martes, 7 de febrero de 2017

Por el ojo de la cerradura

 Pequeña crónica de un asalto
¡Esto es un atraco y el que se mueva, lo matamos!

Por Tito Mejía Sarmiento*
Las manecillas de su reloj de pulsera marcaban exactamente las 5 y 45 de aquella gélida mañana del miércoles 25 de enero de 2017, cuando Rubén Arano, profesor especialista en Literatura Comparada se montó (calle 96 con carrera 42F) en el bus de la línea Flota Verde que lo dejaría cercano a su sitio de trabajo.
Comenzó a interpretar el vasto silencio de una hermosa universitaria que sentada a su lado, fluía ajena todas sus rosas, mientras allá arriba el firmamento intentaba cerrar las últimas pavesas de mil ojos.
Quince minutos después y cuando sonaba fortuitamente la melodía “Pedro Navaja”, interpretada por el salsero Rubén Blades en el dial de una emisora que el conductor del vehículo llevaba sintonizada, se levantaron de sus sillas dos hombres que sincrónicamente gritaron: ¡Esto es un atraco y el que se mueva, lo matamos! 

El más alto de ellos tenía un acento del interior del país, de figura enjuta y era el que más puteaba y amenazaba a los pasajeros, mientras le iba quitando las pertenencias de silla en silla. No se veía un alma en toda la avenida mucho menos un policía. Rubén Arano se puso a reparar de reojo las pistolas de los maleantes, ya que le daban la impresión que eran de juguete, para ver si podía enfrentarlos debido a que había practicado por muchísimo tiempo karate, aquel arte marcial de autodefensa, pero mejor optó por quedarse quieto. 

Nadie opuso resistencia. El profesor entregó su celular de alta gama, además de 50 mil pesos que llevaba en su cartera, ante la amenazante solicitud del maleante. Acto seguido y, en medio de la confusión, el profesor escuchó otra voz con acento costeño en la parte de atrás que le decía: ¡Hey, tú, ponte de pie, no joda! Era el otro asaltante que había cambiado de posición con la velocidad de la luz. 

Rubén notó que la cara del malhechor estaba aporreada por un acné reciente y que su voz salía estimulada quizás por el alto consumo de drogas. Entonces, se dijo para sus adentros, pensando en sus cuatro hijos y en su mujer: “Esta vaina se jodió”. 

- ¿Por qué venías sentado sobre ese libro?, preguntó el antisocial al profesor. 
- Un libro que voy a regarle a una amiga, respondió sin vacilación. 
-Déjame verlo, replicó sorprendido. El atracador abrió el libro y encontró 250 mil pesos que Rubén había guardado en la página sesenta.  
-¿Y le ibas a regalar además del libro, 250 mil pesos, cabrón? Le refutó con una inusitada soberbia.
Por último atino a decirle al profesor: ¿De qué trata el libro? 
-Pues, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince. Trata de la reconstrucción amorosa, paciente y detallada de un personaje que dedicó los últimos años de su vida, hasta la misma noche en que cayó asesinado en pleno centro de Medellín, a la defensa de los derechos humanos, le detalló Rubén ya sin temor, y ante el asombro de todos, incluyendo al propio conductor, que entre cosas, los asaltantes no le quitaron el producido del primer recorrido, dejando una monumental duda entre todos los pasajeros. 
-Este libro también me lo llevo porque puede servirle a mi hijo que está estudiando derecho, atinó a decir al bajarse con su compinche en el parque Sagrado Corazón de Barranquilla.
Al llegar a su sitio de trabajo el profesor se puso a leer un poema del primer libro que encontró en su compartimiento, casualmente en la página sesenta, titulado “Los hijos de la calle” de Tito Mejía Sarmiento:
Los hijos de la calle, los mismos de miradas rotas en el piso, se levantan con el hambre y se acuestan con las estrellas. Muy a pesar de todo, danzan alegres como el dragón que lanza fuego de presagios despiertos por las escalinatas del día. 

*Tito Mejía Sarmiento
Filólogo, poeta, escritor y locutor.
Ganador del Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía (2001)

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