domingo, 7 de julio de 2013

El ojo de la cerradura

Historia de un viejo poeta en Barranquilla

Quien extravió la vida al recrearla
con secreta pasión, al hilo de palabras
que forjaron, tal vez, su limpio emblema,  
vuelve a mirarte desde su cansancio,
donde la luz evita esas pupilas
que un antiguo fulgor encaneció.
Jordi Doce 

Por Tito Mejía Sarmiento

Esta es la historia de un viejo poeta (82 años) que va viendo tras los lentes, como transcurre hoy en día la vida en su amada Barranquilla: La gente saborea la agria copa del miedo (extorsiones de todo tipo a propios y extraños, asesinatos en cualquier barrio a la hora que fuese. Nadie se escapa a este flagelo que se tomó desde hace 8 años a la capital del Atlántico y sus alrededores). Ayer precisamente 4 de julio, se llevó a cabo una gran marcha con muchos comerciantes, transportadores, vendedoras(es) de apuestas de azar para ponerle freno a la ola de violencia, inseguridad... 

      Sin embargo, el viejo poeta sigue su rumbo y nota también que las aves ya no descienden a sus nidos al
anochecer en esta otrora tranquilla urbe del Caribe Colombiano, la mujer amada es más culpable de su sexo, el estudiante ya no sueña porque el tiempo es más difuso, y busca sin agrado el milagro en los clasificados del diario, el sol calienta eso sí, más que antes y  los árboles no dan frutos sino bodrio, porque la lluvia desde los ayeres del labriego, (el mismo labriego que dejó inhabitada su parcela y huyó sin rumbo desconocido amenazado  por los cañones  encenagados), no se ve sino en aquella oportunidad,  cuando un pordiosero mutilado de su mano derecha, extendió la otra y en vez de monedas le cayeron gotas del cielo a un costado de la puerta principal  de la Iglesia de San Nicolás.
     
Pero, a pesar de todo, el viejo poeta sigue viendo tras los lentes, como la obesa quinceañera, en su desespero recorre el espejo tanta veces en busca de un mejor perfil y ve además, como el ladrón de ojos  escarlata pretende aparear con violencia la fogosa hembra en las auroras, como  la suerte del sicario, además,  ya no está en el pago sino en su propia huida, y  para colmo, el viejo poeta  sorprende a papá Noel saqueando el sueño de los infantes en abril para no ser generoso en diciembre.

      Esta es la historia de un viejo poeta de 82 años  que intenta seguir limpiando  con sus versos, esa  pestilente visión de la urbe caribeña  de más de 2 millones de habitantes, (olvidada por sus propios dirigentes y por el  centralismo), antes que suba al cielo donde a lo mejor tampoco encuentre el  diván perfecto para otear mejor hacia abajo y seguir derramando sus versos con ganas.

Bitácora

El Poder, el control y la distopía

Por Pedro Conrado Cúdriz

La columna del sociólogo Alfredo Molano Bravo en El Espectador del domingo 18 de noviembre del año pasado, me condujo a la revisión de una de mis lecturas de fin de año: “Morirse de vergüenza”, del neuropsiquiatra europeo Boris Cyrulnik. La columna la tituló el sociólogo: “Del honor y otras maldades”. Escribió Molano: “Su honor (la de los militares) es una especie de cuerpo místico que les permite jugarse la vida y quitársela al enemigo; obedecer sin condiciones; someterse al absurdo de asumirse dueños de la verdad; ser faros, rayos, vengadores sin mácula”.

      En el marco de la reforma al fuero militar que se discutía en el Congreso de la República, resultaba peligroso el fuero porque buscaba ocultarle a la justicia civil las violaciones a los derechos humanos (acceso carnal violento, tortura, asesinatos). Y además, porque estos delitos serían juzgados por la justicia castrense.

      “Dueños de la verdad,” podría significar que los militares serían capaces de construir o amañar “sus verdades” para resguardar la máscara de la institucionalidad y la legitimidad.

      La historia del grafitero, asesinado presuntamente por un policía, en Bogotá, hace más de tres meses, nos sitúa en aquellos episodios de la ciudad que a los ciudadanos del común nos gustaría que no sucedieran, porque desenmascaran las porquerías de una institución que seguramente lucha contra la corrupción de sus miembros.  

      El honor –vocablo militar, primo hermano de los vocablos honorable, soberbio u orgulloso–, la lucha por el honor, digo, degenera el ideal bondadoso de la policía, porque siempre obliga a ocultar los errores y a defender a capa y espada la reputación patriótica de la institución, pero también a una conducta de acatamiento y sometimiento para alcanzarlo.

      Los que leímos la entrevista que Cecilia Orozco le hizo al padre del joven asesinado, este domingo 29 de junio/2013 en El Espectador,  nos morimos de vergüenza y asombro, pero también logramos explicar las causas de la corrupción policial a través del malentendido honor patriótico de las fuerzas armadas.

      En el libro “Morirse de vergüenza”, Boris Cyrulnik trae algunos ejemplos importantes, ocurridos en la segunda guerra mundial y relacionados con las órdenes militares “ejecutar” y “acatar”. Dice el neuropsiquiatra que la elección de la orden “ejecutar” libera al soldado del sentimiento de culpa y del arrepentimiento, mientras que la palabra “acatar” lo libera del crimen a pesar de ser un signo de debilidad militar y conductor de la vergüenza. Abstenerse de asesinar a miles de niños, en medio de las órdenes de guerra, es una conducta entrañablemente bella.

      En el primer caso, el soldado se convierte en un robot asesino y en el segundo, es un simple ser humano; eso sí, prisionero de un sistema que quizá repudie. “Acatar”, es entonces la fuerza de la duda, la posibilidad de que el hombre-soldado no crea tanto en los honores y en el orgullo patriótico del sistema militar.

      Los comandantes y generales del ejército y de la policía nos creen incapaces de comprender la furia de la ideología patriótica de los militares y la máquina de muerte que se moviliza en las acciones de guerra militar; sin embargo, el mundo se inventó unas normas humanitarias para regular la guerra entre combatientes y la población civil. Pero la ciudad se convierte, a voluntad, en un escenario de guerra para los enfermos mentales disfrazados de policías, que terminan quitándoles la vida a jovencitos inocentes. Por supuesto, que no podemos olvidar a los policías buenos, pero tampoco la suma de actos de vergüenza que le tapan la boca a las explicaciones aisladas y accidentales del oficio.

      Octavio Paz, el desaparecido escritor y poeta mexicano, decía en alguna ocasión para la televisión española, que el Estado contemporáneo tendía al totalitarismo, lo que en sus propias palabras daba lugar a la creación de un Estado criminal. Porque el Estado ha terminado siendo dueño de la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos.

      En un conversatorio con adolescentes del último grado de secundaria, éstos no pudieron aclarar la manera cómo está organizada la sociedad. Dieron varias vueltas a varias de sus ideas, pero desconocieron que el orden del mundo lo genera el poder y el control social; quien lo tenga terminará imponiendo o tratando de imponer sus reglas a la sociedad (Chávez, en Venezuela, Pinochet en Chile, Uribe en Colombia). Con razón, el mismo Octavio Paz sostenía que la política no era una religión para salvar al hombre, ni una filosofía para volverlo sabio. La política, según este poeta del mundo, debe culminar en un acuerdo justo para todos los convivientes ciudadanos. El fuero militar puede terminar en una zanja de privilegios para los militares, pero en contra del resto de los ciudadanos.

      Quizás la vía del poder neoliberal conduzca a una sociedad dominada y gobernada por los indeseables; distopía llaman los filósofos a este estado.

miércoles, 19 de junio de 2013

Tras las huellas

Carta al Hijo

Por Alejandro Salgado Baldovino

Querido hijo, no sé cómo te hubiese llamado, tal vez Arturo, Andrés, o en el caso que hubieses sido bendecido con la esencia femenina, tal vez Alicia o Aurora. Debes entender mi obsesión con las A. 

Escribo esta carta a ti que la estás leyendo, para el hijo que siempre quise, pero nunca tuve. Y no fue por impotencia o falta de amor y ganas, sino por dos razones, una por ti y otra por mí. Nunca me sentí preparado, quería que cuando vinieras al mundo, yo pudiera ser tu guía, tu ejemplo y tu amigo. Estar contigo y amarte en cada segundo. No que sólo me vieras en tu tierna infancia pocas horas al día. Quería ver tus primeros pasos, escuchar tus primeras palabras y responder a todas tus preguntas, cuando la asaltante curiosidad aflorara en tu ser. Pero no estaba preparado. 

      No estaba preparado para ceder a las presiones de mis padres y el de la sociedad, en esa lucha contra la tradición de traer un hijo al mundo en determinado tiempo de la vida. No te quería como una opción, un suplemento o una solución. 

      Si es cierto que en mi juventud, muchas veces dije que no te traería al mundo, te soñé varias veces y viviste casi que toda una vida conmigo en mis pensamientos. Así como al fin y al cabo, muchos hijos terminan en esperanzas de ideales fallidos de los padres. 

      No quería que llenaras el vacío de mi soledad. No quería que fueses el regalo celestial que mejoraría el matrimonio. No quería que fueras una masa predestinada a hacer o suplir algo específico… sólo quería que fueses tú. Y el mundo no parecía estar listo para ti.

      Tal vez fui cobarde, pero hijo mío, siempre fuiste tan importante para mí, que no quería enfrentarte a mi mundo. Quizás te imaginé frágil y vulnerable como yo, como una persona con una lucha constante con la vida y contra sí mismo. 

      Hace poco escuché en las noticias, que en un pueblo del Caribe colombiano, 3 de cada 10 niñas menores de 17 años estaban embarazadas, que la población se multiplica de forma más rápida que otros años, que los recursos se agotan, mientras que la producción y el consumo aumentan. Que muchas almas esperan en una larga fila, su turno para llegar o regresar a la tierra nuevamente a este que parece un espacio de redención.  Pero no estaba preparado para contribuir a esa lista de “nuevos habitantes” que sobre poblarán el mundo. Un mundo de consumo y sufrimiento, que a pesar de todo tiene cosas muy bellas. Todas esas que hubiese querido mostrarte y descubrir contigo… pero no estaba preparado. 

      Se habla mucho de ustedes como el “futuro del mundo”, pero destruimos ese ideal a diario con nuestras acciones. Ustedes son la razón y el propósito de muchas obras, promesas, políticas y proyectos, que terminan en difundirse y difuminarse por otros intereses particulares.  

      No estaba preparado para exponerte a un sistema educativo que mata las ideas y suprime al ser. Tampoco para que sufrieras algunos estragos que quedan aún en mí de la educación tradicional y machista. Temía de que en algún momento perdiera la cabeza, mareado por el movimiento del mundo y que a causa de mi frágil inconsciente salieran a relucir fantasmas del pasado. Yo no quería gritarte, mucho menos pegarte, lastimarte o herirte con esas palabras que dejan una cruel cicatriz de por vida. Y no quería que mientras fueras creciendo, aflorara de mi boca el reproche y todos esos ademanes de los cuales ignoramos su impacto.

      No sé si serías tan perceptivo como yo y estoy seguro de que hubiese tratado de evitar todos esos males y acciones que he descrito contigo… pero no estaba preparado.  Aún me encontraba trabajando, ya como miembro oficial del sistema, y el movimiento caótico del mundo parece incentivar a que los robots que crean, exploten de vez en cuando. Por eso… no estaba preparado. 

      Finalmente hijo, tú que estás leyendo ahora esta carta. Aunque nunca te tuve, siempre viviste en mí. Dejo esta carta a cualquier persona que en algún momento la encuentre… y puede que le sirva. O tal vez, encuentre su destino dentro de los escombros de la basura, que cada vez abundan más en nuestra superficie. Pero hijo, sí ten presente, que aunque nunca estuve preparado, siempre te quise.

martes, 11 de junio de 2013

Bitácora

Por qué es importante la lectura de poesía

Por Pedro Conrado Cúdriz

A la gran mayoría de las gentes presuntamente no les gusta la poesía porque no la entienden, o porque además, desconocen su "utilidad" espiritual, intelectual, sexual, amorosa, simbólica, teatral... Quiero decir que no saben leer la poesía, ni saben cómo disfrutarla. Quisiera aproximarme a sus beneficios, muy ricos, por cierto, aunque usted considere el libro un artefacto o un objeto inmóvil. No se equivoque porque dentro de él hierve un mundo; pueden saltar las palabras, una historia, un verso, una persona conocida o desconocida, una aventura, una imagen, o una pequeña ciudad, una carta o un viejo amor en olvido, la eterna bondad de los abuelos, amén de cualquier nostalgia que despierte un recuerdo, o una imagen que explique el mundo.

Aquí va, entonces, mi versión del por qué es importante leer poesía:

1.      Por el disfrute o el placer personal.
   
2.      Porque ayuda a calmar el espíritu.

3.      Porque ayuda a sintetizar las historias y la vida de las palabras para mejorar la visión compilada del   cerebro.

4.      Porque las metáforas sirven para comprender mejor la realidad.

5.      Una imagen vale más que mil palabras.

6.      Porque ayuda el cerebro a comprender mejor los símbolos: aprendizaje lector.

7.      Genera seguridad lectora.

8.      Porque ayuda a la comprensión lectora.

9.      Porque entretiene.

10.    Fortalece la vida espiritual del lector.

11.    Porque nos ayuda a percibir y a comprender la belleza.

12.    Eleva el nivel de la espiritualidad humana.

13.    Porque mejora los procesos del aprendizaje académicos e intelectual.

14.    Posibilita un nivel de vida superior.

15.    Porque mejora y fortalece la imaginación.

16.    Porque permite ingresar gratis al pequeño universo del autor, conocerlo y disfrutarlo

17.    Porque puede cambiar la manera de leer a un lector.

18.    Un poema es una epifanía, un milagro que inspira para la imitación y la creatividad poética.

domingo, 9 de junio de 2013

El ojo de la cerradura

MARKOTÉ, gran mariscal del periodismo en el Caribe Colombiano

Por Tito Sensación Mejía

Se inició en el periodismo con tarjeta profesional 421 del M.E.N., en 1954, en
la amurallada  Cartagena de Indias
Además, laboró en Emisoras Fuentes, al lado de los recordados periodistas Fat Lavalle, Napoleón Perea Castro, Melanio Porto Ariza y Édgar García Ochoa, el popular Flash, cubriendo deportes y farándula.
Descubridor del que sería años más tarde uno de los más grandes cantantes de Los Corraleros del Majagual, Eliseo “Trabalenguas” Herrera.
Ha sido director de Emisoras Unidas, jurado del Festival de Orquestas y, desde hace 44 años, relacionista de Los Melódicos de Venezuela. Hombre de muchas corbatas y sonrisas

      Me dediqué por muchas horas, como el famoso detective Sherlock Holmes, a seguirle los pasos al veterano hombre de la radio y del periodismo Marco T. Barros Ariza, sin que él se diera cuenta de mi recorrido sigiloso, de su casa a sus lugares de trabajo, y viceversa. Me llamó poderosamente la atención su andar seguro, recto, su jovialidad, su elegancia en el hablar, su fino humor al contestar efusivamente el saludo de muchas personas del común, de la radio, la televisión, lectores suyos, críticos y colegas que le abordaban y que, a decir verdad, le tienen un aprecio superlativo por las mismas manifestaciones que le exteriorizan y, por supuesto, su infaltable corbata (su colección pasa de miles, ya que las usa desde cuando hizo la primera comunión a la edad de 12 años, en la iglesia de Chiquinquirá), que combinaba con su vestimenta diaria y que lo hacían ver como en efecto es, un gentilhombre, o como dice el colega Pepe Sánchez: “Markoté es el caballero que encarna el espíritu del barranquillero antiguo, y del hombre de radio de antaño, reposado y elocuente, que ya le habían mostrado al mundo figuras con la calidad de Juan Eugenio Cañavera, Elías Pellet Buitrago, Alfonso Rosales Navarro, Edgardo de Castro y decenas más de coterráneos que se encargaron de demostrarle al país que Barranquilla fue la verdadera cuna de la civilización en Colombia”.

Carrera brillante

       Las horas nunca pasan en balde –me digo para mis adentros cuando llego a su residencia de la calle 75
No. 44- 56. Lo primero que hace es soltarme un “Primero Dios, bienvenido a mi casa, maestro Tito”, cuando los últimos rayos de un sol asustado por estos días lo iluminaban todo, enalteciendo momentáneamente con radiantes colores unas tonalidades que muy poco se están viendo en Barranquilla por la temporada invernal que nos azota. Enciendo la grabadora y su voz parece seguir el compás del señorío de tantos años: “Nací un miércoles 19 de septiembre de 1922, a las cuatro y treinta de la tarde, en la Calle Sello con la Carrera Concordia, barrio San Roque de Barranquilla, y allí crecí, pudiendo valorar rápido el significado de unos maltrechos conceptos en el mundo actual: trabajo, respeto y dignidad. Me inicié en esto del periodismo con tarjeta profesional 421 del M.E.N., en el año de 1954, en Cartagena de Indias, en la jefatura del Terminal, de donde obtuve una modesta pensión en 1967. Además, laboré en Emisoras Fuentes, al lado de los recordados periodistas Fat Lavalle, Napoleón Perea Castro, Melanio Porto Ariza y Édgar García Ochoa, el popular Flash, cubriendo deportes y farándula. Estando en la ciudad amurallada, fundé la famosa Orquesta del Terminal, descubrí al que sería años más tarde uno de los más grandes cantantes de Los Corraleros del Majagual, Eliseo "Trabalenguas" Herrera. Regreso a Barranquilla en 1968, me vinculo como Jefe de Producción de Discos Tropical, y posteriormente fui director de Emisoras Unidas. Luego creo el programa Candilejas por la ya desaparecida Onda Nueva, del gran amigo y colega Jaime El Coloso Jiménez. Más adelante, dirijo el programa Reportajes Espectaculares, por Emisora Atlántico, y en horas de la noche hago las veces de corrector de estilo y jefe de Redacción del Diario La Libertad, del apreciado Roberto Esper Rebaje. Desde el año 1993, realizo el programa Recuerdos con Markoté, hoy por Radio Tropical, los sábados de dos a tres de la tarde, antes por Radio Cultural Uniautónoma Estéreo. Soy relacionista público desde hace más de 35 años de la Orquesta Los Melódicos de Venezuela. He sido jurado en el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla. Participo en la sección ‘Los miércoles del recuerdo’ en el programa Satélite, que dirige Abel González Chávez por Emisora Atlántico, y escribo todos los jueves mi columna ‘¿Sabía Usted que...?’, en el periódico La Libertad”.

Especie en vías de extinción 

      Me atrevo a decir, sin exageración, que Markoté es una especie en vías de extinción dentro de las comunicaciones sociales por su capacidad, su jovialidad, su don de gentes, su vitalidad y, sobre todo, por su recia disciplina demostrada durante sus 93 años de vida: un hombre que jamás se ha llevado un trago de ron, cerveza, whisky o champaña a la boca, a pesar de recibir consuetudinariamente múltiples invitaciones de artistas, casas disqueras, eventos culturales… para asistir a sitios de Barranquilla, la Costa, Colombia y el exterior. En recompensa a esa repulsión por el alcohol, su amigo y médico de cabecera Antonio Saladen lo premió con una composición titulada: Markoté, la cual fue grabada en ritmo de fandango para el sello Curro por el maestro Manuel Villanueva, con el acompañamiento de la siempre recordada voz de Crescencio Camacho, y cuyas dos primeras estrofas dicen: Yo tengo un amigo que se llama Marco T./ pero cosa rara/ a él no le gusta bebé/ mas tengan cuidado muchachitas si lo ven/ no le gusta el trago/ pero mucho la mujé.- Tiene un bigotito piruetearero y socarrón / Mas les aseguro que nunca lo moja en ron/ Y sus cualidades él nunca las emplea mal/ Al hombre le dicen el ñero del terminal-.

Cuando el amor llega así, de esa manera

       Su cabello y bigotes color plomizo me traen a la memoria a los mejores actores de la época de oro del cine mexicano como Arturo de Córdova, El Indio Fernández y Luis Buñuel Portolés (español naturalizado mexicano), entre otros, quienes fueron filmados en blanco y negro para deleitar a centenares de generaciones en los años cincuenta, sesenta y setenta. Las mismas generaciones que iban a los teatros de cielos abiertos y cubiertos por un montón de estrellas en horas de la noche. “Allí, precisamente en uno de esos teatros, después de haber salido dos horas antes de una fiesta de cumpleaños, conocí con el mayor respeto a la que sería años más tarde mi esposa, Beatriz Elena Donado, quien me regaló 6 hermosos hijos, de los que sobreviven 5 y con quienes a veces sueño todavía acurrucándolos al pie de sus camas”.

Celia Cruz. Daniel Santos, Renato Capriles, Esther Forero, Shakira y Andrés Cepeda

       Markoté, con una rapidez pulida del tiempo que envidiaría cualquier joven de 15 años, me responde sobre los artistas de la vieja guardia y de hoy que más admira: “Celia Cruz, lo más grande que he conocido en la música. No porque haya sido mi amiga personal de tantos años, ni me haya regalado 17 corbatas que todavía conservo, ni porque me haya ofrecido, el día de mis cumpleaños, su concierto el 19 de septiembre de 1992 en el Estadio Metropolitano Roberto Flaco Meléndez, sino por su calidad. Daniel Santos, El Jefe, que con su voz nasal lo conquistó todo, musicalmente hablando, grabó de todo, y eso solo lo hace un grande. Renato Capriles, toda una institución del pentagrama musical latinoamericano. Ahí sigue vigente con su Orquesta Los Melódicos. Estercita Forero, por algo el colega Gustavo Castillo García la inmortalizó como La Novia de Barranquilla, y de Shakira te digo que es inmensa como artista y como persona, por eso la quieren en todo el mundo. Pasarán muchísimos años para que salga otra como ella. Otro muchacho muy bueno es Andrés Cepeda, ojo con él. Lo que quiero significar es que, a pesar de ser un amante empedernido de la música veterana, no soy ajeno a la nueva camada de artistas que están emergiendo en la farándula”. Como todo es intenso mientras dura la vida, y la misma vida es sutil en el imaginario del pueblo que se teje de acontecimientos sucedidos, al maestro Marco Tulio Barros Ariza, el mismo hombre que jamás ha utilizado los medios de comunicación para zaherir, agraviar o lanzar expresiones fuera de tono, le gustaría que lo recordaran con un acróstico tomado de las letras iniciales de sus nombres y apellidos:
¡Mejor 
Tener en la vida
Bastantes
Amistades, corbatas, discos que cualesquiera otras cosas!

lunes, 3 de junio de 2013

Desde las troneras del San Felipe

¡Bótelos de la casa!

Por Juan Carlos Céspedes

Cada vez que se acerca la temporada ferial de las elecciones, salen de todos los huecos de la ciudad “cartageneros que tienen su cordón umbilical enterrados en nuestras calles”. ¿Le suena familiar? Muy probablemente usted le haya hecho una reunión con familiares y vecinos para conseguir un puesto. Pero sabe que el tipo (o la tipa) tiene malas mañas con lo público, sin embargo, usted hace  como si no supiera nada y rompe para adelante. No importa que de esta manera usted sea partícipe de los peculados, prevaricatos, y otras hierbas amargas. 

      Amigos tengo, que viven dándose látigo de honestos y posan de patriotas preocupados por los altos niveles de corrupción y “¿qué país le vamos a dejar a nuestros hijos?”. Pero ellos mismos llevan a infelices almas hambrientas de justicia y pan, en camionadas o “pringacaras”, a registrar su cédula para escoger al tunante de turno. Después le ofrecen un sanduche sin pan, sin mantequilla y sin queso, además de un agua donde la panela pasó al galope, todo ello hecho por las bondadosas manos de su señora esposa. Una cédula en las manos de un ignorante o de un inmoral, es un arma mortal (¿suicidio?). 

      Hay muchas clases de bandidos, pero los delincuentes sociales son los más peligrosos. Usted lo sabe, amigo lector, hay muchas formas de matar gente, pero nada tan eficiente como acabar con el sector de la salud pública, y destinar esos recursos a través de la magia del guante de seda (algunos lo hacen burdamente) para educar hijos en el exterior, comprar fincas, autos, viajes por Europa y todo los caprichos de nuevos ricos.

      Algunos políticos en el poder tienen su propia cosecha de votos (la gente a la que tiene empleada, los que tienen “contraticos”, los profesionales a los que le “bailan el indio” del “no te desesperes que ya te consigo algo”, las mujeres a las que se han “rumbeado” por la promesa de un empleo y toda una colección de ingenuos que todavía les creen), así que les importa muy poco, que aquellos ciudadanos de cédula virginal no voten, para ellos mejor, ya que tienen sus cuentas claras. Estos personajes que se sienten orgullos de no haber votado nunca, son cómplices por omisión, aunque crean que el abstenerse de votar los hace inocentes de los males de la ciudad y del país.

     A estos personajes, y usted sabe perfectamente quiénes son, hay que aplicarles la censura social, sacarles el cuerpo en las calles, en los sitios públicos, cambiarles de acera, ¿no hace usted esto con los delincuentes comunes? Hay que hacerles saber que conocemos el origen de sus fortunas, de sus “doctorados”, de sus altas condiciones sociales.

      Así que la próxima vez que invite a alguien a su casa, fíjese bien a quién le ofrece su mejor silla, quién bebe en su vaso, quién orina en su baño, quién usa sus cubiertos, a quién le presenta a su señora e hijos, a quién le vende el alma.

      Después de las elecciones, pregúntese si tiene derecho y moral para quejarse de cómo anda Cartagena y cómo se ha deteriorado el nivel de vida de los cartageneros. De lo contrario, ¡cállese! Y siga disfrutando de lo que ayudó a montar.          

sábado, 18 de mayo de 2013

Desde las troneras del San Felipe

¡Tengo miedo!

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

Esta mañana me asomé a la puerta, sin llegar a salir totalmente, mirando a todos lados a ver si veía algo extraño. Después de tantas noticias malas confieso que me da pavor salir. El ruido de cualquier motocicleta me hace temblar como paciente próximo a un examen de próstata. Doña Cleto, siempre fiel a su arte de asesinar el alba con su escoba, me pregunta por qué no salgo. Le respondo que vigilo que no haya peligro a la vista. Ante la presencia de la tal señora y previendo la posibilidad de darle material a su purgante lengua, decido poner un pie afuera, no sin antes echarme tres bendiciones y asegurarme de que el celular no estuviera visible a los ojos de este nuevo cartel que azota a la ciudad, y que parece le quedó grande a la policía. Digo celular, la verdad es que es una antigüedad de esas que no traen cámara, juegos, música y menos internet, pero por ello más peligrosa porque podría enfurecer a los atracadores que verían perdido su tiempo.

      Reconozco, sin sonrojarme, que estuve viendo videos de Bruce Lee, Karate Kid, Chuck Norris, Moreno de Caro, Edgar Perea y algunas sesiones del Congreso para poder sentir que era capaz de enfrentarme a los bandidos que tienen de ruana esta tierra. Me armé con libros de Walter Risso y del ex padre Gallo para utilizarlos de proyectiles, o en el peor de los eventos, amenazaría a quien se ponga en mi camino con un día de radio con el guache del señor Pinzón (la «Nena» Jiménez le haría los mandados), el número uno, según la fuente confiable de él mismo. 

       Iba  envalentonado así por la calle cuando de pronto sentí un grito espeluznante, era como si el diablo me hubiese espantado, y eché a correr con libros y todo. Me puse a salvo detrás de un árbol y miré con cautela lo que pasaba, era un niño al que se le había caído su lonchera. Menos mal que nadie me vio sino mis enemigos tendrían suficiente expediente para joderme toda la vida (a propósito, no pierdan el tiempo amenazando ni insultando por mi correo). Caminé como si nada, disimuladamente me acerque al crío y sin que su madre lo notara le di un pellizco para que no fuera alevoso.

      Después me senté en un parque a tomar aliento y puse los libros a mi lado sin preocuparme por ellos (¿quién iba a tener el mal gusto de robármelos?) y me puse a pensar cómo había cambiado Cartagena. Cómo se había llenado de malhechores, de invasores, de sicarios, de empresas sin sentido social, de gacetilleros para después vender un libro, de idolatras, de oportunistas, de políticos de otros lares (vayan a ver sus pueblos saqueados); y los raizales cada día somos más tontos, más extranjeros, más cobardes… Sí, tengo miedo de esta ciudad que ya no es mía, de enfermarme y caer en las manos del sistema de salud, de las empresas de servicios que ya no son públicos, del abrazo efusivo de algún político que no me reconocerá más, de algún sicario que me matará sin yo saber porqué… En esas estaba cuando vi a Epona de manos con Ubaldo que se dirigían a un recital del poeta Mario Alviz (la revelación de los artesanos) y para anestesiarme un poco de tanto miedo,  me fui con ellos… ¿Los libros? Allá los dejé en el parque para que se instruyan los gamines.   

sábado, 4 de mayo de 2013

Bitácora

Yo también soy pobre

Por Pedro Conrado Cúdriz

El gobierno sale todos los años a informar a la ciudadanía sobre la caída de la pobreza en Colombia. "Hay menos pobres que el año pasado", dice. Este año, la pobreza cayó, en apariencia 1.4%, comparada con las estadísticas del año 11 y 12 con el año en curso.

¿Menos pobres? Vayamos por partes. Se descarta (¿) la población que está por debajo de un dólar ($2000.), que es denominada pobreza extrema. ¿Cómo denominar a los que ganan 4 dólares? ¿Pobres? ¿Y los del salario mínimo? ¿Pobres? ¿Y los que ganan entre un millón quinientos y dos millones? ¿Pobres? ¿Y 6,7, 8 millones? ¿Pobres? No señor, esa gente es de clase media. Bueno, este valor económico es inalcanzable para la mayoría de los colombianos pobres. Desigualdad, denominan los especialistas este fenómeno.

     Veamos el caso de Juan, quien tiene 18 años de estar trabajando con el Estado y en carrera administrativa, con pre-grado y post-grado, escritor de medios de prensa escritos y poeta, autor de varios libros y con un salario por debajo de los dos millones de pesos. ¿Privilegiado? Quizá, pero la cosa no es tan simple si el individuo vive entre los límites que trazan las leyes: ni delincuente ni guerrillero y con una formación ciudadana extraordinaria, pero sobreviviente de una economía pauperizada.

       Su familia es pequeña: dos hijos y una esposa, quien es ama de casa. Sus hijos estudian  en instituciones privadas (Universidad y un Centro Tecnológico). A fuerza de racionalidad y trabajo logró construir un techo modesto. Vive en un municipio cercano  a la ciudad de Barranquilla y en un barrio pobre como la misma ciudad que habita.

     Sus gastos van desde los valores de la comida diaria, pago de matrículas, transportes, meriendas, compra de libros, prensa escrita y revistas, trajes, zapatos, servicios públicos (energía, agua, gas, tv-cable, Internet), etc.

     Como se puede observar, es un salario para economía de guerra, para sobrevivir, no para vivir holgadamente como ciudadanos con la dignidad exaltada y reconocida por el Estado y el gobierno y la sociedad en general.

       Donde vive Juan, hay una sola biblioteca, la municipal, para más de 25 mil habitantes; no hay bibliotecas privadas ni públicas en los barrios, para que presten servicios al público, solo la municipal. No es el peor de los mundos, pero tampoco es el mejor.

      Acoto esto porque los entornos son fundamentales en la vida de los ciudadanos, como bien lo anotó en El Espectador Sergio Aguilar- Gaxiola: Coordinador para América Latina y el Caribe de la encuesta de salud mental de la OSM, en nota de Mariana Suárez Rueda: “Se sabe que factores como la pobreza y las condiciones familiares afectan directamente la salud mental. Por eso es vital el lugar donde habita la persona”. 

      De entornos pobres, salen ciudadanos pobres, limitados, deprimidos social, económica y culturalmente. Sus hábitos no son los mismos hábitos de las gentes que viven en ciudades inteligentes, no sólo por los televisores y enormes aparatos de sonidos, que ocupan la mayor parte del espacio físico donde habitan, sino porque además no hay bibliotecas ni espacios para las recreaciones y los juegos y  sus viviendas están construidas en estructuras que se sostienen milagrosamente en el aire, hechas con desechos de madera y otros materiales desechables.

      En estas condiciones viven un número enorme de colombianos, más del 20%, y los más increíble es que también hay niños y adolescentes. En reuniones con algunos alcaldes de la región, me ha tocado escuchar de su propia voz las mentiras de los funcionarios de la Red Unidos cuando hablan de las cifras de pobreza. Los mandatarios dicen no entender de dónde sacan las estadísticas reductoras de la pobreza y mencionan la informalidad, la desigualdad y la falta de empleo.

      En un país tan desigual como el colombiano los únicos que ganan son los grupos de capital nacional e internacional, al resto de la nación, les va como perros en misa. Alguien acuñó en el siglo pasado esta sentencia: “Al capital le va bien, al país mal”. En esto consiste el capitalismo salvaje nuestro, somos más los pobres que los ricos, pero el sistema funciona para las minorías que han concentrado el poder y gozan de todos los privilegios del régimen. La pobreza es la más visible de las políticas públicas del gobierno nacional, por eso las mentiras de las cifras, el afán por hacerle creer al país que se lucha contra este destino político del estado nacional. La ocultan en los subsidios y en las viviendas de bienestar social, pero la mancha de petróleo es tan dantesca que es imposible ocultarla en el mar. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Por el ojo de la cerradura

Sordos(as) en un futuro no muy lejano

Por Tito Mejía Sarmiento

Me subí en la buseta de la línea Sobusa, carrera 54 de Barranquilla a las 3:23 de la tarde el día martes 30 de abril de 2013, frente al paradero que está ubicado a unos 5 metros de la Universidad donde laboro en calidad de catedrático desde hace 4 años. 

De entrada, noté que el volumen del radio de aquel vehículo “que vomitaba reggaetón” (género musical procedente del reggae jamaicano con influencias del hip hop, que se desarrolló por primera vez en Latinoamérica en los años 1970 y mediados de los años 1980, que nace y surge a raíz de la comunidad jamaicana cuyos ancestros llegaron a Panamá, junto a inmigrantes de ascendencia afro-antillana durante el siglo XX), sobrepasaba los límites de decibeles permitidos por la ley. En los buses, por ejemplo, los pasajeros  e incluso el mismo conductor, se exponen   diariamente a ruidos que marcan más de 85 decibeles en el sonómetro en nuestra querida Barranquilla, y estoy absolutamente convencido, en  otras ciudades de Colombia. 

      Me dije para mis adentros “esta vaina se jodió”, mientras la urbe parecía observar con ojos tranquilos aquella situación de incultura. A los 5 minutos, le solicité muy gentilmente al conductor, un joven de aproximadamente 25 años, que portaba en su oreja derecha un arete color rosado, que le bajase el volumen al radio, que eso era dañino para la salud de todos(as). “Si no le gusta puede quedarse acá y yo le devuelvo el pasaje, señor”, fue lo que me respondió tajantemente ante la sorpresa de algunos pasajeros, en su mayoría estudiantes. 

     Pero la invasión sonora no terminaba allí. El conductor de marras, cada vez que había un trancón,
empezaba su concierto de pitos con la corneta de la buseta, entre otras cosas, también exagerado. Alcancé a alguien sentado en la banca de atrás decir: ¿Conductor, a usted el niño Dios no le puso pitos cuando estaba chiquito? ¡Cállate, sapo!, fue la respuesta inmediata, como el traslado que hace una abeja de un panal a otro,  de aquel sujeto  que se sentía el rey de la vía.

      No les miento si les digo que le menté mentalmente la madre en más de 20 ocasiones: ¡pobre de aquella vieja que parió a ese  mentecato! Platicaba para mi interior sucesivamente como buscando el mutis porque sabía que ese irresponsable conductor por vanidad o ignorancia a lo mejor, no le iba a prestar atención a mis parloteos.

      De repente, palpé a mi alrededor y anonadado me quedé cuando vi a muchos pasajeros que, llevaban colocado audífonos de sus celulares activados en los respectivos oídos, parecían androides transferidos a otro planeta. “Esta es la tapa”, atiné a susurrar”.

      Me quedé pensativo por unos minutos e interpreté el vasto silencio de la dama que sentada a mi lado, fluía ajena todas sus rosas, mientras arriba el sol aumentaba las pavesas de mil ojos.

     Cuando me bajé de la buseta, alcancé a leer en su parte trasera: ¿Cómo conduzco?…llamar a los teléfonos…Así lo hice y dichos teléfonos sonaban ocupados, ocupados y, creo que aún es la bendita hora, que siguen  ocupados. 

      Definitivamente, en un futuro no muy lejano, los otorrinolaringólogos serán los grandes millonarios del universo, si las autoridades ambientales no toman  los respectivos correctivos y ponen en cintura a los irresponsables del volante y  porqué no, a muchos adictos en el uso excesivo de celulares, equipos de sonido… que sobrepasan los decibeles de audición.

Edición Nº 9