sábado, 27 de febrero de 2016

Preguntas al General Santander

Señor, General Santander

Por: Luis Payares Mercado

Señor, General Francisco De Paula Santander; es a usted a quien van dirigidas estas palabras que con pesar, tristeza e indignación y acompañadas con remordimientos profundos se le hacen saber.

Usted que es conocido como “El Hombre de las Leyes”  y que, en Sincelejo se le ha hecho  reconocimiento y se le ha asignado un parque; el central, que lleva su nombre y su presencia  en  una efigie,  que sostiene el rollo de las  Leyes en una de sus manos  y que su rostro mira  hacia el lugar en  referencia a seguir: allí, mi General, donde están dirigidas las pupilas de sus ojos, donde su mirada sin espabilar se fija constantemente. Sí,  es allí, mi General,  precisamente donde están sucediendo cosas en Sincelejo como si no hubiera leyes, ni gobernantes, ni entidades que tengan que ver con los seres humanos. Es  allí, mi General,  donde unas mujeres se deterioran a expensas de sus pupilas y de las de todo el pueblo indolente que por el parque; por  su parque transitan.

Allí, mi General, se reúnen una  que otra cantidad de mujeres que viven de la prostitución en pleno parque, en plena sala de la capital sucreña. Allí, mi General, hay unas mujeres en estado de embarazo que siguen practicando esta actividad peligrosa para sus vidas y para la vida de los bebés en gestación. Se llamaría esto entonces, un problema de salubridad pública, de amoral,  de prostitución y de indiferencia a los problemas sociales de este pueblo. 
   
Señor General Santander; acaso, en esas leyes que usted sostiene en  una de sus  manos,  ¿no existe  los derechos de dignidad para estas mujeres y para estos bebés en desarrollo fetal?  ¿No están los derechos que el ICBF debe garantizar a estas mujeres y a estos niños por nacer? ¿No están  los derechos humanos para con  estas mujeres y sus hijos? ¿No existe un defensor del pueblo que deba defender a este pueblo?

Señor General Santander; acaso, no se ha preguntado usted ¿Dónde están las otras mujeres, que dizque defienden los derechos de las mujeres y de estas madres y próximos hijos por nacer, qué? ¿Dónde están las ONGs? ¿Dónde están los Honorables Concejales de Sincelejo?...

 Señor General Santander; usted que permanece en su parque y que sabe por dónde le entra el agua al molino, perdón, a la fuente ¿No ha hablado usted con el Alcalde de Sincelejo, Doctor Jacobo Quessep Espinosa, para tratar seriamente sobre este problema social que a diario crece en su parque? ¿No ha hablado usted con su vecino inmediato, Monseñor José Clavijo Méndez, para tratar este caso de amoral que está sucediendo en los alares de la Catedral? 

Señor General Santander; con todo el respeto que usted se merece,  en su parque, esto y otras cosas más;  no deben suceder ¡Pero están sucediendo! ¡Permiso, señor  General!

Por el ojo de la cerradura

Siempre seré el número 1: Gustavo Castillo García

(A la memoria del locutor, Gustavo Castillo García,   fallecido el 17 de febrero de 2016, en Barranquilla. Esta entrevista me la concedió el 9 de octubre de 2010 )
Por Tito Mejía Sarmiento

“Inventé la cuña: Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús_ Marcos Pérez me fregó después porque sacó otra agregándole. ‘”Philco se lo fía”, recuerda Gustavo Castillo.

Con su chispeante buen humor, Gustavo Castillo García recuerda que nació “en Magangué, la tierra del coroncoro muelón, pero los mejores momentos de mi vida han transcurrido en Barranquilla, en donde siempre seré el número uno en el periodismo radial, y ni hablar del peluquín, doña Obdulia”. Era, en esos años de 1960 a 1990, el dueño de la sintonía radial. Además, cuña que se convirtiera en éxito era producto del talento de este genial locutor. La cita estaba planeada con tres días de antelación para un día de septiembre a las nueve de la mañana, gracias a los contactos de los colegas Eduardo Hernández Vega, Julio Castaño Bossio y Pepe Sánchez.

Hicimos sonar el timbre en tres ocasiones en una casa del barrio Paraíso de Barranquilla, antes de que apareciera Gustavo Castillo García en compañía de Jorge Iván, uno de los seis hijos del matrimonio con la agraciada dama manizalita Ruth Valencia de Castillo. 

Tarde o temprano

En la amplia sala de su casa se exhiben hoy estratégicamente varias clases de aquellos radios de la época de oro de las emisoras radiales, sobre todo uno marca Phillips, “el mismo de… Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús”, como decía el jingle grabado con la voz del carismático hombre de radio nacido el 5 de marzo de 1932 en Magangué, Bolívar.
Se miró azaroso en el espejo grande que cuelga en la pared de la sala como retrotrayendo al hombre bohémico de 30 años atrás, que como casi todo hombre caribe se pegaba sus escapadas porque no era ningún santo, pero eso sí, no abandonaba para nada su exitosa labor periodística. Según algunos de sus colegas más allegados como Rafael Sarmiento Coley y Ricardo Díaz De la Rosa: “Paralizaba, más que todo en la mañana, a la ciudad y sus alrededores con su noticiero ‘La Costa en Noticias’.

Este ícono de la radio colombiana, hoy retirado en sus cuarteles de invierno, acaparaba una influyente audiencia producto de su inigualable manera de leer las noticias, ornadas con inigualable chispa humorística, un poco de sensacionalismo y expectativas que al fin y al cabo le sirvió para realizar varias campañas en pro de Barranquilla, como la adquisición de nuevas máquinas para el Cuerpo de Bomberos, construcción de escuelas, donación de sillas de ruedas y hasta féretros para la gente de bajos recursos.

Hombre de partido
Durante la entrevista luce un pantalón blanco con suéter rojo, haciendo alusión al Partido Liberal al que ha pertenecido desde hace mucho tiempo. Se mira un poco asombrado el tinturado negro de sus cabellos, y siente inmensa felicidad ante la solicitud de la entrevista para El Heraldo y Revista La Urraka, órganos informativos que lee sagradamente, y la que toma como un reconocido homenaje a su carrera profesional: “¡No joda!, al fin se acordaron de mí”, dice con una sonrisa de felicidad plena en su rostro.


Los pininos

“Me inicié como locutor en Transmisora Caldas de Manizales. No preciso la fecha exacta, solo recuerdo que estaba en la plenitud de mi juventud. Cuatro años después me vine para Barranquilla contratado por el empresario antioqueño Gustavo Cardona Agudelo, quien me vinculó a Emisoras Variedades. Después pasé a la Cadena Radial del Caribe (CRC), de Hernando Francisco Bossa. Luego estuve en Riomar de Todelar, La Voz de la Patria, de los hermanos Vasallo, unos italianos que lograron imponerle a su emisora un sonido con tonalidad perfecta, a pesar de estar en amplitud modulada. En La Voz de la Patria duré alrededor de 11 años. Estuve vinculado también a Radio Libertad, de don Roberto Esper Rebaje; Emisoras ABC y Radio Reloj de la cadena Caracol, entre otras estaciones radiales”. 

La novia de Barranquilla

Su agitada vida radial no se limitó al simple oficio de ‘locutor de cabina’. También dejó una brillante impronta en la animación de programas en vivo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, ‘Aquí la Costa’, ‘La Tómbola Murcia’ o ‘Las cosas de mi tierra’?, programas que fueron creados y dirigidos por este fabuloso hombre de la radio colombiana, de donde surgieron grandes figuras de la décima, el humor y el canto como Manuel Rodríguez, Rodriguito; Orfelio Lara, Facundo Arzuza, Gabriel Segura, Luis Bernal, Mingo Martínez, el compae Manué, Nelson Pinedo, Alci Acosta y la queridísima Esther Forero, la gran compositora e intérprete de muchos éxitos, a quien bautizó como La novia de Barranquilla, cometiendo de paso, en uno de esos chispazos suyos, un gazapo idiomático que hasta hoy ningún filólogo o lingüista se ha atrevido a contradecir en cuanto a su género, siendo que novia y Barranquilla, pertenecen al femenino.

Castillo García recuerda que “un domingo, cuando presentaba el programa en el radioteatro de La Voz de La Patria, llegó Esthercita Forero vestida toda de blanco, y sin pensarlo dos veces dije a los presentes y oyentes: “Con ustedes, la novia de Barranquilla, Esther Forero… y así se quedó para siempre”.

Cuando se le pregunta por el colega a quien más agradezca por algún aporte en su carrera de locutor, por momentos se queda pensativo, cierra los ojos y se agarra el bigote con su mano derecha para responder: “Hay un hombre que yo quiero muchísimo. Ese es Ventura Díaz Mejía. Me tendió la mano cuando más lo necesitaba. Con el actual Embajador de Colombia en Jamaica fundé el ‘Diario hablado’ (la manta que no respeta pinta). También aprecio a Édgar Perea Arias, Abel González Chávez, Tomás Barraza Manotas, con quienes formé, siendo su director, aquel famoso grupo cuyo eslogan era: ¡Tranquilos, que el equipo gana!

Sobre el Carnaval tiene una anécdota que nunca olvida. “Cuando la reina fue la inolvidable Julieta Deivis Pereira, bajo los efectos de un guayabo trepidante le hice un inolvidable estribillo o lema: “En los carnavales de Julieta que nadie más se meta”, que más tarde se convirtió en una recordada canción grabada por los Hermanos Martelo”.

Ficción futurista

En medio del diálogo empieza a recordar episodios de su infancia. Su voz parece esconderse entre la fragilidad de las palabras, como una ilusión de espesa hojarasca que apresa madrugadas mezquinas de su tierra natal, allá por los años cincuenta, cuando bajo la misma luz de los primeros rayos del sol, los pescadores del río Magdalena se disputaban la subienda de enero y febrero en un alucinante portal caribeño que envidiaría hasta el más desprevenido poeta. Entonces, saca fuerzas del diafragma como lo hacía delante del micrófono: 

“Les recomiendo a los nuevos colegas que se preparen, que lean, que se informen, para que mañana más tarde no les metan el dedo en la boca. Que se lean las veces que quieran ‘Cien años de Soledad’, de Gabriel García Márquez, donde se plantea magistralmente una realidad ficticia o una ficticia realidad, y otra novela muy hermosa: ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, donde uno puede capturar al vuelo una ficción futurista de carácter visionario y pesimista de una sociedad regida por un sistema de castas, y donde se imagina una sustancia o droga llamada soma, utilizada con fines totalitarios”.

Bitácora

Un trago de whisky o la banda está borracha

Por Pedro Conrado Cúdriz

Los recuerdos no son brumosos, son, cómo decirlo, olorosos, sabrosos, con coco, con hielo y soda, o secos. Comencé a embriagarme primero con Ron Blanco, que combinábamos con Castalia y agua de coco para convertirlo en trago natural y por supuesto, bendecido por el líquido de la planta cocotera. Era, sigue siendo, un trago inmortal. Tendría algunos veintitrés años, o tal vez un poquito más, y el mundo me parecía no una mierda como hoy, sino una bacanería, un regalo en vida de algún dios dionisiaco que nos quería ver felices con un trago de aguardiente o ron.

En aquel tiempo consumía alcohol de viernes a domingo, la mayoría de las veces en la cantina de “Guillo”. Ahí aprendí a bailar la salsa dura de Ricardo Ray, Eddy Palmieri y La Fania All Star. Bailábamos sin pareja, solos, y en un ritual solitario de fiesta loca que duró años. Viernes, sábado y domingo. Bailar solo es un reto parecido al hombre que se enfrenta en solitario y en corraleja, contra un toro salvaje que no tiene madre. 

Bueno, éramos machos y bailar solo no era mal visto, todo lo contrario, porque incluso en los matrimonios se abrían rondas para los solitarios, los salseros…

Santo Tomás, donde nací involuntariamente como todo el mundo que nace en Barranquilla, era una aldea perdida en la conciencia de la nación, tan tranquila que aburría, y la fiesta era la que la sacaba de la somnolencia del aburrimiento, y la cantina era una fiesta larga los fines de semana: picó, cigarros, alcohol, cervezas y piernas y zapatos y baile. Sin putas, como toda cantina de pueblo.

“Ese viaje era la putería,” me dice hoy un viejo amigo cómplice de esas parrandas alcohólicas, excusables solo por la salsa.

Ahora sé que a pesar del consumo de tiempo que implicaba la parranda, fue necesaria para volvernos hombres, en el sentido del reloj, pero también en el sentido de la madurez mental. ¡Qué tiempos aquellos!, me dice el “Pipo” Truyol cada vez que se acuerda que el desempleo y la falta de dinero no amainaban nuestros deseos de diversión salsera. Claro, éramos unos pelaos hambrientos de vida.

Y comparo, me comparo con el hombre de aquel tiempo y pienso que nada fue en balde. Todo entra en los cálculos del vivir, para bien o para mal, en los límites y la conciencia de las fronteras, en las rupturas, en las subversiones, en los escapes, en la lucha de no vivir siempre en el mismo tiempo del reloj de la historia personal de uno y de los otros.

Era mi madre, Manuela Encarnación Cúdriz, la que me obligaba a cuidar a Lasky, mi hermano menor, y fue esa celaduría y espionaje semanal implacable la que me llevó por largo rato al consumo del trago de aguardiente. Fue un aprendizaje mayor porque ya había obtenido la cedula de ciudadanía, una tarjeta que me abría las puertas de la libertad, después de vivir “prisionero del miedo adulto” por largos años en la casa de los viejos. Pero esa libertad era una ilusión, un pedazo de cielo quebradizo desparramado en unos ojos de ciego herido. 

Confieso que mi padre, el Chino Conrado, se bebió por todos nosotros los tragos que teníamos que ingerir en la vida. Consciente de tamaña locura un día decidí no beber más, claro que avalado por un psiquiatra cubano que tuvo el tino de salvarme la vida. “No puede beber más me dijo, porque el alcohol es un depresor que puede achacarle su poquita salud mental.” Y lo abandoné por más de una década después de amarlo tanto.

(¿Y por qué poquita?, le pregunté al psiquiatra, y él como lo más natural del mundo, me dijo: “Porque en medio de tanto drama y dolor, consumir alcohol, como quien se bebe el mar todos los días, es una locura; estamos mal, muy mal”. Y me fui de su consultorio tranquilo, pensando que todos estábamos locos).

Por esta época histórica de mi vida, alguien se atrevió a gritarme, en medio de la gente y la calle: “Oye peco, mama ron, que la vida es una sola.” Y entonces pensé en todos los borrachos del mundo, pero también en todos los abstemios, en todos los que van a la iglesia, en todos los que asisten a las reuniones de Alcohólicos anónimos; en fin, en todos los hombres y mujeres que se han atrevido al parricidio y a resolver su vida según su propia visión de la tierra, del mundo y del hombre.

Siguiendo con mi confesión, les digo que las parrandas eran eternas, porque los domingos vagábamos por el pueblo como zombis con los ojos achicharrados por el insomnio, torpe, tercamente agarrados al pescuezo de una botella de aguardiente o de Ron blanco. Borrachos y como payasos de un circo pobre. Nunca he podido comprender tamaña estupidez, entender por qué no nos conformábamos con tres o cuatro horas de parranda santa.

Hasta que se impuso el whisky después de verlo volar de mano en mano y de boca en boca en las parrandas fotográficas de los narcotraficantes de la marihuana en Barranquilla, en aquellos apellidos blancos, pero ennegrecidos por el poder del dinero, las armas y todo lo que se podía hacer con el dinero y las armas.

No recuerdo cuando fue mi primer trago de whisky, lo que sí recuerdo fue todo el escándalo que se armó en el gobierno de Alfonso López Michelsen con la construcción de una vía cerca, muy cerca de una de sus fincas en el fondo del mapa de Colombia. En ese tiempo el olor de la marihuana contaminaba la nación y comenzaba, como un virus indetectable, a infectar el Estado.

Supongo que el sabor de mi primer trago de whisky es el mismo de hoy, con soda y hielo, o seco. No sé, pero el Buchanan´s estampillado y con soda, no te quema las entrañas, es un sabor tan delicioso que puede repetirse sin moderación. Aclaro: no soy un bebedor domesticado por la adicción, lo consumo ocasionalmente y con la connotación del “trago sociológico”; es decir, cada media hora o más de este tiempo lo consumo, con el único fin de aprovechar el encuentro, la conversación, porque las conversaciones alcoholizadas se parecen más al ruido de un picó sin control, como el que prende un vecino cada vez que no sabe qué hacer con el tiempo de su vida.

El “trago sociológico” era, es, mi racionalidad contra la irracionalidad de la cultura alcohólica nuestra, contra la desmesura de celebrar todo, desde el nacimiento de un chaval hasta la misma muerte. Como decía el poeta Charles Bokowski: “Ese es el problema con la bebida... Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo.” El alcohol funcionaba y sigue funcionando como un somnífero para andar prendidos de la fiesta, obsesivos compulsivos para olvidar cómo somos y quiénes somos y también para olvidar que no tenemos las migajas de la codiciada esperanza.

 “No hay una vaina más horrenda que un hombre borracho, despeinado, descamisado y con los ojos caídos como sapo de feria.” Esta es la voz de Albita, una compañera de labores. “Los odio,” me confiesa en susurros. Y la veo, todavía le veo la descompostura de su rostro de reina.

Ahora mismo estoy recordando una parranda terrible, de esas que alcanzan la luz del sol, y donde no hay nadie cuerdo, donde la vida es un trago de aguardiente; estábamos sentados en el bordillo de un sardinel y Jaime, el esposo de una vecina, nos dice a todos, pero sin mirar el rostro de su mujer, que él es una pecuaca. “Yo soy una pecueca, dice, porque me gusta estar borracho, verdad mija.” Y es entonces cuando su mujer se levanta de un salto, apenada como un perro apaleado, y se va de la fiesta del sardinel de borrachos. Yo entonces, la sigo avergonzado con mis ojos de amanecido sediento de sueño eterno. Y me acordé de la melodía "la banda está borracha, está borracha”.

A estas alturas de mi vida logro comprender que un borracho es otro adicto más de la mancha oscura del vicio del mundo, un ser sin la voluntad de hierro de los grandes hombres. Una pecueca.

Confieso, es otra confesión racional, que el whisky me fascina, su olor y su sabor alcanforado con soda me mata. El otro día llegué a un lugar donde hacen fiestas y le pedí a una mestiza que tiraba a mestiza un trago de whisky. “Ay, señor, me contestó, qué pena, le vendemos la botella.” Esta petición ya la había hecho en otros lugares y recibí la misma respuesta. No hay en Barranquilla ni en sus alrededores quien venda un puto trago de whisky, ¿de dónde carajo son estos dependientes? ¿No ven televisión? ¿No han salido nunca de Barranquilla? ¡Véndame, por favor, un trago de whisky!

lunes, 15 de febrero de 2016

El grave asunto de hambre que padece La Guajira

LOS NIÑOS WAYÚU PROTAGONISTAS DE LA REFLEXION  MUNDIAL, NACIONAL, DEPARTAMENTAL E INDIVIDUAL

 Por Delia Rosa Bolaño Ipuana
 
Para el mundo los niños Wayúu  están siendo  protagonistas, la hambruna que los acecha, el abandono  y olvido  en que se les ha tenido,  por fin salen a relucir, gracias a los medios de comunicación e información de quienes en su ardua tarea se encargan de que se haga justicia, situaciones negativas, tristes e inhumanas que han venido ocurriendo a partir de que el Gobierno de Santos se llevó las regalías para Bogotá creando con ello la ley General de regalías, lamentablemente para los wayúu, esto no fue una gran idea, pues esperábamos que estos  recursos que hacen parte del subsuelo de los guajiros y que eñ Cerrejón  entrega al Gobierno Naciona,l fueran invertidos en la población de La Guajira, en educación, salud, vías de acceso, en infraestructura, tuberías para llevar el agua de la represa del Rio Cesar, ubicada en San Juan del Cesar, y  del rio Ranchería, ubicado entre Barrancas, Fonseca y Albania. 
 
Realmente si el recurso de los guajiros se invirtiera en las necesidades de La Guajira, hoy las rancherías lejanas, pero muy lejanas de la Alta Guajira, como Siapana, Portete, Puerto Nuevo, Nasaret, Punta Espada, Sierra de la Teta, entre otras muchas que están a las orillas del Océano Atlántico, no estuvieran afectadas como ahora, zonas de la península muy afectadas, ya que no existen vías de acceso adecuadas para que los wayúu obtengan los beneficios a que tienen derecho, ni mucho menos sus líderes, quienes gozan de privilegios inancanzables para los pobladores de las rancherías pobres, quienes no tienen el detalle de gestionar para el bien común, solo lo hacen por el bien particular, pues no entiendo cómo existe tanta hambre, si se supone que existen estos líderes o representantes legales de las comunidades para velar por el orden, la estabilidad de su comunidad, para el bienestar, la educación y progreso de todos sus miembros, pero también hay algo muy curioso y lamentables entre estos líderes,  existen  muchos que  no tienen entrada en el medio social o burocrático, y aquellos que no pueden son utilizados por  líderes de otras comunidades   con gran habilidad y que tienen acceso  a estos medios sociales, los hacen firmar documentos para que los  deleguen para gestionar los recursos de estos líderes con poca posibilidad para la gestión de sus comunidades y lamentablemente no se sabe o tal  vez si  sabemos qué  se hacen estos recursos, estas situaciones de hambre no se notaban y nunca pasaban hasta el punto de que niños, ancianos, mujeres y hombres wayúu murieran, pues se le engañaba con unos cuantos granos de maíz, arroz y azúcar, ellos no están acostumbrados a alimentos ostentosos como de pronto los Wayúu que  por el desarrollo tienen otro tipo de alimentación y para mantenerse en ellos se capacitan y busca otras fuentes, existen otros wayúu que bajo las limitaciones e inclemencia del tiempo han podido salir y tener éxitos con sus diferentes artes, unos por sus propios medios, otros porque son hijos de líderes con manejo de  recursos de  comunidades  a los que no pertenecen,  en fin, se trata de que se reflexione y se empiece a tejer un mejor mañana, a que seamos capaces de reconocer los errores que se han tenido y que esos recursos tomen nuevamente su cauce, que es educar y dar bienestar a nuestros paisanos, a buena hora ha llegado una gran mujer wayúu al poder, una dama que ha sentido el llanto, el dolor de sus paisanos, nuestra Gobernadora Oneida Pinto, que durante su campaña conoció las rancherías de la alta Guajira y se encontró que esta parte de nuestra tierra tiene una gran herida, de igual forma después de ser elegida la primera mujer  Wayúu gobernadora nos cumple y nos ratifica a  los guajiros que no nos equivocamos con ella,  con el nuevo alcalde de Uribía, Luis Solano, un joven capaz y con un gran sentido humano, el alcalde de Manaure, Aldemar Ibarra  Mejía, otro ser que sabe para qué fue elegido, y el alcalde de Maicao, José Carlos Molina , quienes como nuevos dirigentes también han sido de total apoyo, y gestores al lado de la Gobernadora quienes hacen equipo para un mejor mañana  a nuestra dama declinada.

Esta situación permita que el Gobierno  Santos replantee el tema sobre los recursos de la Guajira y empiece a invertir en ella, llevando el agua como si fuera petróleo hacia lo más importante que debe cuidar el gobierno, su pueblo, la calidad de vida de los habitantes, a  los líderes de cada comunidad propia y a la que no pertenece, inviertan esos recursos en el bienestar de nuestros paisanos, en su educación para que ellos mismos sean los que empiecen hacer más por el progreso y desarrollarlo de su territorio.

La Guajira tiene una mujer de cambio ahora todos aportemos nuestro grano de arena, cumpliendo con nuestra responsabilidad para que podamos dejar de ser simplemente una etnia de lástima y empecemos a ser una etnia de superación, de cambio, de desarrollo, de competitividad como cualquier otro grupo humano de nuestra amada Colombia…

miércoles, 3 de febrero de 2016

Bitácora

Escuchar

 Por Pedro Conrado Cúdriz

                                                    “No recuerdo si fue Cioran el que aplicó hace tiempo ejercicios de silencios eternos y se convirtió en una piedra que asustó el barrio”

El que escucha es como un apóstol sufrido, o si se quiere, un cronista de viaje, porque su especialidad, la de ser cronista, es mirar, observar el mundo que camina. El que escucha ama el silencio, ama el paisaje, pero también ama al otro, porque sin él no sería quien es y le sería imposible la compañía; por eso afina el oído, por eso las palabras del otro son sagradas, y las respeta. 

Escuchar es una disciplina estoica en medio de tanto ruido de voces que luchan por salir a flote, por gritar al oído: “Hey, estoy aquí, yo existo.” El que escucha es un sabio, alguien que le ha torcido el pescuezo al ego; él se despoja de la prepotencia y de los falsos saberes, se queda quieto, se niega, se queda vacío para llenarse del ser y de las esencias del otro, no es un despojo, bueno sí, es un despojo de la podrida egolatría humana, de esa que induce a creernos superiores a los demás, o más sabio que los demás, a creernos el centro del mundo, aunque uno no sea parte de ningún centro, y esto es lo que nos llama poderosamente la atención de los habladores, del susto que sienten de estar solos, su incontinencia verbal (no quiero escribir verborrea o logorrea) es un grito vagabundo. 

No recuerdo si fue Cioran el que aplicó hace tiempo ejercicios de silencios eternos y se convirtió en una piedra que asustó el barrio; lo tildaron de loco, de sujeto absurdo, estrambótico, que es como si uno pensara en veneno, suicidio, pero logró que los otros escucharan el silencio, que lo sintieran así como uno siente el miedo, o los gritos de los cuchillos, o el terror de esquina. Estaba muy niño (pero lo recuerdo como uno recuerda imágenes de películas inolvidables) cuando observaba al abuelo Nolasco en el campo (nosotros lo llamábamos monte) sembrando las semillas que luego se convertirían en el pan de la casa, inclinado por largo rato al pie de la tierra y en el silencio más escabroso del mundo, tanto que era posible escuchar toda la poesía del lugar: la hoja movida por un lobito, el trinar de algún pájaro, la respiración del abuelo, o la respiración del mismo silencio. Todo en ese lugar era sagrado, incluso el hombre. En algún lugar de su universo periodístico, Leila Guerriero, escribió: “El oficio que práctico me enseñó a escuchar mucho y hablar poco, a olvidarme de mí y a entender que todas las personas son su propio tema favorito.” Otro ejemplo.  

domingo, 24 de enero de 2016

Desde las troneras del San Felipe

La oscuridad de las candilejas

Por Juan Carlos Céspedes Acosta

... y la Gloria, esa ninfa de la suerte,
 sólo en las viejas sepulturas danza.
                                           Julio  Flórez

Existe entre muchos escritores y poetas, un afán desbordado por ser diferentes, creen que siéndolo pueden acceder a las mieles del olimpo literario. Sucede que las páginas, físicas y virtuales, se llenan de una gran cantidad de experimentos de dudosa calidad artística. Muchas veces piensan, incluso, haber inventado nuevas formas poéticas que le asegurarán un sitial en la galería de los grandes creadores del mundo. Pero ocurre que al no conocer la historia de la literatura, inventan lo ya existente, entrando así a la logia de los tontos embaucados de sí mismos. 

En este universo de cobas mutuas en que se ha organizado la sociedad de las letras, no se debe creer ciegamente las loas y alabanzas que se reciben, sin colocarlas en el peso de la objetividad y el desinterés. En verdad, los grandes autores siempre han tenido mucha resistencia entre los “sabios” de turno, que manejan la crítica desde la comodidad de sus sillones de agregados culturales, asesores de editoriales multinacionales, mimados por los ministerios culturales, vedetes de publicaciones light y otras pandillas de mala leche que manejan la literatura en todas partes.

Si un escritor no conoce su oficio, lo más probable es que repita lo que ya otros han realizado hace mucho tiempo. No se puede ser novedoso partiendo de la nada. Habría que ser un genio y esto es lo menos común. Sé de muchos que no saben nada del arte que dicen practicar, pero aun así, se atreven a considerarse maestros del ramo. El simple hecho que tengan la posibilidad de publicar un libro cada vez que deseen y viajen por el mundo y asistan a cuanto encuentro se realice no los hace verdaderos escritores. Tampoco crean los que no lo hacen, que por no haber publicado, ni puedan viajar y sufran mucho, están llenando requisitos para grandes maestros. No todo lo que uno escribe es bueno, y si sumado a esto, no concurre la disciplina de corregir y revisar constantemente, lo más probable es que el resultado de nuestra “inspiración” deje mucho que desear. Y no quiero con esta afirmación generar polémica alguna sobre este tópico. La inspiración, entendida como un momento especial de disposición para la creatividad, nunca es perfecta, por ello hay que acudir a la autocrítica severa para decantar lo escrito.  

El estilo personal del escritor se adquiere con el constante ejercicio y se va desarrollando en la medida en que avanza en la dinámica creadora. Pocas veces el gran artista es consciente de la magnitud de la obra que está gestando. Esta se esta erigiendo ante sus ojos producto más de una intuición que de una seguridad. Pero esto no va a llegar sin que haya un sólido cimiento de estudio, lucha interior y constancia en el trabajo. 

Por último, si tanto les trasnocha la gloria, tengan presente que la gran mayoría de los grandes poetas y los escritores considerados clásicos, lo consiguieron después de muchos años de muertos, porque la literatura se exalta con el tiempo y parece que para ello no tiene en cuenta el promedio de la vida humana. Pero al verdadero artista esto es lo que menos le importa. Solo al que va tras las candilejas lo atormenta la carencia de reconocimiento.

El ojo de la cerradura

Gustavo Barros González, el cantante original de “Que me coma el tigre”

Por Tito Mejía Sarmiento *

 "A pesar de que los profesores me decían Pitágoras, no estudié Matemáticas. No lo pensé dos veces, lo mío era la música..."

De una casa pintada en su totalidad de blanco en el barrio San Nicolás de Barranquilla, emana una voz  a  capela con un dejo de nostalgia, mientras en el cielo en ese preciso momento cruza rauda una bandada de pájaros, en el atardecer del 5 de enero de 2016:

 “Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre,  que me coma el tigre,
mi carne morena.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
mi carne  está buena.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
mi carne es sabrosa.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
déjate de cosa…
Entonces, me subo en el árbol, me subo en la loma, me tiro en el río.
El tigre se sube en el árbol, se sube en la loma, se tira en el río.
Entonces, me salgo del río, me meto en tu casa donde no me vea.
El tigre se sale del río, se mete  en tu casa, la cosa está fea”.


Es la voz de un hombre que hoy, a pesar de sus 76 años a cuestas, sigue en la brega de la música tropical colombiana con su propia agrupación “La Cuqui Band”, alegrando las fiestas en clubes sociales de la Arenosa  y varios rincones del departamento del Atlántico.

Me recibe efusivamente haciéndome pasar a su hogar. Hogar construido a punta de voz. Un hogar que no posee vigas ni cimientos, solo el vibrato de su voz lo sostiene. Es decir, la música ahí está apresada en los hilos de los días. Su esposa Ana Santos y cuatro de sus trece hijos del matrimonio, allí presentes, me miran sorprendidos como diciéndose para sus adentros: ¡Al fin se acordaron de Gustavo Barros González, el cantante original de Que me coma el tigre!
Sí, el mismo que viste y calza, Gustavo Barros González, el intérprete de  una de  las canciones más populares de Colombia, compuesta por Eugenio García Cueto, quien entre otras cosas, le incluyó una especie de epanadiplosis en una de sus estrofas. Esa melodía fue grabada por Nelson Díaz y el combo de Duque Palomino en 1968 (Sello Tropical), para ser más exacto, en pleno carnaval de Barranquilla, presidido por la bellísima y alegre soberana Rocío García Bossa.

Matemáticas o  Música
Después de haber recibido el título de bachiller otorgado por el Colegio Barranquilla para  varones,  Gustavo Barros González sentía que  el gusanillo de la música  le hacía cosquillas por dentro, muy a pesar de que sus padres al ver los buenos resultados obtenidos por él en Matemáticas, le insinuaban  una licenciatura en esa área, en la Universidad del Atlántico, pero Gustavo, el enjuto adolescente nacido un 9 de marzo en el barrio Abajo de Barranquilla, sabía perfectamente que las puertas de su pequeño universo de aquel entonces, estaban abiertas de par en par en el templo de la musa Euterpe:

A pesar de que los profesores me decían Pitágoras, no estudié Matemáticas. No lo pensé dos veces, lo mío era la música. Pasaba de fiesta en fiesta, esperando que me dieran la oportunidad de cantar en el grupo del maestro Over López, el padre de la dinastía musical de los López, acá en Curramba. A ese señor le debo mucho, me recomendó con el maestro Carlos Ariza Cotes, el mismo director de Ariza y su combo, aquel famoso grupo compuesto por un formato de saxofón, bajo, guitarras eléctricas y percusión, además  me ayudó a moldear mi voz. Óigala, amigo periodista, como suena todavía:
¡Son, son, son, ay que rico son, descarga en saxofón!
 ¡Baila, baila, baila pa´gozar, esta es la descarga para vacilar!”...


Del Grill Jimmy Lounge a Discos Tropical
La tarde del debut en  el famoso Grill Jimmy Lounge de propiedad de Alberto Navarro, en los bajos del Hotel Majestic en Barranquilla,   parecía agitar el oleaje de las horas con frenesí cuando esta joven promesa del canto popular interpretaba  sus primeras canciones con Ariza y su combo. Entre el selecto público se hallaba una persona muy querida en la sociedad barranquillera de la época, don Emilio Fortú (dueño de Discos Tropical), quien no dudó en contratarlos enseguida para grabar en su casa discográfica:

“A la semana siguiente ya estábamos grabando nuestro primer  larga duración (L.P.), de donde  se destacaron los éxitos: Descarga en saxofón y Alicia adorada. La lluvia de contratos no se hizo esperar. Recuerdo que tocábamos los fines de semana en dos partes, primero desde las dos de  la tarde hasta las siete de la noche en el bar – restaurante El escorpión (propiedad de Salvador Jassir) en Puerto Colombia, donde muchas veces alternamos con   Pacho Galán, Aníbal Velásquez, Arístides Marimón, La Protesta de Colombia dirigida por el pianista Mario Fontalvo  con las voces de Johnny Arzuza y el Joe Arroyo, un jovencito, tenor lírico que más tarde se convertiría  en el mejor cantante de Colombia en todos los tiempos y segundo, a las nueve de la noche sonábamos con mucho sabor en el Jimmy Lounge. Años sucesivos, grabaríamos más  long plays con verdaderos sucesos musicales como: Caracoles de colores, La Borrachona, hasta cuando el maestro Ariza  fue contratado por un buen billete en exclusiva  para Discos Fuentes. Se fue sin decirnos nada. Luego, Nelson Díaz, un gran saxofonista soprano, Duque Palomino y yo nos quedamos acá en el Sello Tropical; formamos un gran Combo también con saxo, clarinete, bajo, guitarras, percusión y le incorporamos violines. Empezamos a grabar  varios temas y como dicen por ahí, se vino una choricera de éxitos: Chili, Cañaveral, Joselina, Triste desengaño y por supuesto, el jonrón: Que me coma el tigre, melodía que a propósito fue incluida a última hora en la pasta fonográfica, por la insistencia de su compositor, un señor Eugenio García Cueto. Recuerdo como si fuera hoy mismo, todo lo que hizo ese compositor para que le grabaran su canción y fíjate lo que son las cosas de la vida, resultó siendo el éxito de ese L.P. y la canción del carnaval del 68. Fue tan clamorosa la influencia que logró alcanzar ese tema, que su fama trascendió las fronteras nacionales. Fue grabado en muchas otras versiones en  nuestro país y el exterior por grandes orquestas y famosos intérpretes como Diomedes Díaz, Lola Flores, Alberto Maraví, Lucho Argaín con la Sonora Dinamita y Charros de Lumaco... Gracias a esa canción a todos nos fue muy bien, incluyendo a su compositor que años más tarde, le grabarían Nuncira Machado, Manuel Villanueva, Joe Arroyo, Los Blanco de Venezuela  otros éxitos como la Mula baya, el Marinero, las Arepas”.

Más apoyo a la música de la tierra
Este cantor  que  trabajó  en Bogotá para el acreditado grill La Muela (Séptima con 18) del sargento Pinto Barros, que también estuvo vinculado a la nómina de los Platinos del maestro Álvaro Cárdenas Román en Cartagena, el trovador alegre que gracia a su voz (la que aún cuida como si fuese una niña consentida) , logró educar a todos sus hijos, el sonero de baja estatura, pero gigante de corazón, el que sigue vigente y siente una profunda admiración por el cantante Juan Piña y los desaparecidos Tony Zúñiga y Joe Arroyo, por los  compositores Adolfo Echeverría y Adolfo Pacheco Anillo, ahora llora aplastando como un niño su nariz contra el vitral de la ventana, cuando se refiere a las  emisoras de frecuencia modulada que solo  programan champeta, reggaetón, merengue y casi nada de la música tropical colombiana, llámese porro, fandango, cumbia, merecumbé, salsa y paseíto:

“Da tristeza  lo que están haciendo los programadores de la banda F.M. con nuestros músicos de la costa y de toda la nación. Es decir, desprecian el gran  potencial de un Checo Acosta, Juan Piña, Álvaro Ricardo, Chelito de Castro, Edwin Gómez, el Pin Ojeda, Pelusa y su banda Caramba, Tupamaros, Niche, Guayacán, Sensación orquesta, Fruko y sus tesos…

Agradeciéndole su deferencia, salí de su residencia, sintiendo a mis espaldas el eco de su voz: “Entonces, me subo en el árbol, me subo en la loma, me tiro en el río.
El tigre se sube en el árbol, se sube en la loma, se tira en el río.
Entonces, me salgo del río, me meto en tu casa donde no me vea.
El tigre se sale del río, se mete  en tu casa, la cosa está fea”.


De regreso a mi hogar me puse a pensar en medio del coqueteo de una  leve brisa nocturna que seducía en esos instantes, en  un bello verso del poeta salvadoreño, Jorge Galán: “Ahí donde las épocas del mundo se volvieron memoria de la dicha para dejarnos solos”.
¡Así están los músicos de nuestra patria, solos! ¡No pueden avanzar lo que quisieran porque el desierto que pretenden transitar se vuelve más extendido!

¡Si no hacemos algo, entonces sí, se los comerá el tigre!

*Locutor, poeta, docente  y escritor

lunes, 18 de enero de 2016

La literatura teje historia y desaparece la ignorancia

La literatura teje historia  y desaparece  la ignorancia  “HAY FESTIVAL”

Por Delia Rosa Bolaño Ipuana

Estamos iniciando un año relevante  para nuestra amada  patria Colombia, un año donde los guajiros esperamos que nuestra situación social, cultural, educativa y económica supere la de los años anteriores. Nos aproximamos a varios acontecimientos maravillosos que nos unen y nos invitan a tejer mejores días, uno de esos sucesos es el Hay Festival, un evento que enaltece el buen nombre de aquel guajiro que se sienta a escribir, a analizar y a transformar la  realidad con ese mundo imaginario que le hace sonreír y soñar con un universo diferente, donde no exista la ignorancia, donde no exista  la mentira, la  corrupción, la envidia, la calumnia, la  injusticia y  todos aquellos aspectos desagradables para la vida, pero que aún así  hacen parte de la  existencia.

El Hay Festival es un evento que motiva al escritor guajiro a seguir creyendo, a seguir en la búsqueda de mundos posibles, a construir con pluma y tinta la oportunidad de conquistar un futuro diferente, escribir la historia permitiendo cambiar el presente.

A través de la escritura hemos conocido el pasado y hasta el momento eso no ha cambiado, sin embargo, son pocos los que leen y es imposible sin leer dejar la ignorancia y poder contribuir aportando desde su campo.

Solo la mente que se ejercita en la lectura es capaz de comprender la insensatez de la inopia, sin embargo,  teme al alto porcentaje de vitamina no sé, que puede afectar al mundo que se ahoga en la esencia de la miseria.

Escribir es escapar de una realidad y sumergirse en mundos y personajes fantásticos a los que se les da vida según la  necesidad que se tenga, es la esencia pura del sentir y pensar del escritor,  las acciones de sus personajes.

El Hay Festival que inicia en nuestra amada tierra La Guajira y termina en la Heroica, en la hermosa  Cartagena, territorio de historia, de magia y color, donde escritores de cada rincón de nuestro país, escritores internacionales, periodistas, lectores, aficionados y personajes de la vida pública y privada se reúnen a  compartir la magia de la literatura.

Que maravilloso que La Guajira sea un  escenario  de este evento magno,  evento  que alimenta el arte de los escritores, así como también está próximo a realizarse el Encuentro de Escritores Literatura al Mar, que dirijo por medio de la Fundación Casa del Arte, para resaltar a nivel local, nacional e internacional la literatura, así también otros actos que se organizan como el Encuentro de Escritores Guajiros por un selecto grupo de escritores de nuestra tierra, resalto a Abel Medina con Fundación Las letras,  a nivel nacional gestores amigos gestan  literatura que además  nos une en uno solo “LITERATURA Y ARTE” el Parlamento Nacional de la costa en Cartagena, el encuentro Internacional vuelven los comuneros en Santander por el Hernando Ardila, el festival de las letras en Valledupar por el maestro William Rodríguez, Festi Tolú por el ppoeta Jorge Marel,  el  encuentro de escritores Internacional y nacional de  Ichaguaya en Facatativa Cundinamarca por el Maestro Ricardo Arias y la maestra Alexandra Díaz , Festival del Lit en Boyacá por la maestra Elisabeth Córdoba, el Encentro de escritores en Chiquinquira, Flores Junto al Mar de nuestra amiga Isidra de la Vega , el encuentro internacional de Poetas del mundo por el maestro Luis Arias Manso, la Feria del Libro en Bogotá que realiza la Cámara del Libro y cada editorial del país y editoriales  internacionales  y así muchos encuentros  de Literatura que se realizan en todo el mundo.

Cada uno de estos encuentros y eventos  nos engrandece  y nos une como amantes de la literatura, actos que dinamizan nuestras letras y que nos lleva a cada escritor a una  puerta que todos abrimos como gestores y escritores a nuestro amado Universo.

Que viva y viva todos los pensamientos plasmados en papel y tinta…

domingo, 3 de enero de 2016

Bitácora

El árbol


Por Pedro Conrado Cúdriz

                  “Sembrar un árbol es igual a la crianza de un niño: hay que regarlo todos los días, hablarle a los oídos para ayudarlo a desafiar la aventura de la supervivencia. Y luego compartir con él la felicidad de su madurez.”
Cuando el profesor Jorge Charris me llamó salvajemente alarmado por su celular para contarme que habían cortado el árbol símbolo del Santo Tomás verde, el que estaba en toda la entrada del lado norte del municipio, recordé a Sábato en las conversaciones con Carlos Catania: Entre la letra y la sangre: “Nos decía (Tortorelli), tocando, acariciando el troco de uno de esos formidables árboles: “Pensá por un momento que cuando surgió el Imperio romano ya (esté árbol) estaba aquí, y siguió estando cuando ese imperio se derrumbó.” Más adelante Sábato comenta lo dramático de la enseñanza de la geografía si a ella se uniera la historia humana, sus vicisitudes y peligros: “Una geografía así (…) no es una inútil y olvidable colección de apuntes y cabos y golfos y montañas y mares, sino una viviente y emocionante aventura.”

Debo escribir que yo también sentí esa emoción local de salvaje indignación. La muerte de un árbol puede ser también la muerte de Dios, el desprecio por la naturaleza y es, por igual una desgraciada calamidad humana, la ausencia de la propia compasión y la ausencia de compasión por los demás. Es la atrofia de la inteligencia social. Sembrar un árbol es igual a la crianza de un niño: hay que regarlo todos los días, hablarle a los oídos para ayudarlo a desafiar la aventura de la supervivencia. Y luego compartir con él la felicidad de su madurez.

Alguien se atrevió a decirme que dejara la tontería de preocuparme por un árbol que tiene reemplazo, como otro día otro alguien me dijo lo mismo, pero por un perro de la calle. Entiendo el desastre de sus insensibilidades humanas y su vocación suicida y consumista del reemplazo, pero la existencia humana en estos precisos instantes nos está exigiendo otra cosa: humanismo, insuperable sensibilidad por todo lo que tiene vida, por el agua de los ríos, por los vientos calmos y la sombra de los árboles, por los pájaros y los animales en peligro de extinción, incluyendo al hombre. Nada más y nada menos. Egolatría, egoísmo, ceguera, incapacidad cultural, arrogancia política, ignorancia suprema. No sé, algo falló, algo estalló en todo el centro del cerebro, algo no permitió pensar en las consecuencias, algo no permitió contar con el otro, con el árbol, con los vecinos, con el municipio, con el país, con el mundo. No sé, no podemos continuar así desconociendo los límites de las libertades públicas y privadas. No sé por qué todavía somos así. No sé.

El ojo de la cerradura

El salario mínimo, según  María de los Ángeles

Por Tito Mejía Sarmiento

Mi vecina, María de los Ángeles Cañate Cáceres, es una gruesa y hermosa morena de pelo crespo, sin olvidar por supuesto, la trinitaria flor que la ha perfumado siempre en su oreja derecha, trabajadora incansable, mujer fuerte, que se ha hecho a sí misma cada mañana, en su pequeña empresa de bollos de mazorca y de queso…,  que entre otras cosas, le ha medio permitido para  levantar a su prole,  ya que su marido la abandonó, yéndose detrás de las faldas de una catira, allá en Venezuela hace más de dos décadas. Pero ella no ha querido enamorarse de otro hombre porque teme que una lluvia de múltiples requiebros la sorprenda en la calle y borre para siempre, el canto de amor que su guerrero amante dejó regado por toda su piel.

Como para no perder su habitual condición de lenguaraz,  se asomó bien temprano el dos de enero del año nuevo 2016, por la ventana  marroncita  de su casa, como dice la canción de Diomedes Díaz,  y  me soltó con su estentórea voz, esa típica expresión caribeña que aún resuena en mis tímpanos, cuando se le preguntó por el nuevo salario mínimo: ¡Este año comeremos mierda, amigo poeta!

—¿Y por qué dice eso, doña María de los Ángeles?

—¡No te la tires de pendejo! ¡Tú muy bien sabes de qué te estoy hablando.  Te lees como cuatro periódicos diarios y sé que estás enterado!  —Me recrimina frunciendo el ceño, antes de transcurrir con su perorata:

—Con esos aumentos tan descarados en los principales alimentos de la canasta familiar que acaban de clavarnos, nos jodimos, pero bien jodidos. El gobierno cree que uno puede comer muy bien con $689.454 Fíjate que ya el tal   IVA ese, viene con un 19 %. Por eso,  este año 2016 por lo que presiento, los pobres nos robaremos la tranquilidad de los gatos y los ricos nos robarán algo más que nuestro propio sueño, o sea que con este salario mínimo,  vamos a comer mierda y esto lo expreso para algunos que tienen un trabajo miserable y mienten cuando dicen que les encanta mucho.

Hasta razón tiene mi vecina María de los Ángeles porque según los analistas económicos,  la inflación  llegará al 6,8 %, las tarifas del servicio público serán las más altas de Latinoamérica, el salario mínimo $689.454, uno de los más bajos del mundo y para completar, Colombia está en la lista de los 15 países con el combustible más costoso del planeta.

Las centrales obreras esperaban que el aumento del gobierno fuese más racional de acuerdo con las posibilidades de la industria y el comercio, es decir, del perfeccionamiento laboral de Colombia, con la comprensión de que no debería ser ni muy bajo, que llevara a que los trabajadores perdieran la capacidad adquisitiva del empleo o muy superior que promoviera la  informalidad de sus funciones, pero nada, como casi todos los últimos doce años, el sueldo mínimo se firmó por decreto y entonces, como dice un bello trozo de la poeta  Marge Piercy : “El camino termina al pie de esa muralla, blanda, que se escurre”.