miércoles, 4 de enero de 2017

Bitácora

Juanchi

Por Pedro Conrado Cúdriz

El bacán del barrio nuevo no sabe qué hacer con su vida.
Quince minutos con el genio del aburrimiento.

La tele lo entretiene, igual el dominó de la esquina, donde es siempre el ganador. Tiene 21 años de edad, y es un tiempo eterno mamando gallo en la cuadra, estudiando a la fuerza, pero por la fuerza de sus padres, no la de él. Le importa un pito el país, sus intentos camaleónicos por la paz, pero lo que más le gusta de la tele son los partidos de fútbol, sobre todo el internacional, porque el fútbol local es perrata, doméstico, como los partidos de bola e trapo en el estadio del futbolito de las calles del barrio.

Perfil de PCC
Juanchi vive en el Dos de Marzo, un barrio “arrimao” de la ciudad, compuesto por víctimas y desplazados de la guerra nacional. Acaba de salir del baño con unas chancletas viejas, arrugadas como su octogenaria abuela, toalla enrollada en medio cuerpo como una boa constrictora. Los pobres-pobres como él, omito la palabra miserable para no ofender el papel, también tienen su glamour y el olor que emana de su flaco y endémico cuerpo es el del jabón de perro azul, con el que bañan los perros en la cuadra. Su casa está construida en piedra y cemento y en obra negra (ahora mismo me viene a la memoria el libro de Leila Guerreiro: Zona de obras.) Su casa Tiene dos entradas, fatalmente, porque no tiene escapatoria en caso que haya que salir huyéndole al diablo: en la del patio hay un abismo y en la que está en todo el enfrente, un CAI. No hay ventanas y el calor cuando el sol prende motores es infernal. Messi aquí se moriría de tristeza y presión arterial.

Juanchi vive sin el manual de instrucciones llamado proyecto de vida. No es necesario, se vive para experimentar los latinos del corazón y la miseria de la existencia, no otra cosa. Al carajo, pienso yo, con esas vainas de los entrenadores ontológicos, que son para individuos normales, que aspiran a ser algo en la vida, excúsenme el cliché.

Cuando le digo que quiero una entrevista con él, se muere de la risa y sale caminando de la sala de la casa y se ríe como un loco de la calle. Entonces uno de los policías vigilantes del CAI se asoma y sin saber por qué también ríe, pero con una risa fallida. Y el pobre hombre verde regresa al sitio de donde vino.

Juanchi a la ciudad más lejos que ha ido es Santa Marta y lo ha hecho en esos paseos contratados por algunas familias, que tienen un niño inquieto que quiere conocer el mar. Son esos susodichos paseos donde hay que pagar con anterioridad el pasaje. “Llevamos la comida hecha, me dice, arroz, pollo guisado y agua de panela.” Después quedan las nostalgias de las fotografías, hasta que se presente una nueva oportunidad. “Santa Marta, me la imaginaba como una ciudad próspera, pero no, es otra ciudad más, con la única diferencia, que tiene un mar, que es como un monstruo de la infancia, devorador de barquitos de papel.”
-Lo pasamos bacano, dice, espectacular, cuerpos semidesnudos, unos manes tomando fotos, cervezas y la novia de siempre.
-¿Qué fue lo que no te gustó de Santa Marta?  
-La mierda, que nada como otro cuerpo vivo, como un pez más en el mar.
-¿Habías venido antes a la samaria?
-Sí, otras dos veces, cuando estudiaba en el bachillerato, ya sabes, Bolívar, el Libertador de siete naciones, durmiendo su sueño eterno en la ciudad.

Estamos sentados debajo de un árbol de mango, descuajado de hojas, cara cara, con nada más que el aire, el sol y la raquítica sombra. Habla rápido y concentrado en mis ojos, no se le nota nervioso, pero se advierte una ansiedad en su cuerpo, que preocupa. Ordeno a un niño que le traigan a Juanchi una coca cola y un pan de sal para que se calme y efectivamente se calma. “Nojoda, me dice, me hacía falta, son casi las doce, viejo.”
-¿Alguna vez te has enfermado?
-Cuando niño, catarro, pero ahora de viejo, nada, solo de amor.
-¿Cómo así? ¿Nos enfermamos de amor?
-El cacho, viejo, el cacho enferma aunque uno no quiera, los amigos se enteran y uno se muere de vergüenza como si uno fuera culpable de lo que hacen mal los otros.
-¿Conoces a Messi?
-Sí, claro, admiro mucho al enano. Es mejor jugador que el fantoche del portugués Cristiano Ronaldo, 100 a 50.

Me detengo en la figura de Juanchi, flaco como una palma de coco, pero con los pies pequeños y descansados de tanto no hacer nada. Me pregunta el porqué de la entrevista y le digo que no es fácil encontrar a alguien como él, flaco, flojo y con novia. No eres Superman, ni Messi, pero tienes tú no sé qué que atrae a la gente. Debe ser porque alguna vez estuviste en la pandilla de Los africanos.
-No joda, loco, quién fue el que hurgó en mi pasado juvenil, o eres acaso el agente 007?
-¿Ves mucho cine?
-Bueno, los fines de semana, especialmente el domingo, porque el entretenimiento de la TV nos da cuerda para tenernos quietos en casa, controladitos.
-¿Cuál es el actor que más te gusta?
-Hay uno, Esteven Seagal, por embustero, él es una escuela para las mentiras, nadie lo toca, el man se la sabe toda, porque le advierte a los bandidos qué cuidado con tocarlo. Otra película que me gusta es la de Tarzán. La última, bacana, la alquilé en la esquina, la selva, los indios, los malos, los gorilas, el paisaje, viajar por el río, verlo volar como pájaro…

En el lugar donde estamos se han acercado varios curiosos y entre ellos algunos niños, que nos miran asombrados, con admiración, especialmente a Juanchi, que es el campeón del barrio en no hacer nada.
-¿No te aburres?
-Nunca, yo no inventé el mundo, ni la pobreza, ni el aburrimiento, nada. A mí me inventaron y me seleccionó el aburrimiento, así como enganchan los equipos del futbol profesional a los pelaos.
-¿Dónde aprendiste el arte de la nada?
-En casa y en el barrio, no solo mires mi pobre esqueleto de mierda, observe a este ejército de varados para que vea que no tienen edad. Yo soy a apenas una muestra del modelo nacional. La culpa no es nuestra. ¡Malditos gobiernos de ricos!
-¿Seguramente no sabes qué son las vacaciones?
-Sí, claro, pero es en contravía, cuando algún vecino me paga para que haga algo, el arreglo de una pluma o alguna teja mal puesta, algo.

Me dice fuera de micrófono, que no es fácil ser un desaliñado sujeto varado, porque serlo tiene un peso elevado, un costo, porque no hay qué comer y estar sin trabajo, duele. A veces sueña con ser Messi, con todo lo enano, lo poco hablador y lo flojo que es, eso lo dice él, no yo, porque yo, el que escribe esta crónica, nunca le ha quemado el coco sus gambetas y genialidades futbolísticas. Sueño, sigue diciendo Juanchi, en su riqueza, porque seguramente no sabe qué hacer con tanto dinero acumulado. “Cuando yo estaba más pelao, tenía la fantasía con un avión lleno de plata, que se estrellaba aquí contra la calle del Dos de Marzo.”

Hasta este árbol raquítico llegan varios perros, uno de ellos prácticamente le besa los pies a mí entrevistado, quien lo soba.
-Se llama Tobo, lo ve como abandonado, pero no se asombre, aquí todo el mundo está abandonado a su propia suerte, de tal manera, que hasta los mosquitos están abandonados a su destino de mosquitos.
-¿Cuántas horas duermes?
-¿Quién yo? Ah, bueno, doce horas, porque si me levanto a las ocho tengo que esperar más de cuatro horas para almorzar, la vaina está dura, viejo.
-¿Cuándo eras niño en qué pensabas?
-En nada y en todo. Ser niño es un alivio para algunos y para otros es una tragedia, yo estoy entre estos últimos, al final de la fila, claro que adaptado a la tragedia como los cerdos que van al matadero para convertirlos en chicharon. Los juegos no me dejaban pensar en otra cosa que en la falta de comida, en la pobreza de casa y del barrio, en las tristezas de las casas, en el sonambulismo de los hombres, en la tristeza de Cómala y de la bola de trapo.

Estos sujetos no tienen ninguna clase de misterio, son así como el dios Estado los hizo y quiso; si hay que resaltar algo bueno en ellos es que a pesar de todas las cosas, han sobrevivido como sea, entre la mierda del mundo, entre los miedos de la muerte, entre la desesperanza de la vida, entre la vida y la muerte, incluso, sacándole los ojos y la vida a los demás.
-¿Es verdad que consumías marihuana?
-Fue en la época del pandillismo, luego me salvé porque me aislé de esas vainas, fue una decisión muy inteligente de mi parte, sabe. Vea, los que se quedaron pegados como chicles al vicio fueron muy estúpidos, algo se les abrió en el cerebro y se jodieron para siempre.
-¿Qué piensas de la vida?
-Que es como un soplo mágico, rápido, que dura muy poco, sales del vientre y luego vez el mundo por un instante, yo quiero prolongarme más allá de ese instante; la vida es un milagro fallido que hay que cuidar, viejo.
-¿Conoces los tentaderos?
-No.
-Yo tampoco.
-¿Qué es esa vaina?
-Es, creo, una especie de coso, sitio de guarda de los toros bravos.
-Me querías joder, ¿verdad?
-No, mamadera de gallo, viejo.
-¿Quién te enseñó a leer y a escribir?
-La seño Georgina, todavía está viva y adolescente, es eterna, tiene casi cien años.
-¿Qué te enseñó?
-Que la tierra es la madre de todo. Ella era tan tierna, que parecía un helado, ahora es más tierna.
-¿Por qué está viejita?
-No, porque la ternura se ha concentrado en ella, como lo añejo al vino, viejo.

Le pregunté a su perro por Juanchi y no dijo nada, le pregunté a un niño y me dijo que era más flojo que un “perro amarrao” y luego a uno de sus amigos y solo soltó tres palabras: aburrido y alegre. Yo le dije a Juanchi, que tal vez se debía a sus pies pequeños y los miró con un dejo de lástima, alzó el izquierdo, lo sobó y dijo: son mis pies, viejo, con ellos camino por el mundo. Y tú novia, le pregunté:
-Debe de estar en casa, disfrutando la sombra.
-¿La amas?
-Como aman los perros. ¡Cuidado se mete con ella, porque lo muerdooo!
-¿Qué es el amor?
-Ni los neurólogos saben esa vaina para que usted me haga ahora esta pregunta trabajosa. Nadie sabe nada, solo emociones y sexo, pero todos tienen sus hipótesis.
-¿Y tú experiencia que te dice?
-Qué es amor, nada más esto, amor, pica y roncha.
-¿Qué es la paz?
-Es amor, pero un amor oceánico, imposible si quienes nos gobiernan son los malos, los camaleones, los que realizan cambios para que todo siga igual o peor que antes. Eso dicen los que saben, yo solo repito como loro. ¿Usted no ama los loritos?
-Siempre ganas en el juego del dominó. ¿Por qué?
-No vaya a creer que soy inteligente, ni más inteligente que el perro. Sólo que yo escojo los que juegan conmigo, los selecciono para ganármelos, esa es la clave y en eso consiste mi fama en el juego de la vida.

Me despido, él aprieta mi mano derecha con fuerza, el sol no ha dejado de brillar los cuchillos. Lo dejo y me alejo poco a poco, volteo y ya no lo veo, desapareció de mi vista, solo veo el perro y el pobre árbol de mango, insensible al sol y a la poca sombra que prodiga a quien busca guarecerse en él. Juanchi es una sombra.

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