dios y la tuve tan cerca.
      La vi delgada y pequeñina en la prensa, pero radiante y hermosa, con esa sonrisa que trasciende más allá de la ilusión. Doy gracias a Gustavo Pérez, por presentármela en una entrevista de este domingo 21 de marzo, en que no he resistido el deseo de gritar este amor y por eso he corrido al computador. Percibo en esta entrevista que en sus respuestas hay mucha ternura e inteligencia. Tiene chispa y deduzco que estudiará otra cosa distinta al periodismo, pero al final será periodista como su padre.
      Yo, de prono me la hubiese embarrado en una entrevista con ella, pues habría comenzado, como todo un bobo, por la última pregunta que le hizo el negrazo cartagenero. ¿Quién es el dueño de tu corazón? Dicen que preguntarle a una pretendiente si tiene novio es como sacarse uno mismo de taquito. Eso me lo aprendí de memoria de tanto tirar el lance sin conseguir nada. Confieso que en el amor he sido muy torpe y a la hora de la verdad no sé expresarme demasiado y por lo regular hago como el burro cuando lo espantaba el tigre. Se iba corriendo, pero regresaba a ver quién era el que lo había asustado y allí el tigre si que se lo cogía.
      
      Si yo hubiese sido Gustavo, habría comenzado la crónica con el cuento de la casa y de las palomas. La casa inmensa y rosada del barrio Pie de la Popa donde nació la amada  mía, esa novia mía y de todos los colombianos, era visitada por un enjambre de palomas que a cada instantes se le revelan como la imagen más recurrente de una niñez feliz.
      Y la paloma voló y voló, dejándome con esta fregantina en el corazón.

jueves, 7 de marzo de 2013

Tras las huellas

El Teatro Contemporáneo 

Por Alejandro Salgado Baldovino

Cada día, en cada lugar del mundo, el teatro ha ido perdiendo importancia e interés, en una gran parte porque al público empezó a parecerle falso. El teatro y las famosas máscaras de la tragedia y la comedia, en los últimos años han evolucionado y trascendido en la realidad. El teatro andante que circula por las calles, los montajes y el espectáculo de circo se han vuelto tan normales y comunes, que ya no le creemos al de las tablas. 

      Los grandes medios de comunicación junto con los medios masivos de consumo han engendrado y facilitado la labor de producción. Ya que como en toda obra, hay productores, que son los que ponen el divino dinero, y en la mayoría de ocasiones son invisibles. Los directores, aquellos más visibles, que se encargan de dirigir la obra y poner su nombre. También no pueden faltar los actores, principales, de reparto e incluso extras, entre otros, son tantos roles. 

      ¿Y el público o el espectador? ¿Quién ve la obra? Hay diversas respuestas a esas preguntas. Lo cierto es que actualmente todas las instituciones del mundo, desde el estado y los políticos, las clínicas y hospitales, colegios y universidades, iglesias y religiones, empresas y distintos sectores, todos siguen un guión y realizan muchas veces un montaje de acuerdo a su conveniencia e intereses particulares. (No quiero referirme a los hechos y noticias específicas, pero en Colombia y en el mundo hay muchos ejemplos ahora mismo, sólo tienen que encender el televisor o leer el periódico). 

    Tenemos que abrir bien los ojos y ver más allá de lo que nos muestran, porque estamos siendo engañados. Aunque a veces es más cómodo no ver y quedarnos en la caverna.

      Con el enorme flujo de información que tenemos hoy en día, nunca la verdad y la mentira parecían tan cercanas. Y también es cierto que no es garantía lo que te digan incluso personas o instituciones con “credibilidad certificada”. Ya que con el avance de la ciencia, se han aumentado los estudios sobre el ser humano y su psicología. Estudios que llevan haciendo desde hace mucho tiempo. Toda esa información ha sido usada como herramienta. Hoy en día, muchas organizaciones tienen un mayor conocimiento sobre usted, que usted mismo. Y esa información o conocimiento les da poder.

      Es por esto, que lo que promueven muchos libros de autoayuda y “gurús”, sobre conocerse a uno mismo y amarse a uno mismo, pero de una forma banal, superflua e inútil, no hacen más que continuar y redirigir el proceso de alienación con movimientos que en su mayoría se crean para sacar provecho. Pero nunca había sido tan importante eso que pregonaba Sócrates de “Conocerse a sí mismo”, sobre todo en estos tiempo de pérdida de identidad, en donde se debe mantener a la gente ocupada, estresada, quizás enferma, lejos de los problemas y nutrirlos a través de los medios, con sus propias versiones de los hechos.    
      Todo esto, no es otra cosa que lo que promulgaba Noam Chomsky, en sus estrategias de manipulación mediática, que hace un tiempo publiqué en mi blog. Hay que recordar esos conceptos y siempre mantener la duda, cosecharla e indagar por nosotros mismos. Tu mente es muy poderosa y capaz, tú tienes discernimiento y libre albedrío, así que úsalo de vez en cuando. Lo peor es confirmarse, aunque a veces es lo más fácil. 

     Y hay otro grupo un poco más tenebroso, que son los aparentemente conscientes de la situación, pero tan atrapados en su mundo material, “intelectual” o lo que sea, que se preocupan sólo por hablar y opinar. Pero al menor descuido, hacen absolutamente todo lo contrario a lo que predican.

   Y eso es normal, no se preocupen. También eso hace parte del estudio del ser humano y su comportamiento. Nosotros somos seres tan interesantes, nuestro comportamiento, nuestra psicología, todo en cierta forma nos hace amantes de la ficción y del teatro contemporáneo. A veces nos puede repugnar, pero siempre buscamos una forma de adaptarnos y sacar algo bueno de las cosas. Y esto también es bueno, porque aligera la marcha y la lucha. Son las ventajas del teatro, que muchas veces le puedes dar vuelta a tu guión y a tu personaje, ¿o son licencias del escritor? ¿Qué escritor?, preguntas y más preguntas, supongo que sería bueno analizarlo. 
      Hoy más que nunca sabemos que no hay tales cosas como buenos y malos, siempre hay un contexto, perspectiva, versiones, etc. Es extraño cuando te das cuenta de que perteneces a una obra y que es difícil salir, ya sea porque no puedes por las distintas fuerzas que te atan o porque no quieres.

      Tómense un día la labor de observar. No sólo en mirar y ver, sino en observar. Y verán lo gracioso que a veces resulta el mundo. Y no me llamen insensible, sé que hay dolor, pero nuestros comportamientos son graciosos. Todos sin excepción lo somos. Muchas veces predecibles, así como el comportamiento de una manada. 

      Al principio, pensaba que este iba a ser un texto corto, pero veo que ya me he extendido. Y en estos momentos me encuentro en una encrucijada: No tengo idea de cómo acabarlo. No puedo decir más, creo que la siguiente tarea o ejercicio depende del lector. Continuar y divagar la historia en su cabeza, o quizás olvidarla. Estamos tan acostumbrados a los finales, pero la verdad es que muy pocas cosas tienen finales. Incluso en las películas la historia sigue, muchos la terminan en su cabeza a su modo. Bueno, excepto los que te ponen el letrero de “Fin”. Pero aún así, imaginamos algo más. Así que lo único que se me ocurre es… continuará… en ustedes, y en mí, claro. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Bitácora

La paz, tan querida

Por Pedro Conrado Cúdriz

La paz es tan necesaria como los amigos y tan justa como un helado en el verano inclemente del Caribe. Nadie puede abominarla, o negarla, o entorpecerla, o adelgazarla, o ser tan buribe para no quererla.

Ya sabemos que el horror de la guerra atrapa la piel del tigre, la encoleriza, la paraliza, la quema, o la asesina.

      Los poetas la aman más que nadie, porque saben que es sabia y no boba, que el blanco no es paloma ni el rojo, el mar rojo.

      La paz tiene varios rostros: paz romana, paz guerrera, paz imbécil,  paz astuta… Falta la paz de todos, la que no tiene dueño. Esa paz es como el multicolor sueño humano, pero los que gobiernan la detestan. Gobernar quiere decir hombre de estado, también hombre de paraestado.

      Está la pazología, que es como la atadura roca de las bestias, o su adicción a la muerte; luego también está la pazita, que es la calamidad de los pobres, las migajas de las mentiras.

      La paz ha sido violada por los Santos y los guerreros, también por el tiempo, por ese acumulado de odios y años de guerra; también por el olvido, por los soldados, por los paramilitares y los guerrilleros, y por los que no han dicho nada. La paz está casi muerte, agónica, teñida de dolor y sangre de pueblo.

      Le creo al poeta Charles Bukowski cuando dice: La gente que cree en la política es como la gente que cree en dios: sorben aire con pajitas torcidas/ no hay dios/ no hay política/ no hay paz/ no hay amor/ no hay control/ no hay planes…

      En el hospital le regalaron el paseo de la muerte y entonces, la paz espera atribulada y cómica, en una camilla, tanto la ambulancia del gobierno como la ambulancia de la guerrilla.

      Hay palomas blancas por doquier, en el capitolio y en la plaza de la paz de Barranquilla. Pero una paloma, es un delicado animal ignorado mil veces por los humanos y a veces sometida a la ira ciudadana.   
      Algunas veces la envenenan con los odios del tirano y amanece un cadáver insomne, indiferente a la indiferencia de los vivos, en todo el frente de cualquier plaza de Colombia. Han asesinado el símbolo sagrado, el que tanto amamos.

      La otra paz, es menos querida. Es la paz real del mundo, la que tiene dueños, sin pluma y sin bandera blanca. Pero con amos y dueños estrictos. Con y sin camándulas, con y sin crucifijos. Verde olivo, sin alivios.

      Hay que hacer el amor y no la guerra, dar besos y abrazos, cruzar los perdones de todos los tiempos, pasados y presentes. Los perdones del mañana serán otros, quizá sin armas, sin victimarios y sin víctimas. Ojalá sin el verde oliva de la guerra, pero con el color del alivio.

      La paz no es boba, tampoco la paloma, eso sí, son tan confiadas como los niños. El presidente de Colombia, tal vez aburrido de tanto muerto, no sabe qué hacer con la paz, con la paloma quizá sí sabe qué hacer. El color blanco nos baña de esperanza, pero una gota gigante de sangre colombiana se escapa entre los dedos de la tela. Es la huella de 50 años de guerra, de ceguera, de egoísmos fanáticos, de las fuerzas de la prepotencia, del dominio absoluto de la estupidez. La paz espera… Ella conoce a los guerreros, a los hombres.