viernes, 9 de octubre de 2020

Bitácora

Sobre la protesta social en Colombia 

Por Pedro Conrado Cúdriz

Se conoció el documento borrador del protocolo uribista del presidente Duque para regular la protesta social. Entre los puntos que llaman poderosamente la atención está la intención absurda de exigirles a los organizadores de las movilizaciones sociales una póliza de responsabilidad civil extracontractual para que se hagan responsables de los daños causados en bienes ajenos. ¿Solo entonces las organizaciones adineradas serán las potencialmente capaces de organizar las protestas? ¿Quiénes serán? También el protocolo define la moda del vestir de los protestantes y prohíbe las capuchas y el uso de pinturas - El partido verde la defiende -  y finalmente quiere quitarles a las autoridades civiles las facultades de ordenarle a la policía.  

“Permitir, dice el editorial de El Espectador del 1 de octubre del 2020, que sea la Policía la que defina el momento de utilizar el Escuadrón Móvil Antidisturbios…, es no entender las raíces de la desconfianza de los ciudadanos y las preocupaciones de las Cortes. Lo que necesitamos es más poder de las autoridades civiles, más pesos y contrapesos, más control y no que se deje una decisión tan importante al juicio de quienes están en la línea de fuego.” 

El protocolo parece creado para un mundo sin ciudadanos y sobre todo mudos si existen, donde solo sea permitido el rol activo del gobierno y la Policía. Es la construcción de una ficción forzada y pretenciosa de intentar que ésta se parezca a la realidad concreta de todos los días para que sea igual a la distopía de sus creadores.  

Es inimaginable un mundo así, aunque ahora el gobierno uribista de Duque crea que se puede construir una tiranía en medio de la máscara de la democracia nacional a punta de decretos pandémicos. Los que observamos al presidente Duque visitar un CAI y usar el uniforme de la policía, mientras la ciudad ardía por la muerte brutal de Javier Ordoñez, concluimos que la poca democracia que nos queda se agota en estos gestos institucionales de la fuerza bruta. Este gesto presidencial nuestro nos recordó que la negativa de Trump a no defender los grupos de supremacía blanca en Norteamérica está amarrada a la espada de la tiranía. 

La sentencia de la Corte Suprema de Justicia busca garantizar la movilidad y la protesta social, amparándose en la Constitución Nacional y el Estado de Derecho. El uribismo desprecia este modelo de Estado y quiere montar como sea su estado de opinión. 

Lo cierto es que el Establecimiento viene intentando regular las protestas sociales desde 2012. Sin embargo, los eventos repetidos en el 2019 y en especial, los ocurridos en plena pandemia en el mes de septiembre, han obligado a hacerle creer al régimen, en medio del aislamiento y el confinamiento, que es hora de repensar desde la ideología derechista el derecho a la protesta para torcerle el pescuezo constitucional y enderezarla a sus intereses particularísimos. En esta línea de pensamiento crearon el Protocolo regulatorio de la protesta social, que la Corte Suprema y el Tribunal de Cundinamarca los obligó a revisar para la garantía de la participación de los ciudadanos en las manifestaciones públicas.  

La derecha extrema que nos gobierna nos desea quietos, pasivos y más indiferentes que antes, mientras los que pertenecen a esa clase social, sí pueden utilizar lo que la mayoría de los ciudadanos no percibe como actos de violencia gubernativa, simbólica o invisible del Estado neoliberal contra las gentes más desprotegidas de la sociedad: las reformas laborales y de la salud entre otros actos administrativos pandémicos. Es más que un ensayo político de cierre de ciclos históricos, es la propuesta uribista de ahogar la sociedad pobre del país, de acabar con los pobres a fuerza de hambre y represión. Es una revolución demográfica silenciosa, imperceptible, indefinible y brutal si se quiere.      

Usted se ha preguntado si los muertos del 9S tenían capuchas. O ha logrado intuir ¿Por qué algunos de los manifestantes usan las capuchas o se pintan los rostros en las protestas sociales? Los líderes civiles y de derechos humanos que han matado y seguirán asesinando ¿Será por qué no usan capuchas? Otras preguntas: ¿Por qué los del Esmad usan trajes especiales y caretas?  O ¿Por qué la policía usa los protectores de las motos para cubrirse el rostro? ¿Por qué la policía también tiene la terrible costumbre de utilizar civiles policías en las protestas? E incluso se les ha visto infiltrando las protestas sociales en las ciudades. No son santos. El problema es que mientras el poder del Estado en el mundo ha ido evolucionando hasta desacreditar la violencia física, aquí, en este país de guerras ocultas y muerte, de desapariciones y torturas, a la sociedad toda le aplican los castigos físicos.       

Alguien dijo que en Canadá los manifestantes no usan capuchas. A caso Colombia es Canadá. ¿O allá asesinan a los líderes sociales como acá? ¿O la policía les dispara a los manifestantes como lo hizo en Bogotá? ¿O acaso Canadá tiene los niveles de pobreza, injusticia social de Colombia? 

Los que hemos asistidos a las marchas no vamos con la intención de violentar nada, vamos simplemente a rechazar el mal gobierno en medio de la alegría, la algazara y el fuerte sol de Barranquilla, donde se ha demostrado que sí es posible realizar las protestas sociales sin la necesidad de acudir a los actos violentos, vengan de donde vengan. 

A muchos colombianos les ha tocado experimentar las provocaciones y el uso indebido del Esmad y la policía. ¿A qué juega la policía cuando tiene un arma, usa la fuerza bruta y viste el uniforme verde de la civilidad? Este doble rol enmascara el verdadero rol de los cuerpos de represión del Estado: defenderle los privilegios estructurados del gobierno contra los que sobreviven en medio de un régimen histórico que vive de la bandera, el himno y se resiste a escuchar la voz de la Constitución Nacional.  

domingo, 20 de septiembre de 2020

El cuerpo nos humilla

El cuerpo nos humilla

*Ramón Molinares Sarmiento.

Si fuera un ángel, si habitara en el cuerpo de un ángel, no padecería ahora esta angustia existencial que me tiene al borde de la locura. Dicen que los ángeles son felices mensajeros de las divinidades; yo, en cambio, no sé quien soy, nadie ha podido verme. Sólo puedo asegurar que soy distinto de este cuerpo en que habito desde hace más de ochenta años y que, a diferencia de las plantas, que dan flores y frutos, ya solo produce olores desagradables.   
Ahora permanece enfermo, canceroso, pudriéndose, cercano al morir, que es todavía más terrible que la misma muerte. Espero con impaciencia su fatal desenlace, que será también el mío, porque creo que sólo entonces, cuando me desprenda de él, podré saber quién soy. Vivo encarcelado entre sus huesos y su carne envejecida. Existo como prisionero. Me evado mientras duerme, pero tan pronto despierta me encuentro de nuevo en su prisión, observando cómo satisface el infeliz su infatigable tarea de condenado a comer. Tiene una tripa insaciable que no lo deja en paz, un tubo que se le retuerce en el vientre y que nunca termina de llenar ni de vaciar.
Cada mañana, cuando lo veo sentado en el bacinete, me siento tan humillado como él.  
Para confundirlo conmigo suele emplearse la categoría   Hombre, pero yo prefiero distanciarlo de mí porque sólo así podré dar una idea de lo mucho que me mortifica su presencia, sobre todo ahora, que esta hecho una miseria a punto de morir.
Desprendernos de él, alcanzar los más altos cielos de lo sublime, ha sido la mayor aspiración de nosotros, los espíritus, las almas, la conciencia, como nos nombran. Pero no nos deja; es testarudo, terrenal, no da cuartel, no puede pasar un día sin sudar, sin producir orines. Solo las artes, cuya condición es la irrealidad, tienen la virtud de hacerle olvidar por momentos sus necesidades elementales. Lo animo a pintar en la mañana, con los colores fuertes que empleaba Obregón, un cóndor de alas abiertas, una barracuda de ojos agresivos, un toro   de lidia con el lomo ensangrentado o una muchacha desnuda que lleva en las manos una guirnalda azul; en la tarde, a escribir poemas que procuren sostener el ritmo melancólico de los versos de Meiradelmar; y en la noche a tocar en el piano las dulces melodías de Francisco Zumaqué. Se eleva conmigo en esos instantes, se siente como desprovisto de la miserable materia de que está hecho, pero al día siguiente me humilla sin compasión: no soporto verlo deshacerse del peso de sus intestinos.
A los que viajaron a la Luna y se acercaron un poco más a las estrellas, los obligó también, allá en las alturas, a oler sus hediondeces. Creyeron los viajeros que subiendo a los cielos se sentirían como ángeles, pero regresaron desilusionados, convencidos de no poder ir a ninguna parte porque, en realidad, nadie puede irse del cuerpo en que habita, del animal con quien convive, que es de donde los humanos se quieren ir. Tan odioso es el cuerpo, que los teólogos acabaron por convertir a todos los dioses en un ser abstracto, que no tiene figura corporal. 
Estoy convencido de que el cuerpo y yo no nacimos al mismo tiempo; soy posterior a él, a esa cosa babosa y sanguinolenta que era en el momento de nacer. Por eso admito que la existencia es anterior a la esencia, como dice Sartre. No puedo precisar el instante en que me sentí en él, tan sorprendido como esos lirios blancos que nacen en la hediondez de los pantanos.
Afirman los teólogos que soy un soplo, pero no puedo imaginar a un dios soplando en una figura de barro, hecha de partes tan innobles. Una divinidad bondadosa no habría configurado un ser con unos órganos tan inmundos que hay que llevarlos escondidos. Si en verdad el cuerpo fue creado por un dios, no lo hizo a imagen y semejanza suya; lo hizo de barro con el evidente propósito de someterlo a la burla. Es fácil imaginar la risa, la carcajada de ese dios burlón cuando lo ve sentado en el bacinete, humillado, triste, con la sensación de estar recibiendo un castigo, expiando una culpa. Si no fuera culpable de algo la divinidad no lo sentaría allí todas las mañanas. Tan abominable resulta para algunos la carne humana, esa que se castiga en Semana Santa para expiar los pecados, que Borges creó en Tlon unos personajes sin cuerpo, inmateriales, que solo viven en el pensamiento, apenas sostenidos por la mera sustancia pensante. 
En la más remota imagen que tengo del cuerpo en que habito, lo veo pataleando en la cuna, rabiando, llevándose a la boca las manos sucias. Recuerdo con claridad esta imagen porque creo que fue para esos días, no antes, cuando, para huir de sus malos olores, de esa presencia que me pareció desagradable por primera vez, produje mis primeros sueños, una actividad propia de mi naturaleza inasible, inmaterial, que me permite tomar distancia, convivir con él en relativa independencia. Solo en el sueño soy independiente; cuando el cuerpo duerme me elevo, me alejo de la realidad que me atormenta. ¿Qué sería de mí sí, después de tolerarlo todo un día, no llegara la noche que me permite soñar? Pienso algunas veces que, cuando lo abandone del todo, cuando me desprenda de él, mi felicidad será inmensa; su compañía me ha privado del goce propio de mi condición de espíritu.
Con frecuencia me visita la idea de que las enfermedades, la vejez y la muerte son razones más que suficientes para que los hombres se desprecien, se odien y se maten. El ser humano mata y seguirá matando porque no tolera su condición de mortal hecho de barro. Mata al otro porque quisiera matar en ese otro las miserias que padece. Alcanzar la gloria de cualquier forma de poder y seguir envejeciendo como el más desdichado de los pordioseros es algo que enfurece a los mortales triunfantes. ¡Cómo quisieran los humanos ser distintos de los otros de su misma especie! ¡Cómo atormenta al poderoso sentirse igual al desposeído en el momento de deshacerse de lo comido y bebido en la fiesta de la noche anterior!
Me apena tanto la condición humana que, en mis sueños, los mortales sólo evacuan claveles de colores diversos. En estos sueños los seres humanos se sienten en armonía con todas las cosas del universo. En un mundo de cuerpos floridos ¿Quién sería capaz de apartarse de una dama, a la que, por descuido, le ha quedado colgando un manojo de flores perfumadas entre las redondeces de la cola?

Lo ingrato de estos sueños es presenciar, como ahora, el despertar de este cuerpo de más de ochenta años, que se está pudriendo todavía en vida y al que, ya desahuciado, después de abrirle el vientre para sacarle podridos pedazos de hígado, páncreas y tripas, le han quitado las sondas, los tubos por donde evacúa.
¡Cómo me duele verlo en ese estado! Ha vivido en permanente rebelión contra mí, humillándome con sus ventosidades imprudentes, eructando y bostezando en ceremonias solemnes; estropeando los mejores momentos, levantando el falo cuando no debía y manteniéndolo arrugado cuando tenía que darle la firmeza del roble, pero, a pesar de ello creo haber llegado a amarlo. Es terrible pensar en lo que será de mí sin él. Me aterra la incertidumbre. Me aterran la libertad y el goce que he imaginado, quizá ingenuamente, me sobrevendrán con su muerte. Si pudiera mirarme ¡ay! Si pudiera mirarme yo mismo como lo miro a él. Está al borde de la muerte, a punto de regresar al polvo, al barro de que está hecho y todavía no puedo saber quien soy. ¿Qué haré, cuando el muera, con todo este universo que tengo dentro de mí? ¿Qué haré con todo lo que he aprendido de la vida y de los libros? Verlo como un cadáver me hace anhelar   los días en que lo observaba, como cualquier bebé, orinándoles los vestidos a las muchachas que se lo comían a besos. Es triste saber que se va a morir a pesar de haber sido un niño bello, amado por las vecinas. Me parece injusto verlo agonizando, pudriéndose, mientras yo permanezco intacto, lúcido, como si sobre mí no hubieran pasado los años, el tiempo que le ha tumbado los dientes, agrietado el rostro y despoblado la cabeza. Mi lucidez, en medio de su podredumbre, la experimento como un castigo.
Aún no ha muerto, ya los vecinos le han puesto en las manos, cruzadas sobre el pecho, una imagen de la divinidad que adoran; pero ¿Qué puedo esperar de un dios que he imaginado burlón y cruel? ¿Qué será de mí si en verdad soy un soplo? Me da vértigo suponer que, sin estar soñando, sin la posibilidad de volver al cuerpo, ya muerto, el soplo que conjeturan soy sea llevado a las alturas por ventarrones que lo dispersen en el universo, que lo reduzcan a la nada. 
La nada es todavía más horrible que este cuerpo que se pudre. Me aferro ahora con desesperación a él porque preveo que si me desprendo es el vértigo, el abismo, la nada.
Si se durmiera por un instante ¡cómo no pude pensarlo antes de agravarse!, me escaparía en el sueño, lo dejaría solo, tan abandonado como ya se dispone a dejarme. Pero hace dos días que permanece con los ojos abiertos a la espera de la muerte; no duerme para no darme la posibilidad de escaparme en los sueños que, hasta hace poco, nacidos de su remota infancia, eran abundantes en amaneceres luminosos y en tardes de lluvia. 
 En su agonía me parece absurdo todo lo vivido, absurda su efímera existencia. Me hace sentir con tanta dureza que le pertenezco, que nací de sus entrañas, de sus vísceras, que me veo obligado a admitir que haberme creído distinto de él ha sido una ilusión. Me enloquece saber que va a morir sin que yo pueda salir de aquí, de esto que ahora no es ni más ni menos que una cárcel de carnes descompuestas.

Se empeñan los religiosos en hacerme creer que soy una paloma blanca, un ángel, un rayo de luz, cualquier cosa que pueda elevarse y huir de la prisión en que he habitado. Pero en medio de estas imágenes de vuelos, destellos y vientos, que veo pasar y volver vertiginosas, observo también, allá, en la lejanía, en un paisaje ya un tanto borroso, desolador, triste, la del lirio blanco que se marchita y deja caer sus pétalos sobre el fango.
         En este instante no sé a qué atenerme. El cuerpo sigue con los ojos abiertos y yo deliro, nadie puede confiar en lo que ve o cree ver una conciencia que delira. En el delirio, ante la presencia enloquecedora de la muerte, cualquiera, como yo ahora, puede creerse mariposa, pájaro, viento, ángel, luz que se apaga.
Imposible saber quien soy en este estado de locura en que me encuentro. Me aterra pensar que en el mismo instante de su muerte dejaré de existir. Mi destino, como el de todas las almas, es indescifrable.

*Ramón Molinares Sarmiento
Estudió en la Escuela Normal de Medellín y en la Universidad Libre de Bogotá. En las universidades de Lille y Montpellier, Francia, realizó estudios de especialización en literatura francesa. Es autor de las novelas Exiliados en Lille (traducida al Inglés), El saxofón del cautivo y Un hombre destinado a mentir.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Bitácora

 Las ausencias de los amigos 

Por Pedro Conrado Cúdriz

Lo que sentimos en medio del confinamiento pandémico –llevamos cinco meses de ausencias sociales- es individual, cada quien lo ha sufrido a su manera. Personalmente me he sentido extraño, fuera de lugar, a veces he sentido que no soy yo, o mejor, que no soy el mismo, que mi percepción del mundo, de la vida y del hombre es otra, quizás peor. Alguna crisis existencial ha bordeado mi vida y también la ha bordeado el espanto. En esos instantes no sé lo que tengo y lo achaco al maldito confinamiento, al duro aislamiento, a esta abruptiva y extraordinaria experiencia de sobrevivir la vida alejado de los amigos. En esos momentos, vivo acompañado de oscuros pensamientos no tan lejos de la sangre derramada en una nación amante de la guerra. Y estar ahí, sentado y automatizado por el teletrabajo, obnubilado y con los ojos secos por la máquina que me conturba, por el sentimiento extraño de ser una extensión de tuercas y tornillos de la inteligencia artificial y no cuerpo, absolutamente cuerpo humano. En la virtualidad, la conciencia  del otro es reemplazada por la conciencia de la máquina. No podemos ser humanos sin ella. He ahí otro dolor, otra conciencia de sí mismos. Y a mi frágil memoria arrinconada en aquellas imágenes del robot reemplazando al hombre en los trabajos domésticos, irrumpe peligrosamente la deshumanización del trabajo y la automatización humana. 

He escuchado quejas febriles, vibratorias, de compañeros de trabajo hastiados de los computadores, les he oído decir, lo insoportable y lo inimaginable que es pensar y hablar con una máquina. Dicen que después que se levantan y se alejan de ella, su sueño sigue acompañado del tic tac de las teclas o de la voz vibratoria que expulsa la maquinita. Es horror, pero es un horror no reconocido. Y llega otra vez la mañana, alineada en las repeticiones inocuas de lo mismo, la ensarta de acciones que no son hábitos, sino simple activismo laboral, hacer y hacer, no para cambiar el mundo sino para seguir bregando en la telaraña de las apariencias no esenciales de lo políticamente correcto. 

Aterra este mundo infernal de lo aparencial, esta manía loca de hacer y hacer acompañada de la creencia dogmática de cambiar las cosas. Es otra muerte lenta, aburrimiento absoluto del vivir en el no tiempo o en la improductividad de las que nos habla Byung Chal Hun en sus libros. “Mañana es otro día,” escuchó la voz de Gloria a través del celular. Y, sí, es otro día, pero no el deseado.   

domingo, 23 de agosto de 2020

Bitácora

El odio ideológico o la ideología del odio 

Por Pedro Conrado Cúdriz

“Si la autoridad serena, firme y con criterio social implica una masacre, es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta”. Trino de Álvaro Uribe recién posesionado Duque en la Presidencia 

El ejemplo más claro de este fenómeno es el nazismo. Hitler convenció a sus huestes y a la sociedad alemana de la época a operar el odio contra los judíos. Pero nunca fue capaz de confesar esta mentira o este invento ideológico, que convirtió luego en su fe o en convicción política para alcanzar el poder. El resto ya es historia y ustedes lo saben. 

Este odio no gratuito es lo que se conoce como odio ideológico- político. Solo lo alcanzan las mentes severamente dogmáticas y de corte tiránico.  

El otro odio, el interpersonal se debe a las malas relaciones humanas o a conflictos entre miembros de familia, o a conflictos de trabajo o barrial. No van más allá de este círculo. Sin embargo, el  ideológico-político, es el que niega al otro como interlocutor válido, porque es considerado entonces un peligro –negado- para poder llegar al poder.  

“A veces – escribe la filósofa Carolin Emcke  en “Contra del odio” – me pregunto cómo son capaces de algo así: de sentir ese odio. Cómo pueden estar tan seguros. De lo contrario no hablarían así, no harían tanto daño, no matarían de esa manera… tienen que estar seguros… Si dudan, no podrían estar furiosos.” Este odio tiene que ser ciego, pienso yo, sin fisuras, para poder atacar, agredir, callar, perseguir y matar al otro,  considerado el enemigo. Ser objeto de la ideología del odio implica quedar al descubierto en el centro del camino.  

Previamente el que ejerce el odio político ha desbrozado la maleza enemiga hasta localizar la presa seleccionada para el ataque. 

En ese entramado se validan todas las armas estratégicas posibles e imposibles como las ilegales o las falsas noticias para confundir y ganar adeptos, difamar, despreciar, espiar, filtrar los teléfonos o negar la información al medio periodístico considerado enemigo de la causa política. 

El prurito de esta estrategia es la mentira, rampante, cínica, repetida. 

Tampoco escapa el invento de los falsos enemigos para confundir a la mayoría de las gentes sin identidad política. Así difuminan el odio y el miedo. La Farc ha sido el caballito de batalla en el pasado y en este presente convulso y caótico a pesar de los acuerdos de la Habana y la presencia guerrillera en el Congreso. 

El discurso del odio ideológico-político - está notorio en un trino reciente del expresidente Uribe a causa de la prisión en casa por orden de la Corte,  lo repiten hasta el cansancio y hasta convertirlo en verdad, en verdad ideológica. El odio es tan visceral e irracional que el prisionero número 1087985 y el Centro Democrático despotrican de la decisión de la Corte. Los epítetos van de mafiosos, bandidos... 

Hasta hoy este odio ideológico desapercibido por los uribista incautos ha rendido sus frutos. En especial entre los más pobres que, por su ignorancia política han caído en sus cadenas de mentiras y noticias falsas. Sin la ignorancia de los pobres nunca hubieran alcanzado y conservado el poder. Las 200 camionetas cuatro puertas de las caravanas de estos días no son suficientes. 

Lo increíble es que las redes sociales, caídas en manos de los manipuladores de la derecha, les dan a los pobres ignorantes de la historia de este país, la ilusión de la libertad. Con este espejismo libertario son capaces de atacar el pensamiento crítico. En el fondo no saben que ya están inscritos por ignorancia en las páginas del totalitarismo nacional.    

viernes, 7 de agosto de 2020

Bitácora

La muerte en los tiempos de pandemia 

Por Pedro Conrado Cúdriz

En las sociedades ahora productivas, consumistas, narcisas y febrilmente hedonistas la muerte ha resultado más inaceptable que antes. Y esta es –quizá- una de las razones para que la gran mayoría de las gentes le hagan los esguinces, los dribles y los afanes eternos de desatenderla como tema de conversación cotidiana. Carga ella con el estigma de lo macabro o lo tétrico. Solo los filósofos, los antropólogos, los psicólogos, los sociólogos, los teólogos, los literatos, los poetas y los médicos entre otros, reflexionan sobre un destino final predeterminado de antemano por la naturaleza. Ellos intentan ir más allá de la función biológica del cuerpo para comprender sus efectos patológicos y culturales en la vida humana y poder lograr entender también los cultos creados por el hombre para su defensa mental, sobre todo aquellos rituales conocidos y llevados a cabo en casa, en las iglesias y en los cementerios.  

La pregunta aquella que le hace una niña a la abuela (“¿Por qué abuelita, tengo yo que morir?”) es el marco filosófico de la complejidad del tema. Cuando la niña le hace la pregunta a su abuela, seguramente su pensamiento ignora la relación dialéctica entre la vida y la parca. Y es en este sentido que Eugenia Villa Posse, en su investigación sobre el morir, considera que “la muerte es mucho más radical que la vida.” 

Pesa más la muerte porque le corta todas las amarras a la vida. Absolutamente. Y sin embargo, si comprendemos su biología, lograremos entender mejor su radical “postura.” Quien no lo comprenda así sufrirá de un duelo indescriptible. 

Lo que nos angustia entonces es la finitud, abandonar el mundo irremediablemente, y se nos olvida que es la muerte la que le da sentido a la vida. “… el culto a la vida, conceptúo Octavio Paz, si de verdad es profundo y total, es también un culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega la muerte, acaba por negar la vida.”  

A propósito, recuerdo ahora con la precariedad de mi memoria la belleza de una conversación entre María Kadoma, la esposa de Borges, y su padre, quien ante la resistencia de la niña a la comida le dice que morirá irremediablemente. Y ella le pregunta con la inocencia del tiempo: ¿Papá qué es morirse? Y él, con la devoción en sus ojos le responde: No verás salir más lo que tanto te gusta, la luna.  

Nadie soportaría los círculos y las rutinas de la inmortalidad. Pablita, una vecina que alargó su existencia casi hasta los cien años, días antes de su muerte me confesó su aburrimiento por seguir viva. “Ya está bueno,” me dijo una tarde. 

El problema no es la muerte sino la experiencia de no poder vivir el culto o los rituales que la humanidad se ha inventado para paliar las pérdidas. Si los quitan o limitan nos fracturan la estabilidad comunitaria, la cohesión y la misma identidad. Viviremos entonces en el vacío y caminaremos por el mundo sin el soporte de saber quiénes somos como sostiene el filósofo Byung Chal Hun.

Les comparto algunas sentencias y frases de mi diario Piel de Hierro que llevo en el Facebook: 

-Se nos olvida que nuestro destino biológico es el mismo del perro: la muerte. 

-Nos angustia saber que no somos inmortales, que nos quedan pocos años de vida. 

-La indisciplina social no es otra cosa que la inoculación insignificante de la vida. El régimen educó a las gentes para ser objetos, cosas del consumo. 

-Las gentes le huyen a la muerte, pero ésta está oculta detrás de la oreja, y no nos avisa de la nueva visita. 

-El otro día leí algo así: “Yo estaba ya del otro lado de la vida, pero la muerte me rechazó. Observé un relámpago, una candela y me vine.” 

-Hoy creman los cadáveres y los entregan en frascos y convertidos en cenizas y como si fueran remedios de la farmacia. Otra nueva relación con los muertos, otro culto nuevo. 

-“Nada dura lo que dura el recuerdo / Apenas nos descuidamos todo se va…” Báratro. Roberto Núñez Pérez. 

-Somos apenas un recuerdo que espabila angustiado en el universo. 

-La conciencia de la muerte es el temblor y el asombro de la nada. 

Por el ojo de la cerradura

Petición paternal

Por Tito Mejía Sarmiento

Dos días antes de morir, mi padre César Eurípides, me dijo en medio del dolor que lo habitaba y carcomía que, no dejara para nada que el legado de Nelson, su hijo menor asesinado por fuerzas oscuras el 29 de abril de 2004, frente a las instalaciones del D.A.S., en Barranquilla, se esfumara veloz como el beso que se le da a la mujer que no se ama, y 16 años después, creo que no le he fallado en su afanosa y justa petición

Muchos saben que el médico Nelson Ricardo Mejía Sarmiento fue un fenómeno político en su natal Santo Tomás, por algo fue elegido alcalde popular en tres ocasiones con altísimas votaciones, (la última en una especie de cuerpo ajeno con la representación de su esposa Onésima Beyeh). 

Es que Nelson con su carisma sabía llegarles a las gentes, era un hombre como dijera el escritor Ramón Molinares Sarmiento, con un corazón de puertas abiertas por donde entraba todo el que quería, a cualquier hora del día, noche, sin pedir permiso y sin pagar cinco centavos.

Hoy, mi hermano Nelson navega en la memoria colectiva de los Tomasinos, Palmarinos, Sabanagranderos, Malamberos…

A Nelson lo asesinaron de tres disparos en su cabeza cuando menos lo esperaba, pero dejó en muchas casas colgado en sus paredes un retrato o un afiche de sus campañas, donde las personas se miran como en un espejo. Hay una veneración tan propia hacia Nelson todavía como si fuera la piel con que se sale a las avenidas para fijar el paso de los instantes.

Nelson es el hermano que nunca se ha ido, ni se irá, porque siempre extiende su mirada bondadosa al que lo necesita, es una especie de hombre en la bruma que vacía su presencia por completo cuando se le invoca. Lo digo con sinceridad porque a mí me ha pasado cuando acumulo quebrantos en mi cuerpo.

A veces da la impresión en Santo Tomás de que Nelson se convierte en los momentos adversos, es decir cuando las sombras se sostienen perezosas, en el pájaro sanador en cuyas alas todos, absolutamente todos volamos.

Entonces, podrán matar a Nelson las veces que quieran, pero nunca podrán acabar con su legado, mi amado padre César Eurípides. Hace 16 años, quedó imbricado para siempre en el corazón de las gentes que lo conocieron y eso es exclusividad de los afectos.

Y algún día no muy lejano, papá, las palabras descubrirán el silencio de los autores determinadores del crimen de Nelson, para olvidarnos, viejo mío, de este maldito tiempo imperfecto que ha destrozado el alma de la familia sobre todo cuando la noche envuelve más el dolor como realidad inagotable.

martes, 7 de julio de 2020

Por el ojo de la cerradura

Imaginaria vejez de mis cómplices amigos de palabras

Por Tito Mejía Sarmiento*

El tiempo abre sus puertas de par en par, entonces, como expulsadas por un descomunal embate, van apareciendo una por una las personas que lleva adentro: El primero que aparece es Ramón Molinares con sus 95 años a cuestas. Él ahora ve la vida a bordo de sus lentes de contacto como tratando de limpiar la afectación de sus pupilas, él además, sabe por experiencia, porque fue uno de los “Exiliados en Lille”, que el cuerpo es como una página encubridora de las miradas. Se le da por tocar casi todas las tardes, (de 2 a 3, por recomendación de su hijo músico, Felipe),  sentado en un taburete al final de la calle Grande de su pueblo natal, Santo Tomás, Colombia, “El saxofón del cautivo” que halló en un viejo baúl de la casa de sus padres, y como si fuera poco, no ha dejado de ser “Un hombre destinado a mentir” que trata con afán de hallar una mujer que lo ame, y que no apague la luz para demostrar que lo entrega todo con una habilidad asombrosa y sin “Vergonzoso amor” .

Ramón Molinares  sigue haciendo sus siestas religiosamente, 15 minutos después del almuerzo hasta cuando un niño vecino lo despierta con la mano.  Luego a las 5 de la tarde,  se fuma un habano,  mientras espera a su hermano mimado Mario Modesto, quien con voz baritonal repite varias veces, entreabriendo sus brazos como si estuviese en las “Intimidades de un proceso”: Santo Tomás,  definitivamente, es “Un pueblo sin memoria,” y por eso, sus habitantes no alcanzan a oír “La última pitada del tren de la felicidad”.

Pedro Conrado aún con sus 92 meses de diciembre encima, no sabe cómo salir de una “Emboscada de silogismos” que lo tiene atrapado como “El gato sin botas” desde hace más de 30 años, mientras intenta recobrar en “Contravía” la triste “Memoria diaria de un condenado”, en medio del estribillo insurrecto como si fuese ya “El Concierto de lo pequeño”, que  Dios hubiese sulfurado con  ángeles incluidos  en  territorio prohibido.

Aurelio Pizarro se ve todos los días bien temprano a las seis de la mañana, en el “Espejo infinito”, tratando de ser el mismo soberbio de antes, pero ya con otras facciones, otras miradas, corazón distinto, menos cortejador, 77 años entre pecho y espalda (“El laberinto todavía”); y como si fuese uno más de los “Fantasmas de este mundo”.  Él todavía se unta crema rejuvenecedora como en la canción del regresado, esquivando quizás  “La muerte previa”.

Tatiana Guardiola, a pesar de sus 73 años, no da trabajo mirarla,  sigue siendo una bella y agraciada mujer que le apuesta a los “Antiguos placeres” en la obediencia de las cosas  como queriendo decir: “¡No me esperen mañana!” en el jardín de las trinitarias bajo la luz de la luna de Acuario porque saldré a buscar “Tinta y pinceles para mi amante”.

Julio Lara con una alopecia abismal y con pasos cansinos a sus 82 años, ruega todos los días como “Los Visionarios” que Hime, la gaviota azul que conoció en 1986, lo transporte una vez más en sus alas vencidas,  en una especie de fuga sin tregua, para que los besos renovados no cambien de sabor,  y así, seguir regalándole  los ojos con todo lo que han mirado, como buen “Carpintero de palabras” que es.

Iván Fontalvo con su fina figura, sintiéndose todavía a los 70 años, con la posibilidad invaluable de ganarse como siempre, otro de los tantos premios literarios después de “Un largo viaje”, en medio de la oscuridad por  “El apagón” y haciendo jaculatorias al cielo para que “Ojalá la guerra” no regrese jamás por nuestros lares sino la calma como “Una obra de arte”.

Y yo, desde luego el mismo Tito Mejía, intentando a los 87 años, aquietar con los arrestos primarios de un joven fisgón, la ansiedad de la mujer amada a través de “La suma de las noches”, para dejarla plena en el capullo espeso de las estrellas "De la ciudad y sus amores ajenos", y más allá si es el caso de “El ojo ciego del planeta”. Dicho de otra manera,  como si el dedo índice peleara con el anular para tratar de facilitar la doble función de señalar o descalificar lo visceral de la existencia humana como en una “Crónica de los días”.

A pesar del correr de tantos años, nosotros no perdemos la costumbre de ser unos perturbados compradores de libros, amén de citarnos dominicalmente e invitar a nuestros también viejos amigos y buenos escritores: Guillermo Tedio, Paul Brito, John Better, Julio Olaciregui, Federico Santodomingo en nuestro terruño, para tertuliar y tomarnos una copa de vino bajo la frondosa sombra de un árbol de mango aunque la nostalgia nos sacuda y, nuestras memorias de vez en cuando, se fragmenten en medio de un temor supremamente hermoso, mientras nos llega el largo viaje sin retorno y que por supuesto, nos permita festejar en la otra vida,  para recobrar como es lógico, nuestros cuerpos iniciales.

*Tito Mejía Sarmiento, (Santo Tomás). Filólogo, poeta y locutor de Colombia. Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de poesía, en agosto de 2001

lunes, 29 de junio de 2020

Bitácora

De lo banal y otras fiestas

Por Pedro Conrado Cúdriz

Hay cosas banales, explicables. Y hay otras que son inexplicables. Cosas. Por ejemplo, ver todos los días al Presidente Duque salir en el marco de la televisión nacional a la misma hora todos los días, así como lo hacen los periodistas de los noticieros nacionales. 

Y todos sabemos – bueno, no todos-, en qué terminan los mismos en la mañana, en la tarde y en las noches. Verlo vestido de Presidente y como si fuera para una fiesta, me regresa a mi infancia. Verlo me recuerda mi época de niño y me lleva a las imágenes de alguna fiesta programada en el barrio. Mi madre me programaba para la fiesta. Sí, me programaba. Por la tarde, todas las tardes, se destaca el sonido de la voz presidencial, voz calmada –no se ven las partículas salivales brotando de su boca, veneno contagioso de palabras. Me impresiona su banalidad y su encartonada indiferencia por aquellos que viven y lo ven del otro lado del estudio que emite su voz y su imagen fiestera. Usa una máscara invisible que le oculta su profunda identidad y también su verdad. La verdad de todos. Parece un verdadero periodista de opinión. Enfrente de él puede tener un telepronter, una máquina para las simulaciones. Y hay, además, otras cosas inexplicables, banales, la audiencia mansa, por ejemplo, todos los aparatos de los televisores prendidos a la hora de siempre y su imagen monopólica y estrambótica –dependiendo del tamaño del televisor- queriendo escapar de la trampa de la vida. Es raro ver todos los días al Presidente Duque en la televisión nacional. Se parece al presbítero García Herrero, aquel viejo cura de las siete. Su audiencia la conforma la mayoría de las gentes que no leen nada y creen en los verdaderos milagros de la caja del televisor. Esos mismos colombianos que tienen dificultades para subsistir biológicamente y que ahora respiran con dificultad el aire contaminado de coronavirus. Esta gente pobre, jodida, y que a pesar de todo, el presidente los pone en peligro con el invento de los tres días sin IVA. Gente que ignora el valor de las ganancias de los capitalistas dueños de los centros comerciales en el primer día de IVA: cinco billones, absolutamente. Y cero pollitos para el gobierno. Esta misma gente que organiza miles de fiestas en domingos y en los días de fiestas de guardar, porque creen que el desorden viene de arriba, de los 1.600 contratos de todo tipo que investigan la Procuraduría, la Fiscalía y la Contraloría General de la Nación para atender las múltiples necesidades de la pandemia. ¿Quiénes son? 

Algo huele muy mal en la política nacional. Hay que cubrirse la nariz para entrar a otra porqueriza de la nación. Cuando creí haber terminado este artículo, mi sobrinito Juance, me preguntó si ahora el presidente Duque hace de periodista de la televisión. “¿Tío, es cierto que ya no es presidente?”  

miércoles, 17 de junio de 2020

Bitácora

Carta a los niños del futuro

Por Pedro Conrado Cúdriz 

“Los sueños se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación del ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con un pañuelo.” Eduardo Galeano, El adiós de los sueños. El libro de los abrazos.

No sé cómo decirlo, pero quizás cuando vengan al mundo con su carga de adversidades y animales salvajes de todos los tipos, éste será tan pobre y desigual que alguien podrá observar o pensar que todo fue calculado como ocurre en las matemáticas. Habrá Estado, pero no habrá País. Una turba de hombres venidos del inconcluso y oscuro presente - que arrasó con lo que la tradición llamó institucionalidad, que no es otra cosa que la decencia de un mundo apreciado -, harán añicos los sueños de todas las generaciones contemporáneas que ya nacieron o están por nacer. En ese mundo del pasado figuraban mal que bien la delicadeza, la honorabilidad y la vergüenza.

Apellidos históricos como los Vargas Lleras, Los Ospina, los Santos, los Pastranas, los Gavirias, los Uribe… bestializaron lo poco que quedaba del país, y han sido tan traumáticos y dramáticos y arrolladores todos estos gobiernos, que ustedes, niños del mañana, no podrán sobreponerse a la muerte del hombre, de Dios y la esperanza.

Van a crecer en medio de las ruinas físicas y espirituales de las ciudades a pesar de la opulencia, porque cada hombre será un espejo dramático de sí mismo y campeará el cinismo, el individualismo, la pasión egoísta, el narcisismo y la Sociopatía. Nadie será espejo de otro y de aquel mundo ruin saldrán los hombres a devorarse como supremos enemigos. Sobrevendrá el caos como la marca de los tiempos. Y solo sobrevivirán los más adaptados. Es decir, los más malos.

Entonces verán crecer en la multiplicación de los panes, la envidia, la pasividad, la estupidez y el crimen organizado. Nadie podrá entonces controvertir al gobernante de turno. Y los medios de prensa y el gobierno estarán definitivamente al servicio del capital y los capitalistas. Los políticos ya no serán políticos sino burócratas alquilados al capital. Los criminales reemplazarán a los tecnócratas y conjuntamente con los banqueros organizarán un régimen plutocrático y cleptócrata. Este será el presente que les espera a los niños en el porvenir. Si no hacemos nada hoy y aprovechamos el movimiento de rebeldía contra el racismo mundial en época de Covid-19, no habrá otra oportunidad sobre la tierra para amansar esta soledad que nos gobierna.

martes, 9 de junio de 2020

Por el ojo de la cerradura

Diario de emociones, Confinamiento y Coronavirus


Por Tito Mejía Sarmiento

                                                        “Solo son flujos en el  acontecimiento de la palabra” Andrea Crespo Granda

El sociólogo, escritor y poeta amigo  Pedro Conrado Cúdriz, desde hace más de 49 días ininterrumpidos se ha venido convirtiendo en una máquina impresionantemente admirable en cuanto a lo emocional,  para fabricar palabras que plasma en su muy apetecido  blog “Piel de hierro”, el acontecer no solo nacional sino internacional a raíz del Covid 19, fenómeno que nadie tenía previsto. 

Y eso como él mismo me lo manifestara  por teléfono, lo hace demasiado feliz en la ciudad interior de su imaginación, y que además, como dato curioso, la lectura y la escritura lo han salvado de la locura pandémica, ya que son sus hábitos favoritos, que lo transportan a nuevos y viejos territorios,  amén de transformarlo  en un ser abstracto –no invisible, es decir, en un ser socialmente liberado.

Yo, que he tenido el placer de andar junto a él en tantas actividades culturales y de ver crecer de cerca su talante como escritor, crítico literario y sociólogo, invito (y no es por sobar chaqueta) muy respetuosamente,  no importa que cualquier día parezca en estas etapas lunes, no importa que nos miremos más en el espejo o que el sueño nos sacuda la última canción de la noche en medio de una vela encendida,  a que sirvan de multiplicadores de este proverbial  proyecto, de las sugerencias emocionales diarias de Pedro, en “Piel de hierro” (Facebook), ahora precisamente cuando el relevo generacional asido a la esperanza, parece abrir bien los ojos como una acertada respuesta ante las vicisitudes de los movimientos de la sociedad mundial. Al respecto, Conrado argumenta con atenuante dolor en uno de sus diarios:  

-“Hoy el color del aire que respiramos es negro.
-Amo el color negro, lo respeto, lo admiro, lo quiero por diferente, por raro.
-Si quiere ser como el hombre araña no se deje picar de la Viuda negra como lo hicieron tres hermanos en Bolivia. Se salvaron porque fueron llevados de urgencia a un hospital de la zona.
-La operación de la resta beneficia al capital. En Brasil murieron en un solo día pandémico más de 1300 personas.
-En Chile hace años un niño de cuatro años disfrazado de Superman se lanzó de un quinto piso pretendiendo volar como el héroe de las películas. No se pudo salvar.
-La vida siempre ha estado cargada de problemas. Y el nombre de esta complejidad es la Crisis. La piedra nunca ha tenido una crisis, nunca, aunque la partas o tritures”.

Entonces, ahí está la pluma de Pedro que sugiere, sentencia y recapitula todo lo humano de una realidad que nos consume el alma hasta los tuétanos, con un lenguaje coloquial, a veces retórico-anecdótico,  claro está, con la obstinación en lo habitual para que se estacionen en ella o huyan como el ave en busca de otro viento que perfile mejor su aleteo. Ahí está. 

¡Ahí está el detalle, manitos!, decía el genial humorista mexicano, Cantinflas.