martes, 15 de abril de 2014

Bitácora

El flagelante, territorio sacro

Por Pedro Conrado Cúdriz 

Uno no sabe a la larga cómo la flagelación nos jodió la vida

La búsqueda
Arte, otra mirada, otra realidad. ¿Poesía? ¿Belleza? Nunca defensa de nada. Simplemente goce, o deleite. Acto gratuito para los ojos del mundo. No es el espectáculo masivo de la carne en exposición pública, como lo observa el espectador, sino la experiencia cultural, o el acumulado histórico de la supervivencia ingenua de los tomasinos. Entonces se busca que el que observa identifique el cuerpo del flagelante como el territorio de almas del pueblo.

Los pies
Una película turbia los cubre de pies a cabeza, mientras se agigantan en mi memoria los recuerdos; los he visto siempre, los del abuelo Nolasco, pies campesinos, y también los del flagelante, o los pies del profesor Moncayo, justos y marchantes en su tiempo por la dignidad de la nación. Puede que sea una fotografía de los años 70, en la revista Alternativa, pero son esos pies gigantes los que ahora recupera mi memoria. Casi no caben en la página ni en mis recuerdos; el talón calloso, fuerte como un roble, con las señales de la guerra, de la lucha con y por la tierra. Poco a poco la otra guerra acabó con ellos y les quitó la tierra. Cuando veo algunos en las calles de Colombia, los distingo por la callosidad, por la fortaleza del roble, o por las goteras de la sangre, pero ya no hay tantos árboles en la ruta. Esta clase de hombres se han ido y no nos hemos dado cuenta. La vida también.

La sangre
Corre por las avenidas, las ciudades y los barrios interiores del hombre. A veces se desborda su cauce y el corazón amenaza con estallar. Con cada zancada hay barrios que desaparecen arrastrados por el oleaje y la fuerte corriente descendiendo de la montaña, a mil metros por segundo, mientras los pasos se aceleran en la arena ardiente de la calle de La Ciénaga; el calor sofocante penetra la piel y adelgaza el espesor del viscoso liquido rojo, para que fluya con mayor fuerza hasta que alguien se atreva a iniciar el ritual de los golpes en el mayor de los territorios, una, dos, tres y cien veces, y de pronto un corte, y el chorro, una pluma, el manantial y la sangre fluyendo a borbotones por la llanura, gritos, asombros, silencios, desmayos, y el gentío con sus ojos de piedad observando otra vez fluir la sangre en un escenario que es de todos, público, y en un territorio vivo; la vemos brotar a voluntad, provocado por unas manos donantes o sanantes, y la sangre otra vez imparable y golpe a golpe no dejará de correr o danzar con el flagelante, dos pasos hacia atrás y tres hacia adelante  y hasta que la pollera se tinture del rojo sangre, de ese rojo que palpita al interior de cada observador del viernes santo, o del que cae acribillado en cualquier esquina de Colombia, o de aquellos jóvenes enamorados, que ardiendo de fiebre de besos y a punto de colapsar de amor, se buscan con los ojos, con los brazos, con las manos y con los restos del  cuerpo, y hasta que el territorio, en especial las venas, se cansen de regalarle al mandante el líquido espeso que atrae al otro, la sangre no dejará de brotar del territorio humano. Y quizá esta sea la misma sangre de las corralejas y las galleras, la misma sangre por la que la multitud se cita para disfrutar o compartir los mismos sentimientos o emociones que depara el territorio, o ver la sangre correr entre las astas de un toro y observar la vieja piel del pobre hombre herido por las cuchillas flagelantes de la desesperanza.

El territorio
No son los huesos, ni la sinrazón, es esta fortaleza que aceitamos todos los días en los gimnasios, la embellecemos y la cuidamos con esmero en los  centros de cirugía estética de la ciudad; o es esta carne débil que florece en cada acto  amoroso y luego se derrama en la fisiología de un orgasmo puro, o fingido de amor; o es aquella escatología del desfogue diario, vieja condena humana de la humildad y los apurados sacrificios del cuerpo; o es la eterna tortura corporal de los infantes, adobada por los supuestos amores maternos o paternos; o es esta manera creativa de martirizar la estructura del cuerpo para agradecer a un dios sonriente, lo que la mente y la ciencia no han podido subvertir.

El rostro
Viejo como una montaña sagrada, sin lujos ni grandes prodigios naturales, simplemente las pendientes por donde se precipitan los ríos de esperanza de los ojos, y aquella misteriosa corriente de fe, con la que ha sido imposible trasladar la montaña, moverla a otros lugares de alegrías eternas. Quizá sea el espejo del territorio con sus dos gotas de agua salvaje, dos gatos negros para asustar a la muerte.

Las manos
Es la parte del territorio más llano y el menos pretencioso de todos, el descanso de las arterias; un camino para sanar, tocar, herir y fundir el alma; en la ruta de la sanación quizá se atrevan a herir el cuerpo con aquellas manos, que al tocar la guitarra fracturan los silencios; no es intencional ni tampoco inocencia, es el deseo de curar el que procura el ensayo, o la ciega tradición de unas maneras de ser que, en la circularidad de la vida agreste y poética, se procura la magia de la supervivencia.

Dios
Todavía no he podido encontrar en todo el territorio, las evidencias de la existencia de lo divino, o el milagro de lo irrealizable; no las he encontrado en nada, ni siquiera en la creación del acné, seguramente hecho para el asombro. Lo que he logrado capturar son otras evidencias, el esfuerzo diario y sobre humano del hombre por reinventarlo y luego conservarlo, memorizarlo y amarlo por encima de sí mismo y luego consumirlo como a la Coca-Cola.

El alma
Es lo más misterioso del territorio y persiste oculta en las conexiones neuronales del cerebro, una ilusión o realidad metafísica para afrontar la vieja animalidad humana. El mito del ser. Y señales no hay. Sin embargo, están los mojones espirituales a la vera del camino: las cruces en el cuerpo, la sangre derramada con sentido familiar, el capirote, la disciplina, la pollera. Extraño, pero así ha sido  el hombre en todos los tiempos.

El infinito
Nadie puede pensar que el cuerpo tiene límites si son evidentes los atajos libertarios del territorio, la búsqueda y los ensayos para probar su inocencia, viaja manía del rebelde para escapar de los conquistadores. Y no es la disciplina o el látigo la amenaza, es la imposición papista la que pone en peligro los límites territoriales, la madurez del que osa corromper la prisión de la oficialidad.

El dolor
El sufrimiento y la sangre son toda una mancha en el continente, un invento de otros para las expiaciones de las culpas, o el martirio proporcional al cuerpo para embalsar lo violado, lo practicado, o tal vez para adobar el discurso cultural del cuerpo o para adaptarse al territorio. La punzada interna, la herida apenas provocada para la historia. El dolor soportado para soñar que somos diferentes, extraña manera de ser otro, el escupitajo de los ineptos.

jueves, 3 de abril de 2014

El ojo de la cerradura

…Y la imagen milenaria del penitente sigue viva

Secretos de una confesión
¿Fe, espectáculo o barbarie?  
La iglesia de Santo Tomás estuvo en entredicho por desobediencia de sus habitantes a la orden de la Arquidiócesis de Barranquilla de prohibir que salieran los flagelantes, pues ese viernes Santo (1979), los penitentes repelieron con avispas a la fuerza pública que iba a impedir el desfile. El entredicho duró solo 15 días.
Una historia escrita con sangre 
¡Seré penitente hasta el día que me muera!

Por Tito Mejía Sarmiento

“El flagelante de Santo Tomás, es un pobre  ser, alguien que quizás lo único que lo salve, sea su propia penitencia. Un ser con una concepción deprimida de la existencia, exaltada en la fe que procesa, resignado a su suerte y que asume la práctica existencial misma con la mayor pasividad que puede provocar el cielo”.                                           
Pedro Conrado Cúdriz (Sociólogo)

En una  dimensión donde lo habitual más ocioso parece cobrar  furor en cuanto al sentido primitivo de las flagelaciones de Santo Tomás, (pueblo de más de 26.000 habitantes y anclado en el  noreste del Departamento del Atlántico, en la región Caribe,  ribera del río Magdalena. Además,  conocido por el carnaval intermunicipal. Fundado a principios del siglo XVIII por Francisco y Miguel Becerra en un asentamiento ribereño de fértiles tierras,  erigido en municipio el 18 de junio de 1857. Sede de la capitanía de guerra de Tierra Dentro durante el período colonial), está inmersa Ángela Fontalvo Gutiérrez, una mujer de 65 años, aproximadamente (no desea revelar su edad ni tomarse fotos) , quien en el año 1977, toma la tajante decisión de , “pagar una manda o penitencia” por el resto de sus días al ver que uno de sus hijos (   ) cae gravemente enfermo y al no tener supuestamente curación por parte de la Ciencia Médica, jura arrodillada y con los brazos extendidos ante Dios y con un celo religioso inusitado de la labor redentora que: “Si mi hijo se salva, yo me flagelaré  hasta el día que me  muera todos los viernes santos, en la calle de la Ciénaga o de la amargura como se le conoce a esa vía, que ha visto desfilar a  más de 36 a 40 flagelantes anuales de todas las regiones del país desde hace más de 100 años”. Es decir, un caso contrario a lo que hiciera Fray Bartolomé  Arrázola en el cuento “El eclipse” de Augusto Monterroso que, sintiéndose perdido, acepta que ya nada puede salvarlo porque la selva poderosa de Guatemala lo ha apresado, implacable, definitivamente. Entonces, ante su ignorancia topográfica se sienta con tranquilidad a esperar la muerte particularmente en el convento de los Abrojos.

Es que a Ángela, morena mujer de contextura delgada, le han pasado cosas inverosímiles por el solo hecho de ser la primera en su género en flagerarse en la mundialmente conocida  población, que presume ser diferente al resto de otras poblaciones en cuanto a flagelaciones se refiere, como cuando fue  “desterrada”, excomulgada y puesta en la picota pública de la iglesia católica por parte de un sacerdote en el año 1979, y que dicho sea de paso, colocó en  entredicho por más 15 días a la parroquia de Santo Tomás a través de una orden emanada por la jerárquica arquidiócesis de Barranquilla que, provocó  “una ira santa” , un duro enfrentamiento no solo físico sino de opinión entre los moradores intelectuales, analfabetas, el ejército, la policía, las autoridades jurídicas, eclesiásticas, dejando de paso un centenar de heridos y encarcelados: “Ese día, el pueblo parecía que se iba a acabar. La gente en la calle de la Ciénaga corría despavorida de un lado para otro. El ejército y la policía comenzaron a dar bolillos a tutiplén. Yo salí corriendo para mi casa a esconderme porque alguien me dijo que el cura había dicho antes de ser escoltado por la policía con dirección a Barranquilla que,  yo era la verdadera culpable de esa apostasía, esa fue la palabra que me dijeron (sin saber todavía que significa esa vaina), al desfilar como penitente, sabiendo que eso no estaba permitido para hombres y menos para mujeres, pero luego regresé  otra vez para la plaza del pueblo diciéndome para mis adentros que, por qué  debía tener miedo si yo tenía bien  aprendido el significado de la fe religiosa y de la gran aventura que iba a emprender por el resto de mis días por el favor recibido.”


Una  niñez sin sueños

Ángela abre bien los ojos y gesticula con sus manos cuando continua narrando todo lo que tuvo que hacer para sacar adelante a sus  4 hijos. Ella que además, abandonó su niñez sin sueño por la pobreza en que vivían sus padres en una especie de sinestesia salobre pero colorida de mucho amor familiar. Ella que como gaviota herida muchos años después desde bien temprano hasta altas horas de la noche en que el silencio agujereaba, y sin que nadie lo percibiera, tuvo que derrumbar fronteras con sus alas  para conseguir la alimentación o las semillas de la luna para sus críos.


Ornamentación para la flagelación  

Ángela suelta una tímida sonrisa a la cámara cuando me habla de la ornamentación que utiliza los viernes santos para su flagelación: Un capirote o capucha para cubrirse el rostro, una pollera de túnica blanca con siete cruces  hasta la altura de los pies, una disciplina o látigo castigador con siete esferas de cera endurecidas en la punta, una cuchilla con que cortan siete veces la piel del torso desnudo (parte baja de la espalda o región dorso lumbar), una vez que los golpes del látigo la duermen, una botella de ron que se utiliza para mitigar el fuerte dolor  y limpiar la sangre que emana  de las partes afectadas:  “La verdad es que entre más duro uno se golpee con la disciplina más rápido se le duerme y se le hincha la piel y uno no siente las picadas o cortadas con la cuchilla de afeitar que le hace el auxiliar de uno. El primer año fue duro, me costó y pensé que no terminaría, pero fíjate voy para muchos  años y aquí estoy” 


Recorrido que debe realizar el penitente

Saliendo del Caño de las Palomas, ubicado en las afuera de la población, Ángela inicia su calvario para recorrer con los pies descalzos, tres pasos adelante y uno hacia atrás, un trayecto de tres a cuatro kilómetros en el cual se encuentran con siete cruces (estaciones).  El siete se repite porque es símbolo de la perfección y la totalidad, bajo una temperatura que supera los 35 grados centígrados donde cumple un ritual exigido: los pasos, rezos y los cortes en su piel  hasta culminar en la cruz vieja, donde según la memoria de los abuelos funcionó la primera iglesia del pueblo, hecha en bahareque y hojas de palma dulce. Es decir, la misma especie de castigo emancipador del cual nos habla El Dictionnaíre de Spiritualité ascétique et mystique (4) Paris 1937: “el castigo con látigo o vergajos era conocido ya en la antigüedad. Entre los judíos era uno de los más comunes, pero los griegos sólo usaron la pena de flagelación con los esclavos, aunque el maestro de escuela tenía derecho a castigar con el látigo a sus discípulos. En Roma, sólo se le aplicaba a quien había sido condenado a muerte, y como es sabido, este fue uno de los castigos que sufrió Jesucristo con anterioridad a su crucifixión, lo que probablemente explique el prestigio y la amplia utilización de este tipo de mortificación a partir de la Edad Media, hasta el punto de llegar a representar la disciplina por excelencia”. Incluso en los archivos históricos del pueblo se habla de que su santo patrono Santo Tomás  de Villanueva  se flagelaba a veces en su propio cuarto cuando no tenía nada que darle a los pobres  durante los siglos XV y XVI. “Fue también en aquella tierna edad muy penitente, ayunando muchos días y disciplinándose en secreto. Halló un día su madre, donde él dormía, sus disciplinas (látigos) y fue grande el pesar y sentimiento que él tuvo de ello, porque fue muy enemigo desde niño y toda su vida de que nadie se enterase de sus penitencias ni de sus particulares ejercicios o devociones”( pag.14. Libro Santo Tomás de Villanueva, el limosnero de Dios por  P. Ángel Peña O.A.R.)


…Y la imagen milenaria del penitente  sigue viva

A pesar de la oposición de la Iglesia  Católica a los flagelantes de la Semana Santa, de la  lluvia de críticas de propios y extraños,  este municipio del Caribe colombiano  sigue albergando en sus entrañas todos los viernes santos, la imagen milenaria del penitente, esa misma imagen medieval, bella, cínica, aparatosa y, hasta actoral  o como la quieran llamar, que en algún tiempo  pudo representar o aún representa, el acto diáfano de la religiosidad de muchos de sus habitantes, es decir, la imagen fervorosa de la fe tomasina o más bien pensando como lo expresó en una entrevista para la televisión regional que le hiciera el sociólogo Pedro Conrado Cúdriz, al más antiguo de los penitentes  Manuel “El indio “María Charris: “Los flagelantes de Santo Tomás piensan en Dios con tal intensidad y ardor que los incrédulos cristianos no lo creen”. Entonces, como corolario quiero significar que este año también se darán cita el viernes santo en el marco de la Semana Mayor de Santo Tomás , centenares de penitentes no sólo oriundos de esta población atlanticense sino de todos el país para continuar  con “la agresividad humana”, con el espectáculo o barbarie, incógnita hasta ahora difícil de resolver, por psicólogos, sociólogos... 

Y Ángela, la mujer m seguirá flagelándose por los siglos de los siglos con los primeros rayos del sol en la calle de la amargura, para años más tarde recordar, las vicisitudes que tuvo que pasar al lado de los suyos como cuando  sus hijos clavaban en un pedazo de pan los mordiscos famélicos y se acostaban viendo a la luna a través de unas  tejas rotas de la casa mientras ella y su esposo algunas veces embestían el amor en el destierro de los sueños de una historia escrita con sangre.

jueves, 13 de marzo de 2014

Una crónica de la infamia

VALEROSOS HOMBRES  ANTORCHAS

Por: Luis Payares Mercado

En Chalán, el 12 de marzo del año 1996 a las 7:00 p.m. de un día martes, en el momento en que las calles del pueblo se hallaban escasamente transitadas, pues  las familias comían en sus casas y veían la televisión, inesperadamente sonó algo tan espantoso, un estallido seco y duro, cual ventoseo de  un   aparato de guerra, que despedazó en ripias a un viejo jumento que en su inocencia animal cargaba lo que en el estallido arrancó árboles, lanzó  hierros oxidados y piedras asesinas, despedazó bancas de concreto, abrió puertas que de antaño permanecían condenadas, e hizo correr a ancianos con velocidades de jóvenes, esfumó perros a velocidades de gacelas y quebró ventanas a distancias considerables.
Tiros, granadas, morteros, estallidos, gritos, insultos, estruendos, carreras de gente con botas, aullidos de perros asustados, llantos contenidos, niños llorando… y un silencio intermitente que los instrumentos de guerra truncaban con sus sonidos conminatorios.

La ira, el odio y la ignorancia  del hombre vacío, resumido en la violencia, se juntó con el metal y el vicio. Aliados, sin motivos importantes y ya poseídos gritaban luego “victoria”, comían, bebían, fumaban y se gozaban, mientras otros silenciosos en sus refugios clamaban perdón y misericordia. Los once, sentían y veían  a la infame muerte, que no les daba permiso para pensar en el Ser Supremo, en recordar a sus seres queridos, en hacer una necesidad fuera de sus  pantalones, ni para llorar porque sus  cuerpos ya habían
excretado demasiado. Sus fusiles sin alimento desfallecieron, volviéndose inútiles a la defensa para la conservación de sus vidas y en último, los que aún tenían vida, optaron por rendirse ante brava ofensiva.

Antes, un avión como un ave defecaba llamas de fuego que iluminaba todo el pueblo cual luna llena. Para los agentes fue una luna para muerte.  Delató sus trincheras.
Los sacaron de sus cambuches, cansados, adoloridos, llorosos, rendidos; untados de sangre, tierra, heces fecales y orín. Temblorosos cual polluelos emparamados. Fueron bañados con plomo escupido y con fuego que consagró sus almas. Almas que hoy claman que no los echen  al  olvido.

A las doce de la noche, sin una gota de agua, se presentó un huracán seco y errante como venido de un desierto, trajo relámpagos, sus corrientes impetuosas de aire se herían con las líneas eléctricas, cercenaba hojas y ramas de árboles vigorosos. Se arrastraba por las calles cual serpiente antigua. El pueblo quieto, cada quien en el lugar donde logró refugiarse al momento del gran estallido de la carga que llevaba el borrico. Esa noche,  las camas fueron las que durmieron sobre sus dueños. 
A las cinco de la mañana, asustados, cantaron los gallos y  pájaros. Llegó el nuevo día. Un olor a carne quemada se esparció por el  pueblo, y uno a uno de sus habitantes se fueron  levantando de sus refugios como semejando una resurrección. Acto seguido, cada quien emprendió una búsqueda temerosa de sus familiares;  en donde el interrogante y el no saber nada, era lo que imperaba en aquella mañana del día miércoles 13 de marzo.

Los autores del hecho degradante, cobarde e inhumano, desaparecieron, se esfumaron, se escaparon, sin dejarse alcanzar del ojo insatisfecho, de ver quiénes fueron.
En el murmullo de sus habitantes se escuchaba: “¿No has visto a mi hijo?”, “yo me cagué”, “yo me oriné” “mamá se privó”, “a la abuela le dio el ataque de nervios”,   “pero, qué pasó, vamos a ver”,   “dicen que fue un burro”, “se metió la guerrilla”, “acabaron con los policías”, “los quemaron”, “vamos, vamos a ver”, “no dejan pasar, ya llegó el ejército”, “mataron a los policías”…

Sí, allí estaban once policías, irreconocibles, destruidos con todo y comando, con la Alcaldía, con la Escuela Gabriela Mistral, con el Colegio de Bachillerato y con las casas vecinas, algunos yacían  en el pabellón del fusilamiento, acurrucados por las llamas del fuego. Los quemaron. ¡Cuánto dolor! Fueron ellos, valerosos hombres antorchas. No eran de Chalán, pero cuidaban a Chalán y murieron haciendo lo propio por Chalán: El comandante de la estación, Fernando Luis Carrascal Mendoza, de Momil (Córdoba). Los agentes: José Rufino Alvarado Guillen, de Barranquilla; José Ramírez Montes, de Chinú; Néstor Marriaga Hernández, de Barranquilla; José Deider Díaz Paternina, de San Antonio de Palmito; Jhon Fernández Ospina, de Dos quebrada (Risaralda); Jhon Alexander Julio Buelvas, de Cartagena; Arístides Barrios Álvarez, de Corozal; Jesús Restrepo Mendoza, de Barranquilla; Samuel Díaz Julio, de Sincelejo; y Heberto Fernández Rodríguez, de Calamar (Bolívar).

Lloró el pueblo, lloró Chalan, lloró Sucre, y lloró Colombia.
Que sea este  holocausto de hombres antorchas, un motivo para no olvidarlos y para no olvidar, que Colombia ya ha  ofrendado muchas vidas a la muerte violenta. ¡Basta ya!

Ayer, después de 17 años,  en el parque de Chalán, el sonido de una gaita se escuchó  con más ímpetu que aquel estallido del “burro bomba”. Era la gaita de Adolfito Álvarez, que había venido de Ovejas y Morroa, de cosechar libertad, de gritar, tocar y cantar en sus festivales que en Chalán ha florecido la paz. 

jueves, 6 de marzo de 2014

El ojo de la cerradura

La poesía en el corazón de la clase

A mis alumnos que sobreviven en la poesía

Por Tito Mejía Sarmiento

Una pregunta que con frecuencia nos hacemos los educadores es cómo acercar a los estudiantes a la poesía, sobre todo, al corazón de la misma sin que se desanimen. Lo primero que hay que hacer es abordar los mitos en torno a la propia poesía, como creer, por ejemplo, que Ella es un asunto exclusivo de personas románticas, de intelectuales… Aunque no lo parezca, la poesía está al alcance de todos(as). Desde los primeros años es posible acercarse a ella a través de la tradición oral. Y lo básico precisamente para arrancar en el disfrute de la poesía, es a través del conocimiento de rondas, trabalenguas, adivinanzas, retahílas… De allí se transporta al estudiante a la poesía de autores que se asemejen mucho a la de tradición oral. Es decir, ir de los poemas más claros a aquellos oscuros. En todo caso, lo esencial es el goce del texto poético.

En este libro, intento con base en las experiencias vividas, acercarme a una serie de  estrategias prácticas
que nos servirán para trabajar el poema en el salón, o mejor “La poesía en el corazón de la clase” de una manera más activa y creativa. Lo que quiere decir, que  los textos poéticos nos ofrecerán procedimientos que nos permitan de paso, comprender mejor y disfrutar del aprendizaje gramatical que en este sentido, será de vital importancia en la selección de las diferentes estrategias que hoy  plasmo en este texto que usted tiene en sus manos y que en honor a la verdad, surgió de la necesidad de “encontrar seres más sensibles a la poesía para el  bien de la sociedad no sólo colombiana sino de otros contornos”, o como dijera en una ocasión la poetisa colombiana Nohora Carbonell :  “La poesía es tan noble, tan buena que despierta en la juventud el disfrute de la palabra, incita su poder creativo y desarrolla su imaginación.”

miércoles, 5 de marzo de 2014

Bitácora

La mala educación

Por pedro Conrado Cúdriz

“Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”
Ortega y Gasset

La ideología y la cultura funcionan desde algunos aparatos e instituciones (la familia, la escuela, las cárceles, las fuerzas armadas, el barrio, la justicia, la tecnología) para malograrnos intencionalmente la vida. Los politólogos y los sociólogos hablarían de control social.

Las preguntas necesarias de respuestas son las que siguen: ¿Por qué somos tontos? ¿Por qué obedecemos? ¿Por qué vendemos el voto? ¿Por qué la escuela no sirve para nada? ¿Por qué nos hemos adaptado con facilidad a un sistema político y económico injusto? ¿Por qué somos los “Idiotas del sistema”?

Lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos desconocen cómo opera el “Establecimiento” y si lo saben o lo intuyen se hacen los locos, quizá por miedo a la miseria, quizá por el terror a la guerra, quizá por no ser diferentes. No se distingue lo que no se quiere distinguir. Bueno, nos han hecho así, para no distinguir nada, para andar incluso enfermos de angustia y pobreza, para no saber nada, para disgustarnos con todo el mundo, para no tener esperanzas, para ser unos tontos.

¿Cómo se metieron en nuestras mentes? Quizá sea través de la historia, la personal y la colectiva, a través de lo que vemos, escuchamos, modelan otros, a través de la escuela, o el barrio, o los que nos gobiernan, a través de la familia, los amigos, las horas que perdemos frente al aparatico del televisor (viendo cómo se reproduce el estatus quo en los noticieros, en la telenovelas, en la programación deportiva), o con los teléfonos celulares, la internet, la insensible moda, los eufemismos gubernamentales, las instituciones locales, lo que leemos, lo que consumimos, los discursos del presidente de la República y sus adláteres. Es sutil esta tarea de la mala educación.

Por años nos han hecho pensar, o creer, que somos poca cosa, y desde la infancia nos tratan como a niños, por eso andamos buscando siempre quien nos proteja, quien haga el papel de padre salvador, quien nos aconseje y quien nos diga qué hacer. Con razón a las gentes les gusta y les gustaba el expresidente Uribe y quizá por estas mismas razones están los que anhelan infantilmente la mano dura.

Estas creencias históricas nos condicionan para ser explotados, negados, discriminados, para caer mansitos en las manos de nuestros verdugos, para tenerle miedo al jefe. Fuimos mal educados. Pero es la cadena de la clientela, formada desde la primera infancia para ser en el futuro los “Idiotas del sistema”, los reproductores de las malas conciencias, los sinvergüenzas, los cínicos, los apátridas.

Y la mala educación (el neoliberalismo de hoy) nos hace creer que el dinero está por encima de la humanidad de la gente, del dolor y la esperanza humana. Porque desconocemos que bajo el modelo del estado neoliberal, estamos fraccionados, desconectados, individualizados, analfabetos.

Se metieron en nuestras mentes desde antes del nacimiento. Ellos saben cómo pensamos, qué pensamos, cuáles son nuestras necesidades espirituales y materiales, nos arreglan además las iglesias y educan a los curas, nos pervierten los valores, descuidan las escuelas, desarreglan las leyes, nos subsidian la vida, crean bolsas de empleo para maquillar la realidad del desempleo y nos gobiernan con el vacío de las palabras (Santos todavía no ha podido reconstruir el pueblo de Gramalote, descuadernado por la naturaleza a comienzos de su gobierno), con acuerdos de paz imposibles de cambiar nuestra historia política.

Y sin embargo, ya han elaborado las palabras y las frases para el sentido común, que ha dejado de ser nuestro para ser institucional. Porque algunos incluso se han atrevido a decirle a los servidores públicos que son traidores del gobierno porque no son unos “Idiota del sistema”, porque no forman parte de la cadena del clientelismo, porque no son cínicos ni sinvergüenzas. En la película Calígula, este asesina a un servidor del régimen porque no es corrupto como él y queda claro que su honestidad deshonra al patricio. Hasta esta desmesura hemos llegado. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Por el ojo de la cerradura

“Cantándole a mi Valle” 
Juan Piña con Andy Montañez, Gustavo Gutiérrez y Johnny Ventura 
(Desgranando sentimientos en una hermosa tierra)

Por Tito Mejía Sarmiento *

Cuando el lunes 20 de enero de 2013, regreso a casa después de mi acostumbrada caminata y  de fijarme en las agraciadísimas flores que crecen a lo largo del camino para esta época del año y, mientras a lo mejor en otras partes del mundo todo se individualiza, abro la puerta y en el acto, me encuentro con una agradable sorpresa sobre la mesa del comedor: Un CD titulado “Cantándole a mi Valle”, que me había dejado en calidad de regalo el maestro Juan Piña Valderrama por motivo de mi cumpleaños. Un CD, cuya voz líder es precisamente la de Piña, acompañado en esta ocasión por tres grandes del pentagrama musical hispanoparlante: Andy Montañez, Gustavo Gutiérrez y Johnny Ventura. Además, de otros músicos de un alto reconocimiento. 

Es un homenaje gratificante de  Juan Piña, ganador del Grammy Latino 2012, a Valledupar, la tierra que
desgrana sentimientos por todos sus contornos con su inmensa galería de rapsodas. Un compacto que trae once (11) bellísimas canciones, de las cuales “La conquista” de Edilberto Daza, puede convertirse una vez más, según mi humilde concepto y espero no violar la tradición sabiamente enrejada de los entendidos, en un suceso nacional, sin descartar lógicamente, el resto de melodías impregnadas en esta compilación. Por ejemplo, para  esta temporada de carnaval, “La hamaca grande”, de  Adolfo Pacheco Anillo, donde Juan Piña invita a  Johnny Ventura podría ser la canción más sonada, independientemente de cualquiera discusión bizantina, entre los programadores de radio, quienes entre otras cosas, como lo manifestara hace pocos días en algunos medios de comunicación de nuestro país, el gran pianista colombiano Álvaro Cabarcas “Pelusa”, no entienden siquiera lo que es un esfuerzo concertado de unificar la afinación de un grupo u orquesta.

Aquí en este nuevo trabajo musical, el niño de San Marcos, se hace acompañar además de verdaderos profesionales en la instrumentación.

Ojalá el tiempo no sepulte en el olvido esta joya musical colombiana como lo ha hecho con tantas vidas, tantos amaneceres, tantas esperanzas, tantos idilios, mientras la brisa cautiva las hojas  antes de caer al suelo  para que  luego, un niño las recoja con los ojos fajados entre la pureza y la ficción.

Ojalá cuando esté en mi butaca, escuchando una estación radial de las tantas que hay en Barranquilla, sobre todo en la frecuencia modulada, suene por lo menos una de las once (11) melodías registradas en este compacto, varias veces al día. Entonces, mi deseo será otra metáfora de vida.

De verdad que sí, de verdad que lo imagino.

Barranquilla, 23 de enero de 2014
Tito Mejía Sarmiento * 
Correo:titoms17@gmail.com
Licenciado en Filología e idiomas, Universidad del Atlántico; locutor profesional, poeta. Profesor de Tiempo Completo del Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla. 

Bitácora

Mi confesión

Por Pedro Conrado Cúdriz

“En mí han hecho tránsito varias corrientes de la vida, la muerte principalmente, aunque alguien pueda pensar seriamente que la muerte no tiene nada que ver con la vida; quizás a ese fulanito le falte algo de cordura para comprender la organización de los hilos de la vida y el destino, que siempre están atados al cordón de los zapatos de la muerte.

Antes de comenzar a matar prójimos, me inicié en la prostituta filosofía de la vida de ser un malo ejerciendo la maldad y aprendí sin más a matar torcazas, conejos y perros, y la verdad que fue divertido matar pájaros porque caían más rápido a tierra que la misma muerte. Después sobrevino un interregno, descargado de la tensión de los primeros tiempos de mi prehistoria, cuando aprendí a cortarle el vientre a la iguana para sacarle, por el simple prurito, los huevos. Y luego la aburrición de las clases y el sermón de mariquetos empolvados de los profesores, tipejos escuálidos y sin el vicio de la vida, que es el que lleva a uno a la aventura y a la arbitrariedad; fueron días terribles, sobre todo porque nadie en la clase se atrevía a romper el círculo de las tonterías de la formalidad escolar y la moralidad cristiana, tan afecta a la hipocresía, mientras en las iglesias y los conventos ruedan los culos y lo que sabemos.

Sé muy bien, que esto que confieso no contiene hechos maravillosos, por el contrario, son hechos que deberían estar ocultos en la memoria bastarda de un hombre que apenas es la silueta de un animal escapado de un frenocomio; sin embargo, hay que contarlos para que la humanidad no siga descuidando el entorno donde se cría la más peligrosa de las fieras del mundo: el hombre. De vez en cuando asistía a los rituales de las galladas del barrio, donde rompían vírgenes apenitas destetadas y desangraban los anos más diversos. Esa demolición de culos y anos, me ayudó a sobrevivir mientras el tiempo pesaba dolores. La universidad ni siquiera fue una fantasía de mi mente, que yo, a propósito, controlaba como quien controla una jauría de perros rabiosos. La primera prueba de mi vida, fue arrancarle el corazón a mi primer enemigo, mi padre. Y no es para asombros, cuando uno termina matando un cerdo. Como lo definía un amigo mío, cerdo: “Mamífero artiodáctilo y gordo, de la familia páter, que atenta fieramente contra su familia y al que hay que matar antes de que devore su cría.”

Después el camino se abrió fácil para otros asesinatos, hasta alcanzar la pericia de descuartizar cuerpos y seguir matando animales. Todavía no entiendo las alharacas que se oyen en la radio y que además se pueden leer en la prensa como quien lee un paquito de Batman, articulistas no sólo faltos de oficios, sino sujetos escuálidos y sin el vicio de la vida, peligrosos en el seno de sus pequeños mundos, hasta que alguien les pisa la cola. Reconozcan que aquí todo el mundo mata, o ha deseado matar a alguien.

Y no es demasiado la diferencia entre unos y otros, porque algunos somos criminales de verdad y otros, individuos que se congratulan con el asesino, cuando el criminal tumba al que se odia. Aquí todos somos unos asesinos; claro, el crimen depende de quien lo haya cometido, o de la religión a la que se pertenezca: si es un soldado de la patria, es dado de baja; si es la guerrilla, es por la revolución; si es por el paramilitarismo, es por el establecimiento, la patria y el honor de la familia y si es la delincuencia común, es por la supervivencia biológica.

Como se puede observar todos tenemos nuestra ideología y esto resulta muy respetable para la democracia, la que yo defiendo entre otras cosas con la vida, mi fusil y mis huevas, porque es diversa e intolerante con la diferencia. No sé cuánto va durar este experimento, del que aspiro a liberarme más tarde que temprano, pero al fin liberarme, sin tener que reparar a nadie, porque como ya lo dije, nadie en este país merece la reparación al menos que ese alguien sea un ángel, y como aquí no hay ángeles, y  presumo que todos hemos aceptado la teoría de Darwin; es decir, aquí sólo nos salvamos los más fuertes, el equilibrio de este mundo depende de la fuerza y no de la razón. Y yo les represento a este nuevo ser con el que usted tendrá que convivir el resto de sus días, así que prepárese para la supervivencia.”

domingo, 12 de enero de 2014

Bitácora

El rebusque

Por Pedro Conrado Cúdriz

Usted los encuentra en cualquier bus de la ciudad, vendiendo dulces, o melodías de todo tipo con la voz del alma. Son hombres y mujeres de los estratos populares, alguno que otro argentino, venido de tan lejos, pero de paso en la ciudad, intentando convencernos que su afán es contar historias.

Pueden ser molestos, si, lo que usted quiera, pero estos individuos no se dejan morir por la incuria y la incapacidad del Estado por generar la cantidad de empleo suficiente que justifique la dignidad de los ciudadanos.

Se montan en la máquina de hierro y le piden permiso al conductor para enseguida volarse el torniquete, que cuenta el número de pasajeros que ingresan al autobús diariamente. El otro día fue una mujer, en la calle treinta, en un intermunicipal, la que nos descrestó con su voz, el acordeón y el vallenato. Increíblemente reía mientras interpretaba la melodía y nos picaba el ojo, creo que el ojo derecho. No dijo nada, solo su canto, y acto seguido los pasajeros, convencidos de su arte, aflojaron sus bolsillos para donarle unas monedas de valor. No la he visto más, igual he dejado de ver un joven de guitarra, que canta como los artistas famosos.

En el bus uno observa a estos conciudadanos, que echan mano  de sus talentos para sobrevivir en medio de una economía neoliberal, que solo beneficia al reconocido capital financiero. No olvido al que con guitarra en mano, compartió su música religiosa con los pasajeros del autobús en el que viajábamos, les vendió su Cd y pidió aplausos para papá Dios. El aplauso colectivo, no sé si apasionado o mecánico, me sorprendió en medio de mi escepticismo peripatético. No me atreví a mirarle el rostro a las gentes, solo escuchar la salva de aplausos de los pasajeros, mientras el conductor detenía la máquina de hierro y le permitía a un pasajero desmontarse en la vía.

Los medios hablan de la gran crisis religiosa del mundo, pero las gentes siguen pegadas a su Dios de toda la vida, de tal manera que a los pasajeros que aplaudieron a papá Dios, no les interesó si el tipo era un farsante o era realmente un ángel de carne y huesos, solo que les inspiraba el misterio del gozo religioso.

De vez en cuando, encuentro a un discapacitado, que se arrastra, o repta, en la vía interna del autobús, le llama la atención a los pasajeros y recurre al sentimiento religioso de los mismo para ganar el pan diario; lo observo para intentar encontrar en su rostro, rastros de alcoholismo, pero dejo de pensar en el vicio del hombre y me dedico a observar su audiencia cautiva en una máquina de hierro de cuatro llantas, que vista con ojos de niño recién nacido, parecería un monstruo viviente de la ciudad.

En Barranquilla, mal contados, hay aproximadamente 5 mil conciudadanos que se rebuscan la vida en los buses de línea de la ciudad, individuos que pueden fácilmente ganarse más de 10. 000 mil pesos diarios, algo más de 300 mil pesos al mes, más de 3 millones al año, una suma minúscula, irrisoria, que no alcanza para la supervivencia de dos personas. Pero ellos son el sostén de más de tres personas, lo que implica el sufrimiento de salir todos los días a ver caer la piedra gigante de Sísifo  para montarla al día siguiente.

Estoy convencido de que estos sobrevivientes sienten el desprecio del poder del establecimiento a pesar del talento, la voluntad de trabajar y la juventud  de la mayoría. Con razón estamos como estamos, porque este lujo de la desocupación  es una maldición para la nación; la tristeza, el escepticismo, la delincuencia, el alcoholismo, la religión, los embarazos adolescentes, terminan siendo el sustrato oscuro de un mundo que no le funciona muy bien a todos.

Y mientras tanto estos hombres y mujeres vivirán del rebusque aunque nos molesten unos minutos en la silla cómoda de la máquina de hierro que nos lleva a casa.

sábado, 4 de enero de 2014

Por el ojo de la cerradura

Armando Cabrera Pertúz,  el buen docente, el gran amigo,  el mamador de gallo, “el excelso mentador de madres” y  el economista librepensador

Por Tito Mejía Sarmiento

Los pájaros exponen su libertad bajo la canícula de aquella mañana del 18 de agosto de 1976. Un joven cenceño, con bigotes bien cuidados al estilo Bienvenido Granda y siempre preocupado por justificarse de ser lo que era, un economista titulado de la Universidad del Atlántico, llega a la sede del Instituto Técnico Nacional de Comercio de Barranquilla, ubicada en la carrera 62 No. 52-85, con una carpeta en su mano derecha, pletórico de ilusiones preguntando por el señor rector, Pedro Cabrera De la Cruz (Q.E.P.D.). Viste un jean Caribú con camisa verde oliva y zapatos deportivos. En la puerta, el siempre recordado conserje Luchito Báez Portillo, lo hace pasar hasta la secretaría donde una agraciada señorita llamada Aminta García Osorio, quien apostada a la ventana, observa  la vista crispada por los árboles  que se aferra al otro lado de la vía, lo presenta minutos más tarde ante el señor rector.

Empieza a laborar en calidad de profesor de tiempo completo en el área de comerciales, ganándose en tan
poco tiempo, la admiración de estudiantes, docentes, padres de familia, por su invaluable gnoseología en  las cuestiones relacionadas con el funcionamiento de la Economía, con un espíritu emprendedor y creativo para el desarrollo de las empresas, además de los análisis de riesgos en aquellas  competencias relacionadas con la comprensión, interpretación y aplicaciones contables...

El profesor Armando Cabrera Pertúz sabe bien que el Estado, para hacer ciudadanos, deshace individuos y, a voz armada con el pensamiento de Marx, de Mao y de Lenin, deja al descubierto su puño y los nervios de la palabra lacerante, alza este folleto contra la realidad, para arrojarlo al corazón de la conciencia sucia de aquella época.

Sus amigos y colegas Julio Castaño Bossio, Carlos Peña Palacio y el extinto Fulvio Bolaños De la Hoz, lo pintaban tal cual yo percibía que era, 15 años más tarde cuando  comencé a trabajar en el INSTENALCO: un hombre adorador de la vida, solidario a toda prueba, entendiendo perfectamente quizás aquel mensaje bíblico que reza: “La mano que da nunca estará vacía”,  mamador de gallo, excelso “mentador de madres” o “rabito de lobo” como lo calificó hace siete años, su incondicional amigo, Alfredo Marún Chaffi , amén de ser propietario  de una alegría única, es decir, un verdadero rompedor de las garras del hastío.

He visto pasar la plenitud de su alma en nuestro amado colegio los días laborales, inclusive sábados y domingos, el todo de sus gestos y de su modo, he sido además, cómplice y parroquiano de sus actuaciones incansables en la búsqueda de las prácticas empresariales remuneradas para sus educandos. Armando siempre ha tratado de ayudar a cuanto ser se le atraviese por su senda en busca de alguna solicitud, sin nada a cambio,  con su sonrisa constante, su calidad humana y su concepción librepensadora.

Hoy están de fiesta las despedidas, los tragos de whisky, las viandas, el baile y, la nostalgia posiblemente, espera, pero la vida, estoy seguro al colega Armando, también  se le abrirá de par en par, con un horizonte nuevo y apacible donde  repose y se derrame luego,  su palabra audaz que será la  dueña de su secreto en las madrugadas con  espejos de amor  y complacencias al lado de los suyos que tanto lo aman.
¡Gracias, profesor Armando, por ser como eres!

Barranquilla,  29  de diciembre de 2013

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por el ojo de la cerradura

Fantasmas de este mundo

Por Tito Mejía Sarmiento

En Fantasmas de  este mundo, libro de cuentos de Aurelio Pizarro, se juntan la sabiduría del narrador  y la paciencia del lector con la faena silenciosa de aquel que no se resigna a ser de una manera gastada e imprecisa un simple huésped incómodo de la realidad que lo rodea, es decir lo que se conoce como la  Narrativa del desmayo, de la omisión acompasada, de un despojamiento que es irradiación y declaración al mismo tiempo. 

Los cuentos de Aurelio Pizarro buscan “rastrear la ficción desde un lugar oculto”, como el tigre que atraviesa sus páginas y nos sorprende con el fugaz destello de su estampa, de sus garras… De ahí que, quien los lea, seguramente revelará que menos es más, y viceversa, que el blanco es una forma de existencia devastadora, desde la posibilidad misma de expresar esa meditación estrecha entre el hombre y su relación con su entorno mítico y fabuloso, la relación con su historia, sea esta particular o no, con ese realismo trágico y tierno de la vida secuencial, o sea el afán de rodear, según el narrador Bostoniano Édgar  Alan Poe los hechos con la perturbadora atmósfera de misterio. Por ejemplo: (Página 15 de Las trampas del azar)… “Así, las dos ruedas siguientes, tras un colosal esfuerzo suyo, se detuvieron en un orden inalterable, formando en las últimas cifras el número 307 de la serie 2. Ahora faltaba que se detuviera la primera rueda, que solo lo hizo pocos instantes después de que él se muriera  de un repentino ataque al corazón”.
De los  cuentos de Aurelio Pizarro me interesa destacar, especialmente: Pesadillas en el 240 de la calle Quain y El acertijo de Blackman los cuales plasman sigilosamente la reciente eclosión de textos donde predomina, por encima de cualquier otra instancia, la presencia del "yo", produciéndose así una frecuente actitud confesional, perceptible frente a sus propios   personajes en un mundo donde ningún valor permanece en pie, y en donde resulta primordialmente significativo este hecho, que habla de un sujeto tan confuso como para no atreverse a hablar más que de la pequeña baldosa de realidad que conoce en su en derredor. 
 (Página 129 de El acertijo de Blackman)… “Yo me desperté medio zurumbático y no se me ocurrió más que la sal de frutas y el analgésico de siempre para recobrarme de la acidez del whisky y de la pesadez de la noche anterior todavía latiéndome en la cabeza”. Recuerdo que a propósito de esto, el escritor Colombiano Guillermo Tedio en una oportunidad subrayó de Aurelio: “la fácil forma de asimilar  las costuras del relato fantástico con una vocación universalista que lo lleva, a través de un lenguaje riguroso en sus historias donde los temas de la venganza, el magnicidio, la existencia... adquieren una nueva dimensión al dinamizarse con la palanca del relato fantástico y con la cinta del Moebius”.

Además, en este libro, Pizarro pareciera ser  el mismo y diferente a la vez, con  una selección de cuentos mejor tratada literariamente hablando. Considero respetuosamente que,  no se trata sólo de una selección  por el gusto personal, como es arbitrario todo juicio estético. Estos textos, escritos por incitaciones diferentes, aislados entre sí, se relacionan sin embargo por una voluntad -podría decirlo- de explorar el infinito literario. Ya sea que jueguen con el tiempo, la noción del eterno retorno (como opuesta a fin), de identidades más allá de la distancia, del futuro sombrío imaginado con los recursos de la ciencia-ficción, en cada caso y, en todos hay el propósito -logrado- de asomarse al abismo y empujar a los lectores a las orillas de la escritura, como un modo de compartir esa presunción.
Por otra parte, no debe esperarse que el espacio y el tiempo, en los  cuentos de Pizarro, sean entidades enteramente identificables. Algunos lectores tratamos de indagar ese espacio-tiempo que percibimos como la muerte. O una suerte de post-vida como aquella versión laica de los famosos purgatorios cristianos donde las personas "reales" se convierten repentinamente en personajes y en ese sentido, Aurelio Pizarro es un maestro, es un campeón que juega magistralmente con el desdoblamiento de sus personajes, figuras y situaciones, logrando  un alivio de lo  definitivo en cuanto a la dramática del diálogo:(Página 74 del cuento  Pesadillas en el 240 de la calle Quain: -Estás loco, le dijo Abdala. 
Entonces,  Quezada Higueras se lo quedó mirando a los ojos e hizo hasta lo inimaginable para no hundirse en el miedo, pero la mirada de Abdala lo acuciaba ya doliente, con un cierto aire de condena; entonces empezó a sospechar que el error más grande de su vida había sido entrar en esa casa.
-Solo espero que el asesino de los Algarrobos no visite mi apartamento esta noche-le dijo al partir…