martes, 18 de septiembre de 2012

Desde el malecón

Dios

Por Ignacio Verbel Vergara

Ha sido la incorporeidad la más grande garantía de la existencia de Dios. Un Dios corpóreo sería vulnerable. Es su catadura esencial la que protege y define a Dios. Un Dios de carne y hueso se parecería demasiado a nosotros y eso, de por sí, ya sería una enorme desventaja para Él. 

Por eso, Dios, entendido como  núcleo de la sabiduría y fuente esencial de toda existencia, nos ha legado la materialidad como principio definidor del humano, pero poniendo las bases para que el ser de este, más que carne, huesos, linfa y sangre, sea determinada por su espiritualidad, la que no debe entenderse como sumisión, veneración y conjunto de ritualidades para honrarlo a Él. Dios no sería tan simple. Por eso, ha permitido que evolucionemos, desde los estratos más simples de la inteligencia hasta los más altos.

      Dios no pretende preocuparse ni meterse en nimiedades. Hacer milagros y estar protegiendo a toda hora a quienes le ruegan, harían de Él un personaje demasiado insulso, vulgar  y cotidiano. La magnificencia y la sapiencia de Dios es tal que no se unta de trivialidades ni de llantos. No lo apasionan los ruegos ni las oraciones, ni tanta devoción. Sabe que eso sería atentar contra la libertad que es el máximo don que Él nos ha otorgado. Dios no necesita que lo amemos ni que le temamos ni que nos humillemos ante su presencia. No necesita Dios creyentes signados por el fanatismo y la hipocresía ni de quienes esperen que Él tenga que resolverles todos los problemas.

Dios no es Jehová, ni es Yavhé, ni es Alá. Porque Es todos ellos. Dios no es un nombre. Es una suma de nombres,  de los que lo identifican como luz y  transparencia. Porque Dios no debería ser nombrado como Al-Qahhar (ElDominador) ni como Al- Mudhill ( El que humilla). Tampoco Al-Qabid (El Despojador). Ni Al –Hakam (El Juez). Ni Al- Muntaqim (El Vengador). Ni Yahwet- Tsabbaot (El Señor de los Ejércitos). Porque tales nombres desdicen de su Ser. En cambio, si podría ser nombrado como El Olam (El Eterno), El-Roi (El Que me ve), Ar- Rahman (El Más Misericordioso) o como As –Salam (La Fuente de la paz).

    Dios no necesita emisarios, no necesita profetas, no requiere de sacerdotes. Dios, que es la máxima luz, no necesita de mechones ni de rústicas teas que lo iluminen. Por eso, las toneladas de velas que queman en los altares que le han erigido, más que satisfacerlo, lo entristecen. Dios no necesitaba que Abraham le sacrificase a Isaac ni que los hombres escogieran para Él los mejores corderos ni las más brillantes y jugosas viandas.  Dios amaba a Caín tanto como a Abel, no hacía diferencias. Y, Caín, con una sapiencia silvestre dejó de malgastar los mejores frutos que la tierra le ofrendaba en vanas dádivas a Quien no las necesitaba.

      Dios es amor y el amor verdadero no pide nada a cambio. El amor real es tal porque no exige contraprestaciones. El amor es, se manifiesta, se instituye. Y nada más. No pide que le firmen pagarés ni cobra réditos. Dios que todo lo tiene, que todo lo posee, que todo lo crea, no solicita servidumbres ni dones por amar. Ama porque así lo ha decidido y porque es el amor el núcleo de su substancia.  No necesita la miel que le den miel. Ella se ofrenda y da alegría. No cobra por el servicio de ser nutriente y ser dulzura. Mucho menos Dios podría caer en el absurdo de demandarnos pleitesía o ritos en que gastemos y desperdiciemos bienes que podrían servir para surtir necesidades y menesteres  de la cotidianidad de los hombres.

      Dios es infinito porque es Tiempo. Nos es difícil entender la esencialidad de Dios, entre otras cosas, porque nuestro tiempo es muy corto aunque vivamos un siglo y le sumemos unos años más. Somos pasajeros, volutas de humo que, en un instante cósmico, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Dios, en cambio, que es la suma de todos los tiempos y de todos los amores, de los que han sido en cuanto han sido y de los que serán en cuanto serán, parodiando un poco a Protágoras de Abdera. La semejanza que se dice tenemos con Dios no está en la forma ni en la corporeidad, está en que por Su gran amor , nos regala la posibilidad de navegar en una parte del Tiempo que es,  y nosotros, ilusos, en vez de disfrutar, nos dedicamos a  las guerras, a encender el horror, a abrir las compuertas del dolor, a dañarnos los unos a los otros, a disputar incluso por el mismo Dios ante la pretensión de que hay credos más esclarecidos, cercanos y asidos a  Él que otros. La nimiedad, la necedad y el oscurantismo llegan a tal punto que, en nombre de Dios se juzga, se zahiere, se condena y se mata.

      Dios ha sido, en síntesis, una de las grandes inspiraciones del hombre y por ello no puede este maniatarlo ni quitarle excelencia.  Si algo determina al hombre es que haya tenido la idea de un Dios bondadoso, libre, perfecto, eterno, poseedor de la máxima sapiencia y si algo desprestigia a Dios es que surjan por doquiera supuestos representantes de su poder y de su gloria, supuestos depositarios a quienes Él ha revelado lo que debe practicarse o prohibirse y castigarse. Dios es demasiado transparente y celestial para ceder su palabra, su poder y su gloria a unos sucios mortales que lo toman como medio para llenar sus cofres, para excluir y erigirse como depositarios de la verdad, la salvación y la vida.

Correo del autor: pezvolador2007@gmail.com 

3 comentarios:

  1. Imagenología divina... si no fuera por El mismo Dios que anima al autor el texto sería sagrado.

    ResponderEliminar
  2. La idea de Dios tranquiliza, produce apetencia de vida, genera esperanza, y surte de Dopamina al cerebro. Pero no a todos. Muy buena reflexión, Ignacio.

    Un abrazo,
    Nadim

    ResponderEliminar

Sus comentarios y opiniones son muy importantes para nosotros.