domingo, 22 de septiembre de 2013

Bitácora

Mis recuerdos de Chile

Por: Pedro Conrado Cúdriz

Cuando las fuerzas brutas y armadas de Chile, bajo el mando de Augusto Pinochet,  asesinaron al presidente electo democráticamente, Salvador Allende, creo que se selló con claridad lo que querían las élites que gobernaban América Latina bajo la bota yanqui: desaparecer todo rastro de pensamiento y acción  izquierdista en el continente a pesar y en contra de la revolución cubana.

Yo estaba culminando el bachillerato y Cuba era el sueño político de mi generación. América Latina era la tierra de la utopía revolucionaria en el mundo. Por esta razón Chile estaba en el ojo del imperialismo norteamericano. Para Nixon remover a Salvador Allende era tan necesario como prioritario mentirle a los ciudadanos norteamericanos sobre el caso Watergate. “Patéenle el culo”, le diría al criminal de guerra Henry Kissinger.

Y con la razón extrema de la derecha, el verbo desaparecer implicó la muerte, la tortura, el exilio y la desaparición forzada, masiva y en indefensión absoluta de millares de chilenos. Víctor Jara por ejemplo, murió a tiros, a golpe, a palo, a puño y patadas en el estadio nacional de Chile.

Cuando se inició el bombardeo al Palacio de la Moneda, yo estaba en el colegio, los oídos pegados a un pequeño radiotransmisor del profesor de ciencias sociales, Rafael Dede. Recuerdo la indignación y la rabia contenida en la expresión dionisíaca: hijos de putas.

Los hombres como Víctor Jara, o  como Salvador Allende, no mueren como mueren los hombres mortales. Una bala les quita la vida, pero les queda la leyenda y lo que cada hombre y cada generación les agrega al mito.

Hace 40 años yo era un imberbe despeinado, lampiño y muerto del susto, o seguramente sin polca rusa, pero con la marca del Che en la frente.

Hoy nadie sabe quiénes eran los tenientes Hugo Sánchez Mermontin y Pablo Barrientos Núñez, pero al
recordar a Víctor Jara, sus nombres seguramente serán relacionados como los criminales que apretaron el gatillo, en cumplimiento ciego de una orden superior.  Uno de ellos vive en Estados Unidos como un ciudadano más, sin embargo, despojado de sentimientos de culpas como el resto de los sociópatas perpetradores de los crímenes de lesa humanidad del país austral.

Lo curioso era que como Víctor Jara eran hombre del pueblo, dispuesto a dar su vida por esa cosa baladí de la patria, la bandera y Dios. Fueron a la academia militar a embrutecerse y a prender a defender los intereses de unos gobiernos, que cuando los tienen que matar, los matan sin ninguna clase de contemplación y luego los recubren con los colores de la bandera para hacerles creer a todos que la bandera no es un trapo, que la patria no es juego y que Dios es el  aliado de los poderosos.

He podido seguirle el rastro a mis frustraciones políticas en el continente, al cerrojo indestructible aparente del capitalismo, a las alas frágiles de la protesta social y al débil deseo de transformar el mundo por las generaciones más jóvenes. Y sin embargo, el movimiento de los indignados del mundo todavía sigue con un pie en Colombia.

Con el crimen histórico de Salvador Allende, América Latina perdió la oportunidad de realizar otro modelo democrático diferente al cubano y al de las mismas oligarquías en el continente, que todos los días nos venden las desgastadas tuercas de una máquina que les ha permitido respirar por la fuerza de la bota de los militares.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El ojo de la cerradura

Facebook

Por Tito Mejía Sarmiento

Tengo la absoluta seguridad que cuando  Mark Zuckerberg creó EL FACEBOOK (NASDAQ: FB)  “con el único propósito de socializar, compartir globalmente a través de las redes, gustos y sentimientos, en un ambiente culto, sano con las demás personas”, nunca pensó que muchas de ellas años más tarde, cayeran en lo vulgar, chabacano, maricón, pornográfico o lo que llaman la hiperactividad mundana… como está sucediendo actualmente, amén del mal uso que se le está dando, como en el caso nuestro, al amado Idioma Español, o será como dice el colega Juan Gossaín Abdala que "El lenguaje cambia porque cambian los valores. Aparecen nuevas palabras porque hay una nueva ética, relajada y tolerante, que necesita disimulo, tapabocas y disfraces” .

      Por estas y muchas otras razones, EL FACEBOOK recibe diariamente diversas de críticas: sus términos de uso, en cuanto a datos e imagen, y el acceso a la información de los usuarios una vez dados de baja. También debido al alcance que está teniendo entre menores, sus efectos psicológicos y sus alarmantes políticas de privacidad que vulneran con una facilidad pasmosa los Hackers.

       En cuanto a mí se refiere, he comenzado a eliminar a muchos amigos, si es que se le pueden llamar amigos, que colocan en mi muro una serie de…mejor no escribo o repito lo que expresan porque entonces, también caigo en el mismo  piélago de sus inmundicias.

     Claro que no todo está perdido en EL FACEBOOK. Uno se encuentra, por ejemplo, con unas
colaboraciones extraordinariamente provechosas que, comparte después de su análisis, dándole  un solo click con otros amigos a quienes estima y sabe que en nuestras palabras, en nuestra naturaleza común permea la Literatura, las Artes, el buen periodismo o las buenas tendencias de farándula, deportes, política…

     Así pues, aprovechemos y defendamos en la medida de lo posible, esta hermosa ventana que nos brinda la tecnología de punta, ya sea en sus formas concentradas e indagaciones, para hallar el tesoro de la inteligencia en ella o en su propia fantasía compensatoria.

     ¡Gracias, Mark Zuckerberg!
    ¡Gracias por esta emoción que ya no te pertenece, sino que es privativa de una especie universal desde el punto de vista sociocultural e incluso psicológico por las consecuencias que a veces deja!
    ¡Gracias, una vez más, Mark!

sábado, 24 de agosto de 2013

Letras sin fronteras

Memorias de mis vivencias en el Parlamento de Escritores en Cartagena de indias.

Por Irene Ángel

Llegamos a Cartagena de Indias el 14 de agosto 2013, dos días antes ya habían llegado algunos extranjeros, así sumamos ochenta en total. Unos presentaron novelas, otros leímos poesía,  y otros hiciero ponencias sobre el homenajeado, Raúl Gómez Jattin, que aprovecho e invito a leer su vida y sus poemas, para que se asombren de la genialidad de su pluma. 

      El primer día nos fuimos al teatro Adolfo Mejía, situado dentro de la ciudad amurallada, empezamos a presentarnos y a tomar fotos, no podían pasar desapercibidos los registros fotográficos, esos son los que quedan para el recuerdo, y  son las que algún día miraran los hijos de los tatataranietos. Esa noche empezó la amistad con Gladys Duran, poeta y declamadora de Palmira Valle, y creo que coincidimos en muchos momentos y gustos. Esa noche la programación fue muy amena y el interesante discurso del Presidente de la Asociación de Escritores de la Costa, sr Joce Daniels, cuando dijo palabras más, palabras menos: Este no es un parlamento que necesita electores, no es un parlamento permeado por la corrupción, es un parlamento de escritores, donde la palabra convertida en novelas, poemas, es la protagonista. Bueno, no tengo memoria exacta, pero algo así dijo y si me quedó algo, fue porque me gustó mucho. Luego empezaron a leer: Juan Carlos Céspedes de Colombia en su magistral poema dice, “… escribe, poeta, que llegan los invasores y no dejarán piedra ni memoria…, escribe, escribe, escribe…”, Gustavo Tatis Guerra: “Mi corazón es un mar de noche que se besa con el arco iris…escribo mi nombre con nubes con espuma de las olas…” Ruth Patricia Diago “Tendrías que verme ahora sin un voto de encima, los pies colgando de la cama y la furia en gestación de los diluvios” y así uno a uno iban dejando sus versos en el corazón de los presentes. Me disculpan los otros poetas, pero no tengo sus memorias, aunque sé que todos fueron excelentes, esa noche el presidente Daniels eligió lo mejor de lo mejor para la inauguración.

      Al día siguiente, 15 de agosto, me levanté temprano a desayunar, pues ya me tocaba el turno de leer a las 9 de la mañana en el Centro de Enseñanza Precoz, Nuevo Mundo. En el comedor conocí a otros asistentes de distintos países y,  como dice en el programa, nos fuimos cada uno a cumplir compromisos. En el Instituto de Enseñanza Precoz, Nuevo Mundo, estuve con Álvaro Maestre de Valledupar, quien leyó poemas y Sarita Rey Pérez  de Ibagué, una joven de 17 años que estaba empezando a escribir cuentos de terror. A los 12 ya se había leído todo lo de Edgar Allan Poe y Lovecraft, ella va por muy buen camino, leyó unos cuentos realmente de terror, que hicieron  llamar la atención de todos los presente y estuvieron muy atentos, pues al final hicieron preguntas sobre lo que leímos.
Salimos de allí a escuchar a otras ponencias que se daban en el Colegio Mayor Bolívar, también a la misma hora en la Cámara de Comercio de Cartagena, así que optamos por la más cercana. Colegio Mayor de Bolívar, y escuchamos a Gladys Duran con su libro “rarezas amorosas” y sus poemas declamados de quiero ser niña, sí, sí, sí, subir las montañas, elevar la cometa, besar a mi primo, esperar a papá, quiero ser niña, sí, sí, sí”. De allí salimos a almorzar al restaurante que el Parlamento nos tenía asignado y otro punto que se sumaban, pues el bufé fue excelente. En la tarde escuchamos a Fernando Cely de Bogotá, “Diversidad poética en Colombia y su incidencia en el panorama en la nueva poesía latinoamericana”, a Madeleine de Cuba con su novela “Los zapatos de Isidro” y otros ponentes hablaron sobre la vida de Raúl Gómez Jattin. Lastimosamente me perdí las ponencias de Alejandra Moreno Aswood “La literatura como terapia”, a Nora Pérez, Carta a Gómez Jattin, igual me perdí de escuchar a muchos, pues también estaba leyendo mi libro de poemas a esa misma hora o escuchando a otros en otros escenarios. Luego, en la noche, a dormir temprano, para madrugar el 16 que también teníamos que leer y escuchar a otros compañeros.

      A la mañana siguiente 16, en en Centro Cultural Colombo Americano, leímos Clara Schoenborn poeta de Cali, Ruth Patricia Diago de Cartagena; la argentina Ailin Catica. De ahí nos fuimos a la Universidad Jorge Tadeo Lozano, escuchamos a otros compañeros con su presentación, y llegamos cuando estaba empezando la presentación del libro “Velox el perro legionario” por su autora Rusa, Anastassia Espinel Sourez. La cual ganó el premio nacional de novela corta en el 2012, después el poeta Juan Carlos Céspedes, presentó la novela infantil, de Carlos Colón Calado, “Mariestrellas” y Francisco Adriano Carrasco de Perú, presentó su novela “Tigres de papel”. El 17 nos reunimos la mayoría de los asistentes, digo la mayoría, pues algunos ya se habían ido en el avión de las 9 de la mañana y a esa hora nos reunimos en la Casa Museo de Rafael Nuñez, a elegir el nuevo presidente para el año entrante y se eligió por unanimidad a dos, para descentralizar eligieron a Gustago Tatis de Cartagena y Fernando Cely de Bogotá. En años anteriores los presidentes fueron Antonio Mora Vélez, Abel Ávila, José Ramón Mercado, Guillermo Tedio, Dina Luz Pardo, Gonzalo Alvarino, Juan Carlos Céspedes, Roberto Montes Mathieu. En el mismo escenario leímos varios y pude escuchar a otros que no había coincidido por horario.

     Para terminar, tomamos muchas fotos en la taberna de Fidel donde fuimos  a escuchar salsa en una noche mágica y de fiesta, al día siguiente solo un momento fui con Gladys Duran a tomar fotos, pues realmente no habíamos podido ir a la playa, primero teníamos compromisos adquiridos y era más importante cumplirlos, pero sí sacamos un ratico para tomar fotos y solo nos quedamos 15 minutos, pero al menos nos tomamos fotos frente al mar. A las 8 de la noche del 18 de agosto,  salía de nuevo el avión que me regresaría a la realidad de mi ciudad, ya en Cartagena estaba viviendo una realidad-mágica, como en las novelas de Gabo. Ciudad amurallada, coches, cultura, literatura, noches mágicas y amor, mucho amor por mi libro y la ciudad que me dejó enamorada.

domingo, 4 de agosto de 2013

Desde las troneras del San Felipe

La mamá de Tarzán

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Un día cualquiera, Cartagena se despertó con el grito destemplado de la madre del hombre mono. En una ciudad con valientes de boca para adentro, este aullido puso la piel de gallina a todo el mundo. Había llegado a La Heroica —ni siquiera los mismos cartageneros la han podido acabar— la verdad última; la cultura revelada. 

Sin perder tiempo puso manos a la obra. Inmediatamente se rodeo de un séquito de sátrapas que vieron la posibilidad de agarrarse a las lianas que iba soltando ella —si quieren, pueden llamarlo él, lo cual es intrascendente para el resultado— al pasar de palo en palo (léase dinero, los más ingenuos pueden entender mangle), buscando siempre  más fama y reconocimiento. Para este circo de la selva, se unió sagazmente a un celebre gacetillero, famoso por prestar plata y no pagar, pecadillo que podría perdonársele si no fuera porque es el peor enemigo de nuestra cultura, personaje nefando que posa de buena gente con una descomunal sonrisa que envidiaría la Boca del Puente (Torre del Reloj), pero que por debajo es un río tumultuoso de rencores e intereses. 

      La mamá de Tarzán sabía que debía realizar alianzas estratégicas, ella es experta en esto, así que conociendo la xenomanía nuestra y el saber que mucha gente aún no ha podido borrar del alma el hierro candente de la esclavitud, armó una pandilla que aupara, reverenciara y aplaudiera todo lo que dijera; él (o ella), en contraprestación, repartiría títulos, entregaría premios, escribiría recomendaciones, y los etcéteras que ustedes quieran. 

    En las reuniones sociales donde aparece la progenitora de Tarzán copa en mano, se observa seguidamente una metamorfosis más asombrosa que la de Kafka, la gente se vuelve muchas chitas que se agarran a sus piernas y brazos y casi no la dejan caminar. Entonces ya no hay conversación, sino gritos de primates que se combaten por pelar una banana,  ¿y el arte vernáculo?, más falso e hipócrita que nunca. 

    Si Luís Carlos López viviera, sabría perfectamente, después de unos traguitos en EL Bodegón, dónde apuntar su rifle mordaz, porque la mamá de Tarzán no se cansa de dar «papaya». Pero este mal que nos vino de afuera, no es eterno, y pronto se cansará de tanta rodilla y se irá a pontificar a otras junglas, dejando a su suerte a las chitas de turno, colgando de débiles lianas, muertas en la dulce miel como las moscas después del banquete. 

    Como pueden ver, no podía pasar esta maravillosa ocasión para celebrar a nuestras distinguidas figuras del arte, tan queridas ellas, y qué mejor ocasión que recordar a la mamá de Tarzán, ¡sin la cual la cultura no podría existir! Sí, ya sé que ustedes saben de quién se trata, entonces no me pregunten por él (o ella), porque después ni en los buses me podré subir. ¿Tanto es su poder? Sí.

Coletilla. En cada ciudad del mundo, hay una mamá de Tarzán volando por las lianas de los poderes que depredan a la cultura.

El ojo de la cerradura

En la vasta ausencia del abuelo

Por Tito Mejía Sarmiento

Toda la sabiduría y tolerancia del mundo le pertenecían sin lugar a dudas al abuelo Tomás Segundo Sarmiento. Lo supe desde el mismo momento cuando yo tenía escasos cuatro años, en aquellas frescas mañanas de mi pueblo natal Santo Tomás (Atlántico), y con el sueño aún instalado en mi rostro, lo vigilaba detrás del bruñido tamarindo, hablándose para sus adentros, y paseándose por el extenso patio de la casa paterna,  que un día me vio jugar. 

      Mi abuelo conversaba con las plantas que crecían al poco tiempo a su antojo, al instante de regarlas manguera en mano (mano callosa, hacedora de frutos…) en medio de un carnaval de mariposas y del afinado trinar de ruiseñores. 

      A su plateado burro Renato, lograba imponerle el paso cuando venía de la finca la Juntera, donde laboraba, sin el sonsonete devastador de otros abuelos, y sin necesidad del implacable zurriago, tan común en esa época, en los ajetreos del campo por la pesada carga encima que transportaban los asnos.

     Mi abuelo Tomás nos cogía a  todos(as) sus nietos,  al ritmo de un cendal de tácticas preguntas sobre la vida nacional y otros aconteceres para luego,  con una voz barítona, que a decir verdad, crecía temblando lo callado, nos extraía las respuestas precisas y sin exagerar, estimados lectores, hasta los más atroces pecados del alma… Es decir, con mi abuelo Tomás Segundo, la cuestión era tan seria que el propio gallo chino que tenía mi hermano Nelson,  no parecía cantar tres veces, sino siete, ni los locos se inclinaban ante la luna llena  que nos habitaba en cada diciembre.

     Mi abuelo nos curaba cuando estábamos indispuestos con su inmensa ternura ante el asombro de toda la familia y de particulares.

     Me parece verlo en las tardes de septiembre, sentado en un viejo taburete en las afuera de la finca, escopeta en manos, espantando con varios tiros al aire  a una bandada de cotorras que pretendían devorar en un santiamén su cosecha de maíz.

    A mi abuelo, el del andar suave, humilde y juguetón, salí a buscarlo hoy otra vez en el patio, tratando de hurgar todavía en  medio de un silencio tangible, la memoria que se afila todos los días por debajo de la propia vida y, me topé de narices con su ausencia, con su ausencia mayúscula,  pero me queda la eterna sensación de haberlo disfrutado a plenitud con toda su sabiduría, respeto y tolerancia del mundo, mientras bebo en la totuma que me regaló, un café tinto que sabiamente endulzaba con panela.   

Bitácora

Yo hubiera sido un perfecto huevón

 Pedro Conrado Cúdriz

Por fortuna no creo en Santos ni en dioses, ni en políticos; excepcionalmente creo en pocos  amigos, los que nos quedan después del incendio de los odios y los sueños.

La formación cristiana que recibí desde mi niñez, me preparó (educó) para creer en todo: en los santos, en los militares, en dios, en los políticos, en los corruptos, en los profesores; nos prepararon para ser los mejores tontos del planeta: odiamos a Chávez un día, y ahora a Maduro, pero adoramos a Uribe, a Santos y a los curas, religiones todas éstas “extrañas” al mundo.

         Yo he tenido que renunciar a esa educación y a las fiestas de todos los días, a la coprolalia de la esquina, al club de los amigos para poder esculcar todos los días la realidad, inquirir la prensa escrita, la radio, las revistas y en los libros, descubrir las claves misteriosas de nuestra encapsulada cotidianidad; también espiar los gestos y la doble personalidad de los gestores de realidades, buscar en la propaganda de la radio y la televisión, en las palabras sencillas del presidente de la república, en las peleas intestinas del poder del estado, lo que escapa a los ojos y oídos domesticados de mi niñez.

        Mis primeros años, toda la primaria y algo de la secundaria, fueron de rezos eternos, tanto en la escuela como en casa; fue un adoctrinamiento feroz, pero sin la intención perversa de los curas, que sí saben para qué sirve la religión.

    Otro adoctrinamiento fue la sagrada vida de nuestros próceres de la independencia, la historia edulcorada con las proezas y el heroísmo de los hombres de aquella época. Estuve a un segundo de escribir hombres revolucionarios. Fue una historia de mentiras y verdades a medias, personalizada, pero alejada de la historia económica de la nación.

      Hasta cierto tiempo de mi vida creí y amé la caricatura de los criollos que ofrendaron sus vidas por nosotros, estatuas de cemento, resistentes a los defectos humanos, pero ahogados en las postas de sus propios intereses económicos. El resultado de lo que somos hoy, es el producto de sus pequeñas victorias familiares y personales.

      Yo hubiera sido un perfecto huevón sino es por el tris de la sociología, la literatura y la poesía y los libros que han alimentado mi mente. Posiblemente andaría en campañas de iglesiaspon para construir nuevas piedras de dios, adoraría a Uribe y a Santos y prestaría mi firma para derrocar a Petro, odiaría a la guerrilla con las mismas ínfulas de los uribistas y las fuerzas armadas, creería que en el Catatumbo y en los movimientos sociales y estudiantiles la subversión ha metido la mano siempre; en fin, sería del talante del hombre común, aquel que usan y odian las clases gobernantes. (Con algo de razón alguien dijo que el hombre común es peor que Hitler.)

domingo, 7 de julio de 2013

El ojo de la cerradura

Historia de un viejo poeta en Barranquilla

Quien extravió la vida al recrearla
con secreta pasión, al hilo de palabras
que forjaron, tal vez, su limpio emblema,  
vuelve a mirarte desde su cansancio,
donde la luz evita esas pupilas
que un antiguo fulgor encaneció.
Jordi Doce 

Por Tito Mejía Sarmiento

Esta es la historia de un viejo poeta (82 años) que va viendo tras los lentes, como transcurre hoy en día la vida en su amada Barranquilla: La gente saborea la agria copa del miedo (extorsiones de todo tipo a propios y extraños, asesinatos en cualquier barrio a la hora que fuese. Nadie se escapa a este flagelo que se tomó desde hace 8 años a la capital del Atlántico y sus alrededores). Ayer precisamente 4 de julio, se llevó a cabo una gran marcha con muchos comerciantes, transportadores, vendedoras(es) de apuestas de azar para ponerle freno a la ola de violencia, inseguridad... 

      Sin embargo, el viejo poeta sigue su rumbo y nota también que las aves ya no descienden a sus nidos al
anochecer en esta otrora tranquilla urbe del Caribe Colombiano, la mujer amada es más culpable de su sexo, el estudiante ya no sueña porque el tiempo es más difuso, y busca sin agrado el milagro en los clasificados del diario, el sol calienta eso sí, más que antes y  los árboles no dan frutos sino bodrio, porque la lluvia desde los ayeres del labriego, (el mismo labriego que dejó inhabitada su parcela y huyó sin rumbo desconocido amenazado  por los cañones  encenagados), no se ve sino en aquella oportunidad,  cuando un pordiosero mutilado de su mano derecha, extendió la otra y en vez de monedas le cayeron gotas del cielo a un costado de la puerta principal  de la Iglesia de San Nicolás.
     
Pero, a pesar de todo, el viejo poeta sigue viendo tras los lentes, como la obesa quinceañera, en su desespero recorre el espejo tanta veces en busca de un mejor perfil y ve además, como el ladrón de ojos  escarlata pretende aparear con violencia la fogosa hembra en las auroras, como  la suerte del sicario, además,  ya no está en el pago sino en su propia huida, y  para colmo, el viejo poeta  sorprende a papá Noel saqueando el sueño de los infantes en abril para no ser generoso en diciembre.

      Esta es la historia de un viejo poeta de 82 años  que intenta seguir limpiando  con sus versos, esa  pestilente visión de la urbe caribeña  de más de 2 millones de habitantes, (olvidada por sus propios dirigentes y por el  centralismo), antes que suba al cielo donde a lo mejor tampoco encuentre el  diván perfecto para otear mejor hacia abajo y seguir derramando sus versos con ganas.

Bitácora

El Poder, el control y la distopía

Por Pedro Conrado Cúdriz

La columna del sociólogo Alfredo Molano Bravo en El Espectador del domingo 18 de noviembre del año pasado, me condujo a la revisión de una de mis lecturas de fin de año: “Morirse de vergüenza”, del neuropsiquiatra europeo Boris Cyrulnik. La columna la tituló el sociólogo: “Del honor y otras maldades”. Escribió Molano: “Su honor (la de los militares) es una especie de cuerpo místico que les permite jugarse la vida y quitársela al enemigo; obedecer sin condiciones; someterse al absurdo de asumirse dueños de la verdad; ser faros, rayos, vengadores sin mácula”.

      En el marco de la reforma al fuero militar que se discutía en el Congreso de la República, resultaba peligroso el fuero porque buscaba ocultarle a la justicia civil las violaciones a los derechos humanos (acceso carnal violento, tortura, asesinatos). Y además, porque estos delitos serían juzgados por la justicia castrense.

      “Dueños de la verdad,” podría significar que los militares serían capaces de construir o amañar “sus verdades” para resguardar la máscara de la institucionalidad y la legitimidad.

      La historia del grafitero, asesinado presuntamente por un policía, en Bogotá, hace más de tres meses, nos sitúa en aquellos episodios de la ciudad que a los ciudadanos del común nos gustaría que no sucedieran, porque desenmascaran las porquerías de una institución que seguramente lucha contra la corrupción de sus miembros.  

      El honor –vocablo militar, primo hermano de los vocablos honorable, soberbio u orgulloso–, la lucha por el honor, digo, degenera el ideal bondadoso de la policía, porque siempre obliga a ocultar los errores y a defender a capa y espada la reputación patriótica de la institución, pero también a una conducta de acatamiento y sometimiento para alcanzarlo.

      Los que leímos la entrevista que Cecilia Orozco le hizo al padre del joven asesinado, este domingo 29 de junio/2013 en El Espectador,  nos morimos de vergüenza y asombro, pero también logramos explicar las causas de la corrupción policial a través del malentendido honor patriótico de las fuerzas armadas.

      En el libro “Morirse de vergüenza”, Boris Cyrulnik trae algunos ejemplos importantes, ocurridos en la segunda guerra mundial y relacionados con las órdenes militares “ejecutar” y “acatar”. Dice el neuropsiquiatra que la elección de la orden “ejecutar” libera al soldado del sentimiento de culpa y del arrepentimiento, mientras que la palabra “acatar” lo libera del crimen a pesar de ser un signo de debilidad militar y conductor de la vergüenza. Abstenerse de asesinar a miles de niños, en medio de las órdenes de guerra, es una conducta entrañablemente bella.

      En el primer caso, el soldado se convierte en un robot asesino y en el segundo, es un simple ser humano; eso sí, prisionero de un sistema que quizá repudie. “Acatar”, es entonces la fuerza de la duda, la posibilidad de que el hombre-soldado no crea tanto en los honores y en el orgullo patriótico del sistema militar.

      Los comandantes y generales del ejército y de la policía nos creen incapaces de comprender la furia de la ideología patriótica de los militares y la máquina de muerte que se moviliza en las acciones de guerra militar; sin embargo, el mundo se inventó unas normas humanitarias para regular la guerra entre combatientes y la población civil. Pero la ciudad se convierte, a voluntad, en un escenario de guerra para los enfermos mentales disfrazados de policías, que terminan quitándoles la vida a jovencitos inocentes. Por supuesto, que no podemos olvidar a los policías buenos, pero tampoco la suma de actos de vergüenza que le tapan la boca a las explicaciones aisladas y accidentales del oficio.

      Octavio Paz, el desaparecido escritor y poeta mexicano, decía en alguna ocasión para la televisión española, que el Estado contemporáneo tendía al totalitarismo, lo que en sus propias palabras daba lugar a la creación de un Estado criminal. Porque el Estado ha terminado siendo dueño de la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos.

      En un conversatorio con adolescentes del último grado de secundaria, éstos no pudieron aclarar la manera cómo está organizada la sociedad. Dieron varias vueltas a varias de sus ideas, pero desconocieron que el orden del mundo lo genera el poder y el control social; quien lo tenga terminará imponiendo o tratando de imponer sus reglas a la sociedad (Chávez, en Venezuela, Pinochet en Chile, Uribe en Colombia). Con razón, el mismo Octavio Paz sostenía que la política no era una religión para salvar al hombre, ni una filosofía para volverlo sabio. La política, según este poeta del mundo, debe culminar en un acuerdo justo para todos los convivientes ciudadanos. El fuero militar puede terminar en una zanja de privilegios para los militares, pero en contra del resto de los ciudadanos.

      Quizás la vía del poder neoliberal conduzca a una sociedad dominada y gobernada por los indeseables; distopía llaman los filósofos a este estado.

miércoles, 19 de junio de 2013

Tras las huellas

Carta al Hijo

Por Alejandro Salgado Baldovino

Querido hijo, no sé cómo te hubiese llamado, tal vez Arturo, Andrés, o en el caso que hubieses sido bendecido con la esencia femenina, tal vez Alicia o Aurora. Debes entender mi obsesión con las A. 

Escribo esta carta a ti que la estás leyendo, para el hijo que siempre quise, pero nunca tuve. Y no fue por impotencia o falta de amor y ganas, sino por dos razones, una por ti y otra por mí. Nunca me sentí preparado, quería que cuando vinieras al mundo, yo pudiera ser tu guía, tu ejemplo y tu amigo. Estar contigo y amarte en cada segundo. No que sólo me vieras en tu tierna infancia pocas horas al día. Quería ver tus primeros pasos, escuchar tus primeras palabras y responder a todas tus preguntas, cuando la asaltante curiosidad aflorara en tu ser. Pero no estaba preparado. 

      No estaba preparado para ceder a las presiones de mis padres y el de la sociedad, en esa lucha contra la tradición de traer un hijo al mundo en determinado tiempo de la vida. No te quería como una opción, un suplemento o una solución. 

      Si es cierto que en mi juventud, muchas veces dije que no te traería al mundo, te soñé varias veces y viviste casi que toda una vida conmigo en mis pensamientos. Así como al fin y al cabo, muchos hijos terminan en esperanzas de ideales fallidos de los padres. 

      No quería que llenaras el vacío de mi soledad. No quería que fueses el regalo celestial que mejoraría el matrimonio. No quería que fueras una masa predestinada a hacer o suplir algo específico… sólo quería que fueses tú. Y el mundo no parecía estar listo para ti.

      Tal vez fui cobarde, pero hijo mío, siempre fuiste tan importante para mí, que no quería enfrentarte a mi mundo. Quizás te imaginé frágil y vulnerable como yo, como una persona con una lucha constante con la vida y contra sí mismo. 

      Hace poco escuché en las noticias, que en un pueblo del Caribe colombiano, 3 de cada 10 niñas menores de 17 años estaban embarazadas, que la población se multiplica de forma más rápida que otros años, que los recursos se agotan, mientras que la producción y el consumo aumentan. Que muchas almas esperan en una larga fila, su turno para llegar o regresar a la tierra nuevamente a este que parece un espacio de redención.  Pero no estaba preparado para contribuir a esa lista de “nuevos habitantes” que sobre poblarán el mundo. Un mundo de consumo y sufrimiento, que a pesar de todo tiene cosas muy bellas. Todas esas que hubiese querido mostrarte y descubrir contigo… pero no estaba preparado. 

      Se habla mucho de ustedes como el “futuro del mundo”, pero destruimos ese ideal a diario con nuestras acciones. Ustedes son la razón y el propósito de muchas obras, promesas, políticas y proyectos, que terminan en difundirse y difuminarse por otros intereses particulares.  

      No estaba preparado para exponerte a un sistema educativo que mata las ideas y suprime al ser. Tampoco para que sufrieras algunos estragos que quedan aún en mí de la educación tradicional y machista. Temía de que en algún momento perdiera la cabeza, mareado por el movimiento del mundo y que a causa de mi frágil inconsciente salieran a relucir fantasmas del pasado. Yo no quería gritarte, mucho menos pegarte, lastimarte o herirte con esas palabras que dejan una cruel cicatriz de por vida. Y no quería que mientras fueras creciendo, aflorara de mi boca el reproche y todos esos ademanes de los cuales ignoramos su impacto.

      No sé si serías tan perceptivo como yo y estoy seguro de que hubiese tratado de evitar todos esos males y acciones que he descrito contigo… pero no estaba preparado.  Aún me encontraba trabajando, ya como miembro oficial del sistema, y el movimiento caótico del mundo parece incentivar a que los robots que crean, exploten de vez en cuando. Por eso… no estaba preparado. 

      Finalmente hijo, tú que estás leyendo ahora esta carta. Aunque nunca te tuve, siempre viviste en mí. Dejo esta carta a cualquier persona que en algún momento la encuentre… y puede que le sirva. O tal vez, encuentre su destino dentro de los escombros de la basura, que cada vez abundan más en nuestra superficie. Pero hijo, sí ten presente, que aunque nunca estuve preparado, siempre te quise.

martes, 11 de junio de 2013

Bitácora

Por qué es importante la lectura de poesía

Por Pedro Conrado Cúdriz

A la gran mayoría de las gentes presuntamente no les gusta la poesía porque no la entienden, o porque además, desconocen su "utilidad" espiritual, intelectual, sexual, amorosa, simbólica, teatral... Quiero decir que no saben leer la poesía, ni saben cómo disfrutarla. Quisiera aproximarme a sus beneficios, muy ricos, por cierto, aunque usted considere el libro un artefacto o un objeto inmóvil. No se equivoque porque dentro de él hierve un mundo; pueden saltar las palabras, una historia, un verso, una persona conocida o desconocida, una aventura, una imagen, o una pequeña ciudad, una carta o un viejo amor en olvido, la eterna bondad de los abuelos, amén de cualquier nostalgia que despierte un recuerdo, o una imagen que explique el mundo.

Aquí va, entonces, mi versión del por qué es importante leer poesía:

1.      Por el disfrute o el placer personal.
   
2.      Porque ayuda a calmar el espíritu.

3.      Porque ayuda a sintetizar las historias y la vida de las palabras para mejorar la visión compilada del   cerebro.

4.      Porque las metáforas sirven para comprender mejor la realidad.

5.      Una imagen vale más que mil palabras.

6.      Porque ayuda el cerebro a comprender mejor los símbolos: aprendizaje lector.

7.      Genera seguridad lectora.

8.      Porque ayuda a la comprensión lectora.

9.      Porque entretiene.

10.    Fortalece la vida espiritual del lector.

11.    Porque nos ayuda a percibir y a comprender la belleza.

12.    Eleva el nivel de la espiritualidad humana.

13.    Porque mejora los procesos del aprendizaje académicos e intelectual.

14.    Posibilita un nivel de vida superior.

15.    Porque mejora y fortalece la imaginación.

16.    Porque permite ingresar gratis al pequeño universo del autor, conocerlo y disfrutarlo

17.    Porque puede cambiar la manera de leer a un lector.

18.    Un poema es una epifanía, un milagro que inspira para la imitación y la creatividad poética.