jueves, 6 de marzo de 2014

El ojo de la cerradura

La poesía en el corazón de la clase

A mis alumnos que sobreviven en la poesía

Por Tito Mejía Sarmiento

Una pregunta que con frecuencia nos hacemos los educadores es cómo acercar a los estudiantes a la poesía, sobre todo, al corazón de la misma sin que se desanimen. Lo primero que hay que hacer es abordar los mitos en torno a la propia poesía, como creer, por ejemplo, que Ella es un asunto exclusivo de personas románticas, de intelectuales… Aunque no lo parezca, la poesía está al alcance de todos(as). Desde los primeros años es posible acercarse a ella a través de la tradición oral. Y lo básico precisamente para arrancar en el disfrute de la poesía, es a través del conocimiento de rondas, trabalenguas, adivinanzas, retahílas… De allí se transporta al estudiante a la poesía de autores que se asemejen mucho a la de tradición oral. Es decir, ir de los poemas más claros a aquellos oscuros. En todo caso, lo esencial es el goce del texto poético.

En este libro, intento con base en las experiencias vividas, acercarme a una serie de  estrategias prácticas
que nos servirán para trabajar el poema en el salón, o mejor “La poesía en el corazón de la clase” de una manera más activa y creativa. Lo que quiere decir, que  los textos poéticos nos ofrecerán procedimientos que nos permitan de paso, comprender mejor y disfrutar del aprendizaje gramatical que en este sentido, será de vital importancia en la selección de las diferentes estrategias que hoy  plasmo en este texto que usted tiene en sus manos y que en honor a la verdad, surgió de la necesidad de “encontrar seres más sensibles a la poesía para el  bien de la sociedad no sólo colombiana sino de otros contornos”, o como dijera en una ocasión la poetisa colombiana Nohora Carbonell :  “La poesía es tan noble, tan buena que despierta en la juventud el disfrute de la palabra, incita su poder creativo y desarrolla su imaginación.”

miércoles, 5 de marzo de 2014

Bitácora

La mala educación

Por pedro Conrado Cúdriz

“Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”
Ortega y Gasset

La ideología y la cultura funcionan desde algunos aparatos e instituciones (la familia, la escuela, las cárceles, las fuerzas armadas, el barrio, la justicia, la tecnología) para malograrnos intencionalmente la vida. Los politólogos y los sociólogos hablarían de control social.

Las preguntas necesarias de respuestas son las que siguen: ¿Por qué somos tontos? ¿Por qué obedecemos? ¿Por qué vendemos el voto? ¿Por qué la escuela no sirve para nada? ¿Por qué nos hemos adaptado con facilidad a un sistema político y económico injusto? ¿Por qué somos los “Idiotas del sistema”?

Lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos desconocen cómo opera el “Establecimiento” y si lo saben o lo intuyen se hacen los locos, quizá por miedo a la miseria, quizá por el terror a la guerra, quizá por no ser diferentes. No se distingue lo que no se quiere distinguir. Bueno, nos han hecho así, para no distinguir nada, para andar incluso enfermos de angustia y pobreza, para no saber nada, para disgustarnos con todo el mundo, para no tener esperanzas, para ser unos tontos.

¿Cómo se metieron en nuestras mentes? Quizá sea través de la historia, la personal y la colectiva, a través de lo que vemos, escuchamos, modelan otros, a través de la escuela, o el barrio, o los que nos gobiernan, a través de la familia, los amigos, las horas que perdemos frente al aparatico del televisor (viendo cómo se reproduce el estatus quo en los noticieros, en la telenovelas, en la programación deportiva), o con los teléfonos celulares, la internet, la insensible moda, los eufemismos gubernamentales, las instituciones locales, lo que leemos, lo que consumimos, los discursos del presidente de la República y sus adláteres. Es sutil esta tarea de la mala educación.

Por años nos han hecho pensar, o creer, que somos poca cosa, y desde la infancia nos tratan como a niños, por eso andamos buscando siempre quien nos proteja, quien haga el papel de padre salvador, quien nos aconseje y quien nos diga qué hacer. Con razón a las gentes les gusta y les gustaba el expresidente Uribe y quizá por estas mismas razones están los que anhelan infantilmente la mano dura.

Estas creencias históricas nos condicionan para ser explotados, negados, discriminados, para caer mansitos en las manos de nuestros verdugos, para tenerle miedo al jefe. Fuimos mal educados. Pero es la cadena de la clientela, formada desde la primera infancia para ser en el futuro los “Idiotas del sistema”, los reproductores de las malas conciencias, los sinvergüenzas, los cínicos, los apátridas.

Y la mala educación (el neoliberalismo de hoy) nos hace creer que el dinero está por encima de la humanidad de la gente, del dolor y la esperanza humana. Porque desconocemos que bajo el modelo del estado neoliberal, estamos fraccionados, desconectados, individualizados, analfabetos.

Se metieron en nuestras mentes desde antes del nacimiento. Ellos saben cómo pensamos, qué pensamos, cuáles son nuestras necesidades espirituales y materiales, nos arreglan además las iglesias y educan a los curas, nos pervierten los valores, descuidan las escuelas, desarreglan las leyes, nos subsidian la vida, crean bolsas de empleo para maquillar la realidad del desempleo y nos gobiernan con el vacío de las palabras (Santos todavía no ha podido reconstruir el pueblo de Gramalote, descuadernado por la naturaleza a comienzos de su gobierno), con acuerdos de paz imposibles de cambiar nuestra historia política.

Y sin embargo, ya han elaborado las palabras y las frases para el sentido común, que ha dejado de ser nuestro para ser institucional. Porque algunos incluso se han atrevido a decirle a los servidores públicos que son traidores del gobierno porque no son unos “Idiota del sistema”, porque no forman parte de la cadena del clientelismo, porque no son cínicos ni sinvergüenzas. En la película Calígula, este asesina a un servidor del régimen porque no es corrupto como él y queda claro que su honestidad deshonra al patricio. Hasta esta desmesura hemos llegado. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Por el ojo de la cerradura

“Cantándole a mi Valle” 
Juan Piña con Andy Montañez, Gustavo Gutiérrez y Johnny Ventura 
(Desgranando sentimientos en una hermosa tierra)

Por Tito Mejía Sarmiento *

Cuando el lunes 20 de enero de 2013, regreso a casa después de mi acostumbrada caminata y  de fijarme en las agraciadísimas flores que crecen a lo largo del camino para esta época del año y, mientras a lo mejor en otras partes del mundo todo se individualiza, abro la puerta y en el acto, me encuentro con una agradable sorpresa sobre la mesa del comedor: Un CD titulado “Cantándole a mi Valle”, que me había dejado en calidad de regalo el maestro Juan Piña Valderrama por motivo de mi cumpleaños. Un CD, cuya voz líder es precisamente la de Piña, acompañado en esta ocasión por tres grandes del pentagrama musical hispanoparlante: Andy Montañez, Gustavo Gutiérrez y Johnny Ventura. Además, de otros músicos de un alto reconocimiento. 

Es un homenaje gratificante de  Juan Piña, ganador del Grammy Latino 2012, a Valledupar, la tierra que
desgrana sentimientos por todos sus contornos con su inmensa galería de rapsodas. Un compacto que trae once (11) bellísimas canciones, de las cuales “La conquista” de Edilberto Daza, puede convertirse una vez más, según mi humilde concepto y espero no violar la tradición sabiamente enrejada de los entendidos, en un suceso nacional, sin descartar lógicamente, el resto de melodías impregnadas en esta compilación. Por ejemplo, para  esta temporada de carnaval, “La hamaca grande”, de  Adolfo Pacheco Anillo, donde Juan Piña invita a  Johnny Ventura podría ser la canción más sonada, independientemente de cualquiera discusión bizantina, entre los programadores de radio, quienes entre otras cosas, como lo manifestara hace pocos días en algunos medios de comunicación de nuestro país, el gran pianista colombiano Álvaro Cabarcas “Pelusa”, no entienden siquiera lo que es un esfuerzo concertado de unificar la afinación de un grupo u orquesta.

Aquí en este nuevo trabajo musical, el niño de San Marcos, se hace acompañar además de verdaderos profesionales en la instrumentación.

Ojalá el tiempo no sepulte en el olvido esta joya musical colombiana como lo ha hecho con tantas vidas, tantos amaneceres, tantas esperanzas, tantos idilios, mientras la brisa cautiva las hojas  antes de caer al suelo  para que  luego, un niño las recoja con los ojos fajados entre la pureza y la ficción.

Ojalá cuando esté en mi butaca, escuchando una estación radial de las tantas que hay en Barranquilla, sobre todo en la frecuencia modulada, suene por lo menos una de las once (11) melodías registradas en este compacto, varias veces al día. Entonces, mi deseo será otra metáfora de vida.

De verdad que sí, de verdad que lo imagino.

Barranquilla, 23 de enero de 2014
Tito Mejía Sarmiento * 
Correo:titoms17@gmail.com
Licenciado en Filología e idiomas, Universidad del Atlántico; locutor profesional, poeta. Profesor de Tiempo Completo del Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla. 

Bitácora

Mi confesión

Por Pedro Conrado Cúdriz

“En mí han hecho tránsito varias corrientes de la vida, la muerte principalmente, aunque alguien pueda pensar seriamente que la muerte no tiene nada que ver con la vida; quizás a ese fulanito le falte algo de cordura para comprender la organización de los hilos de la vida y el destino, que siempre están atados al cordón de los zapatos de la muerte.

Antes de comenzar a matar prójimos, me inicié en la prostituta filosofía de la vida de ser un malo ejerciendo la maldad y aprendí sin más a matar torcazas, conejos y perros, y la verdad que fue divertido matar pájaros porque caían más rápido a tierra que la misma muerte. Después sobrevino un interregno, descargado de la tensión de los primeros tiempos de mi prehistoria, cuando aprendí a cortarle el vientre a la iguana para sacarle, por el simple prurito, los huevos. Y luego la aburrición de las clases y el sermón de mariquetos empolvados de los profesores, tipejos escuálidos y sin el vicio de la vida, que es el que lleva a uno a la aventura y a la arbitrariedad; fueron días terribles, sobre todo porque nadie en la clase se atrevía a romper el círculo de las tonterías de la formalidad escolar y la moralidad cristiana, tan afecta a la hipocresía, mientras en las iglesias y los conventos ruedan los culos y lo que sabemos.

Sé muy bien, que esto que confieso no contiene hechos maravillosos, por el contrario, son hechos que deberían estar ocultos en la memoria bastarda de un hombre que apenas es la silueta de un animal escapado de un frenocomio; sin embargo, hay que contarlos para que la humanidad no siga descuidando el entorno donde se cría la más peligrosa de las fieras del mundo: el hombre. De vez en cuando asistía a los rituales de las galladas del barrio, donde rompían vírgenes apenitas destetadas y desangraban los anos más diversos. Esa demolición de culos y anos, me ayudó a sobrevivir mientras el tiempo pesaba dolores. La universidad ni siquiera fue una fantasía de mi mente, que yo, a propósito, controlaba como quien controla una jauría de perros rabiosos. La primera prueba de mi vida, fue arrancarle el corazón a mi primer enemigo, mi padre. Y no es para asombros, cuando uno termina matando un cerdo. Como lo definía un amigo mío, cerdo: “Mamífero artiodáctilo y gordo, de la familia páter, que atenta fieramente contra su familia y al que hay que matar antes de que devore su cría.”

Después el camino se abrió fácil para otros asesinatos, hasta alcanzar la pericia de descuartizar cuerpos y seguir matando animales. Todavía no entiendo las alharacas que se oyen en la radio y que además se pueden leer en la prensa como quien lee un paquito de Batman, articulistas no sólo faltos de oficios, sino sujetos escuálidos y sin el vicio de la vida, peligrosos en el seno de sus pequeños mundos, hasta que alguien les pisa la cola. Reconozcan que aquí todo el mundo mata, o ha deseado matar a alguien.

Y no es demasiado la diferencia entre unos y otros, porque algunos somos criminales de verdad y otros, individuos que se congratulan con el asesino, cuando el criminal tumba al que se odia. Aquí todos somos unos asesinos; claro, el crimen depende de quien lo haya cometido, o de la religión a la que se pertenezca: si es un soldado de la patria, es dado de baja; si es la guerrilla, es por la revolución; si es por el paramilitarismo, es por el establecimiento, la patria y el honor de la familia y si es la delincuencia común, es por la supervivencia biológica.

Como se puede observar todos tenemos nuestra ideología y esto resulta muy respetable para la democracia, la que yo defiendo entre otras cosas con la vida, mi fusil y mis huevas, porque es diversa e intolerante con la diferencia. No sé cuánto va durar este experimento, del que aspiro a liberarme más tarde que temprano, pero al fin liberarme, sin tener que reparar a nadie, porque como ya lo dije, nadie en este país merece la reparación al menos que ese alguien sea un ángel, y como aquí no hay ángeles, y  presumo que todos hemos aceptado la teoría de Darwin; es decir, aquí sólo nos salvamos los más fuertes, el equilibrio de este mundo depende de la fuerza y no de la razón. Y yo les represento a este nuevo ser con el que usted tendrá que convivir el resto de sus días, así que prepárese para la supervivencia.”

domingo, 12 de enero de 2014

Bitácora

El rebusque

Por Pedro Conrado Cúdriz

Usted los encuentra en cualquier bus de la ciudad, vendiendo dulces, o melodías de todo tipo con la voz del alma. Son hombres y mujeres de los estratos populares, alguno que otro argentino, venido de tan lejos, pero de paso en la ciudad, intentando convencernos que su afán es contar historias.

Pueden ser molestos, si, lo que usted quiera, pero estos individuos no se dejan morir por la incuria y la incapacidad del Estado por generar la cantidad de empleo suficiente que justifique la dignidad de los ciudadanos.

Se montan en la máquina de hierro y le piden permiso al conductor para enseguida volarse el torniquete, que cuenta el número de pasajeros que ingresan al autobús diariamente. El otro día fue una mujer, en la calle treinta, en un intermunicipal, la que nos descrestó con su voz, el acordeón y el vallenato. Increíblemente reía mientras interpretaba la melodía y nos picaba el ojo, creo que el ojo derecho. No dijo nada, solo su canto, y acto seguido los pasajeros, convencidos de su arte, aflojaron sus bolsillos para donarle unas monedas de valor. No la he visto más, igual he dejado de ver un joven de guitarra, que canta como los artistas famosos.

En el bus uno observa a estos conciudadanos, que echan mano  de sus talentos para sobrevivir en medio de una economía neoliberal, que solo beneficia al reconocido capital financiero. No olvido al que con guitarra en mano, compartió su música religiosa con los pasajeros del autobús en el que viajábamos, les vendió su Cd y pidió aplausos para papá Dios. El aplauso colectivo, no sé si apasionado o mecánico, me sorprendió en medio de mi escepticismo peripatético. No me atreví a mirarle el rostro a las gentes, solo escuchar la salva de aplausos de los pasajeros, mientras el conductor detenía la máquina de hierro y le permitía a un pasajero desmontarse en la vía.

Los medios hablan de la gran crisis religiosa del mundo, pero las gentes siguen pegadas a su Dios de toda la vida, de tal manera que a los pasajeros que aplaudieron a papá Dios, no les interesó si el tipo era un farsante o era realmente un ángel de carne y huesos, solo que les inspiraba el misterio del gozo religioso.

De vez en cuando, encuentro a un discapacitado, que se arrastra, o repta, en la vía interna del autobús, le llama la atención a los pasajeros y recurre al sentimiento religioso de los mismo para ganar el pan diario; lo observo para intentar encontrar en su rostro, rastros de alcoholismo, pero dejo de pensar en el vicio del hombre y me dedico a observar su audiencia cautiva en una máquina de hierro de cuatro llantas, que vista con ojos de niño recién nacido, parecería un monstruo viviente de la ciudad.

En Barranquilla, mal contados, hay aproximadamente 5 mil conciudadanos que se rebuscan la vida en los buses de línea de la ciudad, individuos que pueden fácilmente ganarse más de 10. 000 mil pesos diarios, algo más de 300 mil pesos al mes, más de 3 millones al año, una suma minúscula, irrisoria, que no alcanza para la supervivencia de dos personas. Pero ellos son el sostén de más de tres personas, lo que implica el sufrimiento de salir todos los días a ver caer la piedra gigante de Sísifo  para montarla al día siguiente.

Estoy convencido de que estos sobrevivientes sienten el desprecio del poder del establecimiento a pesar del talento, la voluntad de trabajar y la juventud  de la mayoría. Con razón estamos como estamos, porque este lujo de la desocupación  es una maldición para la nación; la tristeza, el escepticismo, la delincuencia, el alcoholismo, la religión, los embarazos adolescentes, terminan siendo el sustrato oscuro de un mundo que no le funciona muy bien a todos.

Y mientras tanto estos hombres y mujeres vivirán del rebusque aunque nos molesten unos minutos en la silla cómoda de la máquina de hierro que nos lleva a casa.

sábado, 4 de enero de 2014

Por el ojo de la cerradura

Armando Cabrera Pertúz,  el buen docente, el gran amigo,  el mamador de gallo, “el excelso mentador de madres” y  el economista librepensador

Por Tito Mejía Sarmiento

Los pájaros exponen su libertad bajo la canícula de aquella mañana del 18 de agosto de 1976. Un joven cenceño, con bigotes bien cuidados al estilo Bienvenido Granda y siempre preocupado por justificarse de ser lo que era, un economista titulado de la Universidad del Atlántico, llega a la sede del Instituto Técnico Nacional de Comercio de Barranquilla, ubicada en la carrera 62 No. 52-85, con una carpeta en su mano derecha, pletórico de ilusiones preguntando por el señor rector, Pedro Cabrera De la Cruz (Q.E.P.D.). Viste un jean Caribú con camisa verde oliva y zapatos deportivos. En la puerta, el siempre recordado conserje Luchito Báez Portillo, lo hace pasar hasta la secretaría donde una agraciada señorita llamada Aminta García Osorio, quien apostada a la ventana, observa  la vista crispada por los árboles  que se aferra al otro lado de la vía, lo presenta minutos más tarde ante el señor rector.

Empieza a laborar en calidad de profesor de tiempo completo en el área de comerciales, ganándose en tan
poco tiempo, la admiración de estudiantes, docentes, padres de familia, por su invaluable gnoseología en  las cuestiones relacionadas con el funcionamiento de la Economía, con un espíritu emprendedor y creativo para el desarrollo de las empresas, además de los análisis de riesgos en aquellas  competencias relacionadas con la comprensión, interpretación y aplicaciones contables...

El profesor Armando Cabrera Pertúz sabe bien que el Estado, para hacer ciudadanos, deshace individuos y, a voz armada con el pensamiento de Marx, de Mao y de Lenin, deja al descubierto su puño y los nervios de la palabra lacerante, alza este folleto contra la realidad, para arrojarlo al corazón de la conciencia sucia de aquella época.

Sus amigos y colegas Julio Castaño Bossio, Carlos Peña Palacio y el extinto Fulvio Bolaños De la Hoz, lo pintaban tal cual yo percibía que era, 15 años más tarde cuando  comencé a trabajar en el INSTENALCO: un hombre adorador de la vida, solidario a toda prueba, entendiendo perfectamente quizás aquel mensaje bíblico que reza: “La mano que da nunca estará vacía”,  mamador de gallo, excelso “mentador de madres” o “rabito de lobo” como lo calificó hace siete años, su incondicional amigo, Alfredo Marún Chaffi , amén de ser propietario  de una alegría única, es decir, un verdadero rompedor de las garras del hastío.

He visto pasar la plenitud de su alma en nuestro amado colegio los días laborales, inclusive sábados y domingos, el todo de sus gestos y de su modo, he sido además, cómplice y parroquiano de sus actuaciones incansables en la búsqueda de las prácticas empresariales remuneradas para sus educandos. Armando siempre ha tratado de ayudar a cuanto ser se le atraviese por su senda en busca de alguna solicitud, sin nada a cambio,  con su sonrisa constante, su calidad humana y su concepción librepensadora.

Hoy están de fiesta las despedidas, los tragos de whisky, las viandas, el baile y, la nostalgia posiblemente, espera, pero la vida, estoy seguro al colega Armando, también  se le abrirá de par en par, con un horizonte nuevo y apacible donde  repose y se derrame luego,  su palabra audaz que será la  dueña de su secreto en las madrugadas con  espejos de amor  y complacencias al lado de los suyos que tanto lo aman.
¡Gracias, profesor Armando, por ser como eres!

Barranquilla,  29  de diciembre de 2013

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por el ojo de la cerradura

Fantasmas de este mundo

Por Tito Mejía Sarmiento

En Fantasmas de  este mundo, libro de cuentos de Aurelio Pizarro, se juntan la sabiduría del narrador  y la paciencia del lector con la faena silenciosa de aquel que no se resigna a ser de una manera gastada e imprecisa un simple huésped incómodo de la realidad que lo rodea, es decir lo que se conoce como la  Narrativa del desmayo, de la omisión acompasada, de un despojamiento que es irradiación y declaración al mismo tiempo. 

Los cuentos de Aurelio Pizarro buscan “rastrear la ficción desde un lugar oculto”, como el tigre que atraviesa sus páginas y nos sorprende con el fugaz destello de su estampa, de sus garras… De ahí que, quien los lea, seguramente revelará que menos es más, y viceversa, que el blanco es una forma de existencia devastadora, desde la posibilidad misma de expresar esa meditación estrecha entre el hombre y su relación con su entorno mítico y fabuloso, la relación con su historia, sea esta particular o no, con ese realismo trágico y tierno de la vida secuencial, o sea el afán de rodear, según el narrador Bostoniano Édgar  Alan Poe los hechos con la perturbadora atmósfera de misterio. Por ejemplo: (Página 15 de Las trampas del azar)… “Así, las dos ruedas siguientes, tras un colosal esfuerzo suyo, se detuvieron en un orden inalterable, formando en las últimas cifras el número 307 de la serie 2. Ahora faltaba que se detuviera la primera rueda, que solo lo hizo pocos instantes después de que él se muriera  de un repentino ataque al corazón”.
De los  cuentos de Aurelio Pizarro me interesa destacar, especialmente: Pesadillas en el 240 de la calle Quain y El acertijo de Blackman los cuales plasman sigilosamente la reciente eclosión de textos donde predomina, por encima de cualquier otra instancia, la presencia del "yo", produciéndose así una frecuente actitud confesional, perceptible frente a sus propios   personajes en un mundo donde ningún valor permanece en pie, y en donde resulta primordialmente significativo este hecho, que habla de un sujeto tan confuso como para no atreverse a hablar más que de la pequeña baldosa de realidad que conoce en su en derredor. 
 (Página 129 de El acertijo de Blackman)… “Yo me desperté medio zurumbático y no se me ocurrió más que la sal de frutas y el analgésico de siempre para recobrarme de la acidez del whisky y de la pesadez de la noche anterior todavía latiéndome en la cabeza”. Recuerdo que a propósito de esto, el escritor Colombiano Guillermo Tedio en una oportunidad subrayó de Aurelio: “la fácil forma de asimilar  las costuras del relato fantástico con una vocación universalista que lo lleva, a través de un lenguaje riguroso en sus historias donde los temas de la venganza, el magnicidio, la existencia... adquieren una nueva dimensión al dinamizarse con la palanca del relato fantástico y con la cinta del Moebius”.

Además, en este libro, Pizarro pareciera ser  el mismo y diferente a la vez, con  una selección de cuentos mejor tratada literariamente hablando. Considero respetuosamente que,  no se trata sólo de una selección  por el gusto personal, como es arbitrario todo juicio estético. Estos textos, escritos por incitaciones diferentes, aislados entre sí, se relacionan sin embargo por una voluntad -podría decirlo- de explorar el infinito literario. Ya sea que jueguen con el tiempo, la noción del eterno retorno (como opuesta a fin), de identidades más allá de la distancia, del futuro sombrío imaginado con los recursos de la ciencia-ficción, en cada caso y, en todos hay el propósito -logrado- de asomarse al abismo y empujar a los lectores a las orillas de la escritura, como un modo de compartir esa presunción.
Por otra parte, no debe esperarse que el espacio y el tiempo, en los  cuentos de Pizarro, sean entidades enteramente identificables. Algunos lectores tratamos de indagar ese espacio-tiempo que percibimos como la muerte. O una suerte de post-vida como aquella versión laica de los famosos purgatorios cristianos donde las personas "reales" se convierten repentinamente en personajes y en ese sentido, Aurelio Pizarro es un maestro, es un campeón que juega magistralmente con el desdoblamiento de sus personajes, figuras y situaciones, logrando  un alivio de lo  definitivo en cuanto a la dramática del diálogo:(Página 74 del cuento  Pesadillas en el 240 de la calle Quain: -Estás loco, le dijo Abdala. 
Entonces,  Quezada Higueras se lo quedó mirando a los ojos e hizo hasta lo inimaginable para no hundirse en el miedo, pero la mirada de Abdala lo acuciaba ya doliente, con un cierto aire de condena; entonces empezó a sospechar que el error más grande de su vida había sido entrar en esa casa.
-Solo espero que el asesino de los Algarrobos no visite mi apartamento esta noche-le dijo al partir…

domingo, 1 de diciembre de 2013

Bitácora

Dime qué lees y te diré quien eres

Por Pedro Conrado Cúdriz
                               
Soy lector, eso, un lector, peripatético, pero lector. De corto, mediano y largo aliento. Lector de varios géneros y voces, desde novelas y poemarios, ensayos y revistas, periódicos y todo lo que logre atraer el gusto de mi inteligencia, incluso hasta la internet y la vida, ese lugar de encuentros fortuitos y gratis, accidentados y previstos de la existencia.

Leer es un vicio como los demás vicios. ¿Mejor o peor que los otros? No creo, más bien diferente como decía Sartre, el escritor francés, del hombre.

Ahora, el misterio de la lectura está en la comprensión, en el desciframiento de los símbolos, los que sean, los que se encuentran como grafías en los libros que leemos y aquellos que alientan y direccionan el transitar por las calles de la ciudad, o los que se escudan en los gestos, en las estaciones de las esquinas, o en la voz acompasada o desmesurada del otro, y por supuesto, el misterio también está en la explicación de lo que nos pasa y le pasa a los otros. Nada más asomarse a Rayuela, la novela subversiva de Julio Cortázar, o al Extranjero de Camus, para reconocer que algo dentro de nosotros se conmovió, fracturó, o cambió, cuando las leímos.

Alguien dijo que la lectura de una novela tiene en nosotros la virtud de despertar el sentimiento de la empatía, ese sentimiento grueso y humano, que elevado a la máxima potencia del cielo del cerebro, nos acerca misteriosamente al otro, desvalido o no.(1)

Leer tiene sus retos, afincados en la lucidez, pero también en la capacidad del individuo por ir más allá de la literalidad, por inferir y verificar, en lazar hipótesis y sospechar del engaño o la supuesta verdad del que escribe o asevera algo (3), porque tanto el escritor como el lector comparten una misma historia sociocultural, unas maneras de describir la vida común, de interpretarla, de soñarla o de preservarla, y nada de esto está marginado de las ideologías y los prejuicios, o del control social. La idea es participar de las obviedades y los elementos ocultos del texto para poder cocrear nuevas realidades y de paso nuevas maneras de interpretar el mundo.

Cada autor crea su modelo lector, así como cada periódico tiene sus lectores: los de La Libertad son unos, los de El Espectador otros, los de Al día otros, los de las revista El Malpensante o La Urraka otros, y así sucesivamente hasta lograr formarlos en el estatus de hombres tontos o de hombres críticos; en este sentido los noticieros de radio y televisión también modelan a sus usuarios, oyentes y espectadores. El lector crítico y el peripatético, como lo era Onetti, hace uso de su memoria para crear la hipertextualidad (2), para ir conectando y relacionando lecturas reposadas en sus recuerdos, tanto de autores disimiles o contrarios; creo que esta es una habilidad innata de la memoria lectora y una competencia del lector contemporáneo. Despertar o formar esta memoria hipertextual en los estudiantes, en especial en los niños, es un compromiso ético y político, con mayúscula, de la escuela si quiere crear ciudadanos competentes para la transformación del mundo.

Y no solo los profesores, también los padres y los ciudadanos en general deben alcanzar la competencia crítica del lector funcional para poder crear entornos inteligentes, niños críticos y adolescentes críticos para superar el analfabetismo funcional de los lectores literales, aquellos  incapaces de comprender lo que leen. Hay que descartar las lecturas obligatorias, pero también hay que comentarles a nuestros hijos, amigos, vecinos y estudiantes los libros leídos para despertarles la curiosidad, la imaginación y los deseos de leer. La lectura crítica es una habilidad que se aprende; sin embargo, es una concepción del mundo, una teoría de la vida para elevarle la conciencia a la sociedad toda, una manera de comprender y explicar por qué somos como somos.

(1)     Armando Montenegro en su artículo dominical de El Espectador del 11 de nov/2013, cita a Steven Pinker (The Better Angels of our Nature) para tocar esta teoría de la relación de la literatura y la empatía. Y Jorge luís Borges, en el cuento El fin, escribe con la fuerza de la intuición y su inteligencia: “A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias.”
(2)     La hipertextualidad no es un fenómeno exclusivo de la literatura, porque en la vida doméstica las gentes utilizan los recuerdos para conectarse y relacionarse con otras voces: Ante un comentario que le hice a mi esposa María, sobre el tapaboca y la gripe, recordó una escena en el cementerio, donde alguien llegó con un adaptador nasal y una amiga, quizás, la increpó por farsante.
(3)     Ver a Daniel Cassany, por ejemplo: Tras las líneas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Bitácora

LECTOFUTBOL

Por Pedro Conrado Cúdriz

La discusión de un partido de fútbol nos margina del desastre colectivo, nos agita hasta darnos la estatura docta que anhelamos: soñamos con la huidiza tesis. Entonces, insensatos, creemos arreglar el mundo Emboscada, PC

Intentar  armar un discurso que dé cuenta de la interacción o transacción lectura-fútbol, plantea ciertas dificultades que no son fáciles de evadir en un mundo contaminado por la frivolidad. En primer término, porque vivimos una época de inmutaciones grandes que puede convertir en obsoleto, lo que ayer representaba una tradición vigorosa (Mockus.) Alude el ex -alcalde de Bogotá  a la conferencia que en el pasado descansaba en preocupaciones trascendentales compartidas por todos, pero que hoy se han dilatado y disuelto en lo vago y en lo superfluo. Por lo tanto, el suelo sobre el cual se podría inventar un discurso edificante cada día se hace más difícil. Queda entonces la posibilidad de reinterpretar. De jugar. Con el riesgo enorme que implica la frivolidad.

En segundo lugar, porque los medios de información de masas inducen con reiterada bastardía hacia lo inocuo, al extremo que lo han convalidado en el discurso del consenso, en esa suerte de coincidencia originada en el encuentro de lo oligofrénico y el bendito deseo de estar todos de acuerdo para estar bien con todos y así poder sentirnos bien espiritualmente. Para nadie es un misterio que los medios de información de masas, en particular el escrito, han abandonado la ética del esfuerzo formativo. Ese que le entrega al lector de periódicos, la posibilidad de dilucidar su mundo y de reflexionar sobre su espesa y contagiosa cotidianidad.

Por último, porque la magia de lo desechable y lo superfluo nos ha inducido a creer “que lo importante de los acontecimientos es proporcional a su riqueza en imágenes más fuertes, más interesantes, más importantes que aquel que permanece invisible y cuya importancia es abstracta” (Ignacio Remonet.) Esta visión ideológica de la lectura de la imagen ha deslegitimado el esfuerzo intelectual que exige estar informado, y lo más preocupante,  nos ha hecho creer que la lectura es un pasatiempo, el tiempo inepto e ineficiente de las masas y no lo que es, un ejercicio de abandono interior, de búsqueda santa para resarcirnos del engaño y el autoengaño, el ejercicio de la reflexión y más profundamente “el propósito de civilizar lo que nos pasa y lo que pasa” (Ignacio Remonet.)

Por esta inversión de valores que impone la cultura de la enajenación capitalista, en especial los medios, los colombianos recordamos más las emociones de los goles vividos en los estadios y trasmitidos en imágenes vivas por televisión, que los titulares de prensa o textos que hayan congelado poéticamente el instante único e irrepetible del gol experimentado por la nación. Y más allá de estos vientos y remolinos emocionales de la visión televisiva, queda olvidada la historia social que subyace invisible en cada uno de los colombianos y de manera especial en cada uno de los jugadores de la selección Colombia.

Por asociación rememoro algunos de los goles de la selección repetidos por los innumerables programas audiovisuales, que han convertido el fútbol, entre otras cosas, en una saturación rutinaria de movimientos ya realizados y en una reiteración artificial (por fuera del contexto real del tiempo) de un hecho en profundidad emocional, el gol, que no se volverá  a vivir por el prurito de la repetición radial o televisiva. El gol es una estrella fugaz,  explosivamente emocional y artística, un arco iris, pero conexo a unas circunstancias de tiempo irremplazables; lo demás es manipulación de la nostalgia y entuerto patriótico para la enajenación.

Entre fútbol y lectura media algo más que la misma historia convencional: el placer y el gusto. El placer que existe en quien escribe historias y reportajes futbolísticos y el gusto o el placer de quienes leen esas historias y reportajes de fútbol. El gusto es un simple ejercicio visual y frágil, que no supera la sensibilidad natural del ojo frente al objeto escrito, o la imagen escrita o televisiva; mientras que el placer volatiza el simple ejercicio visual y se instala en profundas sensibilidades de reflexión, en el corazón mismo del objeto de lectura.

Sin embargo, la historia intenta opacar la reflexión y descuida la lucha de las ideas. La revolución tecnológica de los medios de información de masas no sólo ha trastocado la realidad en ficción (recordar la guerra del Golfo Pérsico y la guerra por el petróleo en Irak), sino que la ha vulgarizado en un discurso simplista de Corín Tellado. Las causas rondan entonces la política. Los medios de masas, nos reitera Remonet, “han simplificado su discurso en el momento en que el mundo, trastornado por el fin de la guerra fría,  se ha complicado considerablemente. Tal distinción entre el simplismo de la prensa y la nueva complicación de la política internacional desconcierta a numerosos ciudadanos que no encuentran más en las páginas de su gaceta un análisis diferente, más trabajado, más exigente que el propuesto por el noticiero televisado.”

El deporte, específicamente el fútbol, hace el resto porque ha coincidido con la tensión mental de la humanidad y con la necesidad de la levedad nuestra. El comentario futbolístico, masivo, termina entonces fortificando esta simplicidad con la magia de la distracción, la nueva religión de nuestras sociedades, que han abdicado como una maldición de la reflexión y el esfuerzo intelectual para avalar la pereza mental y la dependencia hacia los medios que, defensores del orden de los desequilibrios, “obligan” a interiorizar lo baladí como conducta trascendental. Sin embargo, desde el mismo espacio de la práctica del fútbol saltan voces que nos previenen: “El fútbol no es tan importantes como para que se hable tanto y tan seguido de él. Con esa exageración se estimula una inversión de los valores de la vida (Saporiti, ex -director técnico del Junior de Barranquilla.)

Las relaciones del fútbol con la lectura también ocurren en el marco de la convivencia cotidiana, entre propuestas de prensa y lectores aficionados al fútbol (aquí no nos interesan las calificaciones de lectores buenos o malos, lectores eficientes o ineficientes, porque en última instancia, todos llegamos a la lectura por propósitos diferentes, propósitos que pueden ser o no baladíes. Pero sí nos interesa buscarle los nudos que puedan explicar los saltos cualitativos que van de la lectura deportiva, caricaturesca o ligera, a una lectura más profunda, menos insustancial, que le permita  a la persona transformarse en un sujeto culto o diletante) y entre lectores y características sociológicas de una sociedad que ha encontrado en la superficialidad, maneras de comportamientos promedios y normales, con una pasividad y un afán de adaptación que asombran. Todos sabemos que la propuesta lectora más cercana al hombre y a las mujeres de hoy es la prensa escrita, especialmente el periódico, y en tal dirección, de acuerdo a intereses de poder que no controla el hombre-masa, éste no tiene opciones aparentes para escoger, conformándose y adaptándose a ellas sin la conciencia crítica que preludie actos esperanzadores de cambio. Ni la escuela ni la sociedad han realizado en este sentido, aportes significativos para cualificar el propósito del lector nuestro, por el contrario, la cultura social ha fortalecido actitudes y esquemas conceptuales en la cima de la mediocridad.

Mas el éxito del proceso lector depende en todas partes del acuerdo tácito entre lector y escritor, sobre lo que se debe leer y sobre lo que se debe escribir, sobre el uso de esquemas conceptuales y elementos emocionales que permitan y faciliten la comunicación escrita. La literatura futbolística en la actualidad está recargada de ingredientes emocionales, cuasi afectivos entre lectores de prensa y aficionados de la selección nacional, o lectores de prensa y equipos profesionales, que son aprovechados insustancialmente para aumentar los tirajes de la prensa escrita diaria e inventar cualquier cantidad de temas y propuesta comerciales para pescar no sólo en el río revuelto de los afectos deportivos de la nación, sino también en el mar podrido de la alineación.

Debemos planear entonces la necesidad que tenemos de re-elaborar a partir de estas propuestas comerciales, nuevas tareas y proyectos de acción lectora que le permitan a los niños y a los jóvenes, y en general a toda la sociedad, exigir esfuerzo informativo y el deseo de hacer de la lectura un espacio reflexivo del vivir cotidiano, esa práctica que el periodista francés Ignacio Remonet, invoca para estar de manera excelente informado : “Es a este precio – dice Remonet – como el ciudadano adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.” Debemos insistir (reconocer lo que no nos enseña la escuela ni los medios de prensa), que la lectura exige trabajo, esfuerzo y pasión y, por supuesto, exige placer, sensibilidad, esa que le permite al escritor y al lector transaccionar significados profundos de sus existencias, el que en última instancia, les permitirá buscarse entre el toque del balón de fútbol y las letras para comunicarse las experiencias profundas de sus vidas cotidianas y recónditas.

Por el ojo de la cerradura

Ante la tumba de mi hermano Nelson

Si hay un elemento simbólico que soporte con admirable consistencia y cotidianeidad tanto la fantasía como la realidad, ése es el cementerio.
José María Guelbenzu

Por Tito Mejía Sarmiento

 Estoy de nuevo frente a ti, hermano. Cuéntame todos tus secretos  que ya está bueno de silencios y necesito con urgencia apedrear la impunidad en este país, donde la inseguridad parece ser su única divisa y en donde se siente que rigiera sólo la mentira espesa.  Mi presencia aquí, Nelson, no es un simple pleonasmo incorrecto porque siempre mueren los otros, pero tú no, además, vivir no es otra cosa que desconocer el límite real de lo que somos, mi amado y eterno hermano. Piensa también en esa gente  que aún te ama y que diariamente te visita, la gente que pone sus ojos en los míos para llorar juntos por ti,  la misma gente que en un acto de fe poco usual se lleva el agua de los floreros de tu tumba para sus casas y en corto tiempo, espera asombrada, como en efecto ha sucedido, sanar a sus enfermos, como en la trova de los elfos nórdicos, en una especie fabular de un nuevo retorno hacia la vida. Piensa, piensa, piensa, te lo digo tres veces, en esa gente, doctor Mejía. Sé que estás ahí encerrado, hermano mío, en un impreciso panteón  desde el primero de mayo del 2004,  aunque para decir verdad, el 29 de abril del mismo año, fecha cuando dispararon con felonía en dos ocasiones en tu cabeza frente las instalaciones del DAS (¡Qué ironía, el Departamento Administrativo  de Seguridad de Barranquilla!), te fuiste para Yaure (África), donde ahora regalas con un afán encomiable como lo hacías aquí en Santo Tomás, un cúmulo de afectos a propios y extraños, que brotan de tu hermoso corazón de puertas abiertas durante las horas del día, noche, madrugada, sin titubear los pensamientos de médico eficiente. ¿Qué por qué vengo tanto, tanto, tanto, a hablar contigo, aquí a la tumba? ¡Pues, simplemente, Nelson, para que me digas quién fue “el intelectual” que dio la orden de acabar con tus sueños, y por una simple razón lógica: te conozco mejor  que la mayoría de los “vivos”, y sé que algún día me lo dirás! ¡No, no, no, te preocupes, gran líder carismático, no te preocupes, que ninguno de nosotros  va a tomar represalia contra nadie!  Amado hermano, sólo queremos que se acabe para siempre ese nido de incontables deterioros  que se hallan incrustados en ese absurdo recurrente al que llamamos justicia ¿Ahora sí comprendes mis jaculatorias, alcalde de siempre? ¡Ah! ¡Ahora si me entiendes, pana mío! ¡Eso es!  Escúchame bien, Nelson Ricardo, escúchame, escúchame, porque ya me voy y va a caer al parecer un fuerte aguacero: Ni la vieja Eloina, esa madre que sufre en silencio como una amante inédita  que se hunde en los espejos de las calzadas, y que ve morir el sol bajo sus párpados todas las tardes con su dolor infinito, ni tu esposa, ni tus hijas, ni tus hijos,  primordialmente Kelvin, ese inteligente y apuesto muchacho que tú dejaste plantado sobre la faz de la tierra y que ahora vive de tus humildes y altivas huellas,  sobre todo cuando las madrugadas comienzan a coser el día, ni todos tus hermanos(as) deseamos violencia, Nelson. _ ¡Nada de eso! _Te repito, únicamente queremos  saber la verdad acerca de tu homicidio para que el alba, se haga alba en la eterna cantata de sueños, y de paso, los recuerdos se conviertan en poemas cuando el viento empiece a abrazar vivencias y las golondrinas pueblen los inviernos en el patio de nuestra casa de nuevo. ¡Empieza, empieza, empieza, Nelson, a contarme tus secretos, para que tu memoria sea la memoria de otras memorias!