jueves, 2 de marzo de 2017

Por el ojo de la cerradura

¡Ni la muerte los pudo separar!

Por Tito Mejía Sarmiento
Convivieron por más de 78 años, prueba del amor eterno que se profesaron que ni la muerte pudo separar y, a decir verdad, ni el mismo tiempo en su cuota inerme podrá cobrar con todas sus invasiones estelares.

El pasado 17 de febrero en la ciudad de Barranquilla, capital del Atlántico, murieron Víctor Herrera De la Espriella (106) y doña Ángela Iranzo Salas (96) con escasas horas de diferencia y juntos levaron anclas, para jamás volver, como en el hermoso poema “La canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob.

Que yo tenga conocimiento, hacía años no se daba en el Caribe una conmovedora elegía como esa. Don Víctor y doña Ángela convivieron juntos por más de 78 años en el popular barrio los Andes, en una demostración de infinita y pura ternura  que  sin desvalijar celos pero si condescendencias a la entrega, ansias de vivir y amar conformaron su existencia. Además, ellos se valieron por la naturaleza de los instantes del don preclaro de evocar los sueños en los extremos influjos circunstanciales de la propia vida que, ni la propia muerte que sigue siendo ingenua y triste con su mismidad apasionada   los pudo separar y, a decir verdad, ni el mismo tiempo en su cuota inerme podrá cobrar con todas sus invasiones estelares.

Razón tuvo entonces, don Víctor cuando constantemente repetía a sus familiares y amigos: “El amor y la muerte son engendros de la suerte” o el verso del poeta alemán Klaus Johann: “Contener la muerte suavemente, toda la muerte, aun antes que la vida y eso sin enojo, es indescriptible”. Es decir, Víti y Lilla aceptaron la vida como es, finita, compleja, doliente, porque vivir sin sufrir (envejecer sin hacerse viejo) era imposible.

A pesar de los quebrantos de salud producto quizás de la longevidad, nunca  permitieron  vivir con alguno de sus ocho hijos: Joao (actual alcalde de Soledad), Lao, Víctor, Esteban, Rafael, Zeger, Iván y Roque, importantes profesionales de la Radio, Televisión, Psicología, Literatura y Derecho. “Ellos siempre nos decían que querían vivir solos. Mi abuela Ángela le seguía cocinando a mi abuelo Víctor, le preparaba el desayuno, el almuerzo, la comida. Siempre lo estuvo atendiendo. Nunca se enfermaron, eran unos robles”, manifestó muy conmovido uno de sus tantos nietos Joao Herrera Olaya al portal informativo Zona Cero.

Una de las mayores complacencias  de mi vida es haber sido por muchos años amigo de esta pareja,  haberla visto vivir siempre unida. Me gustaba verla sentada, cuando en nuestra ciudad se podía, en la terraza de su casa, observando con encantamiento  las aves que pasaban en las tardes de sábado que eran muy distintas a las del domingo cuando caía la noche y las luces de los carros comenzaban a encandilar al final de la calle, donde precisamente, una brisa de improviso reposaba una garra y dormía. 

De don Víctor, me queda su dicción bien acrecentada de sus famosas efemérides en el radioperiódico “Informando” que dirigía el gran locutor calamarense, Marcos Pérez Caicedo. Su perspicaz mezcla de  silogismos, sabios consejos, en fin su vasta cultura  y de doña Ángela (Lilla), la bondad y el mar cubano de sus ojos y por supuesto, su prodigiosa memoria para repetir los dimes y diretes de su amado esposo Viti, primordialmente estos tres que le gustaban tanto: “Muchas veces somos felices sin siquiera sospecharlo”; “muchas veces el ciego se aparta del abismo en que cae el clarividente”  y  el pensamiento de José Luis Borges que dice: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

¡Que sigan siendo felices, amigo Víctor y amiga Ángela en la propia muerte, hasta cuando la memoria desvalije los recuerdos bajo el peso del silencio!

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